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El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

De mulas y madrinas

Por: | 25 de octubre de 2012

Siguen pesando mucho los factores emocionales e ideológicos a la hora de acercarse a la Guerra Civil española, y ha pasado ya tiempo desde entonces. La tentación política de explotar la memoria de los que vivieron aquello no tiene mucho que ver con la voluntad de entender mejor lo que ocurrió, en todo caso viene bien para cargarse de razones y para apropiarse de una posición moral. La voluntad de defender a la República frente a un golpe militar fue sin duda la posición más legítima, y lo es aún más cuando se aborda aquel conflicto desde la atalaya de una sociedad democrática consolidada y con un Estado de bienestar más o menos efectivo. En aquellos días, sin embargo, la democracia no estaba en sus mejores momentos y muchos de los que se enfrentaron a los golpistas consideraban que favorecía la dominación de unos pocos sobre la gran mayoría, así que entendían que había que liquidarla a través de la revolución. Sea como sea, tanto en el marasmo inicial como a lo largo de las terribles circunstancias posteriores, cuando se iba comprobando que la guerra sería larga, no todas las posturas de los que padecieron el conflicto fueron diáfanas. La idea de que se enfrentaron dos bloques compactos y sin fisuras no es más que una ilusión que sirve para simplificar las cosas, pero que incordia mucho si se trata de comprender lo que estuvo en juego y las maneras en que unos y otros vivieron aquellos trágicos momentos. El historiador estadounidense Michael Seidman (Philadelphia, 1959) tiene la rara habilidad de mirar a ras de suelo: su historia social de la República durante la Guerra Civil se titulaba de hecho así, A ras de suelo (Alianza, 2003). En su nuevo libro se ha fijado en lo que pasaba en el otro bando. En The Victorious Counterrevolution. The Nationalist Effort in  the Spanish Civil War, que acaba de publicarse en España con el desafortunado (*) título de La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil (Alianza, traducción de Hugo García), Seidman vuelve a ocuparse de aspectos poco tratados habitualmente para intentar comprender cómo hicieron los rebeldes para ganar. Trabaja pegado a la realidad, observa de frente a los protagonistas y se fija mucho en los papeles secundarios. Una guerra se gana en los frentes, pero también en las retaguardias. Importan las armas, pero son también necesarias las madrinas. 

Michael seidman por benedicto moya, de efe
Seguramente mirar a ras de suelo significa eso: descubrir la importancia de  las mulas, las lentejas, los carteros, la moneda, los impuestos, las madrinas. Hay un importante detalle que Seidman no deja de tener presente: la gente no siempre actúa por principios morales sino que tiende, más bien, a defender sus intereses. Hubo convencidos en los dos bandos, muchos más al principio, pero poco a poco, y conforme la situación de emergencia se prolongaba, fueron cada vez más los que persiguieron no tanto sus ideales sino la mera supervivencia. Seidman (la fotografía es de Benedicto Moya, de Efe) explica que los franquistas lo hicieron en ese sentido mucho mejor. Tuvieron claro que tenían que alimentar a sus soldados y a la población de la retaguardia. Así que sedujeron (a veces con ciertas dosis de terror) a los campesinos: les garantizaron que respetarían sus derechos de propiedad, les pagaron mejor las cosechas, les habilitaron créditos para financiar la producción de trigo. También trataron con esmero a los animales. Las mulas fueron esenciales para trasladar pertrechos a los frentes, y se procuró que los combatientes y los acemileros las cuidaran y mimaran. Seidman explica que los navarros solían tratar a sus animales con afecto y cuenta que a una mula la llamaban Durruti y que a un burro lo bautizaron Ascaso y que, al margen de ponerles los nombres de sus enemigos anarquistas, los apreciaron mucho por los indispensables servicios que hicieron a sus tropas.

Si las mulas fueron decisivas en batallas concretas a la hora de trasladar por escarpados senderos comida, municiones y lo que fuera menester, también en el bando rebelde se engrasaron bien los mecanismos afectivos que pudieran servir de apoyo a los combatientes. Una de las instituciones que tuvo mucho éxito fue la de las madrinas. Eran mujeres que, desde la retaguardia, establecían un vínculo especial con los soldados del frente. Les escribían, los animaban, les facilitaban ropa de invierno, les mandaban "tabaco, alimentos enlatados, salchichas, chocolate y escapularios con la imagen del Sagrado Corazón para el cuidado del alma", escribe Seidman, para apuntar poco después que esta dedicación femenina les dio a los soldados un mayor arraigo a la zona insurgente y los volvió "menos propensos a la deserción". La República también quiso poner en marcha un programa semejante, pero renunció a hacerlo por el temor a que las malas noticias que los soldados pudieran recibir de las mujeres de la retaguardia los desmoralizaran en el campo de batalla.

Mulas y madrinas, pues. De esas cosas poco vistosas se ocupa Seidman. Lo suyo no son los despachos de los políticos, ni los estados mayores de los militares, ni las cancillerías de los países aliados o enemigos y, seguramente por eso, sus aportaciones ayudan a iluminar aspectos poco tratados del conflicto. La Guerra Civil puede explicarse de muchas maneras. Junto a la mirada que ve las cosas desde arriba y da cuenta de los grandes vectores (ayuda internacional, relaciones diplomáticas, batallas, decisiones políticas), conviene observar las cosas de frente: ahí se ven los sueños, ansiedades, miedos, las grandezas y bajezas de los mortales a los que les tocó aquel embrollo. "Los soldados exigían que sus comandantes cumpliesen un contrato no escrito para satisfacer sus necesidades y apetitos básicos, lo que hacía de la organización logística una prioridad máxima" escribe Seidman. Y apunta también que “la falta de compromiso de muchos soldados de ambos bandos generó una guerra de desgaste de la cual salieron victoriosos los que dirigían mejor la economía política de la guerra”. Los que cuidaron que los suyos tuvieran llenas las barrigas. Seidman muestra que, en esto, fueron más hábiles los rebeldes. Y que eso fue muy importante para que finalmente ganaran.

(*) Los franquistas se otorgaron a sí mismos el calificativo de nacionales, pero por España (por esa nación) lucharon también los republicanos: ¿qué sentido tiene mantener el equívoco todavía hoy?

El País

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