Camino hacia el paraíso

Por: | 24 de diciembre de 2012

El viaje a lo exótico de Paul Gauguin no es sino otra forma de nombrar los mil caminos que recorrió el artista rumbo al paraíso. Tahití fue la parada de mayor envergadura en su obsesiva búsqueda por recuperar la inocencia perdida. En Corriente alterna (Siglo XXI, 1967), Octavio Paz  habla del civilizado "que vive un ‘fin de mundo’ y trata de escaparse mediante una zambullida en las aguas del salvajismo". También aborda, más adelante, el asunto de los paraísos. Lo hace siguiendo las reflexiones de Aldous Huxley sobre el uso de la mezcalina, en las que subrayaba que "las visiones individuales corresponden casi siempre a ciertos arquetipos colectivos". El paraíso suele estar relacionado con "grandes paisajes fluviales, árboles, espesura verde y rojiza, tierra color de ámbar, todo bajo una luz ultraterrena". Da la impresión de que el texto se estuviera refiriendo a muchos de los cuadros de Gauguin. "Las imágenes del paraíso", escribe Paz acordándose de  lo que decía  Huxley, "pueden reducirse a ciertos elementos, comunes a la experiencia ‘mezcaliniana’ y al mito universal: tierra y agua, feracidad, verdor. Idea de abundancia (por oposición al mundo del trabajo); idea del jardín encantado: ‘todo es sensible’ y pájaros, plantas y bestias hablan el mismo lenguaje". El escritor mexicano añade otro elemento que no había considerado Huxley: "el agua, arquetipo del paraíso prenatal, imagen del regreso a la edad primera, símbolo de la mujer y de sus poderes". Así que vuelta al salvajismo y conquista del paraíso. Gauguin lo hizo yéndose hacia lo exótico, como tan bien recoge la exposición que puede verse estos días en Madrid en el Museo Thyssen-Bornemisza. Otros recurrieron a las drogas. Unos y otros pretendían dinamitar las convenciones de sociedades demasiado pagadas de sí mismas y que, sin embargo, se estaban precipitando en el desastre. Cuando se recorren las salas de la muestra de Gauguin, y se ha roto por un instante con la secuencia de calamidades que azotan el presente, es inevitable barruntar que existe otro mundo dentro de este, que hay vida al otro lado de la frontera.

Paul gauguin nevermore (1897)
Están por lo pronto esas hermosas mujeres (en la imagen: Nevermore), que parecen absolutamente indiferentes a cuanto tenga que ver con la muerte, el dolor y la caída, y que más bien prometen un extraño mundo en el que la calma y la voluptuosidad se reparten a partes iguales el gobierno del tiempo. Nada hay que pueda turbar el curso de las cosas, porque nadie nos ha apartado en realidad de ese curso, estamos fundidos con las horas, el futuro es una entelequia que a nadie importa.

Gauguin era un respetable caballero casado con una mujer danesa y tenía cinco hijos y un buen trabajo en la Bolsa, así que vivía cómodamente instalado en la burbuja impoluta de la burguesía de su tiempo. Hasta que un día rompió con todo y se dedicó a la pintura. Unas cuantas clases, un poco de técnica, pero sobre todo una salvaje pasión por la salvaje. Romper lazos, tirar por la borda las falsas seguridades e irse a Bretaña, luego a la Martinica y por fin a las islas polinesias a fundar un taller de pintura, como había soñado con su amigo Vincent van Gogh, en contacto íntimo con lo más primitivo. Cogió un barco, llevaba un cuaderno. Ahí pegaba fotos, hacía dibujos, pintarrajeaba y escribía. Anotó: "Comenzó entonces la vida plenamente dichosa. Cuando salía el sol salían también, juntos, la felicidad y el trabajo, radiantes como él. El oro del rostro de Téhura llenaba de claridad y alegría nuestra casa y el paisaje de alrededor. Ella ya no me estudiaba, ni yo la estudiaba a ella. Había dejado de ocultarme que me amaba, y yo de decirle que la amaba. ¡Vivíamos así, los dos, en la más perfecta sencillez!". Y celebra pocas líneas después: "¡Paraíso tahitiano, nave nave fenua: tierra deliciosa!".

"Espesura verde y rojiza, tierra color de ámbar, todo bajo una luz ultraterrena". "Tierra y agua, feracidad, verdor. Idea de abundancia; idea del jardín encantado". Todo eso está en el Gauguin que decide vivir a su manera en Tahití. En su pintura liquidó la concepción tradicional de la perspectiva y procuró que sus lienzos se cargaran de colores planos. Emborracha su sensualidad, y luz y agua parecen fundirse en sus obras al compás de la marcha del tiempo. Nada chirría. Como ocurre también en tantos viajes afortunados con las drogas, como observaba Huxley. Salir pitando de los rígidos márgenes de la civilización y precipitarse en la verdadera vida: ese fue el desafío de Gauguin y de tantos otros. No todo lo que encontró en Tahití colmó sus expectativas. Estuvo muy enfermo. Lo terminó pasando mal. Pero sigue su obra ahí: como una bendición, como un soplo de aire fresco, como una sacudida eléctrica de puro color.

Hay 1 Comentarios

A mi me gusta el autor, pero me falta obra pictórica para considerarlo. No dudo de su coraje, pero a la hora de difundir e introducir su obra estuvo muy bien acompañado. Fueron otros, también artistas, quienes lograron el reconocimiento de su trabajo (quizás aprovechando la curiosidad que pudiera despertar entre los de su clase y otra serie de suertes) y repercusión posterior.
Lo cierto es que su teoría no era en absoluto cierta, aunque sí pertinente y válida. También fiable. Y nada mejor que el reconocimiento y el éxito para corroborarla.
Pero pintores contemporáneos demostraron un conocimiento superior. Un dominio del arte pictórico y también una mayor dedicación. La prueba está en diferentes cuadros que parecen no haber sido realizados por un mismo pintor, en una muestra prolífica e inagotable de experiencias vitales y también precursoras y geniales. Me refiero a Lovis Corinth, contemporáneo, apenas renombrado.
Lo comento porque a veces conviene tratar más referencias

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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