El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

El enigma del regreso

Por: | 29 de enero de 2013

En un poema, dedicado a su hijo Gabriel, Eduardo Mitre le dice: "Hay un país solo, triste, / pobre, mágico, difícil, / casi imposible. Errantes nosotros, / hijo, de allá nomás somos". De allá: "Oruro fue mi cuna / y el Altiplano la época del aire / y de mi infancia", escribe en Susana San Juan. De allá nomás somos, de Bolivia. Y, de tanto en tanto, a los errantes les toca regresar. Ahora la editorial PreTextos ha reunido en Obra poética los libros de versos que Eduardo Mitre fue escribiendo entre 1965 y 1998. Están sus poemas de muy al principio, luego sus primeros libros, donde estuvo probando su voz y jugaba con las palabras en la página y hacía filigranas. Hasta que, poco a poco, va cogiendo esas maneras que se le fueron conociendo más tarde. Una poesía transparente, cargada con la verdad propia, pegada a la tierra. En su Testamento, incluido en Camino de cualquier parte, de 1998, les vuelve a hablar a sus hijos (a Ernesto y Gabriel) y les dice al principio: "Siempre díganle sí a la vida / como en su vuelo los pájaros, / aunque se les venga abajo / el cielo, y San Pedro encima. // Nuestra casa es el tiempo: / un desierto y un vergel. / Y a veces --con mar o sin él-- / un paraíso terreno". Y, luego, ya al final: "La muerte no existe. / Existen los muertos. / Todos nos dejan maltrechos / pero vivos. Son buenos. // Les dejo mi verso preferido. / Es de mi amigo Pessoa. / Guárdenlo en la memoria / y protéjanme del olvido: // Solo para oír pasar el viento / vale la pena haber nacido". Tiene razón Pessoa, tiene razón Mitre. Y para quien no lo crea, ahí tiene el Altiplano. El viento del Altiplano.

11 Eduardo-Mitre-Foto-Victor-Gutierrez-archivo_LRZIMA20121026_0097_11Mitre (la foto es de Víctor Gutiérrez) nació en Oruro en 1943, pero se fue muy pronto con su familia a Cochabamba. Allí estudió Derecho. Viajó después a Francia para aprender literatura francesa, y luego se instaló en Estados Unidos para dedicarse a la  literatura latinoamericana: se doctoró en la Universidad de Pittsburgh con una tesis sobre Vicente Huidobro. Ha enseñado en Nueva York, en New Hampshire, en Cochabamba. Y lleva ya años en Manhattan donde da clases en la Saint John’s University. Copio todos estos detalles de su biografía para dar cuenta de sus vagabundeos. En los distintos libros incluidos en esta Obra poética salen ciudades y lugares muy diferentes: París, Oaxaca, Taxco, Baeza, Úbeda, Querétaro, Hanover, habla de un lugar "donde se juntan las aguas frías del Ayutla y las aguas calientes del Concá", se refiere a Bruselas, al puerto de Ostande, va camino de Amagá...  

Hay un poema, sin embargo, en el que habla de su regreso. Empuja la puerta del baño, se encuentra con un espejo: "Se asoma y, de pronto, / como de otra orilla del tiempo, / un niño lo mira / sin reconocerlo". Va por las calles, ve hileras de mujeres con sus retoños, no sabe si son quechuas o aymaras. Ahí está el viejo mundo que dejó hace ya tiempo. Le llega un verso de Óscar Cerruto ("y hasta el olvido al fin se olvida"), se pierde caminando sin rumbo. Está la vieja ciudad, está su antigua casa. No, no ha regresado, escribe Eduardo Mitre, ha venido: "Bajo el cielo natal: / la tierra de la extrañeza". O también esos otros versos: "Y la tristeza por el pecado / de estar por fin uno aquí / y sentirse extraño”.

No hay manera de regresar, el tiempo lo ha destruido todo. Simplemente se viene. A veces no hay ya ni siquiera casa y, por tanto, ni baño, ni espejo donde haya un niño incapaz ya de reconocer al extraño. Las cosas son así. No importa. Mitre no deja de celebrar la vida. Como en Prólogo al presente: "Abre los ojos. Despierta: / el paraíso está aquí / en la luz pasajera". O, en fin, no deja de dar cuenta de cómo somos. Ahí está su maravillosa Confidencia de Lucrecio: "Solamente una vez sentí piedad /(esa suerte de indefensión compartida): / fue al comparar y contrastar / la breve duración de nuestra vida / con los ingentes caudales del deseo, / como un vaso destinado / vanamente a vaciar el mar / y a quebrarse en el intento". 

La verdadera capacidad de asombro

Por: | 24 de enero de 2013

"El funcionamiento de mi fantasía, el proceso de creación siguieron siendo un misterio para mí", escribió V. S. Naipaul en 1982. "Me daba la impresión de que el verdadero conocimiento de mi tema, el que me salvaba ––empezando por la calle de Bogart-–, siempre me llegaba en el transcurso de la escritura". Esa calle a la que se refiere es aquella en la que vivió Naipaul durante dos años cuando era niño en Puerto España, la capital de Trinidad. Y Bogart es el personaje de su primer relato. En Prólogo a una autobiografía, uno de los textos recogidos en Momentos literarios (no figura el traductor), que acaba de publicar Mondadori, Naipaul habla de sus inicios como escritor y del peso que tuvo su padre a la hora de que se inclinase por ese oficio. Un día estaba en Londres, trabajaba para la BBC, y andaba mareando en un pequeño despacho que compartía con otros periodistas. Tenía una hoja delante, escribió: "Todas las mañanas cuando se levantaba, Hat se sentaba en la galería trasera de su casa y gritaba para que lo oyeran enfrente: '¿Cómo va eso, Bogart?". Y luego la tinta fluyó imparable hasta que terminó el primero de los relatos de su primer libro (tres mil palabras). Se lo dejó leer a algunos de los amigotes que pasaban por ahí, recibió buenos comentarios. A Naipaul, que llevaba ya tiempo en la capital británica intentando convertirse en escritor, le habían salido las palabras con "rapidez" (lo explica así: "La rapidez de la narración: esa era la rapidez del escritor") justo al regresar a aquella calle de su infancia, justo al tratar de un personaje que conoció entonces. Momentos literarios es un apasionante y maravilloso viaje al laboratorio de uno de los más grandes literatos de este momento (le dieron el Premio Nobel en 2001). Naipaul cuenta así su salida de Trinidad: "Para ser escritor, algo tan noble, yo creía necesario marcharme. Para escribir de verdad era necesario volver. Así empecé a conocerme a mí mismo".  

PeticionImagenCAYKPNSB
No estaría de más subrayar que Naipaul (la fotografía es de Jordi Adriá, de 2003) confiesa que el verdadero conocimiento de "su tema" le llega siempre en el transcurso de la escritura. La literatura como un camino para comprender y comprenderse mejor. La literatura como exploración de la verdad, del mundo y de los hombres. En otro de los textos del libro, Naipaul se mide con Joseph Conrad. No es que escriba sobre su obra, es que parece batallar con el autor de El corazón de las tinieblas sobre el significado de su oficio. Cita un párrafo del prólogo de unos de sus libros en el que Conrad explica que, al ocuparse de asuntos que no forman parte del "curso general de la experiencia cotidiana", se impuso la obligación de una escrupulosa fidelidad a "la verdad" de sus sensaciones. "El problema radicaba en hacer creíbles cosas con las que no estaba familiarizado. Para eso tuve que crear, reproducir una atmósfera adecuada de la realidad, y envolverlas en ella. Fue la tarea más difícil y más importante de todas, habida cuenta de la minuciosa interpretación de la verdad, en cuanto al pensamiento y los hechos, que siempre ha sido mi objetivo".

De nuevo la verdad como objetivo, de nuevo el conocimiento. ¿De qué trata la novela, por qué andamos en este trabajo?, eso es lo que se pregunta Naipaul a lo largo de Momentos literarios de maneras muy distintas. ¿Qué tiene que ocurrir para que un lector pueda quedar atrapado con la historia de Bogart, un joven que pertenece a una familia de la India que emigró a una isla del Caribe y que una y otra vez muestra el afán de escapar del círculo de los suyos, alistándose en un barco, buscando trabajo en Venezuela…? ¿A quién diablos puede importarle Bogart, y lo que haga o deje de hacer en aquel minúsculo rincón del globo, una calle de Puerto España? Contar eso y contarlo de la mejor manera posible: eso es ser escritor.

"Hay algo que crea la sensación, que produce el efecto. ¿Qué? No puede ser sino la expresión, la disposición de las palabras, el estilo", le escribió Conrad en una carta a Edward Garnett. Naipaul le corrige. No, comenta, el estilo es algo más que la disposición de las palabras: "Es una disposición, incluso una orquestación, de percepciones, una cuestión de saber dónde poner qué". Así va, paso a paso, discutiéndole a Conrad. Hasta que termina reconociendo su grandeza. Escribe entonces: "Como el pintor, el novelista ya no reconoce su función interpretativa, trata de traspasarla, y su público mengua. Igual que el mundo que habitamos, siempre nuevo, pasa sin que se someta a examen, la cámara lo hace corriente, no se medita sobre él, y no hay nadie que despierte la verdadera capacidad de asombro. Tal vez sea esta una buena definición del propósito del novelista, en todas las épocas". Tiene razón el polémico y difícil y provocador Vidiadhar Surajprasad Naipaul: lo que quiere el escritor es despertar la verdadera capacidad de asombro. ¡Qué cometido más difícil, qué fascinante trabajo!

Un viaje mental

Por: | 10 de enero de 2013

Los velos negros en las cabezas de las mujeres, las procesiones, algunas sábanas colgando al viento, un aire general de miseria. Robert Frank pasó una temporada en Valencia en 1952 y sus imágenes de aquel periodo acaban de publicarse en un álbum editado por Vicente Todolí y el propio fotógrafo. Valencia 1952 (La Fábrica / Steidl) tiene algo de diario, como sostiene Todolí en una conversación con Sarah Greenough y Peter MacGill que se publica al final del libro. Vino con su mujer y su hijo, se instaló cerca del mar en El Cabanyal, un barrio de pescadores y gitanos, no trajo ningún encargo preciso ni tenía obligaciones que cumplir, así que simplemente estuvo. Se mezcló con la gente, convivió con sus alegrías y pesares, hizo amigos. Todolí se refiere al afán de tantos escritores y artistas que vinieron a finales del siglo pasado y a principios de este a España y al norte de África –-Delacroix, Hemingway, Matisse-– buscando otra cosa. Las motivaciones del viaje de Robert Frank, en ese sentido, pudieron tener algo que ver con las que empujaron a Gauguin a irse a Tahití. Salir del mundo cerrado del norte camino del sur para sumergirse, en el caso de Frank, en el Mediterráneo. Se nota en sus imágenes la pobreza de la posguerra y esa pesadumbre que la dictadura de Franco fue trasladando a todas partes, pero no hay en este trabajo ninguna voluntad explícita de crítica social. Por eso sirve la idea de diario: Robert Frank fue simplemente tomándole pulso a una zona de Valencia y a sus habitantes. Solo hay una narración deliberada en estas imágenes: siguió al hijo del dueño de un bar, que era su casero y amigo, en sus lecciones para convertirse en torero. El muchacho aparece primero tocando la guitarra y luego se lo ve preparándose para su cita en el ruedo: con el capote y el estoque, dándole distintos pasos a otro chaval que lo embiste con una falsa cornamenta amarrada a un carrito, arqueándose para colocar las banderillas, haciendo requiebros por un lado y por otro hasta que por fin, vestido de luces, se encamina a librar el legendario combate con el toro. Solo existe, pues, esta historia: lo demás son las notas de un fotógrafo en su deambular por un entorno nuevo. Más que de un mundo concreto, dan cuenta de una mirada.

Para Vicente Todolí el viaje de Robert Frank a Valencia fue "más bien mental". "Hizo fotografías intuitivas que ilustran su percepción, su pensamiento, pero que no eran narrativas". Y comenta después: "Las buenas fotos no siempre se cazan al vuelo: se trata de un estado de ánimo, algo que está dentro de ti. Tienes que tener ciertos esquemas mentales para ver lo que está más cerca, justo a tu lado, y fotografiarlo".

Robert frank
Algunas de las imágenes más potentes de su estancia en Valencia tienen que ver con los niños y con una suerte de abandono, de vacío. Calles desiertas, playas prácticamente despobladas, casas perdidas en medio de la nada, las sábanas que mueve el viento, el vagón de tren olvidado en la ciudad. Y luego todos esos niños, que siguen jugando al margen de cuanto ocurre. Hay algunas imágenes de gentes que están posando y, entonces, las miradas chocan con las del fotógrafo. Pero, por lo general, este irrumpe en una escena y atrapa su asombro ante lo que acontece, como cuando retrata a un niño tumbado en el suelo que observa de lejos el barullo de unos cuantos parroquianos, mientras que se encaminan hacia allí los miembros de la banda municipal. Escaparates, balcones, días de playa, escenas nocturnas, ojos que miran. ¿Y qué miran? El curso lento de las cosas, la vida que pasa. Nada más.

Hay mucho de aprendizaje, y mucho de juego, en Valencia 1952. Entonces Robert Frank no era todavía el Robert Frank de Los americanos. Iba dando vueltas por esa zona perdida de España e iba, seguramente también, dándole vueltas a la cabeza. Buscando su sitio, el lugar desde donde mirar al mundo. Y tomaba notas en su diario: sus imágenes. Un tiempo después escribió: "La mayoría de mis fotografías son de gente, vista de un modo muy simple, como a través de los ojos de un hombre de la calle. Eso es algo que la fotografía debe contener: la humanidad del momento". ¿No es eso, al fin, lo que contiene Valencia 1952? "Cuando la gente contemple mis retratos", dijo en otra ocasión, "me gustaría que los vivieran como si les apeteciese leer dos veces los versos de un poema". Es una buena sugerencia. Abran las páginas del libro, y relean las imágenes de estos poemas de las calles y las gentes de Valencia. Tienen esa rara intensidad que Robert Frank sabe trasladar a cada uno de sus trabajos.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal