Camino a la muerte

Por: | 03 de abril de 2013

Hay un momento en Amor, la película de Michael Haneke, en que Georges (Jean-Louis Trintignant) le cuenta a Anner (Emmanuelle Riva) un episodio de infancia. Lo habían dejado ir a ver una película solo y, cuando regresaba a casa, uno de los muchachotes del barrio le preguntó qué había hecho. Era un chaval un tanto fanfarrón, le imponía respeto. Le respondió que venía del cine, quiso dejarlo ahí. Pero el otro insistió. Así que no tuvo más remedio que confesarle que la película lo había emocionado y, según se la iba contando, empezó a llorar. Georges ya no recuerda el argumento, le quedan solo los sentimientos. Y observa que cuando recordaba lo que había visto en la pantalla, la emoción iba creciendo. Por eso terminaron por saltársele las lágrimas. ¿Y qué dijo el muchacho?, le preguntó entonces Anner. Seguramente se rió de mí, le contesta el anciano.

Amor haneke
Volver a contar las películas, acordarse de sus secuencias, recuperar las emociones, intentar traducirlas. Vana tarea. Lo que Haneke cuenta en Amor, además, no siempre es agradable. Georges le dice a su hija, que ha ido a visitarlos para interesarse por la salud de su madre, que hay cosas que es mejor no conocer. La enfermedad, la decadencia, el lento y desgarrador camino hacia la muerte. No, no debería verlo, insiste. La hija quiere ayudar, facilitar las cosas, poner un poco de orden en el desastre. Pero no existe manera de detener lo inevitable. Así que mejor que los dejen solos, le pide Georges.

A veces la tarea de morirse es particularmente dura: se van perdiendo las referencias y ya no hay manera de conservar la pose que uno construyó durante tanto tiempo. ¿Qué margen de maniobra queda entonces? Haneke ha dicho que hizo Amor porque quería preguntarse cómo se puede lidiar con la muerte de un ser querido. La película se abre con un concierto. Georges y Anner escuchan a un discípulo de la anciana y suenan las primeras notas del Impromptus nº 1 en do menor. La melancolía de Schubert se apropia desde ese instante de la historia. En Op. Posth., el texto que Juan Benet escribió sobre el compositor vienés, y que está incluido en Puerta de tierra (cuatro ediciones, 2003), el autor de Una meditación observa que a partir de 1823, cinco años antes de su muerte, Schubert se dedica a escribir solo "música para sí mismo". "Quizá la primera obra que tiene ese carácter de total intimidad", comenta, "es la Sonata para piano en La menor núm. 14, compuesta en febrero de 1823, en un momento en que ya había comprendido que su salud estaba arruinada para siempre y que constituye, para Cushman, 'la premonición en términos musicales de la amargura y de la rebelión que sólo más tarde había de dar paso a la resignación". Los Impromptus los compuso Schubert en 1827, ya mucho más cerca del final (murió el 19 de noviembre de 1828), así que están empapados ya del aroma del abismo. Benet se concentra al final de su ensayo en la Sonata en sol mayor (1826) y observa: "Traducido al lenguaje banal de las ideas la primera exposición, para mí tengo, quiere decir algo así como 'Las cosas son como son, el mundo es como es' que, en la segunda exposición, se transforma en algo como 'Y siendo el mundo como es está bien que así sea'...". La inevitable aceptación de lo que hay.

Como si siguiera los dictados de Schubert, Haneke coloca a sus criaturas en el borde del precipicio y, de alguna manera, también ellos aceptan que el mundo es como es, y que puede ocurrir que de un día para otro las cosas se tuerzan. Benet apunta que Schubert en el segundo tema va ya resbalando hacia la melancolía: sí, el mundo es y está bien que sea, pero para qué le sirve ese orden al hombre desgraciado. La lógica inescrutable de lo peor se instala pronto en Amor. El abrumador peso del dolor y el deterioro lo invade todo. "Estando las cosas así ¿de qué sirve hacer nada? ¿qué finalidad puede tener el desorden del alma", escribe Benet a propósito de Schubert, y es como si escribiera refiriéndose a Haneke y a sus ancianos. Ahí, cuando se ha tocado fondo, no hay otra que seguir adelante y aguantar la tormenta. A Georges ya sólo le queda "ayudarle a buscar el camino del menor sufrimiento". De ese gesto de afirmación en medio de la futilidad de todo trata la película de Haneke. Benet, por su parte, ha ido siguiendo todos los meandros de la composición de Schubert. El afán de entretenerse para no caer, el coraje de permanecer cuando no quedan agarraderas. Al final señala a ese "yo malherido que se aproxima a la muerte desengañado de toda medicina". No las hay, no las hubo ni las habrá. Si es verdad lo que Georges le dice a su hija, que no es bueno asomarse al desmoronamiento final, ¿por qué Haneke se ha empeñado en relatarlo con tanta minucia? Quién sabe, quizá porque una forma de entender el amor sea situándolo en ese límite: cuando el viejo Georges consigue reconocer que la tonada que entona con torpeza la vieja Anner, ya desahuciada, es una melodía de infancia y se pone a tararearla con ella.

Hay 4 Comentarios

Hermosa película Sr. Rojo, y ríase pues no la he visto.
estos blockbusters de provincia en el norte de México son un desastre, pura producción norteamericana.
La noche del Oscar un ángel tímido y confundido pasó
desapercibido (Emanuelle Riva). No podía ganar, las infinitas connotaciones de la palabra Hiroshima flotaban en el ambiente de ese momento político, todos deseábamos que esa mujer mas grande que la vida nos hablara a sus admiradores en el mundo aunque fuera por primera y tal vez por última vez en la vida, pero por supuesto , había que multipremiar a la mediocre Argo.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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