El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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Algo se está moviendo

Por: | 25 de septiembre de 2013

Ithaca, Nueva York. Universidad de Cornell. A. D. White House, viernes 20 y sábado 21 de septiembre: segunda cita del encuentro Voices for the New Century/Voces para el nuevo siglo. Lo organiza el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. Es profesor de literatura latinoamericana en el Departamento de Romance Studies de la prestigiosa universidad estadounidense e invitó a una veintena de autores para que leyeran allí lo que están escribiendo. El aperitivo lo puso el jueves 19 el mexicano Mario Bellatin, que presentó en Cornell la traducción al inglés de su libro Shiki Nagaoka. Una nariz de ficción (Phoneme Media; en español: Sudamericana, 2001). Ya se anunciaron en ese momento algunas notas que iban a marcar la cita. Uno: se iba a hablar de literatura. Bellatin contó que hace años se le había exigido en Alemania que respondiese al prototipo de escritor latinoamericano que imperaba entonces (con ese aire de realismo mágico y convicciones políticas de izquierda), y que se negó en rotundo, reivindicando que cada cual siguiera el camino que le viniera en gana. Dos: ya reinaba un ambiente de jovialidad. El vídeo que sirvió de presentación a la historia de Nagaoka estaba tocado por la bendición del humor. Tres: las nuevas tecnologías iban a tener su cuarto de hora de gloria. Bellatin explicó que acababa de terminar una novela escrita toda ella en el iPhone, y se sirvió de la fotografía para subrayar que la fascinación por la inmediatez que provocan estos artilugios estaba destruyendo el placer y la riqueza de la construcción de una obra (no importa ya el proceso, sólo los efectos). Cuatro: así como en la obra de ese singular Shiki Nagaoka que reconstruye Bellatin se cuelan los brutales efectos de la Segunda Guerra Mundial, también en el encuentro de Ithaca iba a entrar el ruido de este mundo. Conviene decir que el marasmo de la crisis no se tradujo en la habitual cultura de la queja. Más bien, los jóvenes escritores latinoamericanos (junto a los que participaron también dos españolas: Ana Merino y Mercedes Cebrián) afirmaron su voluntad de seguir haciendo literatura a pesar de los vientos adversos. Así que poco después de las tres de la tarde del día 20, el mexicano Rafael Acosta, que anda trabajando en las turbulentas aguas de la frontera, abrió el encuentro  con un texto escrito en octosílabos donde se escuchaba el rumor de fondo de la violencia (“si se quedan, los enfrío...”) y, poco después, en un relato del argentino Pablo Brescia aparecía la figura de un escritor que acaso anda gravitando sobre la obra que están armando los más jóvenes, un tipo nacido justamente en Ithaca, David Foster Wallace.

D. A. White House
La escritora mexicana Cristina Rivera Garza, que también enseña en la Universidad de California, en San Diego, fue la encargada de la conferencia de apertura (y Bellatin de la de cierre) y habló de todas esas obras que aluden, citan, apuntan o lanzan guiños de complicidad a otras obras. Tachaduras, reciclajes, reconstrucciones: no se escribe sobre el vacío, la literatura es una caja de resonancias en la que se entrecruzan tradiciones diferentes. Pero hay también mucho de político en esas apropiaciones, y también peligros, por la fuerza invasora de las nuevas tecnologías. Más allá de las reflexiones de los dos seniors invitados al encuentro, el resto de los 21 participantes se limitó a leer un texto propio de unos veinte minutos (en la imagen, la A. D. White House, de la Universidad de Cornell). Ahí se vio la riqueza de registros de los que van llegando. Un punto de experimentación, heredando la heterodoxia de tantos escritores latinoamericanos de referencia (como en el relato del mexicano Rafael Lemus), pero también la tensión de  la mejor escuela narrativa, con su torrencial flujo de imágenes y situaciones (la boliviana Liliana Colanzi, la uruguaya Fernanda Trías, el guatemalteco Rodrigo Fuentes). El punto distante del que se afana en los matices (el chileno Francisco Díaz Klaassen), la sobria delicadeza que resulta imprescindible para bajar al infierno (el boliviano Rodrigo Hasbún), el gusto por el exceso que tanto tiene que ver con el barroco (la argentina Pola Oloixarac) o, en fin, las sacudidas agrestes del paisaje y la historia (el boliviano Sebastián Antezana).

Algo se está moviendo. Los nuevos escritores latinoamericanos miran cada vez más hacia el norte, a Estados Unidos, y da la impresión de que empezaran a desentenderse de lo que ocurre en España. Alguien apuntó a que igual eso se debe al manifiesto desinterés de la vieja metrópoli por lo que ocurre en las antiguas colonias (aunque quizá no sea exactamente así: en este periódico, Babelia ha dedicado una larga serie a los nuevos autores del otro lado del charco, pero es verdad que se los lee poco). Quizá la crisis obliga a los editores de aquí a mirar más al mercado y olvidarse de la literatura. Los más jóvenes de allí carecen de complejos. Están buscando llegar a sus lectores a través de los medios digitales, si tan complicado resulta hacerlo por los caminos tradicionales. Hasbún y Fuentes se juntaron en Cornell para lanzar desde allí Traviesa, una revista que pisa fuerte y con mucha calidad. Y el chileno Antonio Díaz Oliva ha lanzado 20/40, una colección de libros electrónicos donde va a recoger las voces de veinte escritores latinoamericanos menores de cuarenta años que escriben en Estados Unidos.

Paz Soldán puso todos los medios para que las cosas fluyeran sin el menor disturbio. Hubo, pues, mucha literatura. Pero también cayeron unos soberbios chiles en nogada que preparó en su casa para todos los invitados Debra Castillo, profesora en el Departamento de Literatura Comparada de Cornell. Un lujo. Se discutió de política, de los márgenes de maniobra en esta época complicada, de los rugidos de la crisis. Y, cuando llegó el momento de ponerse serios, se habló de fútbol.

La galaxia privada

Por: | 21 de septiembre de 2013

Cuando Edipo nació en Tebas fue apartado de la ciudad porque se había profetizado que mataría a su padre, el rey, y poseería a su madre. Creció en Corinto y, cuando el oráculo de Delfos le reveló su destino, huyó de allí para no hacer daño a los que creía suyos. Tuvo un altercado en una encrucijada, y mató a un hombre: era su verdadero padre. Luego salvó a Tebas de una terrible amenaza tras responder los acertijos de la esfinge, y como premio lo casaron con su madre. Tuvo cuatro hijos. Cuando supo que se había cumplido lo que se le había anunciado, se arrancó los ojos. Ya viejo, y acompañado por su hija Antígona, visitó Colono. Sófocles lo cuenta en una de sus obras. “¿Cómo es posible que yo sea de índole depravada, si no he hecho más que repeler el daño que sufría, de manera que aunque hubiese obrado con pleno conocimiento no podría ser criminal?”, dice allí Edipo. “Sin conciencia, pues, de mis actos, llegué adonde he llegado; mientras que los que me hicieron sufrir, me perdieron con pleno conocimiento”. Ahí, en esa historia, está contenido el núcleo esencial de lo trágico. Viene a confirmar simplemente que lo más cercano es lo más extraño. Y que, ahí, en lo más privado e íntimo, tiene lugar el verdadero misterio. ¿Quiénes somos y qué margen de maniobra tenemos? ¿Conocemos el verdadero alcance de nuestros actos? ¿Sabemos lo que nos espera? ¿Lo ignoramos por completo? En El lugar del cuerpo (Alfaguara; La Paz, 2009), la primera (y única, por el momento) novela de Rodrigo Hasbún, un muchacho se mete en la cama de su hermana más pequeña, y van metiéndose con el tiempo en un laberinto de afectos, emociones y juegos que va a marcarlos para siempre. ¿Tenían conciencia de sus actos o eran simplemente depravados, como se decía de Edipo? La mujer que protagoniza el libro, una escritora, vuelve sobre aquella época cuando ya es mayor: “Desea hacer énfasis en el perdón, en las transformaciones secretas, y ése fue el lugar donde descubrió más cosas sobre sí misma y los demás, sobre la selva (no hagas ruido, deja que te acomode el cuerpo, que hurgue, alivia el peso de terrores que quizá había e ignorabas)”, escribe Hasbún. En el lugar más oscuro es donde surge la luz. Por eso Edipo se queda voluntariamente ciego. Y por eso, quién sabe, al escrityor cochabambino le ha dado por rascar en las zonas pantanosas del universo familiar. O del mundo de los amigotes que, en el fondo, es lo mismo. En uno de sus relatos, ‘El lugar de las pérdidas’, incluido en Los días más felices (Duomo; Barcelona, 2011), se recogen algunas frases de las notas que toma uno de los personajes. Ha apuntado, por ejemplo: “estos cuadernos son mi lugar, aquí aprendo, aquí pierdo. (lo que quiero decir es que para saber cómo funcionan las cosas hay que destrozarlas primero)”. 

Rodrigo hasbun martin boulocq
Y a eso se está aplicando Rodrigo Hasbún (la foto es de Martín Boulocq) desde hace ya unos cuantos años. El terreno donde explora las cosas (y debe destruirlas primero), ya se ha dicho, es la familia y el mundo de los amigos. Casi todos sus personajes están cerca de ese momento en el que toca irse de casa, o acaso se han ido hace poco. Se acabó una época, empieza otra. Como Edipo, los personajes de Hasbún se largan para que no se cumpla lo que está escrito. Quieren salirse de las pautas marcadas. En ‘Visiones de Valeria’, por ejemplo, aparece una niña de cinco años que no quiere parecerse bajo ningún concepto a su madre. El narrador toma distancias y apunta casi al final: “¿Quieres o no quieres? [dar un paseo], vuelve a preguntar tu madre, una mujer hermosa y frágil a la que te parecerás más de lo que imaginas, aunque eso sea algo que durante mucho tiempo intentarás evitar”. Vaya, que resulta que te vas a matar por ser distinto y que, al fin, no escaparás. No hay salida, y a eso se le llama una cosa trágica. Los griegos armaban una piezas imponentes donde las criaturas se veían acosadas por el coro. Hasbún prefiere un formato más modesto: la vida cotidiana. Una peli que se ve en casa, un viaje de fin de curso, una juerga, los ejercicios de un taller de escritura. 

Lo que Hasbún ha conseguido hacer es establecer esa distancia que permite mirar el agujero. El sexo es uno de los instrumentos que utiliza para penetrar en lo oscuro porque el sexo tiene muchos componentes oscuros. Pero es también un estallido, una salida, una ruptura drástica con esa fuerza que nos empuja, que nos amarra, que nos cuelga esas sutiles cadenas para borranos el rostro y convertirnos en una criatura más. “El sexo redime”, dice la mujer de su novela cuando tiene unos cuarenta años. “El sexo nos devuelve al mundo, quita del aire todo lo demás, borra preocupaciones y malestar. Y sin embargo a veces sucede lo contrario y en algún momento fue lo más horroroso”. Viaje a las tinieblas y explosión de vida. En el alambre que va de un lado a otro se libran las verdaderas batallas.

Rodrigo Hasbún se está afanando en contarlas sin pelos en la lengua. Ha puesto la lupa en el resbaladizo tiempo en que se rompen amarras. “La demás gente existe más que yo, sus vidas son más auténticas, piensa Alejandra”, uno de los personajes de un cuento de Cinco (Gente Común; La Paz, 2005). “Sólo sabe hablar de sí mismo. Le cuesta mirar hacia fuera”, escribe Hasbún en otro cuento del mismo libro. Y también: “¿De qué están hechos nuestros afectos? ¿Cómo nos usamos? ¿Por qué tememos perdernos?”. De eso va su literatura. De eso iba lo que contaban los clásicos griegos. Hasbún ha metido el coro de la tragedia ática, y sus incesantes preguntas sobre la condición humana, en un piso donde dos jóvenes hacen el amor. Y están perdidos. Y plenos de vida.

El veneno del espectáculo

Por: | 16 de septiembre de 2013

A Friedrich Nietzsche le gustaba desparramar cuando hablaba de sí mismo. Los capítulos de su fascinante autobiografía, Ecce homo, llevan títulos que no esconden la alta consideración que tenía de su persona y tarea: Por qué soy tan sabio, Por qué soy tan inteligente, Por qué escribo libros tan buenos, Por qué soy un destino. Las cartas del último año de su vida lúcida abundan también en ese sentido. Es el filósofo del futuro, el que se adelanta a su época, el único que ha sido capaz de entender profundamente la deriva de su tiempo. Y el único, además, al que han apartado, marginado, despreciado. No le importa: puesto que nadie lo dice, tendrá él mismo que proclamarlo sin ningún pudor: “Nosotros los nuevos, los carentes de nombre, los difíciles de entender, nosotros, partos prematuros de un futuro no verificado todavía, necesitamos, para una finalidad nueva, también un medio nuevo, a saber, una salud nueva, una salud más vigorosa, más avispada, más tenaz, más temeraria, más alegre que cuanto lo ha sido hasta ahora cualquier salud”, escribió en La gaya ciencia. ¿Una simple boutade? Parece que no. Y es que cuando se vuelve a sus libros, de lo que tratan es precisamente de lo que ocurre ahora. Y, a veces, resulta raro encontrar un diagnóstico tan fino sobre el presente hecho hace más de un siglo. Concretamente en mayo de 1888 si tomamos, por ejemplo, El caso Wagner (incluido en Nietzsche contra Wagner; Siruela, 2002; traducción de José Luis Arántegui).Conviene, si se puede, dejar en segundo plano las consideraciones estéticas y musicales que Nietzsche propone sobre el compositor alemán, o dejarlas entre paréntesis. Y fijarse, más bien, en su descripción de las corrientes profundas que están marcando ya entonces lo que va a venir después. No tanto Wagner como Wagner sino, más bien, Wagner como el lugar donde se despliegan las marcas de lo que pasa hoy. Escribe Nietzsche: “Wagner jamás calcula como músico, ni desde alguna conciencia musical: quiere el efecto, nada más que el efecto”, y lo que conviene retener es esa voluntad de impactar, de sacudir, de deslumbrar, de pasmar. Nietzsche dice: “Se es actor con aventajar a los demás en la inteligencia de una sola cosa: aquello que deba hacer efecto de ser verdad no puede permitirse serlo”. Y quiere señalar que una puesta en escena que procura el espectáculo de la verdad se deja la verdad en el camino. En fin: “La música de Wagner jamás es verdad”. O lo que es lo mismo: en cuanto el énfasis se pone en la tarea de atrapar la voluntad del otro en las redes de cada uno ya no hay propiamente tarea propia. Perdónenme: ¿no está describiendo Nietzsche la política que se hace hoy, el periodismo de nuestro tiempo, las estrategias económicas que padecemos? 

Nietzsche-friedrich“Pero dejando aparte al magnetizador y al pintor de frescos, aún hay otro Wagner que va atesorando pequeñas preciosidades para poner aparte: ése es nuestro más grande melancólico de la música, lleno de miradas, delicadezas y palabras de consuelo en las que nadie se le había anticipado, maestro en los tonos de una felicidad lánguida y pesarosa”. La fascinación que tiene Nietzsche por el Wagner que se complace en desplegar un sinfín de miniaturas y que se extravía en los meandros de su música permanece en todo momento intacta. Lo que denuncia es su conversión en taumaturgo de los efectos, en esa suerte de hechicero al que ya solo le interesa su presa. “La adhesión a Wagner se paga cara”, escribe Nietzsche. “¿Qué es lo que ha cultivado cada vez más a lo grande? Ante todo, la arrogancia del lego, del idiota en arte”. “En segundo lugar”, apunta un poco más adelante, “una indiferencia cada vez mayor hacia todo aprendizaje estricto, distinguido y concienzudo al servicio del arte; en su lugar ha puesto la creencia en el genio, o hablando en plata, el descarado diletantismo”. Vaya, que ha consagrado en tercer lugar “lo peor de todo: la teatrocracia, esa archibroma de creer en la primacía del teatro y en su derecho a señorear las artes, el arte...”. Simplificar al máximo cualquier desarrollo para complacerse en la teatralidad de los efectos. Se han acabado los matices, importa el espectáculo. “Esto es precisamente lo que demuestra el caso Wagner: ¡se ganó a las multitudes... y corrompió el gusto, corrompió incluso nuestro gusto por la ópera!”.

La ruptura con Wagner fue decisiva para Nietzsche. De pronto descubre en el compositor que tanto había admirado un vuelco: ya no le importa tanto la música como los gestos, quiere ante todo ser un gran referente para el público que ha seducido. A finales de 1888, y tras haber recibido reproches  por haber cambiado de criterio respecto al compositor en El caso Wagner, Nietzsche se dedica a reunir todos los fragmentos en los que desde mucho antes ya denunciaba la deriva efectista del compositor, y publica Contra Wagner (incluido también en la edición citada de Siruela). Ahí recoge un fragmento de Humano, demasiado humano, que apareció en 1878, donde apuntaba: “Ya en el verano de 1876, en plena celebración del primer Festival, dije adiós a Wagner. No soporto la doblez; desde que Wagner estaba en Alemania había ido condescendiendo paso a paso a todo lo que yo despreciaba; incluido el antisemitismo...”.  Fin de la historia. Siguió su camino solo, “más profundamente solo que nunca”.  

De El caso Wagner, en cualquier caso,importa sobre todo lo que no tiene que ver con Wagner. Lo que va por debajo. El radical rechazo de Nietzsche por el mero efectismo. Su extremada lucidez al anunciar un tiempo donde no hay matiz que valga. Nietzsche lo dice a su manera bronca: “En su arte [el de Wagner] se mezcla de la manera más seductora lo que más necesita hoy todo el mundo, los tres grandes estimulantes de los exhaustos: brutalidad, artificio e inocencia (idiocia)”. Notas que tan bien cuadran con esta sociedad que se adora a sí misma por sus principios grabados a brocha gorda. Ya sea la política, la economía o el periodismo, reina el espectáculo. ¿O no les parece a ustedes que los titulares hoy tienen más que ver con el rotundo efectismo de La cabalgata de las valkirias que con las delicadas minucias del preludio de Tristán e Isolda? Pues eso.  

La vida solitaria

Por: | 09 de septiembre de 2013

Cuando Friedrich Nietzsche se instala en Niza en octubre de 1887, poco más de un año antes de precipitarse en la locura, considera que está cerrando un ciclo, que algo termina y algo nuevo empieza. El 12 de noviembre le escribe a su querido amigo Franz Overbeck: “Me parece que se cierra para mí una especie de época; una retrospectiva es ahora más oportuna que nunca. Diez años de enfermedad, más de diez años; y no simplemente una enfermedad para la que haya médicos y medicinas. ¿Sabe alguien propiamente qué me ponía enfermo?, ¿qué me retenía durante años en la cercanía de la muerte y en el deseo de morir? Me parece que no”. Pero quizá eso ya no importe. Esa temporada ha llegado a su fin. Una década antes, hacia 1878, se produjo su ruptura definitiva con Wagner y, un año después, estaba tan mal de salud que tuvo que abandonar sus clases en Basilea. Se convirtió entonces en una suerte de peregrino que iba de un lado a otro de Europa acuciado por una única urgencia: detener sus dolores de cabeza y que cesara tanta náusea y vómito, tanto sufrimiento. “Mis últimos diez años fueron de principio a fin excesivamente dolorosos y violentos”, le cuenta en diciembre al musicólogo Carl Fuchs, pero enseguida toma vuelo: “mis problemas son nuevos, mi horizonte psicológico es tan extenso que asusta, mi lenguaje es audaz y claro, quizá no haya libros alemanes más ricos en pensamientos y más independientes que los míos”. Ha hecho acopio de fuerzas, está preparado para nuevos desafíos. En enero, sin embargo, algo parece haberse quebrado de nuevo. La carta se la escribe a Heinrich Köselitz, el llamado Peter Gast, su entrañable discípulo, su cómplice más fiel: “En la peor época de mi salud la vida no se me manifestó como dificultad con tanta fuerza como ahora. Hay noches en que de una manera perfectamente humillante no me soportó más. A pesar de todo: queda aún tanto que hacer (¡incluso todo!--). Por consiguiente, lo soportaremos. Consigo que la mañana llegue al menos a esta ‘sabiduría”. No, las cosas no habían cambiado radicalmente, por mucho que Nietzsche lo quisiera. El solitario seguía solitario. Y seguía enfermo. Y seguía también lleno de ganas de culminar su obra. El año pasado, Trotta publicó el sexto y último volumen de la Correspondencia de Nietzsche, que reúne las cartas que escribió entre octubre de 1887 y enero de 1889 (la edición la ha dirigido Luis Enrique Santiago Guervós; la traducción, introducción, notas y apéndices son en este caso de Joan B. Llinares). El libro es fascinante: cuenta la conmovedora batalla de un hombre al que se le han cerrado todas las puertas, y al que se trata en Alemania como un desecho, y que ha decidido, sin embargo, seguir adelante. 

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No hay en Nietzsche (la imagen es de 1860) ni un átomo de rencor ni de resentimiento. Acaso algunas muestras de fragilidad, como cuando apunta en enero de 1888 en el borrador de una carta para su madre: “Espero haberme liberado finalmente de esta absurda necesidad de querer del prójimo algo que en absoluto pueden darme los demás -- alivio, agrado, aliento”. Y también: “Vosotros, todos vosotros, no tenéis fe en mí -- ni mi madre, ni tampoco mi hermana”. O incluso: “Desde hace diez años cada contacto con el norte alemán repercute sobre mí como una derrota”. Más adelante, en marzo, le pedirá perdón por escribirle cosas tan lúgubres. 

En este periodo de año y pico, y al hilo de las cartas que va escribiendo, Nietzsche trabaja de manera obsesiva en su gran proyecto centrado en la voluntad de poder, ese “ensayo para una transvaloración de todos los valores”. En uno de sus cuadernos de esa época, de enero de 1888, hizo una lista con las materias de las que había de ocuparse en los primeros dos de los cuatro libros previstos. Apunta 372 asuntos, que al final resume en doce grandes apartados. “Forma extrema del nihilismo: en qué medida es una forma divina de pensar”: es la nota nº 31. “Las falsificaciones psicológicas bajo el dominio del instinto de rebaño” (59), “el ser humano grande, el criminal” (79), “burla a los sistemáticos” (131), “hacer útil al ser humano mediante la virtud: virtud de máquinas” (146), “la música contra la palabra” (188), “el arte cristiano de la calumnia” (194), “burla: ‘¡sed simples!” (368). Basta leer el enunciado de las cuestiones que iba a abordar para darse cuenta de que estaba caminando sobre un terreno minado. 

Durante su última temporada de lucidez, ese año y pico, Nietzsche terminó El caso Wagner, El crepúsculo de los ídolos, su texto biográfico Ecce homo, El Anticristo, Ditirambos de Dioniso y Nietzsche contra Wagner. “Lo soportaremos”, le había escrito a Köselitz, cuando fue consciente de que su enfermedad seguía cercándolo de manera cada vez más peligrosa. Las cartas muestran cómo fue sorteando los obstáculos. Hay algunas descripciones de Niza y Turín que constituyen una verdadera celebración de la vida. Su amor a la música está ahí. También las pestes contra el antisemitismo de su hermana y su horror por la experiencia de comunidad racial que pretendió poner en marcha con su esposo en Paraguay. Le preocupa que su madre no acierte con ese jamón que tan bien le viene a su estómago. En Dinamarca, Georg Brandes se ocupa por primera vez de su obra. Empieza a ser conocido fuera de Alemania y August Strindberg se convierte en uno de sus admiradores. El 3 de enero de 1889 le escribe a su amiga Meta von Salis: “El mundo se ha transfigurado, pues Dios está sobre la tierra. ¿No ve usted cómo se alegran todos los cielos? Acabo de tomar posesión de mi imperio, pondré al papa en prisión y haré fusilar a Guillermo, Bismarck y Stöcker”. Firma: “El Crucificado”. Es una más de una vertiginosa sucesión de cartas disparatadas. La locura lo ha derrotado. Poco después se abrazaría al cuello de un caballo en una plaza de Turín para protegerlo de los latigazos que recibía de su dueño. Overbeck acude a recogerlo. El 10 de enero ingresa en un manicomio en Basilea. 

La revolución II

Por: | 06 de septiembre de 2013

En su última novela, El camino de Ida (Anagrama), el escritor argentino Ricardo Piglia recoge una observación de Serguéi Necháiev que se encuentra al principio de su Catecismo del revolucionario. Dice ahí: “El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses personales, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades; no tiene ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, por una sola pasión: la revolución”. He ahí todo un programa de vida. Borrarse por completo para que la causa lo ocupe todo. Una causa, además, que no se sostiene en un programa claro, que solo se agarra al futuro como promesa, que liquida el presente en la medida en que lo pone al servicio del porvenir y que, sobre todo, se alimenta de un profundo malestar: esto, este mundo, no tiene remedio. Así que hay que cambiarlo del todo, dinamitarlo, tirarlo por la borda. Estamos, por tanto, en guerra contra el sistema y, en una guerra, para ganarla, conviene servirse de cualquier arma. Piglia tira de nuevo de Emilio Renzi, esa suerte de alter ego peculiar que recorre tantas otras obras suyas, y lo manda esta vez a Estados Unidos para que se entretenga en la exclusiva Taylor University (a unos sesenta kilómetros de Nueva York) dando un seminario sobre W. H. Hudson, un escritor británico que nació en Argentina o, si prefieren, un literato argentino raro al que le dio por escribir en inglés. Desde la primera línea de El camino de Ida hay una idea: que vivimos varias vidas y que esas vidas son autónomas, que solo se cruzan excepcionalmente, que están desconectadas una de la otra y que si tienen relaciones, esas relaciones son clandestinas. Como suele ocurrir en los libros de Piglia, desde el primer instante uno queda atrapado en los hilos de una telaraña, cada uno de los cuales se va enredando alrededor de un asunto: está el pasado de Renzi, están las vicisitudes de su presente, las cuitas de la universidad cogen enseguida sustancia, también interesa lo que le pasa a un mendigo, se producen unos atentados, hay una muerte cercana, el trato con un detective privado abre la puerta a los sofisticados instrumentos de los que se sirve el espionaje en el presente, de pronto la novela El agente secreto de Joseph Conrad toma relevancia y, claro, está el propio W. H. Hudson. “La pasión sexual es el pensamiento central de mi novela”, cuenta Piglia (la fotografía es de Uly Martín) que Hudson decía en una carta, “la idea de que no habrá descanso ni paz perpetua, hasta que se haya extinguido esa furia. Podemos sostener que mejoramos moral y espiritualmente pero encuentro que no hay cambios, ni ninguna merma en la violencia de la furia sexual que nos aflige”. Así que empiezan las clases y Renzi se enamora de Ida Brown, otra profesora.

Ricardo piglia
“Ella también parecía vivir en series aisladas, con amigos, colegas, amantes, alumnos, conocidos de la profesión, y cada uno de esos espacios no estaba contaminado por los demás”, dice Renzi a propósito de esa mujer con la que se embarca en una historia amorosa, que explota cuando están recluidos y que, sin embargo, permanece oculta para todos los demás. Hasta que un día Ida Brown aparece muerta en su coche. Nadie sabe explicarse exactamente qué ha ocurrido, pero el revuelo es monumental. Desde hace ya tiempo un montón de profesores, vinculados sobre todo a áreas científicas, han sido asesinados por bombas que les estallan tras aparecer camufladas en paquetes. El FBI lleva años persiguiendo al responsable o los responsables, y no hay manera. 

Joseph Conrad había escrito en El agente secreto a propósito de unos anarquistas que andaban empeñados en liquidar el sistema: “Hay que evitar que encuentren sentido a nuestros ataques”. Y también: “Nosotros en cambio debemos buscar el acto puro, que no se comprende ni se explica y provoca la estupefacción y la anomía”. Incluso más: “Debemos realizar un acto enigmático, inexplicable, casi impensable. Nuestras acciones deben ser a la vez incomprensibles y racionales”. Ida Brown, poco antes de dirigirse hacia su destino final, le había dado la novela de Conrad a Renzi. Y este piensa que entre su muerte y la de aquellos científicos que han ido cayendo en extrañas circunstancias existe alguna relación. Su vecina, una emigrada rusa ya mayor, va a convertirse en la interlocutora de sus obsesiones y es entonces cuando llegan a la universidad los agentes del FBI a interrogarlo. 

Piglia se ha inspirado para construir esta novela en la historia de Theodore Kaczynski, conocido como Unabomber, el terrorista que envió entre 1978 y 1995 16 cartas bomba a diferentes científicos, matando a tres de ellos e hiriendo a 23, y que desencadenó una larga y obsesiva persecución policial, una de las más sofisticadas que puso en marcha el FBI. Hasta que su hermano lo delató. Renzi, en la  novela, tiende puentes y contrata a un investigador privado para que encuentre los vínculos entre la muerte de Ida Brown y los asesinatos de un antiguo profesor de matemáticas de Berkeley, Thomas Munk, empeñado ahora en tirar abajo una sociedad atrapada por la tecnología y regresar a formas de vida naturales. Un revolucionario. Distinto a los anteriores, de nuevo cuño, que trabaja solo, que vive apartado y que maquina cómo dinamitar un mundo enloquecido para redimirlo. En su camino, según la hipótesis de Renzi, cae como una víctima colateral Ida Brown, que también fue una chica rebelde que quiso en los sesenta cambiar las cosas. “Para difundir nuestro mensaje con alguna probabilidad de tener un efecto duradero tuvimos que matar a algunas personas”, escribió Thomas Munk en el Manifiesto que publicó en dos grandes medios estadounidenses a cambio de detener su mortífera actividad. He ahí la nueva revolución. Un puñado de paquetes bombas para obtener cierta visibilidad y hacerse oír. Piglia ha vuelto a fabricar un preciso artefacto para acercarse a la complejidad del mundo actual con una distancia irónica y melancólica. Y, bueno, para dar pistas sobre esos asuntos de los que tanto aprendió W. H. Hudson cuando se hizo a “la vida semisalvaje de los guachos y había asimilado todas sus nociones peculiares, la principal de ellas era que la vida humana no era gran cosa. ‘¡Qué importa!’, dicen a menudo los paisanos y se encogen de hombros, cuando se les dice que un amigo ha muerto. ‘¡Mueren tantos caballos!”. 

 

La revolución I

Por: | 02 de septiembre de 2013

En Semillas mágicas (Debolsillo, 2009; traducción de Flora Casas), la primera novela que publicó después de que le concedieran el premio Nobel en 2001, V. S. Naipaul recupera al personaje central de Media vida, Willie Chandran. Aquella novela terminaba cuando este se instala en Berlín en casa de su hermana Sarojini después de abandonar África, donde estuvo con una mujer durante los últimos dieciocho años. Willie se dio cuenta de que había vivido allí de prestado, que nunca tomó las riendas de su propia historia, así que con cuarenta años decidió romper con todo para reinventarse de nuevo. Semillas mágicas es la historia de ese desafío. Así que está en Berlín y vive con su hermana, una activista de izquierdas que se dedica  a hacer documentales con su compañero para colaborar con la causa y que admira a Kandapalli Seetaramiah, el fundador del People’s War Group, una organización maoísta que puso en marcha una guerrilla  en el estado de Andhra Pradesh para provocar la revolución. Un día Sarojini le dice a Willie que tiene que hacer algo con su vida. Hablan de política. “En el fondo siempre estuve de parte de los africanos, pero yo no tenía una guerra en la que participar”, se excusa Willie. Su hermana le contesta: “Si todo el mundo hubiera dicho lo mismo, jamás habría habido ninguna revolución. Todos tenemos guerras en las que participar”. Y Willie, a mitad de camino, sacudido todavía por la resaca de la vida que ha dejado atrás en África, medio perdido, decide librar su propia guerra. Y vuelve a su país y se incorpora a la guerrilla. 

V. s. naipaul 2 jordi adria
Ahí lo tienen. Veinte años después, Willie Chandran está de nuevo en la India. Visita a Joseph, un viejo revolucionario que va a facilitarle las cosas para iniciar su nueva tarea. Se suceden entonces algunos encuentros clandestinos y, por fin, llega a un bosque de tecas. Ahí le prohíben hablar, hacer preguntas, va a comenzar su periodo de instrucción. Joseph le había dicho que se encontraban en el lugar donde alguna vez existió el último gran reino indio. Un día llegaron los musulmanes hace 400 años y acabaron con lo que había. Fue una guerra de aniquilación, dice Joseph, que sueña ahora con una revolución que lo arrase todo. Y esa es la revolución que quieren hacer los guerrilleros con los que Willie aprende a convivir. Todos tienen treinta y tantos o cuarenta y tantos años. Han decidido jugársela, acabar con todo, inventar un nuevo mundo. Willie sabe muy poco de todos ellos, y enseguida se da cuenta que se ha equivocado de revolución.

Naipaul (la foto es de Jordi Adriá) no da muchos datos. Le importan poco las referencias históricas, el momento concreto, la situación específica de ese rincón de la India donde un montón de hombres se han juntado para liquidar el viejo orden. Lo que le interesa es lo que los ha llevado allí, quiere rascar en sus razones más íntimas, reconstruir el pulso que los anima. Willie le sirve de lazarillo en esa tarea: él mismo está extraviado y anda buscando algo que tenga sentido. Campos de entrenamiento, largas noches, aburrimiento. Las misiones a las que lo envían, el trato con sus superiores inmediatos, las consignas de los jefes, los claroscuros de la gran tarea. Hay un cuerpo policial especial con el que se baten, al movimiento se incorporan nuevos voluntarios, los que tienen más experiencia saben que no se pueden cometer errores. Un día Willie sabe por Sarojini que Kandapalli está perdiendo el control. Otro día se entera de que lo han detenido. Pero la batalla sigue en marcha. Y Naipaul está ahí para tomar nota.

Hay un momento en que Willie quiere abandonar la lucha. Hay otro en el que experimenta lo que es el compañerismo. Cruza cartas con su hermana. Le manifiesta sus dudas: “me siento como si hubiera perdido mi libertad en unas semanas por una razón que no comprendo”. Vive situaciones delicadas, como cuando uno de los suyos le ajusta las cuentas a otro que no termina de comprometerse (“Y cuando sonó el disparo y la cabeza de Raja quedó hecha una amasijo, el hermano mayor se quedó  mirando el suelo con los ojos desorbitados”). Detenciones, vuelta al bosque, nuevas estrategias. Les dicen que cada sección se encargará de ciento cincuenta aldeas. Combaten para ampliar la zona liberada. Pero los campesinos poco tienen que ver con sus proyectos de futuro: “Y el escuadrón proseguía su marcha, con la promesa de volver al cabo de unos meses, para ver qué tal le iba a la gente con aquel regalo de libertad”, escribe Naipaul. Porque, en buena medida, de eso trata Semillas mágicas. Del profundo fracaso de la lucha guerrillera. De la absurda obstinación de sus líderes. De una enloquecida violencia que no tiene anclaje alguno más que en la verborrea de los comunistas, en una colección de palabras abstractas: “...este movimiento no es un movimiento de amor. Ninguna revolución puede ser un movimiento de amor”, dice Einstein, uno de los más feroces combatientes. Willie lo resumirá de otra manera: “Todos quieren que desaparezcan las viejas costumbres, pero las viejas costumbres forman parte del ser mismo de las personas. Si desaparecen, ya no sabrán quiénes son, y estas aldeas, que tienen su propia belleza, se convertirán en una jungla”. Y así van yendo las cosas. Y Willie consigue salir de ese infernal círculo y termina de nuevo en Londres. Donde empieza la segunda novela que contiene Semillas mágicas, otra de esas magistrales piezas de Naipaul con la que conviene bajar hasta las zonas más oscuras para seguirle las pistas al mal, ese viejo e inaprensible conocido. 

El País

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