El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

El lugar del intelectual

Por: | 31 de enero de 2014

Una de las figuras de las que se ocupa Tony Judt en El peso de la responsabilidad (Taurus, traducción de Juan Ramón Azaola) es León Blum, otro es Raymond Aron y el tercero es Albert Camus. Hannah Arendt se refería en 1952 a este último como el intelectual francés. Seguramente ya nadie sabe muy bien, a estas alturas, lo que significa ese término, pero si se diera la razón a Arendt, y en Camus tomara cuerpo el concepto, la mejor manera de comprenderlo sería seguir la trayectoria del autor de El extranjero. Antes, de todas formas, es necesario tomar en consideración las inquietudes de Judt a la hora de afrontar durante los años noventa este (triple) ensayo. Está, por lo pronto, su interés por Francia, y por la proyección en la vida pública que tuvieron allí los intelectuales durante buena parte del siglo XX. Lo importante, de todas formas, son las tres diferentes formas de irresponsabilidad que denuncia y que se impusieron en Francia de manera sutil, pero incontestable, desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta mediados de la década de los setenta. La primera irresponsabilidad fue política: nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando. Cuando Daladier regresó de Munich, donde se le entregaron a Hitler los Sudetes con el argumento de que semejante concesión aplacaría sus afanes expansionistas, los franceses lo recibieron como un héroe. ¿Es que nadie se daba cuenta de que se estaba alimentando al monstruo? El régimen de Vichy, aquella ignominia, se impuso con facilidad ante esa atmósfera de tanta ligereza. Judt se refiere luego a la irresponsabilidad moral: se aferraron al pacifismo apolítico que surgió tras la Gran Guerra, no defendieron la democracia, nada dijeron del giro autoritario del comunismo soviético y, en los sesenta y setenta, celebraron la revolución cultural de Mao y los terribles desmanes en Camboya de las fuerzas de Pol Pot. La tercera irresponsabilidad fue intelectual. Crecidos por el predicamento que tenían en la ciudadanía, quienes participaban pontificando en la vida pública ni se molestaron en preparar sus argumentos y simplemente tiraron de recetas. La solvencia era irrelevante: lo que importaba era la afiliación política o ideológica. ¿Y Camus? ¿Cuál era el lugar de Camus?

Albert camus cartier-bresson
“No hablo para nadie: bastante dificultad tengo en hablar para mí mismo. No sé, o sólo sé vagamente, hacia dónde me dirijo”, dijo Camus (la fotografía es de Henri Cartier-Bresson) en 1959. En 1956, durante la crisis de Argelia, había comentado: “No soy un hombre político, mis pasiones y mis gustos me llevan a otros lugares distintos de las tribunas públicas. Voy allí sólo por la presión de las circunstancias y por la idea que tengo a veces de mí mismo como escritor”. Tony Judt sostiene que Camus fue la voz moral de su época, pero que pecó de ingenuidad filosófica. El joven escritor, que había desembarcado en París procedente de Argel, se convirtió en poco tiempo en el referente de la generación de la Resistencia frente a los dilemas de la Cuarta República. Luego fue rechazado de los círculos de la intelligentsia con un cierto desdén y le tocó vivir como un intruso donde antes había reinado como una gran figura. En El hombre rebelde atacó los mitos revolucionarios. Fue entonces cuando le cayeron latigazos por todas partes. En aquel libro había idealizado la rebelión frente a la revolución y cayó también en cierto “anarquismo sentimental”, apunta Judt. Pero tenía razón a la hora de señalar que la violencia totalitaria era el gran dilema moral de aquella época y que la Unión Soviética y sus satélites no sólo eran admirados por los filósofos sino que estos eran quienes allí gobernaban. 

Tres instantes. Camus escribiendo los editoriales de Combat, y gobernando su balsa con autoridad sobre el impetuoso oleaje de aquellos tiempos. Camus señalado por Sartre como un apestado por cuestionar, con argumentos de maestro de escuela, los grandes pilares de la revolución. Camus, en fin, roto por la guerra de Argelia: todavía creía en las virtudes de asimilación de la Tercera República frente a los nacionalistas argelinos que eran intransigentes con Europa. Criticó los actos terroristas de del Frente de Liberación Nacional y le irritó la actitud despreocupada de sus colegas parisinos. “Mañana Argelia será una tierra de ruinas y cadáveres que ninguna fuerza, ninguna potencia mundial será capaz de restaurar en nuestro siglo”, escribió.

Camus, entonces, ¿el intelectual? ¿Cuál de ellos? ¿El que gobierna la balsa, el que se revuelve contra el terror (acaso con ingenuidad), el que cae en el silencio desgarrado por el vendaval de las circunstancias? “Creo en la defensa de la justicia, pero defenderé antes a mi madre”, dijo poco después de recibir el Premio Nobel en diciembre de 1957. Quizá ahí esté la pista, que solo tenga sentido tomar la palabra moviéndose en la cuerda floja que sobrevuela el abismo entre el calor de las grandes abstracciones y la tantas veces sórdida vida concreta.

La fuerza de los argumentos

Por: | 29 de enero de 2014

León Blum tenía una voz fina y bastante aguda. Era un tipo alto y, sin embargo, parecía frágil. No era de esas presencias que se imponen físicamente sobre los demás, pero resultaba seductor. Cuando era joven trabajó como crítico de teatro y se le habían quedado esos ademanes tan propios de la bohemia. El historiador Tony Judt dice de él que tenía algo de “dandi ascético”. “Si emocionaba a la gente no era por su carisma, en el sentido convencional, sino por la fuerza de sus argumentos, la lógica y profundidad de sus propias convicciones clara y convincentemente transmitidas incluso a la más hostil y ajena de las audiencias, ya fuera en el parlamento, sobre el estrado o en una columna periodística”, escribe. Blum era judío, procedía de una familia alsaciana. En 1923 explicó en una sesión del parlamento: “Yo nací en Francia, me eduqué en escuelas francesas. Mis amigos son franceses... Tengo derecho a considerarme perfectamente asimilado. Bien, no obstante me siento judío. Y nunca he advertido, entre esos dos aspectos de mi conciencia, la menor contradicción, la menor tensión”. En El peso de las responsabilidad, que recoge tres ensayos sobre tres grandes personajes (Blum, Camus, Aron) que terminó alrededor de 1995 y que Taurus acaba de publicar (traducción de Juan Ramón Azaola), Tony Judt llega a referirse al político francés como una especie de hombre del Renacimiento. Nacido en 1872, empezó pronunciándose sobre lo que ocurría en los escenarios y luego fue un prestigioso jurista —auditeur del Consejo de Estado, el más alto tribunal de derecho administrativo— que preparó en 1898 la defensa de Emile Zola en el juicio vinculado al caso Dreyfus. Dejó las leyes por la política cuando fue elegido diputado por el partido socialista en 1919. Fue nombrado primer ministro cuando el Frente Popular llegó en Francia al poder en 1936. Los republicanos españoles no guardan buena memoria de aquella época: Blum prometió ayudarlos, pero luego secundó al Reino Unido en el Comité de No Intervención. Los franceses, en cambio, lo tienen asociado a algunas medidas que tomó entonces, como las vacaciones anuales pagadas, una conquista de la clase obrera. En la Francia ocupada, fue uno de los 80 parlamentarios que votaron en contra de dar plenos poderes a Pétain. Fue encarcelado y luego lo condujeron, primero, al campo de concentración de Buchenwald y, después, al de Dachau. En diciembre de 1946 fue nombrado presidente del Gobierno interino que se estableció en Francia hasta enero de 1947. Le tocó defender el cambio y la renovación de los hombres de la Cuarta República. En 1950 murió a los 77 años.

Leon blum¿Qué interés puede tener Blum (en la foto) a estas alturas? Basta ver su aspecto para confirmar que pertenece a otra época. El siglo XX va quedando muy lejos, pero la brutal crisis de estos últimos años ha obligado a recordar aquella otra, la de los años treinta, que sacudió los cimientos del mundo de entonces y que tuvo catastróficas consecuencias. También está presente hoy la Europa de entreguerras, por la falta de derroteros en el horizonte, por el ascenso de los extremismos, por la crisis de la democracia representativa. En aquella tumultuosa época tuvo Blum un papel esencial. Fue el portavoz del partido socialista francés cuando se debatió en 1920 si debía incorporarse a la Tercera Internacional, la plataforma de izquierdas que defendía las tesis de Moscú. Se mantuvo firme, y evitó esa deriva: no aprobaba el terror como forma de gobierno. Había que trabajar por la justicia, pero dentro de la democracia. Judt le atribuye en los años siguientes un papel esencial a la hora de evitar que el partido socialista se escorara hacia la derecha en su afán de distinguirse de los comunistas.

Blum fracasó cuando llegó al poder con el Frente Popular. Impulsó los acuerdos de Matignon del 8 de junio de 1936 (“generosos aumentos de salarios, una semana laboral de cuarenta horas, vacaciones pagadas y el derecho a la negociación colectiva”), pero las expectativas eran tan grandes y tan dura la tarea de gobernar, con una derecha que saboteaba cada paso y con los comunistas desentendiéndose de compromiso alguno, que las cosas no salieron como debían haber salido. Luego vino lo peor: los ejércitos de la Alemania nazi invadieron Francia y llegaron a París sin demasiados contratiempos. Durante los años treinta, a Blum le tocó padecer el antisemitismo que empapaba el ambiente; cuando se impuso el régimen de Vichy, fue a la cárcel y, de ahí, al infierno de los campos. 

“Estamos afrontando una amenaza imperial a Europa”, comentó en junio de 1938 en uno de los congresos de su partido, tres meses antes de la crisis de Múnich. Era consciente del peligro que representaban Hitler y Mussolini, y no tuvo más remedio que cuestionar la tradición pacifista de los socialistas. “Podéis seguir diciendo que nosotros ‘no votamos a favor del tratado de Versalles’, pero no os engañéis; esa es la actitud de los espectadores, no de los participantes. Y no os olvidéis que los espectadores despreocupados pueden a veces convertirse en cómplices”. De nada sirvieron sus palabras. Tanta despreocupación, y la tentación de mirar a otra parte, fueron determinantes para que Francia siguiera cayendo en esa lánguida decadencia que facilitó la ocupación, consumada en el verano de 1940. Aquel dandi ascético, León Blum, siguió en sus trece y no votó a favor de permitir que Pétain tuviera las manos libres para someterse a los dictados del Führer. Tony Judt lo rescata en su libro por su coraje y por seguir defendiendo sus ideas (igualdad, laicismo, libertad, justicia) en tiempos confusos, por llegar incluso a defenderlas al margen (o contra) los suyos. De acuerdo: la historia no sirve mucho para evitar que se repitan los mismos errores. Pero no está de más cuando sirve para recordar que hubo tipos así. Cuenta Judt que Blum no era nada sentimental, que lo suyo era armar buenos argumentos para defender sus ideas, e intentar convencer al otro. Justo lo que se necesita en tiempos como los que padecemos y donde solo parece tener peso la furia de las emociones. Y así nos va.  

 

Contra todo catastrofismo

Por: | 15 de enero de 2014

En 1984 Francisco Ayala fue invitado al Congreso de los Diputados y allí leyó una conferencia, Mi yo catedrático, en la que hacía un repaso de lo que habían sido hasta entonces sus reflexiones políticas. Contaba ahí que cuando empezó a preocuparse por la cosa pública, siendo todavía muy joven, se enfrentó con una grave crisis institucional, la dictadura de Primo de Rivera, y constató que “el vituperio contra el caciquismo había alcanzado a ser clamor en España…”. Aquel sistema clientelar dista mucho de cosechar aplausos y, desde luego hoy, no se da por buena una democracia donde eran los caciques del lugar los que establecían a quién debía votarse; a los demás no les quedaba otra que plegarse, ya fuera por cuestiones  laborales, ya fuera por un afán de simple integración social. Más adelante, al volver sobre aquella época, Ayala escribió en España, a la fecha (1965) que aquel caciquismo había sido el resultado de “un intento sano y en sí mismo plausible” de implantar en España, a partir de la Constitución de 1876, una democracia liberal, y que esa era la “condición necesaria para que el país se transformara en una sociedad moderna”. Pese a sus indudables limitaciones, Ayala quería subrayar que aquel periodo, el de la Restauración, había sido el único de “la historia de España en que este pueblo ha vivido, no sin injusticias ni trastornos, claro está, pero en una atmósfera de efectiva libertad política, con discusión pública, respeto al adversario e imperio del orden jurídico”. Y añadía: “De hecho, España estaba convirtiéndose en una nación moderna. Era el tiempo de la convivencia amistosa de Pereda, Galdós, Clarín y Menéndez Pelayo; el tiempo en que surgió y se desplegó la generación del 98; el tiempo de Ortega y Gasset... España se había europeizado”. La conferencia de Francisco Ayala se puede encontrar en el sexto volumen de sus Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), que apareció hace unos meses y que reúne sus colaboraciones periodísticas y textos atípicos, como ese de 1984, que leyó en la sede parlamentaria de una España en la que se consolidaba la Transición y que había logrado superar el golpe de Estado de 1981.

Ayala
Resulta seguramente chocante que Ayala (la fotografía es de Miguel Gener, 1992) no echara pestes sobre aquella democracia tan incompleta, tan frágil, tan íntimamente manchada por los caciques de turno, y donde sólo votaba un sector muy pequeño de la sociedad. Hubiera quedado mejor si se hubiera rasgado las vestiduras. La idea de insistir en los caminos torcidos de España siempre ha tenido buena prensa, el lamento por su singularidad, la queja por la acumulación de desastres, el gusto por encontrar en sus más íntimas esencias ese oprobio que no va a borrarse fácilmente y que va a marcarle finalmente un destino trágico e inevitable (la Guerra Civil). En 1965, Ayala se distanciaba drásticamente de esa lectura. Bueno, bueno, no hay que exagerar: esa podría haber sido su fórmula. Cuando en 1923 Primo de Rivera daba el golpe, lo que estaba haciendo era poner fin a una época de relativa estabilidad, de relativo progreso, de relativa democracia, para recuperar de paso la España más autoritaria y conservadora. El país que hasta entonces iba configurándose no era muy diferente de los equivalentes de su entorno: no era ese caso excepcional que producía tanto lamento y crujir de dientes.

Ya podía hablarse de una opinión pública de cierta envergadura, se había producido su despegue industrial, el centro de gravedad de la cosa pública se desplazaba hacia las nuevas clases medias y obreras de las ciudades (algunas de las cuales habían crecido de manera notable), eran muchos los jóvenes que completaban su formación en el extranjero. Todavía una parte de la clase intelectual se regodeaba hurgando en las esencias de un país maldito, pero había otros que estaban más interesados en llorar menos y en hacer cosas. Por eso Ayala observaba en su discurso de 1984 que “esas tremendas críticas con que se atacaba a la ‘España oficial’ eran la mejor, aun cuando paradójica, comprobación del éxito logrado por Cánovas con su monarquía constitucional y parlamentaria” y, poco más adelante, proclamaba: “la europeización de España por la que tanto se había clamado, estaba conseguida ya”.

Es importante llamar la atención sobre el lugar desde el que hablaba Ayala. En ese texto, si se busca algo que podría resumir su posición respecto a los vaivenes del mundo se encuentra, y de refilón, algo muy escueto: le interesó siempre defender “el valor permanente e irrenunciable de la libertad individual”. Por eso subrayó los discretos progresos de la Restauración, por eso se opuso a la dictadura de Primo de Rivera, por eso celebró la República y la defendió combatiendo contra los militares que se empeñaron en destruirla, por eso tuvo que salir de aquella España tristona devorada por la dictadura franquista. Regresó cuando volvieron las libertades. Y procuro seguir cuidándolas. Una manera de hacerlo fue la de aportar un poco de sensatez a los debates que entonces tenían lugar. Ayala había sido testigo de los excesos de la época de entreguerras donde “toda la construcción política del liberalismo estaba siendo sometida en Europa a una demoledora crítica de intención revolucionaria llevada a cabo por los teorizadores del marxismo y, de otra parte, aprovechada para sus propios fines por los partidarios de la ideología fascista”. Las libertades individuales casan mal con los totalitarismos, sean del signo que sean, y estos se alimentan en las retóricas incendiarias que se imponen en tiempos de crisis. Precisamente por estar viviendo una de esas épocas de desolación, conviene aferrarse a cuantos buscan argumentos para defender las libertades, como Ayala, y no desgarrarse en los ampulosos gestos de aquellos que, de un brochazo, ponen en cuestión cuanto se ha conseguido hasta ahora y se refugian en el catastrofismo de nuestra supuesta condición anómala.

El sistema de los objetos

Por: | 06 de enero de 2014

Lo primero son las campanas. Tocan a rebato, llamando a la movilización. Luego está el cuartel. A los flamantes soldados les entregan sus uniformes y les asignan su destino. Número de registro 4221: “11.ª escuadra de la 10.ª compañía, perteneciente en orden creciente al 93.º regimiento de infantería, 42.ª brigada, 21.ª división de infantería y 11.º cuerpo del 5.º ejército”. Después viene la despedida. La marcha de la tropa, los vítores de la gente. Reina un aire festivo: las cosas parecen formar parte de un orden cerrado, la guerra va a durar poco. El tren, la llegada a las Ardenas. El acantonamiento. Los muchachos toman copas, juegan a los naipes, por el aire cruzan aeroplanos a lo lejos. Pasan así tres meses. Entonces les toca caminar. Recorren pueblos devastados, en ruinas, ven muertos, chorros de sangre. Les ordenan que oscurezcan sus escudillas: no es bueno que el enemigo pueda orientarse con tanto brillo. Más adelante, en la frontera belga, a escasa distancia de Maissin, entrarán en combate. Deben lanzarse a paso de carga. Cuando empiezan a hacerlo, unos veinte hombres forman un corro, indiferentes a los proyectiles, aplicados a su tarea. Son los músicos del regimiento, tocan La Marsellesa. No deben perderse las formas. Una bala atraviesa el brazo del barítono, el del trombón cae herido, mueren el de la flauta y el de la viola. Estamos en el fragor de la batalla, esto es 14 (Anagrama; traducción de Javier Albiñana), del escritor francés Jean Echenoz. Cuando el episodio concluye, cuentan los muertos. La compañía ha sufrido 76 bajas.

Jean echenoz y miguel mora y otro ser humano
En la retaguardia, un domingo cualquiera de unas semanas antes en un lugar de la Vendée, Blanche se acaba de despertar en su habitación. Su cama es de cerezo; el armario, de pino de Virginia; el escritorio es de roble, la cómoda de caoba. A Jean Echenoz (al fondo, a la izquierda, junto al periodista Miguel Mora; la foto es de Daniel Mordzinski) no se le escapan las cosas, y procura ser preciso. Al personaje central de 14, Anthime, un joven de 23 años al que le toca ir a la Gran Guerra, lo ha sacado al principio del libro a pedalear en una bicicleta Euntes, “pensada por y para eclesiásticos”. Luego se detendrá en el pequeño avión biplaza modelo Farman F 37, en el biplaza Aviatik con su ametralladora Hotchkiss o en la pistola Savage, “especialmente adaptada para la aviación, envuelta en una rejilla para evitar que los casquillos se cuelen en la hélice”. Conviene no irse por las ramas y prestar atención a los objetos. ¿Qué llevan, por ejemplo, Anthime y los otros soldados en su mochila? Echenoz nos hace el favor: “material alimentario —botellas de aguardiente de menta y sucedáneo de café, cajas y bolsitas de azúcar y chocolate, cantimploras y cubiertos de hierro estañado, taza de hierro forjado, abrelatas y navaja—, ropa —calzoncillos cortos y largos, pañuelos de algodón, camisas de franela, tirantes y polainas de paño—, productos de mantenimiento y de limpieza —cepillos de ropa, de calzado y para las armas, latas de grasa, de betún, botones y cordones de recambio, estuche de costura y tijeras de punta redonda—, artículos de aseo y de sanidad —apósitos individuales y algodón hidrófilo, toallitas, espejo, jabón, navaja de afeitar con su afilador,  brocha, cepillo de dientes, peine—, así como objetos personales —tabaco y papel de fumar, cerillas y mechero, linterna, pulsera identificativa con placas de alpaca y aluminio, pequeño misal de soldado, cartilla individual”. Y apunta que, gracias a unas correas, pueden llevar también una manta enrollada, una lona de tienda de campaña con palos, piquetas y cables, la famosa escudilla que les encargaron embadurnar con betún para que no lanzara destello alguno, un pequeño haz de leña embutido en una cazuela y, bueno, otros útiles de campaña (hacha o cizalla, hocino, sierra, pala, pico o piqueta), una bolsa de agua, un farol con su estuche de lona. No está mal: 35 kilos cuando no ha llovido.

La pequeña novela de Jean Echenoz tiene menos de 100 páginas en su edición española. Las suficientes para bajar al infierno. El escritor francés se ha tomado la molestia de no llenar la narración con hojarasca inútil. Se sirve de los objetos para construir la época y ha elegido unos cuantos personajes para darle calor humano a la historia. Vuelan los proyectiles, explotan, se amontonan los cadáveres. Alguna vez habla del miedo. Cuenta, por ejemplo, que los zapadores sudaban. Que sudaban de cansancio “y miedo”. Narra un combate entre aviones: “...una bala atraviesa doce metros de aire a setecientos metro de altura y mil por segundo y penetra en el ojo izquierdo de Noblès para salir por encima de su nuca...”. Alfred Noblès es el piloto. Lleva su casco, unas gruesas gafas protectoras, un mono de tela negra cauchutada recubierta de piel de conejo y reforzada con piel de cabra, la cazadora y el pantalón son también de cuero, lleva botas y guantes forrados. Hace frío ahí arriba, no se puede viajar de cualquier manera.

No hay nombres de batallas, ni salen los políticos ni los militares que orquestaron la masacre. Echenoz prefiere ocuparse de los piojos y de las ratas. Su pequeña novela es necesaria por eso. Porque detrás de las ambiciones de los estados y de las estrategias de los generales, que tanto se recordaran este año del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, están las criaturas que pasaron cuatro años en las trincheras. Es curioso que los objetos digan tanto de su sufrimiento.

El País

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