Un mundo cada vez más extraño

Por: | 07 de junio de 2014

Un hombre y su hijo, de unos doce años, acaban de dejar un café y empiezan a caminar por la playa de Boulogne. No se acercan al agua, no se mojan los pies. El padre lleva un bastón y le va hablando de un libro, de una conferencia, de un sistema nuevo de ideas. Caminan rápido. Es una escena “llena de felicidad”, escribe Colm Tóibín. Hay una mujer que se está bañando. Es una buena nadadora, luego se abandona y deja que las olas arrastren su cuerpo hasta la orilla. Vuelve a juguetear con el agua, chapotea. El padre que pasea con su hijo se detiene, hace como que mira el horizonte, vuelve el rostro hacia atrás, parece distraído, se entretiene en la lejanía. Pero su hijo se da cuenta de que está mirando a la mujer que se baña en el mar. Luego dan la vuelta y emprenden el regreso a casa. El muchacho quiere salir corriendo para recuperar la atención del hombre, que ahora parece enfadado. Están cerca del orilla. “Su padre temblaba y miraba a la bañista que permanecía de espaldas a él, con su traje de baño pegado al cuerpo. Su padre no hacía ya ningún esfuerzo por disimular. Su mirada era deliberada e intensa, pero nadie más lo notó”. El chico prefiere no preguntar. El hombre está en otro mundo, detenido, perdido. Luego le coge de la mano y vuelven a caminar. “Su aspecto era el de alguien que ha sido perseguido y derrotado”. La mujer sigue nadando.

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¿Qué ha pasado exactamente ese día cualquiera al final de la mañana en la playa de Boulogne? El escritor irlandés Colm Tóibín (en la imagen) publicó hace unos años The Master, retrato del novelista adulto (Edhasa, 2006; traducción de María Isabel Butler de Foley), donde cuenta la historia de Henry James. El hombre que camina por la playa con el bastón es su padre, el niño es el novelista que más adelante escribiría Las bostonianas o Retrato de una dama. No hay mayor explicación de aquel momento en el libro, simplemente está ahí. Un par de capítulos antes, y cuando Toíbín cuenta una visita de Henry James a Irlanda, se detiene en un momento en que mira de lejos a una niña, y entonces apunta: “Se dio cuenta ahora de que esa situación la había descrito en sus libros una y otra vez: figuras vistas desde una ventana o una puerta, un gesto casual que sugería una relación mucho más importante, algo escondido y súbitamente revelado”.

El libro empieza cuando Henry James se dispone a estrenar en Londres su obra de teatro Guy Domville, el 5 de enero de 1885, y termina cuando su hermano William, la mujer de este (Alice) y su sobrina Peggy abandonan Rye en octubre de 1899 después de haber pasado una breve temporada en Lamb House, la casa que el escritor compró por aquellos años en esa pequeña localidad inglesa. Colm Tóibín cuenta la vida de Henry James a la manera de Henry James. Con extrema sutileza, casi en voz baja, deteniéndose en pequeños detalles, rascando en la superficie de cuantos estuvieron próximos a él y hurgando en algunas circunstancias de su vida para averiguar de qué madera estaban hechas las relaciones y los afectos del gran escritor. En el prólogo que Luis Magrinyà escribió a la selección que hizo de sus relatos (Debols!llo, 2003) explica que en el caso de Henry James “nunca había estado tan claro que todo depende del narrador”. 

Henry jamesEs una lección que ha aprendido Colm Tóibín. Henry James (en la imagen) nació el 15 de abril de 1843 en Nueva York y murió en Londres el 28 de febrero de 1916, así que lo que cuenta The Master no es nada más que un suspiro, unos cuantos años de una larga vida. No hay, por otro lado, sino alusiones a sus novelas y cuentos. Tóibín toma las riendas, selecciona lo que le interesa y se dispone a pintar el retrato de un escritor. Es entonces cuando se queda al margen y levanta acta de lo que ve para, de esa manera, encontrar lo oculto, el verdadero secreto. El libro empieza con el fracaso de Henry James en el teatro y avanza a partir de ahí a saltos, yendo del presente al pasado para localizar aquellos momentos significativos. Un viaje a Irlanda, de donde procedían los James que se trasladaron a Estados Unidos y se hicieron ricos; la relación con su hermana Alice, cargada de tantas tensiones por su delicada salud; su complicidad con su prima Minny y el desdichado distanciamiento de última hora; la Guerra Civil, y la culpa de quedarse al margen cuando se han alistado a combatir tantos amigos y sus hermanos pequeños (los terribles dolores de Wilky, que fue herido en el asalto a Fort Wagner); el suicidio en Venecia de su gran amiga, la escritora Constance Fenimore Wolson, y etcétera. Están también todos esos momentos que Henry James vive de manera furtiva pero con extraordinaria intensidad. La incapacidad de encontrarse con Paul Joukowsky, la solicíta compañía de Hammond, un cabo del ejército que ejerce de criado cuando visita a los Wolseley, la noche que dureme con su amigo Oliver Wendell Holmes, su complicidad con el joven escultor Hendrick Andersen.

Cuando Colm Tóibín reconstruye el momento en que Henry James descubre siendo un jovencito a algunos grandes escritores, dice: “Nombres que sugerían no sólo la mentalidad moderna en su aspecto más radical, sino la idea del estilo en sí, de pensar en adquirir una especie de estilo y en escribir ensayos, no como una contundente llamada al deber o un serio esfuerzo para decubrirse a uno mismo, sino como un juego, como el ejercicio de un tono”. Y, ya casi al final, le hace decir al autor de Una vuelta de tuerca: “Yo soy un pobre narrador de historias, un escritor de novelas, interesado en dramáticas sutilezas. Mientras mi hermano explica el mundo, yo sólo puedo tratar brevemente de hacer que cobre vida o de que se haga más extraño”. 

Un juego, el ejercicio de un tono, dramáticas sutilezas, un mundo que se hace cada vez más extraño. Todo eso está en The Master. Habrá entonces que convenir que también está ahí Henry James. Y su padre, que una mañana salió a dar un paseo con su hijo y que vio de lejos a una bañista y que, ya de regreso, tenía el aspecto de un hombre perseguido y derrotado.

 

Hay 1 Comentarios

Muy bien presentada la figura de James, acierto en la selección de pinceladas que contribuyen a describirlo en la vertiente de mayor interés.
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Respecto a ese su "pensar en adquirir una especie de estilo y en escribir ensayos, no como una contundente llamada al deber o un serio esfuerzo para decubrirse a uno mismo, sino como un juego, como el ejercicio de un tono", me pregunto si ese juego tendría que ver con el hecho de un tartamudeo, nunca superado del todo, a pesar de su obstinación por lograrlo.
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Gracias.

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José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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