19 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo
Vértigo y empatía
En la Fundación Juan March, en Madrid, se pueden ver estos días unas setenta obras de Caspar David Friedrich. Son dibujos a lápiz, gouaches, acuarelas. Lo primero que uno encuentra, en la zona reservada a los retratos, es una azarosa yuxtaposición de figuras en la misma superficie: una dama con sombrero y un ganso, por ejemplo, o una anciana al lado de una cabeza de caballo. Apuntes y estudios, borradores caprichosos realizados sobre cualquier papel o sobre un cuaderno de notas. Lo que ahí se puede ver es el otro lado del trabajo de un artista. Sus vagabundeos mentales sobre unas cuantas formas, el ejercicio cotidiano que se cultiva para hacer músculo, el afán de atrapar en algún sitio lo que se está escurriendo entre los dedos: una dama con sombrero, ahora; más tarde será un ganso. Un movimiento, una sombra, un matiz.
Divagaciones y apuntes de la naturaleza. Detrás de esos pequeños ejercicios estrictamente personales es posible imaginar la extrema concentración del artista en lo que estaba haciendo, como si en ello le fuera la vida. De hecho, y tal como la exposición muestra, muchos de aquellos esbozos pasaron luego a formar parte de sus grandes lienzos. Ese abeto, que se detuvo a dibujar con tanto mimo en un papel cualquiera en 1804, elo trasladó luego a Vista del valle del Elba, el óleo que pintó en 1807. Lo que no era más que un ejercicio se convierte así en parte de la obra de ese artista romántico ( en la imagen: Cementerio de un monasterio bajo la nieve, 1817-19) que rompió con la manera de tratar el paisaje que se estilaba entre sus contemporáneos y sus mayores.
En una de las paredes de la Juan March han copiado una frase de Caspar David Friedrich: "Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena". La frase está ahí en medio de las ruinas que fue dibujando, cerca de una enredadera de habas que copió minuciosamente, al lado de unas piedras, un acantilado, los nervios huesudos de un árbol seco. "Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y las piedras, para ser lo que soy", dijo también ese artista que estaba profundamente convencido de que la naturaleza era "la única fuente verdadera del arte".
De todo eso trata Robert Rosemblum en el capítulo que le dedica en su ensayo La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico (Alianza, traducción de Consuelo Luca de Tena), donde explora los flujos subterráneos que conectan obras tan distantes como las de Friedrich y Rothko. Hay que colocarse en el momento en el que Friedrich pinta, con el ruido de fondo de la Revolución Francesa y con el cristianismo tocado por el avance de la razón. Fue entonces cuando aquel artista romántico, que había venido al mundo en un pueblo de la costa báltica, volcó en sus lienzos la colosal magnificencia de la naturaleza frente a la insignificancia de la criatura humana. Escribe Rosemblum: "La búsqueda teológica de la divinidad fuera de las pompas de la Iglesia constituye el dilema central de más de un artista romántico". Entre ellos estaba Friedrich, que atrapó lo sagrado no ya en la estampa anecdótica de cualquier drama religioso sino en el paisaje. Había llegado la hora de la razón, por fortuna, pero el artista alemán prefirió dar noticia de los abismos que seguían ahí. Por eso esa empatía con la naturaleza, que tan bien reflejan estos dibujos: para confundirse con el insondable vértigo de lo efímero, para arañar el misterio, para trazar el escalofrío que produce la muerte helada.
