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Sobre el Autor

José Andrés Rojo (La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas.

Correo: jarojo@elpais.es

Sobre el Blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

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19 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

Vértigo y empatía

En la Fundación Juan March, en Madrid, se pueden ver estos días unas setenta obras de Caspar David Friedrich. Son dibujos a lápiz, gouaches, acuarelas. Lo primero que uno encuentra, en la zona reservada a los retratos, es una azarosa yuxtaposición de figuras en la misma superficie: una dama con sombrero y un ganso, por ejemplo, o una anciana al lado de una cabeza de caballo. Apuntes y estudios, borradores caprichosos realizados sobre cualquier papel o sobre un cuaderno de notas. Lo que ahí se puede ver es el otro lado del trabajo de un artista. Sus vagabundeos mentales sobre unas cuantas formas, el ejercicio cotidiano que se cultiva para hacer músculo, el afán de atrapar en algún sitio lo que se está escurriendo entre los dedos: una dama con sombrero, ahora; más tarde será un ganso. Un movimiento, una sombra, un matiz.

Caspar david friedrich cementerio de un monasterio bajo la nieve 1817-19
Divagaciones y apuntes de la naturaleza. Detrás de esos pequeños ejercicios estrictamente personales es posible imaginar la extrema concentración del artista en lo que estaba haciendo, como si en ello le fuera la vida. De hecho, y tal como la exposición muestra, muchos de aquellos esbozos pasaron luego a formar parte de sus grandes lienzos. Ese abeto, que se detuvo a dibujar con tanto mimo en un papel cualquiera en 1804, elo trasladó luego a Vista del valle del Elba, el óleo que pintó en 1807. Lo que no era más que un ejercicio se convierte así en parte de la obra de ese artista romántico ( en la imagen: Cementerio de un monasterio bajo la nieve, 1817-19) que rompió con la manera de tratar el paisaje que se estilaba entre sus contemporáneos y sus mayores.

En una de las paredes de la Juan March han copiado una frase de Caspar David Friedrich: "Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena". La frase está ahí en medio de las ruinas que fue dibujando, cerca de una enredadera de habas que copió minuciosamente, al lado de unas piedras, un acantilado, los nervios huesudos de un árbol seco. "Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y las piedras, para ser lo que soy", dijo también ese artista que estaba profundamente convencido de que la naturaleza era "la única fuente verdadera del arte".

De todo eso trata Robert Rosemblum en el capítulo que le dedica en su ensayo La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico (Alianza, traducción de Consuelo Luca de Tena), donde explora los flujos subterráneos que conectan obras tan distantes como las de Friedrich y Rothko. Hay que colocarse en el momento en el que Friedrich pinta, con el ruido de fondo de la Revolución Francesa y con el cristianismo tocado por el avance de la razón. Fue entonces cuando aquel artista romántico, que había venido al mundo en un pueblo de la costa báltica, volcó en sus lienzos la colosal magnificencia de la naturaleza frente a la insignificancia de la criatura humana. Escribe Rosemblum: "La búsqueda teológica de la divinidad fuera de las pompas de la Iglesia constituye el dilema central de más de un artista romántico". Entre ellos estaba Friedrich, que atrapó lo sagrado no ya en la estampa anecdótica de cualquier drama religioso sino en el paisaje. Había llegado la hora de la razón, por fortuna, pero el artista alemán prefirió dar noticia de los abismos que seguían ahí. Por eso esa empatía con la naturaleza, que tan bien reflejan estos dibujos: para confundirse con el insondable vértigo de lo efímero, para arañar el misterio, para trazar el escalofrío que produce la muerte helada.

11 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

Un tejido de múltiples voces

"El desorden es el más bello de los órdenes". "Los cerdos se lavan con cieno; las aves de corral con polvo y ceniza". "Acuérdate de quienes olvidan la dirección del camino". "Para las almas es plenitud o muerte volverse húmedas". "¿Cómo ocultarse de lo que no tiene ocaso?". "No sería mejor para los hombres que aconteciese lo que desean". "El carácter del hombre es su destino. “A quienes entran en los mismos ríos bañan aguas siempre nuevas". ¿Quién escribió todas estas extrañas sentencias? ¿Fue un filósofo, un poeta, un profeta, un charlatán? Lo hizo Heráclito, y están incluidas en un nuevo libro que se presentó la pasada semana en Madrid. Heráclito: fragmentos e interpretaciones (Ardora) es un volumen de 467 páginas y recoge, por así decirlo, las obras completas del filósofo griego: 126 fragmentos. Los editores, José Luis Gallero y Carlos Eugenio López, explican que 123 de estos fueron admitidos como genuinos por Hermann Alexander Diels y Walther Kranz, las grandes autoridades en cuanto tenga que ver con los presocráticos, y que han incluido tres de los que consideraron dudosos y uno que nunca recogieron, pero que fue reivindicado por Hans-Georg Gadamer como auténtico. Esta nueva propuesta de volver a Heráclito se ha construido a partir de una mirada que los editores resumen así: "Además de ante un filósofo, nos hallamos, por decirlo de un  modo sintético, ante un poeta". Heraclito hendrik ter brugghen

Nacido en Éfeso, pocas cosas se saben de Heráclito (el retrato es de 1628, obra de Hendrick ter Brugghen): que vivió en tiempos de Darío, que alcanzó su madurez durante la LXIX Olimpiada (504-501), que era un tipo hosco, arrogante y atrabiliario con un altivo sentimiento aristocrático. Cuentan Gallero y López que de sus peripecias no han llegado más que citas. "Es probable que Heráclito jamás escribiese un texto unitario, sino una colección de sentencias, como su carácter oracular permite colegir", explican.

Así que se dedicaron a traducir los fragmentos de Heráclito y fueron, al tiempo, siguiendo sus huellas: cómo lo habían leído e interpretado los que vinieron después. El resultado es este libro que despliega un apabullante tejido de voces que han rascado, para encontrar sus sentidos ocultos, los oscuros pliegues de ese puñado de frases que forman parte del código genético de la cultura occidental. "Un texto cargado de incógnitas, ininterrumpidamente interpretado, en permanente proceso de elaboración: ésta es la realidad de los fragmentos", dicen Gallero y López.

Así que están los fragmentos, y luego las lecturas que han coleccionado sobre éstos, uno a uno: esa multitud de referencias que proponen caminos muy distintos para llegar al filósofo. Erudición exquisita y pedagogía de alto nivel, pero también puros arañazos: aproximaciones, tentativas, llamaradas de sentido. Hablan Platón, Aristóteles o Séneca, entre otros. Gadamer, Marcovich, Guthrie, Jaeger, Mondolfo, Gigon, Nestle, Fränkel o Rodríguez Adrados despliegan sus rigurosas investigaciones. De María Zambrano, Ortega, García Calvo, García Bacca o Gómez de Liaño, y de Heidegger, Nietzsche, Hegel, Simone Weil o Castoriadis se han recogido sus interpretaciones. Pero también están Hölderlin, Donne, Machado y tantos y tantos otros. El resultado: un fascinante tapiz donde se entrelazan los hilos más distintos y un autopista de múltiples direcciones. Heráclito escribió: "Todo lo gobierna el rayo". Y René Char, un montón de centurias después: "Somos ingobernables. El único amo propicio para nosotros es el Rayo, que tan pronto nos ilumina como nos parte en dos".

10 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

La épica de la insignificancia

Eduardo Mendoza ha titulado su último libro Tres vidas de santos (Seix Barral), y reúne allí otros tantos relatos escritos en distintos momentos de su trayectoria literaria. Si hay algo que el sentido común asocia a una vida de santo es el prodigio: tipos excepcionales que aguantan los mayores tormentos por servir a la causa de Dios o que viven en la más remota soledad sometidos a múltiples pruebas o que hacen milagros o que perseveran en su fe en las circunstancias más adversas. Los personajes de estas historias, sin embargo, nada tienen de excepcional y si se escarbara tras algo en lo que pudieran destacar, destacarían por su insignificancia. Quizá se pueda hacer alguna excepción, como en el caso del presidiario que se convierte en autor de éxito en el último relato, pero en términos generales nada relevante les ocurre, nada hacen que merezca el aplauso unánime, ni siquiera libran batallas particulares que no sea la insoslayable de sobrevivir.

Mendoza 
Son insignificantes y viven vidas chapuceras. Lo que Mendoza (la foto es de Gianluca Battista)consigue al contarnos sus peripecias es fulminar de un golpe cualquier boato artificial que pretenda darles un falso brillo. Como si al final viniera a contar que si esos personajes son insignificantes lo son porque la insignificancia es la marca de fábrica de cualquier hombre y de cualquier mujer. Y que si sus vidas son chapuceras lo son porque la propia vida es una chapuza. La santidad, esa distinción excepcional que sobre tan pocos recae, sería así un burdo embeleco.

La ballena, el primero de los textos y el más antiguo, arranca en el Congreso Eucarístico que se celebró en Barcelona en 1952. La falta de plazas de alojamiento que genera la abundancia de visitantes a tan imponente cita obliga a algunas familias pudientes a acoger en sus casas a algunos de ellos. A Fulgencio Putucas, obispo de San José de Quahuicha, un pequeño pueblo de un pequeño país de Centroamérica, le toca la casa de tía Conchita y tío Agustín, una familia bien colocada y de rancia tradición. Todo está dispuesto para el día de su llegada y ahí aparece, con toda solemnidad, el obispo: "Bajo de estatura, corpulento de complexión, piel color de tierra labrada, expresión hierática. Tenía la cara ancha, los ojos achinados, los labios carnosos, la nariz roma y el cabello negro, espeso, lacio y lustroso".

Las cosas se complican cuando tiene que irse. Un golpe de Estado en su país lo obliga a permanecer fuera si quiere conservar la vida. Es entonces cuando ya nadie quiere ocuparse de él y cuando asoma su verdadera condición, su insignificancia. Tampoco deslumbran las peripecias que Mendoza cuenta en El final de Dubslav, de ambiente africano, y en El malentendido, donde propone también de paso una reflexión sobre el arte de leer y escribir. La paradoja es que justamente cuando nada de heroico hay para contar, Mendoza convierta la narración de las cosas de estos personajes en una suerte de épica de la insignificancia. Y  consigue, quizá por eso, que se sigan sus aventuras con una sonrisa permanente. Que no es mala manera de disfrutar de un libro.

04 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

El escritor en su observatorio

Ayer murió Francisco Ayala a los 103 años. Del exilio, al que lo empujó el final de la Guerra Civil, regresó a España para instalarse en 1976. Y ese mismo año, entre el 16 y el 21 de noviembre, publicó cinco artículos en las páginas de Opinión de EL PAÍS con el título genérico de España, a la fecha. Se pronunciaba allí sobre lo que estaba pasando aquí tras la muerte del dictador y lo hacía con el estilo y las maneras que traía puestas de fuera. Es decir, con extrema libertad, con lucidez y rigor académico y sin andarse con guiños hacia cuantos, entonces, batallaban por cambiar las cosas. Trató en esos textos de las maneras arcaicas de los españoles que salían fuera de nuestras fronteras, por ejemplo, y señalaba también cómo muchos de los que peleaban por transformar el país eran "vástagos de los jerarcas del régimen". Habló del ocaso de las ideologías, de la necesidad de los partidos y la despolitización, de la inconsistencia de los desmanes de los radicales (se refirió a "la confusión mental" de los que los perpetraban), de terrorismo, de las expectativas ante las próximas elecciones, de nacionalismo y federalismo. Muchos, entonces, no supieron conectar con su discurso. Existía la absurda creencia de que quien no profesara de marxista no tenía gran cosa que decir. Así que a Ayala no se lo supo leer en aquellos días. Y eso era una marca del exilio: la dificultad de que conectaran los que llegaban con los que se habían quedado.

Francisco ayala 1 
No soy amigo de las confidencias, pero a Francisco Ayala (la fotografía es de Gorka Lejarcegi) yo lo descubrí cuando escribió, también en las páginas de este diario, del general Vicente Rojo. El retrato que hizo del militar republicano, de sus afanes y de sus inútiles batallas, de su extremo rigor como patriota y de su calidez humana y de "su pudorosa y digna reserva" era tremendamente veraz (y no pretendía agradar: señalaba "sus principios inconmovibles", "sus amarguras casi insufribles"). Se conocieron en Buenos Aires alrededor de una revista que puso en marcha Rojo, y en la que Ayala aceptó colaborar: Pensamiento Español. No llegaron a tratar mucho, pero existió entre ambos una corriente de afecto.

Como Ayala había sabido retratar con tanta verdad a Rojo fue necesario dar el salto y leer a aquel caballero que había llegado de las Américas sin la mancha embrutecedora de la dictadura. Fue entonces cuando descubrí cuán bien casaban en su discurso la vieja independencia de quien se había formado en la España que daría luz a la República con el cosmopolitismo del hombre de letras que no sólo rompe fronteras espoleado por la curiosidad sino que recorre el mundo obligado por el exilio. No se enquistó en melancolía alguna, y supo ser uno más en los países que habitó. La ligereza del que va de un lado a otro (Argentina, Brasil, Puerto Rico, Estados Unidos), y no se emponzoña, y el rigor del que estudia y frecuenta a los clásicos y los estudia y los reinventa en su escritura.

Así que Ayala volvió y siguió trabajando. El observador en su escritorio: así tituló uno de los artículos que publicó en este diario y en el que se ocupaba del brasileño Carlos Drummond de Andrade. Así he titulado esta entrada. Ayala estuvo pegado a lo que iba ocurriendo en este país. Lo miraba y escrutaba desde su larga experiencia y sus muchas lecturas. Luego regresaba a su escritorio y lo contaba. Una palabra detrás de otra. No era la sabiduría del que pontifica desde las alturas. Era la de quien, como en aquella República que se fue al garete, mira el mundo a la altura de los ojos. De tú a tú. Y que ve sus grandezas y sus imperfecciones. Ésa fue, seguramente, una de sus grandes lecciones.

03 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

La existencia mecánica

"Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente". Así empieza Una novelita lumpen, uno de los textos de Roberto Bolaño que Anagrama ha rescatado hace poco y que se publicó por primera vez hace unos años. Todo arranca con la muerte en un accidente de tráfico de los padres de Bianca, la narradora, y de su hermano. Así que tienen que sobrevivir como pueden en la casa en la que han vivido siempre, ahí en la plaza Sonnino, en Roma. Pronto dejan de ir al colegio: ella se emplea en una peluquería; él, en un gimnasio. El chico se aficiona a ver películas pornográficas y su hermana lo acompaña. Un día ella se fue a la cama pensando que iba a soñar con esas cochinadas, cuenta, pero no ocurrió tal cosa. "Caminaba por el desierto, medio muerta de sed, y sobre un hombro llevaba un loro blanco, un loro que decía: ‘No puedo volar, lo siento, perdóneme usted, no puedo volar". De eso trató finalmente su sueño. Ladies & gentlemen: estamos en el mundo de Bolaño.

Entra así en la narración, como quien no quiere la cosa, así entra ese loro blanco tan educado que pide perdón por no poder volar. Pesaba unos cinco kilos, dice Bianca, y explica que en el sueño le rogaba al loro que se fuera, que pesaba demasiado, pero el loro no se movía del hombro por ningún motivo. El desierto y el calor, las piernas le flaqueaban a Bianca, e iba temblando mientras avanzaba con lentitud con el loro blanco en el hombro, y cuenta que era como si tuviera cáncer, pero que era también como si se corriera, "una corrida interminable y agotadora", o como si se tragara los ojos. Sus propios ojos. Y dice, sí, que procuraba tragárselos pero sin mascarlos. ‘Ánimo, Bianca’, parece que le decía el loro. Y Bianca apunta que se lo diría hasta que cayera sobre la arena, muerta de sed. El loro volaría entonces, "hacia otra zona del desierto, se alejaría de mis despojos agónicos en busca de otros despojos menos agónicos".

Roberto bolaño 1 
Esto en la novela es sólo un sueño, porque lo que Roberto Bolaño (la foto es de Marcel.lí Sáenz) va contando a través de esa narradora, Bianca, es cómo se las están intentando arreglar aquellos chicos. Se les ha venido abajo todo, así que van probando, buscando un trabajo y entrando a los videoclubes, viendo películas guarras, caminando por la ciudad. Un día el hermano lleva a casa a dos amigos un poco mayores, el libio y el boloñés. Los conoce del gimnasio, son educados, lavan los platos y preparan alguna comida de vez en cuando, pasan unos días, luego se van. Bianca revisa cada rincón para ver si han robado. No, no se han llevado nada.

Llega un momento en que el hermano se queda sin trabajo. Llega otro momento en que sus amigos vuelven a la casa. Luego ocurre que Bianca deja que uno entre en su habitación a oscuras y le haga a oscuras el amor. "Creo que fue el boloñés", dice, y después seguirá entrando, o entrará el otro, no le importa quién de ellos sea, no quiere saberlo. Tiene miedo de que una desgracia ocurra y que su hermano padezca; se va dando cuenta de que va a convertirse en una delincuente. Hasta que ocurre. Así son las cosas. La pobreza y la falta de medios y el estar medio fuera de todo: eso empuja, eso va produciendo como una existencia mecánica. Pasan unas cosas, pasan otras. Ahí siguen: las piezas se acoplan, la vida continúa.

02 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

“Posadas destartaladas”

Nicolas gomez davila 

El título es como para dar marcha atrás: Escolios a un texto implícito (Atalanta). De escolio dice Franco Volpi, autor del prólogo, que "indica una nota en los manuscritos antiguos y en los incunables, añadida por el ‘escoliasta’ en interlínea o al margen para explicar los pasajes oscuros del texto desde el punto de vista gramatical, estilístico o exegético". El texto implícito es "la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada" que esos escolios comentan. Si Zaratustra dijo, por ejemplo, que "al hombre del conocimiento le disgusta bajar al agua de la verdad no cuando está sucia, sino cuando no es profunda", lo que escribe Nicolás Gómez Dávila (en la imagen, en su despacho) es que "las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos". Entre una frase y otra hay un aire común, no en vano llamaron a este peculiar pensador "el Nietzsche colombiano". Su estilo es transparente y claro; sus maneras, provocadoras; su obra, una larga colección de aforismos llenos de inteligencia y humor, de una rara originalidad, a contracorriente de las ideas que hoy se imponen.

Porque lo que sobre todo hace en sus escolios Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1913-1994) es arremeter contra la modernidad, criticar a cañonazos la democracia ("Los parlamentos democráticos no son recintos donde se discute, sino donde el absolutismo popular registra sus edictos"), meterse con el ideal de igualdad, machacar al comunismo ("Llámase comunista al que lucha para que el Estado le asegure una existencia burguesa") y al socialismo, cuestionar la idea de progreso y de la supuesta perfectibilidad del hombre, cebarse en la técnica y sus sacerdotes. De sí mismo dice que es reaccionario: "aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado", aclara Franco Volpi. Fue un católico convencido, quiso pertenecer a una suerte de aristocracia de la inteligencia y defendió con firmeza el deseo ("mejor no ser nunca nadie, mejor no ser nunca nada que matar en nosotros el deseo", escribió en sus Notas). Al final terminó siendo un tipo raro que leía en varias lenguas y que iba montando su entera filosofía sobre la frágil consistencia de sus brillantes ráfagas, sus suspiros, sus balazos siempre certeros. La publicación de las 1.407 páginas de sus Escolios… ha sido un hermoso regalo. La fiera independencia del pensador colombiano sirve para sacudir los tópicos con los que habitualmente nos manejamos. Eso es impagable y aunque, como ocurre con todos los libros de aforismos, no siempre se consiga sintonizar con cada uno de ellos, hay algunos que sirven para barrer los deshechos y para paladear la gloria. La mejor forma de presentarlo, sin embargo, es la de leerlo. He aquí, pues, algunos de sus escolios:

"Yo carezco de opiniones, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más parecidas a las posadas destartaladas donde descansamos una noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma magnificencia".

"La madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo".

"Al corregir la natural ambivalencia de los sentimientos, la razón los corrompe y mutila el universo.
Quien suprime las secretas connivencias entre sus amores y sus odios, se vuelve un fanático que camina entre esquemas".

"Negarse a admirar es la marca de la bestia".

"Después de desacreditar la virtud, este siglo ha logrado desacreditar los vicios.
Las perversiones se han vuelto parques suburbanos que frecuentan en familia las muchedumbres domingueras".

"Para las circunstancias conmovedoras sólo sirven lugares comunes. Una canción imbécil expresa mejor un gran dolor que un noble verso.
La inteligencia es actividad de seres impasibles".

"Escribir corto para concluir antes de hastiar".

"Hay opiniones que es justo barrer con respeto, pero empuñando firmemente la escoba".

"Ciencia es lo que no llega a la intimidad de nada".

"Si queremos que algo dure, hagámoslo bello, no eficaz".

"Revolución es el período durante el cual se estila llamar ‘idealistas’ los actos que castiga todo código penal".

"Un grano de ironía impide que la indignación nos envenene".

"Después de hospedarse en una mente norteamericana las ideas quedan sabiendo a Coca-Cola".

"Nada nos avergüenza tanto como haber proferido trivialidades pomposamente".

20 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

Va a ser imposible

Cuando a Bartleby, el personaje de Melville, querían encargarle que se ocupara de algún asunto solía responder que preferiría no hacerlo. Una de las criaturas de La omisión de la familia Coleman, la pieza teatral que ha escrito y dirige Claudio Tolcachir, utiliza una fórmula distinta. "Va a ser imposible", dice cuando, por ejemplo, le piden que se bañe, que se quite ya ese pijama que lleva puesto hace ya una eternidad. Bartleby asumía como propia su elegante disposición a no obedecer, fuera lo que fuera lo que le pidieran. Marito, en cambio, se refiere a algo impersonal. Como si, efectivamente, asumiera que debe bañarse pero, al mismo tiempo, señalara un remota instancia que se lo impide. Y algo de eso hay en esta pieza. Porque lo que el grupo argentino Timbre 4 cuenta en esta obra es la tremenda complicación que supone convivir con la anomalía.

La omision de los coleman 2 
Y es que dos de los personajes (en la imagen, Marito, interpretado por Lautaro Perotti) de esa familia no están exactamente en sus cabales. El trágico humor que recorre la obra, que tiene a ratos un aire de teatro del absurdo, podría invitar a tratar ese drama doméstico como una metáfora de algo distinto. Para eso, ese mismo "va a ser imposible" podría servir: somos piezas de un engranaje que nos supera, no hay margen para la libertad, una corriente nos empuja. Y mucho más si esa corriente es la de la enfermedad mental. No hay manera, sálvese quién pueda.

Lo fascinante de la propuesta de Timbre 4, sin embargo, es que no se suben al guindo: no hay metáfora. Lo que cuentan es una historia que viven unos personajes. Cada uno de ellos, más débil o más fuerte, más sano o más enfermo, ejerce su libertad. Decide, se pronuncia, trampea, se escaquea, padece, obedece o se rebela. Por eso chocan, por eso han de buscar complicidades y hacer pactos, por eso están tan íntimamente tocados por la fragilidad de lo humano.

Hay que decir que el espectáculo es impresionante, en primer lugar porque los actores que salen a escena son magníficos. Y, en segundo, porque la dirección  sabe hacia dónde se dirige. No da palos de ciego, ni pretende epatar, ni se embadurna de modernidad. Conoce la explosiva materia con la que está tratando: la vaguedad de los afectos, la debilidad de las convicciones, el urgente afán de consuelo, el miedo a lo diferente y a la soledad y al sufrimiento. La familia aguanta mientras aguanta la abuela. Cuando muere, los hilos que soportaban la solidaridad entre unos y otros se rompen y el edificio se va abajo. ¿Va a ser imposible? No, todo es posible. Todo, incluso la abyección.

16 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

El Triumph Herald de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard se levantó a las tres de la mañana acosado por el urgente deseo de subir a las alturas. Dice que lucía un día "despejado, claro y perfumado". Corría el año 1964, estaba en Istria, donde vivía en una villa señorial del año ochenta y ocho. Tres habitaciones, seis grandes ventanas con cortinas de seda, amplios balcones: en Villa Eugenija acababa de terminar Amras y había enviado ya el manuscrito a su editor. Así que se puso unos pantalones, zapatillas de deporte y camisa de manga corta, se subió a su coche y partió hacia el Monte Maggiore, que hoy se llama Ucka. Subió las escarpadas pendientes, se tumbó a la sombra, miró el mar a lo lejos. "Era más feliz que nunca", escribe en una de las piezas de Mis premios (Alianza, traducción de Miguel Sáenz). "Cuando hacia el mediodía bajé de la montaña, riéndome a carcajadas, agotado de felicidad, puedo decir, tuve otra vez la sensación de que no quería cambiarme por ningún ser humano en el mundo entero".

Thomas bernhard El coche que Bernhard conducía era un Triumph Herald. Le costó treinta y cinco mil chelines y lo había comprado hace muy poco con el dinero del premio Julius Campe. Se lo concedieron por Helada, y tuvo que desplazarse a Hamburgo a recoger el cheque. En cuanto regresó a Viena se dirigió a Heller, un concesionario de coches. Allí lo vio en el escaparate: blanco, tapizado de rojo, con un salpicadero de madera con botones negros. Lo estuvo mirando durante un rato muy largo. Luego le dijo al vendedor que lo compraba, y éste le contestó que en unos días podría disponer de uno. Bernhard le dijo que no, que quería ése y que lo quería ya.

No tuvo dificultades en conducir su hermoso Triumph Herald, aunque reconoce que era "absolutamente más sencillo" manejar camiones. Fue enseguida a mostrárselo a su tía, dio unas cuantas vueltas por aquí y por allí y salió de la ciudad empujado por el entusiasmo. Un tiempo después, cuando bajaba del Monte Maggiore conduciendo aquella perla, Bernhard cree recordar que iba cantando, atravesado por aquella extrema felicidad que lo había conquistado en las alturas. De pronto, un coche invadió desde la izquierda el carril por el que circulaba. El golpe fue de frente y aplastó el morro del Triumph Herald, Bernhard salió despedido, se levantó de inmediato, estaba lleno de sangre.

Mis premios, el único libro que Bernhard dejó preparado para publicar antes de morir, reúne varias piezas en las que cuenta las circunstancias que rodearon la concesión y recogida de la mayoría de los laureles que le fueron dando por su obra literaria. Están también los (pocos) discursos de agradecimiento que tuvo que pronunciar. "Yo me agarraba continuamente la cabeza, porque creía que se me estaba vaciando", escribe Bernhard cuando relata sus primeras reacciones después del accidente. Lo llevaron a un hospital. Pero callo ya: les toca a ustedes continuar. Les garantizo que el libro es una delicia.

15 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

La mujer desamparada

Eva Figes cuenta en Viaje a ninguna parte (Edhasa, traducción de Roser Vilagrassa) la historia de Edith, que fue sirvienta en la casa de su familia cuando vivían en Alemania y que allí se quedó cuando ellos emigraron al Reino Unido en marzo de 1939. La británica Eva Figes, novelista, crítica literaria, feminista y autora de tres volúmenes de memorias, nació en Berlín en el seno de una familia judía laica poco antes de que Hitler llegara al poder y a su padre se lo llevaron al campo de concentración de Dachau la Noche de los Cristales Rotos. Le tocó entonces a su madre el largo calvario de las negociaciones. Contaron con el apoyo de un Rothschild, pagaron lo que tenían que pagar. Pensaban ir al Lejano Oriente, pero la salud del padre, tras salir de Dachau, era muy mala. Así que enfilaron hacia Londres. Edith, también judía, los vio partir. El libro trata de ella, y lo que Eva Figes sostiene, a partir de las experiencias de aquella mujer iletrada y frágil, es que "la creación de Israel fue un error catastrófico, acaso el peor del siglo XX".

Edith sólo media metro y medio. Fue abandonada de niña en un orfelinato y creció sola hasta que llegó a la casa de la Tauenzienstrasse, donde sirvió a los Figes. Tenía cuatro cosas en su habitación y hacía su trabajo de manera diligente y pulcra. Cuando se quedó sola no tuvo más remedio que ir a una Jugendhaus, donde metían a los judíos que no tenían dónde ir.   La guerra no tardó en llegar y los nazis empezaron a deportar en masa a los judíos a los campos de concentración. El dueño de la fábrica donde trabajaba Edith les advirtió una vez a sus obreros que no fueran a trabajar al día siguiente: la Gestapo iba a llevárselos camino del exterminio. Edith comenzó a vivir de manera clandestina, protegida por redes de alemanes solidarios que le señalaban los peligros y de alguna manera la protegían, y cambió de identidad. Y llegaron los rusos y, ya sin batalla alguna que librar para sobrevivir, Edith se quedó más sola. Iba a ver las listas de los judíos fallecidos y de los supervivientes. Pero en realidad no tenía a nadie. Fue cuando encontró a una amiga que la convenció para ir a Palestina (“decidió que los judíos del mundo serían su familia”, dice Figes), y hacia allí se dirigió. Pero no pudo aguantar mucho tiempo, así que escribió a los Figes en Londres: solicitaba recuperar su trabajo. Lo recuperó.Evafiges 02_portrait

Fue entonces cuando Eva Figes (la imagen es de archivo), una adolescente en aquellos años, le preguntó por qué había abandonado Palestina. “Porque todos se odian entre sí”, contestó aquella mujer desamparada. “Con el paso de los años se ha ido cimentando el mito de que Israel se creó porque un  mundo culpable quiso reparar la masacre de los judíos”, escribe Eva Figes. “Todo lo contrario: Israel surgió en buena parte como consecuencia de la presión de Estados Unidos para acabar con un problema pertinaz: qué hacer con los judíos detenidos por los nazis con el fin de ser asesinados pero que al terminar la guerra seguían vivos. Se les conocía como ‘desplazados’ […] y, para hablar claro, nadie los quería”.

Eva Figes sigue la historia de Edith y, al hacerlo, cuenta un momento decisivo del siglo XX. Lo cuenta con sencillez, pero también con rabia. Su libro masacra algunos tópicos, y sigue paso a paso la creación de Israel. Ese “error catastrófico”, según ella. Judía laica, en un momento dado estalla: “Jamás había pensado que un día sería testigo de una cultura del victimismo en la que los negros compiten con los judíos para ver quién ha sufrido más”. Y en ésas estamos. Este libro es una pequeña joya.
 
 


 

12 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

La soledad de Cuba

"En los primeros años de la Revolución Cubana, Fidel Castro se dirigía al pueblo de la isla con estas palabras: 'No les decimos crean, les decimos lean", cuenta Rafael Rojas en su último libro, El estante vacío. Literatura y política en Cuba (Anagrama). Era todavía en los tiempos del entusiasmo, cuando aún se celebraba  la caída de Batista y la llegada de los barbudos a La Habana, cuando nacían múltiples esperanzas y las viejas  ilusiones de igualdad y libertad parecían al alcance de la mano. Luego las cosas fueron cambiando, y lo que Rojas hace en su ensayo es ocuparse de los libros que ahora no se pueden leer en Cuba. La relación de autores y títulos pone los pelos de punta. La invitación a leer que hacía Fidel a los cubanos pertenece al más remoto pasado. Lo que desde hace tiempo ocurre en la isla es que los jerarcas del partido tienen sitiada a la ciudadanía y no la dejan leer más que lo que consideran estrictamente necesario. Y el que se salta las indicaciones se convierte de inmediato en "anticubano". Así están las cosas.  

Rafael rojas efe 
En un libro anterior, Tumbas sin sosiego, que ganó el Premio Anagrama de Ensayo de 2006, Rafael Rojas (la foto es de Efe) se dedicó a explorar la manera en que los intelectuales cubanos se enfrentaron al cambio brutal que se produjo en la isla en 1959 y trató también de las distintas formas que tienen de relacionarse con "los conflictos de la memoria" que derivaron de aquella experiencia. Desde el principio muestra como la deriva del castrismo, sobre todo a partir de su conversión en un régimen marxista-leninista en 1961, con la incorporación de nuevas "prácticas, valores, discursos y costumbres", ha ido provocando entre los cubanos una ruptura tal, una escisión tan grande, que las cosas tienen el aire trágico de una guerra civil. "Guerra civil, en el sentido pleno que le confieren historiadores como Ernst Nolde", escribe Rojas, "es la polarización de una comunidad desde el nivel familiar hasta el nacional, y experimentada en múltiples dimensiones: militar, política, ideológica, diplomática, cultural".

Con ese paisaje de fondo, Rojas recorre en ese libro las diferentes aportaciones de los intelectuales cubanos al debate público, su manera de entender el país que habitan, los desafíos de su futuro inminente, los mitos históricos que lo alimentan. "Un cubano se define por la sistemática ruptura con la seriedad entre comillas", decía, por ejemplo, Virgilio Piñera, que apoyó inicialmente la Revolución porque entendía (como Jorge Manach) que significaba la primera oportunidad histórica de pasar del "reino del choteo al reino del civismo", explica Rojas.

Hay en sus libros un  desgarro profundo, íntimo, lacerante, pero todos tienen también la extrema lucidez de quien aborda los hilos enmarañados del presente y los abismos insondables de un pasado tan cargado de conflictos --y borracho todavía de los afectos que la carga utópica de la Revolución derramó sobre el mundo entero-- con las armas transparentes de la razón y con la mirada corajuda de quien sabe que lo que para Cuba se avecina será muy duro. "La soledad de la isla es hoy mayor que en vísperas de la Revolución", escribe en Tumbas sin sosiego. Y también: "Cuba naufraga en las playas de Occidente, desprovista de una herencia liberal y republicana que reasegure su reinserción en la modernidad". Esa herencia podrían haberla encontrado en los libros, pero los comunistas cubanos, más que quemarlos como hicieron los nazis, los silenciaron. Si no circulan, no existen. Es otra manera de eliminar el debate público y de hundir a la ciudadanía. Pero lo que yo quería aquí era decir que Rafael Rojas es uno de los grandes pensadores de estos tiempos globales y quería, de paso, felicitarlo. Le han dado el primer Premio de Ensayo Isabel de Polanco por un libro sobre los republicanos que forjaron hace 200 años esa América hispana que ha tenido una historia tan llena de conflictos y fracasos. Un inmenso abrazote, pues: ¡enhorabuena!

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