William C. Gordon, 'El rey de los bajos fondos'

Por: | 04 de noviembre de 2013

WilliamCGordon
La periodista y fotógrafa Laura Muñoz estuvo con el gran William Gordon en Los Ángeles. De ahí, esta gran foto. A raíz de ese encuentro, escribe una crítica de El rey de los bajos fondos (Ed. Random House Mondadori, traducción de Olivia Kobalifka). Gracias, Laura. Que disfruten. 

San Francisco. Químicos. Vertedero. El jefe. Sospechosos instantáneos. La femme fatale. Iglesias, destierros, un colgado. Mutilación genital. Grandes mansiones y casuchas, la pobreza y la ostentidad del arraigo. La pelea de las raíces. 1961. Mezcla de recuerdos del genocidio armenio. Holocausto: brutalidad en las masacres que conduce a la muerte. Que provoca venganza.

Pero hay vida. Mucha. En los bajos fondos. Antes y después del óbito.

El hallazgo de un ahorcado en el portón de un vertedero químico despierta el olfato del bueno de Samuel Hamilton, un periodista sin teléfono móvil ni internet ni buscas impertinentes. Herramientas: un coche prestado, un fotógrafo igual de curioso que él, un abogado abnegado y toda la intuición.

Las primeras pesquisas apuntan a un objetivo más evidente que claro: ex-obreros de la compañía estériles y denunciantes. Demasiado fácil. Mucha bandeja de plata. Y Samuel no juega a las obviedades. Le gusta el movimiento y, claro, necesita una exclusiva.

Botellas de Coca-Cola.

El colgado: un armenio dueño y señor de Point Molate. Humillado y denunciado previamente. Tanto traje fino para acabar sin pelotas. Con el pelo pegado a la cara transpirada: seguramente por la lucha o la simple muerte, que a veces sopla calentito. A sus pies la arena rastrillada del que oculta pruebas. Y botellas de Coca-Cola.

El día acompaña donando niebla y frío a la escena primera. A partir de ahí, la locura de una investigación llena de trampas. La astucia y la confianza que se entrelazan. Confidencias. Un ayudante del fiscal codicioso y falto de moral: El Tuerto, que trata de interponerse en las investigaciones que Hamilton lleva a cabo con la ayuda de Janak Marachak, el abogado ONG.

Botellas de Coca-Cola.

Entretanto, el amor. Uno viciado pero no muerto, sólo enfermo. Poemas de Neruda con sabor a croissant recién hecho. Viajes que cierran círculos y conversaciones en armeniofrancésinglés que delatan la unión y las formas. Delatoras.

Botellas de Coca-Cola.

Whisky con hielo en un garito mítico y bautizado Camelot. Con su Excalibur, una Melba poseída por la tos estertórea del humo aspirado y Blanche. Blanche. ¡Ay! Que aparece y desaparece y vuelve a aparecer.

Durante la trama, se intuye el inminente atropello. La sombra de la tradición de género que no apaga, sino atrapa. Una estructura clásica y la inexistencia de tecnología. Una narración en tercera persona que perfila personajes a los que se ama o se odia. O las dos cosas, a ratos. Un lenguaje cuidado en los diálogos, notable presentación de los personajes multiculturales. Y la sorpresa. Final. La atrocidad de la realidad. Sociedad y cultura sentimental, con multitud de matices humanos. Siempre profundos e intensos.

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