Ya es tarde, pero el ruido del ascensor me indica que los suicidas seguirán subiendo durante toda la noche a la terraza para aniquilar su miedo. A este ritmo, seremos muy pocos los que quedemos para hacer frente al mañana.
No lloramos porque estamos tristes. Estamos tristes porque lloramos. Y parece que todo se derrumba. Fumata de crisis para los tiempos negros. Habemus deriva. La gran fiesta del botafumeiro. Cada cual se busca su consuelo. Yo me hago un cóctel con la madrugada. Trituro bien las estrellas, medio gramito de luna, un puñado de rocío y una ramita de menta. Una Claudia noctámbula y 20 grados de temperatura que prenden como una mecha.
Asomada a la ventana respiro el Aire de Dylan, la última novela de Enrique Vila-Matas. De ella emanan unos jóvenes alados y escépticos, los Oblomov, que ante la gran crisis del mundo han decidido montar una subversiva sociedad para capturar la verdadera esencia de nuestra época. Dos alas brotan en mi espalda invitándome a su lectura. Las gafas se acomodan en la nariz y al lanzarme a beVer la tinta de la escritura, Sant Jordi se cuela por mi ventana. Agradezco enormemente no haber puesto aún la mosquitera.
Mientras me peina las alas, el santo me anuncia la celebración del Día Internacional del Libro. ¿Es cierto que, como cuenta la leyenda, mataste a un dragón para liberar a una princesa?, le interrumpo con brusquedad. El tirón que siento en mis alas me indica que la pregunta está fuera de contexto. San Jordi prosigue con su sermón y me revela que la idea original de esta fiesta, con la que la UNESCO rinde cada 23 de abril un homenaje mundial al libro, partió de un escritor valenciano, un tal Vicente Clavel. La idea gustó a Alfonso XIII, quien en 1926, poco antes de que se exiliara pidiendo perdón al pueblo como lo hahecho estos días su nieto, recuerda el santo, instauró oficialmente La Feria del Libro Español.
La información es interesante, pero insisto en indagar en la vida del santo. Cuentan, digo con voz de gacela, que de la sangre del dragón nació una rosa... Para hacerme callar, Sant Jordi me arranca dos plumas de cuajo. Mensaje recibido. En Valencia, dice con voz omnipresente, los libreros abren la 43ª Fira del Llibre sin saber nada de las ayudas públicas. Es un claro deber pues, dice como undécimo mandamiento, que todos los lectores que llevamos dentro respalden con su presencia esta cita cultural.
Sus palabras van a misa, y aunque raras veces visito esos recintos fríos y sagrados, las acato con solemnidad. A cambio exijo a Sant Jordi que me desvele su verdadera historia. Pero parece que no hay trato. El santo se niega a hablar de su milagro sin un abogado presente. Fin de la conversación. Mi sed descubridora se da de bruces contra el suelo. Incluso así, mantendré mi palabra, y la lectora que llevo dentro visitará estos días la Fira.
Evaporado el santo catalán con su enigma bien guardado, me quedo pensativa en la ventana. El ruido del ascensor no ha dejado de sonar. El Aire de Dylan despliega mis alas. Y entre pluma y pluma, descubro un jardín de rosas. ¿Por qué me empeño en pensar que no existen los milagros? Alada, con el miedo atrincherado y coctelera en mano, espero paciente el mañana.
Marta Borcha es filóloga,
Mònica Torres es