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En la ciudad escondida

Sobre el blog

A orillas del Mediterráneo y encabronada con la crisis, Claudia Pignataro levanta la alfombra de su ciudad, Valencia, para escarbar en la realidad y el deseo. Un meeting point con la cultura y la creación underground patrocinado por el arte de la insolvencia.

Sobre las autoras

Marta BorchaMarta Borcha es filóloga, periodista y experta en la gestión de la comunicación cultural. Autora del libro de relatos Las orillas del tiempo, su labor periodística se ha desarrollado en la prensa nacional durante más de 10 años. Colabora en revistas culturales y en festivales de cine y teatro.

Mònica TorresMònica Torres es fotógrafa. Desde hace 17 años trabaja con El País y colabora además con diferentes publicaciones de ámbito local y nacional. Apenas conoció a Claudia Pignataro quedó fascinada con su visión del every day life en la urbe."Ahora la ciudad también soy yo".

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Marta Borcha Mateo

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Alas de lectora

Por: | 24 de abril de 2012

2, angel, Claudia, feria libro, San Jordi, foto, Monica Torresjpg

Ya es tarde, pero el ruido del ascensor me indica que los suicidas seguirán subiendo durante toda la noche a la terraza para aniquilar su miedo. A este ritmo, seremos muy pocos los que quedemos para hacer frente al mañana.

No lloramos porque estamos tristes. Estamos tristes porque lloramos. Y parece que todo se derrumba. Fumata de crisis para los tiempos negros. Habemus deriva. La gran fiesta del botafumeiro. Cada cual se busca su consuelo. Yo me hago un cóctel con la madrugada. Trituro bien las estrellas, medio gramito de luna, un puñado de rocío y una ramita de menta. Una Claudia noctámbula y 20 grados de temperatura que prenden como una mecha.

Asomada a la ventana respiro el Aire de Dylan, la última novela de Enrique Vila-Matas. De ella emanan unos jóvenes alados y escépticos, los Oblomov, que ante la gran crisis del mundo han decidido montar una subversiva sociedad para capturar la verdadera esencia de nuestra época. Dos alas brotan en mi espalda invitándome a su lectura. Las gafas se acomodan en la nariz y al lanzarme a beVer la tinta de la escritura, Sant Jordi se cuela por mi ventana. Agradezco enormemente no haber puesto aún la mosquitera.

Mientras me peina las alas, el santo me anuncia la celebración del Día Internacional del Libro. ¿Es cierto que, como cuenta la leyenda, mataste a un dragón para liberar a una princesa?, le interrumpo con brusquedad. El tirón que siento en mis alas me indica que la pregunta está fuera de contexto. San Jordi prosigue con su sermón y me revela que la idea original de esta fiesta, con la que la UNESCO rinde cada 23 de abril un homenaje mundial al libro, partió de un escritor valenciano, un tal Vicente Clavel. La idea gustó a Alfonso XIII, quien en 1926, poco antes de que se exiliara pidiendo perdón al pueblo como lo hahecho estos días su nieto, recuerda el santo, instauró oficialmente La Feria del Libro Español.

Libro, feria, relatos, fotografía La información es interesante, pero insisto en indagar en la vida del santo. Cuentan, digo con voz de gacela, que de la sangre del dragón nació una rosa... Para hacerme callar, Sant Jordi me arranca dos plumas de cuajo. Mensaje recibido. En Valencia, dice con voz omnipresente, los libreros abren la 43ª Fira del Llibre sin saber nada de las ayudas públicas. Es un claro deber pues, dice como undécimo mandamiento, que todos los lectores que llevamos dentro respalden con su presencia esta cita cultural.

Sus palabras van a misa, y aunque raras veces visito esos recintos fríos y sagrados, las acato con solemnidad. A cambio exijo a Sant Jordi que me desvele su verdadera historia. Pero parece que no hay trato. El santo se niega a hablar de su milagro sin un abogado presente. Fin de la conversación. Mi sed descubridora se da de bruces contra el suelo. Incluso así, mantendré mi palabra, y la lectora que llevo dentro visitará estos días la Fira.

Evaporado el santo catalán con su enigma bien guardado, me quedo pensativa en la ventana. El ruido del ascensor no ha dejado de sonar. El Aire de Dylan despliega mis alas. Y entre pluma y pluma, descubro un jardín de rosas. ¿Por qué me empeño en pensar que no existen los milagros? Alada, con el miedo atrincherado y coctelera en mano, espero paciente el mañana.

Los ojos de la memoria

Por: | 16 de abril de 2012

El Guardian,vision,Valencia,

Miss Menstruación me ha visitado estos días con toda su mala leche. Su ejército rojo de amazonas cabreadas ha estado galopando día y noche por mis ovarios. Las herraduras de sus caballos y las puntas de sus lanzas todavía me duelen, por lo que he decidido sacar a pasear a mi dolor para airearlo un poco. Desconozco la normativa sobre mascotas emocionales en el espacio público, pero conociendo a mi dolor, tan pacífico y obediente, no he creído necesario ponerle una correa y, mucho menos un bozal. 

La primera parada de nuestra salida es un parque de la ciudad. He deslizado a mi dolor varias veces por el tobogán y luego lo he estado columpiando un largo rato. Por unos momentos, hasta me ha regalado una de sus bonitas sonrisas en blanco y negro. En cuanto me he descuidado para recoger una nube que caía del cielo, mi dolor ya estaba jugando con otros dolores del parque. He podido comprobar que algunos eran de su misma naturaleza menstrual, otros  eran dolores crónicos y universales, tan despechados como olvidados, pero los más vistosos en este pequeño pulmón de la urbe eran los dolores existenciales de nuestro tiempo. 

De estos últimos, mi dolor me ha contado luego que se reúnen una vez al mes, megáfono en mano, para compartir su indignación y tratar de buscar soluciones.  A los dolores de la sanidad pública se les cede el único banco del parque. Los dolores de educación y cultura se sientan en el suelo, y a juzgar por sus elásticas posturas parecen estar muy acostumbrados a ello. A los dolores del hambre no he podido reconocerlos, sus cuerpos están tan débiles que, según me han contado sus compañeros, se han vuelto invisibles y es muy difícil verlos.

Especial atención me ha llamado el dolor de la memoria histórica, refugiado a la sombra de una morera y visiblemente compungido estos días de abril. Para tratar de animarlo le he invitado a una horchata con fartones.  Y, entre fartón y fartón, se ha desahogado y me ha contado que Valencia fue un día no muy lejano capital de la II República, pero que en toda la ciudad no hallaría ningún cartel, placa o monumento que lo recordara. El asunto se ha puesto serio, así que he sacado la petaca que siempre acompaña a Miss Menstruación, y hemos ingerido varios lingotazos de un tonificante aguardiente para hacer más digestivo el recuerdo.

Todos los búnkeres y refugios antiaéreos que la ciudad tuvo, cuenta el dolor de la memoria histórica sin soltar la petaca de su mano, están cerrados al público. Todos, excepto uno, ha matizado levantando su índice tricolor, el de un histórico instituto público que continúa con sus puertas abiertas.

La historia empieza a marearme y al ser silenciada mi mareo se queda sin voz y sin aire. El dolor de la memoria histórica me da unos golpecitos en la espalda y, al despertar de mi letargo, me encuentro en el Segundo Congreso de Intelectuales Antifascistas, celebrado en Valencia en el año 1937. Atónita, reconozco a un joven Rafael Alberti en amena conversación con León Felipe. Miguel Hernández, John Dos Pasos y Max Aub conforman un trío tan literario como excéntrico. Por un momento, imagino a mi Pata Negra tomando notas en un cuaderno, pero la imagen se me olvida al distinguir entre la multitud  a  André Malraux  quien, rodeado de un aura de geniales guiños, muecas y tics, escucha con atención las palabras de un futuro Premio Nobel de Literatura, padre y autor de Adiós a las armas. El compromiso por la libertad del peruano César Vallejo, del que se conservan unas imágenes en vídeo de su visita a Valencia, reina también en este congreso. Robert Capa, el mítico cazador de instantes, inmortaliza este ex-presente literario con su objetivo.

El parque se ha quedado vacío como si vaticinara un bombardeo. Todos los dolores parecen haber buscado refugio ya. No hay rastro de mi dolor menstrual. Desaparecido en combate. En un acto surrealista, las Brigadas Internacionales me susurran al oído un réquiem por los elefantes africanos muertos a manos de su Majestad el Rey. Acto seguido y aboslutamente perpleja, inicio la búsqueda y captura de mi dolor.  

Mi olfato me lleva a recorrer la antigua avenida de Lenin, hoy llamada del Puerto, y dirigirme después, tras una caminata de premio,  a la calle Largo Caballero, la actual calle San Vicente. Mi dolor no debe de andar muy lejos. Su olor guía mis pasos y finalmente lo encuentro deambulando, solo y desorientado, por la Plaza Roja, hoy conocida como la plaza de Tetúan, nombre que en árabe significa "los ojos". Y son esos ojos oceánicos del tiempo los que me sumergen en los dolores de la Historia, la pasada y la presente.

Mi dolor encontrado se ha quedado dormido en una acera. Con cuidado, lo guardo en uno de mis bolsillos. Para acuñar su sueño remato el líquido de la petaca y me despido así de Miss Menstruación. Si fuera tan fácil terminar con los dolores del mundo, otro gallo cantaría. Los ojos del tiempo me absorben con su mirada magnética  y en ellos me pierdo, sin tratar de buscar una explicación, para dejarme después navegar sin rumbo por esa espuma enredada entre la realidad y el deseo.    

La pasión en una botella

Por: | 08 de abril de 2012

 

Poesia, Playa Malvarrosa, Valencia,

Te vi al entrar, eres tú, con cara de ángel y cuerpo de diosa.

En estos días de penitencia pascuera y amnistía fiscal, he decido explorar nuevas rutas creativas para apaciguar mi sed. Para ello, he creído conveniente abandonar por unas horas mi condición de ser de ficción nudista, tomar contacto con el exterior y, ya vestida, camuflarme entre el paisaje de la ciudad en busca de ese néctar ansiado.

Mi cuerpo de carne y sueño se ha resistido como un bellaco a ser cubierto. Para hacerle razonar, me he excusado en el fervor religioso que corta el aire en estos días y en el escándalo que supondría salir desnuda a la calle. Tras una larga discusión en la que mi cuerpo ha despotricado todo tipo de exabruptos y blasfemias, finalmente ha cedido a mis plegarias y he logrado embutirme en unos jeans elásticos, vestir mi torso con una camiseta y calzarme unas botas de chúpame la punta que encontré en un contendedor. Misión imposible ha sido, sin embargo, convencer a mis pechos, tercos como dos mulas, que se han negado tajantemente a ser oprimidos y estrangulados por un sujetador y, por no complicar más las cosas, he cedido sin rechistar y los he dejado libres de ataduras.

Las calles huelen a incienso y las ruedas de mi bicicleta hacen maravillas para sortear estas pistas de patinaje de cera bendita. ¿Por qué no subirán a los Cristos y a la Vírgenes por las aceras?, me pregunto mientras pedaleo. Como diría Hemingway, ¡Es cojones la cosa!

Mi falta de orientación me pierde en un laberinto de calles que concurren en la playa de la Malvarrosa. Como recompensa a mis esfuerzos, me fumo varias olas en profundas bocanadas que saboreo para darle gusto a mis pulmones. Luego me limpio la sal de los labios y prosigo mi peregrinaje con la sed cada vez más encendida. Los artistas de arena desafían la pobreza esculpiendo esculturas en la playa, creaciones  efímeras que el viento borra a su antojo en este museo mutante con vistas al mar. Me llevo en las pupilas una de ellas para mi colección de recuerdos.

Con la vista pegada al suelo me encuentro con la estrella de Berlanga en medio del paseo marítimo, bueno, más bien de su palmera, a la que le siguen otras como la de Tony Leblanc, Fernando Fernán Gómez o Vittorio Gassman, todas ellas plantadas por la extinta Mostra de València, exterminada por los famosos recortes de la Cultura del celuloide. Sin dudarlo, elijo la de Berlanga por su desparpajo y hermosura y, pese a que una alarma se enciende en mi interior recordándome la caída desde una palmera del guitarrista de los Stones, el intrépido Keith Richards, no dudo en trepar por ella y otear el horizonte para obtener la ansiada satisfaction.

Desde la palmera de Berlanga la brisa del genio me cimbrea y me hace cosquillas en los pezones. Y ya plácida, desde las alturas, transformada en medio Verdugo, mezcla de Vaquilla y Calabuig, vislumbro a tamaño natural el remedio para apaciguar mi sed: una botella encallada en la arena. Santa Lucía me otorga momentáneamente una visión completa del contenido de ésta cepillándose con su milagro mi acusada miopía. En ella leo:

Te vi al entrar,
eres tú,
con cara de ángel
y cuerpo de diosa.

Pasándome la vanidad y el qué dirán por allí por donde la espalda pierde su casto nombre, me hago receptora y destinataria del mensaje escrito. Desconozco cómo son los ángeles o las diosas, así que como ser de ficción que soy todavía por catalogar, bien podría pertenecer a cualquier especie. El poema no lleva firma, pero me recreo en pensar que su autor es el Pata Negra que ando buscando desesperadamente. La botella está erguida como un mástil, apuntando al cielo, mostrando todo su resplandor y gallardía, una señal inequívoca de reclamo para el apareamiento. 

Ingiero los versos escritos a modo de chupitos para que las palabras atraviesen mi garganta con toda su lírica. Entre trago y trago me fumo un picudo rojo empecinado en exterminar a la palmera. En pocos minutos aparecen los primeros síntomas de embriaguez que me trasladan al Chez Lyon, un restaurante de Valencia que, según escucho decir a los comensales que tengo al lado degustando un exquisito manjar, regenta Paco Mateu. Un entrañable maître al que un día se le ocurrió introducir los poemas que escribía en botellas de cristal vacías para luego regalárselas a sus clientes.

La idea, como el buen vino, maduró, y Mateu empezó a vender las botellas bajo una iniciativa solidaria, bautizada Desde la otra orilla, un mar de poemas solidarios, cuyos beneficios se destinan íntegramente a la Asociación de Padres de Niños Enfermos de Cáncer de la Comunidad Valenciana (ASPANION). Poesías para los pequeños náufragos de la salud que pueden adquirirse tanto en el restaurante como en la Librería Dadá del MUVIM. Una admirable iniciativa que recibe el apoyo de muchos poetas valencianos, que han cedido sus versos y su ingenio a esta encomiable causa.

La lluvia apacigua mi ensoñación, y la borrachera y la fumata del picudo rojo dan paso a la flojera. Es hora de regresar a mi guarida. Pese a las indicaciones del buen Berlanga, el descenso de la palmera se me hace duro y extremadamente peligroso. Mi cuerpo agradece su vestimenta en señal de reconciliación. Mis pechos callan su orgullo y sufren las consecuencias del calvario.

La noche cae de sopetón y Santa Lucía se niega acompañarme en mi regreso ciclista. La vuelta se cuece ardua y complicada. Pero como decía Benedetti, no hay vacuna contra el optimismo, y los versos de mi Pata Negra me iluminan el camino. Las lecturas del post de mi nacimiento y los comentarios de los lectores hacen posible esta aventura. Sin duda, el combustible más ecológico y energético para seguir pedaleando y entonar ahora, a modo de saeta laica y con la resaca a cuestas, ¡gracias, mil gracias por creer en Claudia Pignataro! 

El País

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