Hacía tiempo que la andaba buscando. Intuía que no andaría muy lejos y que, como esclarecedora del mundo, podría estar en cualquier lugar. Lo que nunca imaginé es que fuera a encontrármela abandonada en un solar vallado, rodeada de trastos viejos, en plena huerta valenciana y con el cartel de Se Vende como reclamo.
A la Libertad, ese lujo que no todos pueden permitirse, la divisé desde el cielo practicando mi vuelo corporal por las nubes de Alboraia. El pinzamiento lumbar que me sacudió por la embriaguez del subidón de tan esperado encuentro, me dificultó llegar hasta mi objetivo, pero tras un aterrizaje de emergencia, logré llegar hasta ella.
Una vez allí, todo me pareció insólito. La libertad, recordé las palabras de Schiller, tan sólo existe en tierra de sueños. Y con esta máxima en el pensamiento vi entrar en la rotonda cercana a dos personajes singulares que, pese a los abucheos y pitidos de los raudos conductores, avanzaban con parsimonia ajenos a la presión del tránsito.
El más alto, un tipo flaco y quijotesco, apuntaba con su lanza hacia nosotras al tiempo que le decía a su escudero: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida".
¿Cómo carajo se aventura una en la vida si la libertad se encuentra secuestrada y en venta?, grité a mis compañeros de ficción. Quizá porque no me oyeron, quizá por que era una pregunta absurda, no obtuve respuesta alguna. Me centré entonces en limpiarle el polvo de la túnica a la Libertad, acto en el que descubrí, por cierto, que ésta no lleva ropa interior.
A la polvareda levantada se sumó el humo del pitillo de Marlene Dietrich, quien asomada entre los barrotes y regalándome una interpretación de cine exclamó con delicioso acento alemán: "La libertad, querida, es la madre de todos los bienes cuando va acompañada de la justicia". La Dietrich se esfumó después envuelta en el humo eterno de su tabaco, sosteniendo como una diosa mitológica el cigarrillo entre sus dedos.
Justicia y libertad, repitieron mis labios como una letanía una y otra vez. Y en ese halo místico y con los ojos entornados, recordé las palabras de San Agustín: "Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean". Y tras ellas vinieron las de San Chomsky a mi memoria: "La libertad sin oportunidades es un regalo endemoniado y negarse a dar esas oportunidades es criminal". "Sin libertad de pensamiento, añadió Sam Pedro con una sonrisa etrusca, "la libertad de expresión no sirve de nada".
La santísima trinidad de la elocuencia caló en mi como dogma de fe. Abrí los ojos y busqué la llama de la Libertad. Pero su antorcha, prendida desde hace siglos en una de sus manos, estaba apagada. Rápidamente saqué un mechero, pero antes de que pudiera encenderlo me vi cercada por la policía, la misma que me increpó, pistola en mano, que cesara en mi empeño y que abandonara la propiedad privada en la que me hallaba.
Sin oponer resistencia y con las alas levantadas, me encaminé hacia el furgón policial. Indocumentada y con una identidad ficticia que solo existe en este blog y que no quisieron comprobar, me acusaron de desacato a la autoridad, de ser ilegal y de allanamiento de morada. Con las manos esposadas y enjaulada en el furgón leí en el vaho del cristal: "El que está dispuesto a sacrificar libertad a cambio de seguridad no tiene ni merece ninguna de las dos". Bajo estas palabras, la firma de su autor, Benjamin Franklin.
En venta y atrapada en la burbuja inmobiliaria, dejé atrás la Libertad perdida en una glorieta de Alboraia de esta ciudad escondida. ¿Alguien se apunta para hacer convoy y prender juntos su llama?
Marta Borcha es filóloga,
Mònica Torres es