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En la ciudad escondida

Sobre el blog

A orillas del Mediterráneo y encabronada con la crisis, Claudia Pignataro levanta la alfombra de su ciudad, Valencia, para escarbar en la realidad y el deseo. Un meeting point con la cultura y la creación underground patrocinado por el arte de la insolvencia.

Sobre las autoras

Marta BorchaMarta Borcha es filóloga, periodista y experta en la gestión de la comunicación cultural. Autora del libro de relatos Las orillas del tiempo, su labor periodística se ha desarrollado en la prensa nacional durante más de 10 años. Colabora en revistas culturales y en festivales de cine y teatro.

Mònica TorresMònica Torres es fotógrafa. Desde hace 17 años trabaja con El País y colabora además con diferentes publicaciones de ámbito local y nacional. Apenas conoció a Claudia Pignataro quedó fascinada con su visión del every day life en la urbe."Ahora la ciudad también soy yo".

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Marta Borcha Mateo

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Se vende Libertad

Por: | 22 de mayo de 2012

Valencia, Estatua de la Libertad, Ciudad, FOTO, MONICA TORRES 2b

Hacía tiempo que la andaba buscando. Intuía que no andaría muy lejos y que, como esclarecedora del mundo, podría estar en cualquier lugar. Lo que nunca imaginé es que fuera a encontrármela abandonada en un solar vallado, rodeada de trastos viejos, en plena huerta valenciana y con el cartel de Se Vende como reclamo.

A la Libertad, ese lujo que no todos pueden permitirse, la divisé desde el cielo practicando mi vuelo corporal por las nubes de Alboraia. El pinzamiento lumbar que me sacudió por la embriaguez del subidón de tan esperado  encuentro, me dificultó llegar hasta mi objetivo, pero tras un aterrizaje de emergencia, logré llegar hasta ella. 

Una vez allí, todo me pareció insólito. La libertad, recordé las palabras de Schiller, tan sólo existe en tierra de sueños. Y con esta máxima en el pensamiento vi entrar en la rotonda cercana a dos personajes singulares que, pese a los abucheos y pitidos de los raudos conductores, avanzaban con parsimonia  ajenos a la presión del tránsito. 

El más alto, un tipo flaco y quijotesco, apuntaba con su lanza hacia nosotras al tiempo que le decía a su escudero:  "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida".

¿Cómo carajo se aventura una en la vida si la libertad se encuentra secuestrada y en venta?, grité a mis compañeros de ficción. Quizá porque no me oyeron, quizá por que era una pregunta absurda, no obtuve respuesta alguna. Me centré entonces en limpiarle el polvo de la túnica a la Libertad, acto en el que descubrí, por cierto, que ésta no lleva ropa interior. 

Valencia, Estatua de la Libertad, Ciudad, FOTO, MONICA TORRES
A la polvareda levantada se sumó el humo del pitillo de Marlene Dietrich, quien asomada entre los barrotes y regalándome  una interpretación de cine exclamó con delicioso acento alemán: "La libertad, querida, es la madre de todos los bienes cuando va acompañada de la justicia". La Dietrich se esfumó después envuelta en el humo eterno de su tabaco, sosteniendo como una diosa mitológica el cigarrillo entre sus dedos.

Justicia y libertad, repitieron mis labios como una letanía una y otra vez. Y en ese halo místico y con los ojos entornados, recordé las palabras de San Agustín: "Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean". Y tras ellas vinieron las de San Chomsky a mi memoria: "La libertad sin oportunidades es un regalo endemoniado y negarse a dar esas oportunidades es criminal". "Sin libertad de pensamiento, añadió Sam Pedro con una sonrisa etrusca, "la libertad de expresión no sirve de nada".

La santísima trinidad de la elocuencia caló en mi como dogma de fe. Abrí los ojos y busqué la llama de la Libertad. Pero su antorcha, prendida desde hace siglos en una de sus manos, estaba apagada. Rápidamente saqué un mechero, pero antes de que pudiera encenderlo me vi cercada por la policía, la misma que me increpó, pistola en mano, que cesara en mi empeño y que abandonara la propiedad privada en la que me hallaba.  

Sin oponer resistencia y con las alas levantadas, me encaminé hacia el furgón policial. Indocumentada y con una identidad ficticia que solo existe en este blog y que no quisieron comprobar, me acusaron de desacato a la autoridad, de ser ilegal y de allanamiento de morada. Con las manos esposadas y enjaulada en el furgón leí en el vaho del cristal: "El que está dispuesto a sacrificar libertad a cambio de seguridad no tiene ni merece ninguna de las dos". Bajo estas palabras, la firma de su autor, Benjamin Franklin.  

En venta y atrapada en la burbuja inmobiliaria, dejé atrás la Libertad perdida en una glorieta de Alboraia de esta ciudad escondida. ¿Alguien se apunta para hacer convoy y prender juntos su llama? 

El gran teatro del mundo

Por: | 06 de mayo de 2012

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ACTO I- Firmó su carta de dimisión. Le faltaron escrúpulos y le sobró solidaridad. Antes de tener que decidir el destino de varios compañeros, prefirió esperarlos en la cola de paro.

Una cola interminable con casi 6 millones y medio de parados que visten a España con la vergüenza del desempleo. El trabajo en peligro de extinción, reza el título de este gran espectáculo. La tragedia lleva años en cartel y el reparto de intérpretes no deja de crecer. Mi personaje, una hormiguita más de esta cola infinita, viuda de patrón y huérfana de empleo. En el país de esta gran obra, los eres, desvela el apuntador, son los reyes del Mambo.

En el escenario, los signos de interrogación luchan contra su agonía. La escenografía gris, papel de estraza, los contrapesos fuera de control. La bondad nunca ha hecho destacar a nadie, por eso cuando sale a escena resulta imposible verla. La realidad se agrieta, la iluminación desciende. ¿Donde está la puta salida de emergencia?, gime el eco de la incertidumbre desde la cola del INEM.  Al fondo, allá al fondo, dirección este, pasando unas diez rotondas, un aeropuerto sin flota y un cementerio de  reformas, se escucha desde el foso de la orquesta.

ACTO II- El teatro no llena el estómago ni cotiza en bolsa. Pero ayuda a digerir la impotencia, ensanchar el alma  y derribar los muros del pensamiento único. De derribos, me comenta un atractivo tramoyista durante el descanso de la función, está desolado el Cabanyal, un antiguo barrio de pescadores amenazado de demolición. Desde hace años, explica mientras nos fumamos la desidia con un alijo de contrabando decomisado, las excavadoras se han dispuesto a borrarnos del mapa por mandato Barberá.

Sin dejar de escucharle, acaricio la cabeza de la yegua que lleva tatuada en su hombro desnudo. Su piel, curtida de historias, me pone y me da buen rollo. Las artes escénicas de vanguardia, anuncia el jinete tramoyista, llegan este junio al barrio para combatir los derribos con cápsulas de  teatro, danza, poesía, música y cabaret.  La yegua emite un largo relinche reclamando mi atención. Hurgo en mi bolso de deseos y la sorprendo con unas crujientes algarrobas.

Esta particular batalla artística, cuyas representaciones se desarrollarán en la intimidad de los hogares amenazados de desalojo, dice ilusionado el tramoyista, la abandera el Festival Cabanyal Íntim. Un proyecto social y cultural independiente co-financiado a través del crowdfunding o micromecenazgo, que pone en contacto a creadores y pequeños mecenas a través de Internet. Esta fórmula, me ilustra mi tramoyista, ha abierto una ventana de oxígeno a los proyectos culturales que estaban destinados a morir o no ver la luz por la escasez de ayudas públicas. Los amantes de la creación que quieran respaldar y participar en esta iniciativa, me publicita sin ningún reparo, tan sólo deben visitar esta web y hacer sus pequeñas aportaciones.

 

ACTO III- La función debe continuar y la hormiguita que soy regresa a escena para seguir con la procesión del desempleo. Como no hay guión ni dramaturgia, ni maestro de ceremonia, improviso como mis compañeros y tiro p´alante como los de Alicante.  El telón nunca se cierra en el gran teatro del mundo. Si los lectores se animan a ir al Cabanyal Íntim este junio, me susurra el tramoyista mientras masajea mis pies en el camerino, su yegua, de nombre Medea, os acompañará por este barrio marinero en resistencia. Si acudís a la cita, no olvidéis traer un puñado de algarrobas frescas. De los pies, las manos del mi posible Pata Negra trepan por mis muslos hasta alcanzar mis caderas. ¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!

El País

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