Si mi compañero de ficciones Gregorio Samsa se levantó un día convertido en un monstruoso insecto, yo he amanecido hoy transformada en una mujer-árbol. En apariencia física sigo siendo la misma, pero la savia corre estos días por mis venas y mi piel ha adquirido un tacto leñoso.
El llanto verde de los árboles quemados planea su tristeza por el cielo de esta Ciudad Escondida. Lluvia de cenizas. Huele a muerte forestal. El monte se queda huérfano de vida. La imprudencia e insensatez humana extermina la Naturaleza. Todo arde.
El Jardín Botánico de Valencia se convierte en mi guarida estival. Y allí, junto a otros árboles, plantas, flores, helechos y arbustos, comparto el luto por nuestra flora atrapada en los incendios cercanos. En silencio nos tragamos la impotencia, la rabia y desesperación. Abanico calina y calma como el viento acariciaba las copas y las ramas de los árboles poco antes de los incendios.
Deslizo la mano entre los nenúfares del estanque para sofocar el calor. Agua. Y a la mano le sigue mi pie. Agua. También refresco mi tronco de mujer-árbol. Agua.
Agua
agua, agua
agua, agua, agua
agua, agua, agua, agua, agua
agua, agua, agua, agua, agua, agua, agua,
agua
agua
agua
agua
La vergüenza se adueña de nuestra realidad inmediata y son muchos los que nos negamos a aceptar lo inaceptable. Las llamas devoran montes y bosques. Cincuenta mil hectáreas arrasadas. La versión oficial llena los titulares de preguntas sin respuestas. Descontrol. Incertidumbre. Bochorno. ¿Pirómanos especuladores?
La acción ciudadana inicia su peregrinaje. Un voluntario, un árbol, movimiento social que germina para la recuperación forestal tras los incendios ocurridos. Ingenieros agrónomos, titulados forestales, grupos ecologistas y gente anónima trazan un plan de actuación para repoblar y limpiar los montes quemados.
El verano, como el fuego, se abre paso por las orillas del tiempo. El culto a los árboles se ha ido perdiendo en las sociedades modernas, pero sus símbolos persisten en el lenguaje, el folclore y la cultura recordándonos la estrecha relación entre el pensamiento humano y el mundo forestal.
Hace calor y esta mujer-árbol se dispone a buscar la fresca este julio sofocante por los barrios de la ciudad. Cultura gratis para refrescar cuerpo y alma. Todos los martes Cinema a la fresca en Velluters. Los jueves matutinos Cuentos a la fresca en la Biblioteca Pública de Valencia para todos los niños y niñas que llevamos dentro. Talleres y conciertos en Benimaclet entra, y paseos verde que te quiero verde por los Jardines de Monforte. El Comboi a la fresca entra en el Instituto Francés, y la música, el teatro y la poesía prosiguen en la Universitat de València.
Transformada en una mujer-árbol, con la resina que segrega mi cuerpo y con una osada adaptación de los versos de un Alberti siempre presente, escribo el siguiente epitafio arbóreo en este remanso de sombras y armonías del Jardín Botánico.
"Cándidos y erguidos,
con una clara vocación de cielo
y con un alto porvenir de estrellas,
quemadas las dulces piernas, las cabezas hundidas,
desparramados por la tierra y tristes,
todos deshechos en hojas,
en llanto verde todavía, en llanto".
Marta Borcha es filóloga,
Mònica Torres es