En California, el “sueño americano” siempre ha encontrado tierra fértil. Desde hace siglos, hay mucho de promesa e esta tierra. La gran colonización de mediados del siglo XIX, con la fiebre del oro como catalizador, ilustra las posibilidades de arraigo que desde entonces ofrecía California. Pero también los enormes riesgos.
Pensaba yo en esta dialéctica californiana cuando repasaba la historia de Itzcóatl Ocampo, un muchacho de 23 años acusado de asesinar a cuatro indigentes durante los últimos días del 2011 y los primeros del año que comienza. La de Itzcóatl (no cualquier nombre, por cierto) es una vida de nuestro tiempo. Llegó a Estados Unidos de la mano de sus padres cuando ni siquiera había cumplido el año de edad. A pesar de llevar el nombre de un emperador azteca particularmente combativo, el joven Ocampo tenía, dicen, un carácter suave, casi frágil. Su padre, un hombre elocuente de rostro moreno y angulado, se precia aun ahora de haberle inculcado a sus hijos el valor de la generosidad. En la doctrina del padre de los Ocampo, la ayuda al prójimo era estrictamente prioritario. Quizá por eso, Itzcóatl decidió enlistare en el ejército estadounidense y hacer honor a su nombre. Estuvo en Irak durante el 2008. Nunca tuvo oportunidad de tomar las armas, pero vio los horrores de la guerra y, de manera crucial, perdió a un amigo cercano durante los combates. Meses más tarde, Itzcóatl regresó a California. Y como le ocurre a cientos, quizá miles de veteranos de guerra, a Ocampo le resulto complicado volver a casa. El adjetivo, en realidad, se queda corto. El retorno a la cotidianidad fue imposible. La familia vio al chico contraerse lentamente. Pasaba horas en silencio. Dejó de participar en reuniones familiares. Sin temor a exagerar, dicen, parecía haber olvidado cómo vivir. La herida era profunda. Según se dice, en algún momento del 2011, Itzcóatl comenzó a auxiliar a los indigentes en el Condado de Orange, al sureste de Los Ángeles. Les daba dinero, les ofrecía llevarlos a algún sitio mas cómodo. El gesto noble del joven veterano de guerra revelaba cierta congruencia. Después de todo, su padre, el mismo hombre orgulloso que lo había traído a California, lo había perdido todo y vivía él mismo en las calles. Esa maraña de proporciones shakesperianas debe haber rebasado a Itzcóatl en algún momento de diciembre. A partir del 20 de diciembre, la ciudad de Los Angeles se vio sacudida por una serie de ataques a cuchillo limpio contra indigentes en la más plena indefensión.