León Krauze

La tragedia americana de Itzcóatl Ocampo

Por: | 25 de enero de 2012

Itzcoatl-Ocampo

 

 

En California, el “sueño americano” siempre ha encontrado tierra fértil. Desde hace siglos, hay mucho de promesa e esta tierra. La gran colonización de mediados del siglo XIX, con la fiebre del oro   como catalizador, ilustra las posibilidades de arraigo que desde entonces ofrecía California. Pero también los enormes riesgos. 

Pensaba yo en esta dialéctica californiana cuando repasaba la historia de Itzcóatl Ocampo, un muchacho de 23 años acusado de asesinar a cuatro indigentes durante los últimos días del 2011 y los primeros del año que comienza. La de Itzcóatl (no cualquier nombre, por cierto) es una vida de nuestro tiempo. Llegó a Estados Unidos de la mano de sus padres cuando ni siquiera había cumplido el año de edad. A pesar de llevar el nombre de un emperador azteca particularmente combativo, el joven Ocampo tenía, dicen, un carácter suave, casi frágil. Su padre, un hombre elocuente de rostro moreno y angulado, se precia aun ahora de haberle inculcado a sus hijos el valor de la generosidad. En la doctrina del padre de los Ocampo, la ayuda al prójimo era estrictamente prioritario. Quizá por eso, Itzcóatl decidió enlistare en el ejército estadounidense y hacer honor a su nombre. Estuvo en Irak durante el 2008. Nunca tuvo oportunidad de tomar las armas, pero vio los horrores de la guerra y, de manera crucial, perdió a un amigo cercano durante los combates. Meses más tarde, Itzcóatl regresó a California. Y como le ocurre a cientos, quizá miles de veteranos de guerra, a Ocampo le resulto complicado volver a casa. El adjetivo, en realidad, se queda corto. El retorno a la cotidianidad fue imposible. La familia vio al chico contraerse lentamente. Pasaba horas en silencio. Dejó de participar en reuniones familiares. Sin temor a exagerar, dicen, parecía haber olvidado cómo vivir. La herida era profunda. Según se dice, en algún momento del 2011, Itzcóatl comenzó a auxiliar a los indigentes en el Condado de Orange, al sureste de Los Ángeles. Les daba dinero, les ofrecía llevarlos a algún sitio mas cómodo. El gesto noble del joven veterano de guerra revelaba cierta congruencia. Después de todo, su padre, el mismo hombre orgulloso que lo había traído a California, lo había perdido todo y vivía él mismo en las calles. Esa maraña de proporciones shakesperianas debe haber rebasado a Itzcóatl en algún momento de diciembre. A partir del 20 de diciembre, la ciudad de Los Angeles se vio sacudida por una serie de ataques a cuchillo limpio contra indigentes en la más plena indefensión.

De acuerdo con los reportes policiales, la saña del asesino era asombrosa . Una autentica carnicería. Para enero, el Condado de Orange ya contaba tres muertos. El patrón revelaba la psicopatía de un asesino serial. Alrededor del 10 de enero, Itzcóatl Ocampo fue a visitar a su padre para prevenirlo: “estaba muy preocupado por mí. Pero yo le dije ‘no se preocupe. Soy un sobreviviente’.” Apenas unos días después, el muchacho mataría de nuevo, esta vez afuera de un restaurante de hamburguesas. Y entonces se le acabó la suerte. Varios testigos lo sorprendieron en el acto homicida y lo persiguieron hasta aprehenderlo. Ya en la cárcel, Itzcóatl comenzaría un auténtico suplicio. “Me pareció como un gato mojado y aterrado”, contó el abogado defensor del muchacho después de su primera reunión tras las rejas. Unos días más tarde, el fiscal anunciaba su intención de ir por la pena de muerte. En suma, una tragedia redonda, perfecta. 

Y lo es por la historia del propio muchacho. Y, claro, por el terrible desenlace de la vida de sus víctimas. Pero también por lo que revela de un lado particularmente oscuro del Estados Unidos moderno: la tremenda fragilidad mental de sus veteranos de guerra. De acuerdo con un reportaje publicado por la revista The Week, la Administración de Veteranos ha tratado a más de 210 mil miembros del ejército que sufren de estrés post-traumático. El número real de veteranos asediados por depresión, ataques de pánico o, de manera crucial, destellos de ira, asciende a 700 mil. A eso habrá que sumarle una estadística de verdad aterradora: la tasa de desempleo entre los veteranos rebasa el 13%, casi cinco punto más que el promedio nacional. “Uno de cada tres veteranos de entre 18 y 24 años está desempleado”, revela The Week. Y remata citando a Paul Rieckhoff el director de los Veteranos  Estadounidenses de Irak y Afganistán: “la marea de la guerra podrá estar retrocediendo, pero la oleada en casa apenas comienza”. 

Por lo pronto, la vida de Itzcóatl Ocampo ya flota a la deriva. 

 

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Sobre el autor

León Krauze es periodista, conductor y escritor. Conduce la Segunda Emisión de W Radio y Hora 21, el noticiario principal del canal Foro Tv , de Televisa. Es miembro de la redacción de la revista cultural Letras Libres. y columnista del diario Milenio, de publicación mexicana. Escribe con frecuencia en la revista Letras Libres y lo ha hecho también en Newsweek, Washington Post, El País, The New Republic y diversas otras publicaciones.

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