De falos hablaremos hoy. De falos y de orgasmos femeninos. De frotes y gozos. De nuestros cóncavos placeres sin castración.
Fresco en Pompeya que retrata a Príapo, el dios griego de la fertilidad, hijo de Dioniso y Afrodita, siempre erecto y fecundando.
Empecemos por esos momentos en que las mujeres nos hemos preguntado por nuestra ausencia de pene. De esos instantes algo borrosos, pura sensación, en que nos imaginamos que somos nosotras las que penetramos (y no con arneses ni productos de diseño industrial, sobre los que nos suele hablar tan certeramente Tatiana)... Quizá me refiero a esa suerte de nostalgia por lo que pudimos haber tenido y no tenemos (dicho esto con todo el humor del que puede hacer uso una mujer muy orgullosa de sus oquedades).
Hubo una vez un amante que mencionó con cariño mis contracciones involuntarias tras el orgasmo. Entonces, algo hizo clic en mí y mi sonrisa de agradecimiento por tanta atención trocó en desazón: supe que nunca podría sentirlas/sentirme desde ese punto de vista (por nombrar de algún modo la perspectiva peneana).

