Según pasan los años, hay una imagen erótica (¿pornográfica?) que no puedo ahuyentar de mi cabeza: es la de una grotesca competencia en la que una mujer, abiertas las piernas en alto, recibe a una fila de hombres que la penetran sucesivamente hasta acabar (o correrse, en castizo). Esto debe de haber ocurrido a finales de los noventa, en el apogeo de los reality-shows, con los canales de TV, sobre todo los anglosajones, poniendo a prueba el estómago de los televidentes con concursos capaces de generar una buena ración de escándalo, algunos directamente escatológicos.
En aquella cola que se parecía a la del banco, los asistentes de la sonriente dama (entre los que se encontraba su propio marido y mánager) procuraban que los señores llegaran a su turno bien excitados (para no perder tiempo) e iban haciendo ingresar al siguiente. Así, hasta alcanzar las más de cien personas, que era el récord que tenía que batir la señora (ciertamente, en un tiempo estipulado) para llevarse el premio del certamen televisivo de la colorinche televisión alemana.
A veces me pregunto en qué habrá consistido la relación erótica de ese matrimonio, con la mujer exhausta por tanto acceso ajeno y empellón anónimo. Sin duda, sexo de feria llevado al paroxismo.
Fotograma de 'Calígula' (1979) de Tinto Bras, con guión de Gore Vidal y el protagónico de Malcolm MacDowell.
Sin embargo, hoy quiero hablar del mucho sexo sentido con diferentes partenaires, quizá algo competitivo, pero como consecuencia del resultado y no del deseo previo (abundante y recurrente).

