Las mujeres aprenden desde temprana edad a desarrollar una habilidad escrita en los genes para decir con la mirada lo que nunca llegan a decir del todo, con esa manera elíptica que tienen de aproximarse al verbo, dando vueltas en torno al hecho sin tocarlo. En cambio, cuando miran, desafían, desnudan e intimidan, se imponen o vencen, y otras veces, consuelan, aceptan y conceden.
Obras de Juan Hernández
A estas alturas del partido todo el mundo sabe reconocer a una mujer interesante. Define interesante por descarte: bella no tiene que ser, ni falta que le hace. Si es demasiado bella, es más hermosa que interesante. Hermosa en términos de tía buena, no de mira qué hermosa está la mañana. Si es hermosa como las mañanas, puede que en efecto sea interesante, por luminosa y serena. Es inteligente, desde luego. Pero le aburren los libros con cuerpo de notas y los que dicen más nombres que cosas. Además, como no ocurre entre los hombres inteligentes, tiene la elegancia de ser ajena a sus virtudes.
Tal vez por eso cuando cae, se deja deslizar por la pendiente hasta el noveno círculo de la pena inconsolable. Entera cae y entera se yergue. Renace, a veces de las cenizas, y otras muchas, de montañas de kleenex manchados, dispuesta a creer una vez más, a confiar en la entrega como un acto importante para la existencia. A una mujer que duerme mal o ha llorado mucho se le puede reconocer por el vuelo de las manos: es más bajo, más cansino, más cercano a la tierra o al regazo.
La mujer interesante se calla a menudo, y cuando lo hace, la gente dice con razón que se hace la interesante. Hay que estarse atentos, no vaya a ser que un día se nos cruce por delante y nos pille esperando un abrazo, con las manos en alto.

