Sección 'Californication'
Californication no es una
serie de sexo, es de amor
Acabó esta semana otra de las series favoritas de Espoiler, y no hay mejor momento para reseñar lo que nos gusta que hacerlo en caliente, sin demasiada reflexión. Californication se nos presentó en agosto pasado como una serie de contenido sexual que ocurría en Los Ángeles, y nosotros dijimos “bueno, está bien”. Nunca creímos que el pobre David Duchovny nos pudiera hacer olvidar al agente Fox Mulder, ésa es la verdad.
Tuvimos ese prejuicio interno, esa sensación. Y como siempre que tenemos intuiciones, nos equivocamos.
Se equivocó también la cadena Showtime al presentar la serie como una trama sexual, como sólo eso. Está bien que Estados Unidos sea un país puritano y que el cable pueda pasar por encima de ese asunto, anularlo, pero ya está bien con promocionar toda historia con tetas como si fuese la versión televisiva de Garganta Profunda.
Californication es una serie enorme, y el sexo tiene muy poco que ver. Quiero decir: lo explícito del sexo, las tetas y los culos y las porongas. No va de eso, aunque lo haya en pequeños montoncitos.
Hank Moody es un personaje fascinante, un hermano gemelo y contrapuesto al agente Mulder. Dos siameses separados al nacer que vivieron historias distintas y que, ahora, son dos caras diferentes de una moneda.
Hank Moody es un escritor de raza, desesperado y frenético, que no se supo subir al siglo XXI. Ha escrito un libro exitoso y con él han hecho una película horrible y taquillera. Ahora todo el mundo lo conoce por ese film espantoso, y él odia que los demás sospechen que ha tenido algo que ver con eso. Al mismo tiempo, la serie comienza con una brutal sequía: Hank Moody no puede escribir una línea. Está seco.
En la vida afectiva le va todavía peor. Su mujer, a la que ama, y su hija de trece años, ya no viven con él. Lo han dejado por imbécil, por pedante, por infiel, por irresponsable y por inmaduro. Su mujer y su hija ahora viven con otro hombre, Bill, un señor de saco y corbata, millonario, exitoso y aburrido. Las chicas necesitaban ese contraste. Y Hank lo sabe, pero sufre.
Pobrecito Hank. Su editor lo obliga a escribir un blog para sobrevivir. Un blog es la cosa más espantosa a la que puede rebajarse un escritor como Hank Moody. Lo dice muy claramente en una entrevista, en el episodio quinto. Internet no es su mundo:
La primera temporada de Californication es el viaje frenético de un hombre desesperado que busca reconstruir su vida. Que descubre lo equivocado que ha estado al echar por tierra su verdadero amor. Es un tango, de punta a punta. Sólo desea que su mujer lo perdone, que su hija lo ame y, en tercer lugar, volver a escribir con pasión. Mientras espera que todo eso ocurra, no puede parar de follar con desconocidas. Con camareras, con divorciadas, con fantasmas llenos de rimel, con azafatas, con todo lo que se le cruza.
Por casualidad y sin saberlo, en el primer episodio acaba en la cama con una adolescente de 16 años (él no sabe que ella es menor) y más tarde descubrirá que esa niña es, además, alguien muy cercano en otros aspectos. Nosotros, los espectadores, también descubrimos que esa muchacha es Madeline Zima, la pequeñita de The Nanny, que en estos años ha crecido maravillosamente.

Todo se desbarranca en la vida de Hank Moody. Y esa caída libre al infierno dura doce episodios que son como perlas. No hay altibajos: cada capítulo es hermoso, sincero, cruel, divertido y nostálgico. La relación de Hank con su hija Becca es tan sutil, tan tierna, que casi siempre uno (que es padre de niña) acaba moqueando.
Sí, hay sexo en la serie. También escatología: vómitos desenfrenados y eyaculaciones femeninas que son como explosiones asquerosas. Pero que nadie se quede allí colgado, que nadie sospeche que Californication va de sexo ni que es una serie pasatista. Su profundidad moral es abrumadora. Es una historia de amor brutal y exquisita.
A propósito de amor: ayer vi el capítulo final, y no me esperaba ese cierre. Realmente no sospeché que los guionistas quisieran caminar por esas fronteras, por ese camino tan transitado. No es una crítica, es sólo que me dejó muy confundido. Pero sospecho que ese final tiene que ver, como siempre, con que la serie ha sido un éxito y con algo hay que comenzar, el año entrante, la segunda temporada.
Más allá de eso, me guardo estos doce capítulos en el corazón. Ha sido una temporada entrañable, íntima, seductora, con personajes reales o, al menos, arquetipos bien conseguidos. Una extraña mezcla de diversión y frustración, de entretenimiento y profundidad. Me gustan esas mezclas.
Me alegra que exista Californication.
¿Y cómo hago para ver esta serie?

Qué ver en la 1ª
semana de noviembre
Señoras y señores, acaba el martes la primera temporada de Californication, después de doce episodios que piden a gritos un segundo plato. Y después postre, por supuesto. Seguramente haré un artículo completo despidiendo la serie con honores, pero quiero dejar constancia aquí, en el calendario, de que no hay que perderse el capítulo final, que se llama "The Last Waltz". Dicho queda.
También es destacable el inicio de la quinta temporada de Nip/Tuck, un drama que trata sobre la vida de dos cirujanos plásticos de Miami, Sean McNamara (Dylan Walsh) y Christian Troy (Julian McMahon), mientras sus vidas empiezan a desmoronarse bajo el estrés, la envidia, la lujuria y el crimen.
El calendario de esta semana es más breve, porque hay varias series que se quedan en el banquillo: Prison Break, 30 Rock, Scrubs, Bionic Woman y Friday Night Lights son, quizás, las más relevantes.
Siguen con muy bien pie dos comedias: The Office (US), imparable, y Curb Your Enthusiasm, donde Larry David hace de cada nuevo capítulo un curso intensivo de guión cerrado. El episodio sexto, emitido la semana pasa, es (creo yo) el mejor de las seis temporadas. Un placer para los ojos y la vista.
Alguien decía hace un rato, en los comentarios, que Dirty Sexy Money tiene mucho de Desperate Housewives (de lo bueno, lo chispeante y espontáneo de esa serie) y no puedo estar más de acuerdo. Tanto la una (con su primera temporada) como la otra (que ya va por la cuarta) son entretenimientos puros. Si no le pides más que eso, la pasas muy bien.
Y por último: seguimos enamorados de Dexter y de Tell Me You Love Me. Por razones diferentes, claro. A no perderse ninguna de las dos.

Hernán Casciari nació en Mercedes, Buenos Aires, en 1971. Es escritor y periodista. Ha recibido el 1º Premio de Novela en la Bienal de Buenos Aires en 1991, y el premio Juan Rulfo en París, en 1998. Actualmente reside en Barcelona.