Sección 'Mujeres protagonistas'
Si los abogados bailaran
el mundo sería mejor
En la actual Brothers & Sisters, Calista Flockhart parece la sombra de Ally. El
fantasma, el envoltorio de la abogada Ally McBeal. Y no es sólo un espejismo de la anorexia. La actriz, además de
flaca parece desdibujada en la trama coral de la los Walker. Cada vez que veo Brothers & Sisters en donde aparece Calista, echo de menos las primeras temporadas de Ally, esa extraña maravilla creada
por David Kelley.
La serie Ally McBeal, además de muchos altibajos, supo tener destellos geniales. Sobre todo, en las dos primeras temporadas, que es donde David Kelley, su mentor, más pilas le pone a sus criaturas (después se cansa, se dedica a otras cosas y deja sus proyectos a la deriva, es muy suyo). Hablemos hoy de esos primeros 46 episodios, ah, qué delicia.
Antes que nada vamos a centrarnos en la época: 1997. Todavía la revolución HBO no había sido gestada. Los pilares de la nueva televisión (The Sopranos y Six Feet Under) eran sólo proyectos. David Kelly ya había batallado en varias series en donde la abogacía o la medicina eran el plato fuerte: L.A. Law, Chicago Hope, Doogie Howser, etcétera. Todas muy costumbristas, muy planas, nada de surrealismo. Y entonces llegó Ally McBeal, una extraña apuesta de la FOX.
Ally es una abogada treintañera ambiciosa, un tigre en lo estrictamente profesional, pero en realidad una niña frágil con enormes desequilibrios emocionales. Trabaja en el bufete Cage & Fish, una firma de abogados también jóvenes y llenos de codicia, donde aparecen, entre otros, secundarios deslumbrantes como Richard Fish (Greg Germann, al que le gustan las papadas de las veteranas), John Cage (impresionante Peter MacNicol en el personaje de un abogado lleno de traumas) y Elaine Vassal (Jane Krakowski, siempre en su papel de rubia y tonta que quiere cantar).
En la serie hay un protagónico más. Uno fundamental que nos va guiando a través de la trama. La música. O en realidad, el sonido en general. Ally McBeal tiene, como principal revolución ficcional, la novedosa (para la época) utilización del sonido. Por una parte están las canciones, que siempre tienen relación directa con lo que nos están contando los personajes (Vonda Shepard hace de sí misma en toda la serie, y no para de cantar al final de cada episodio), por otro lado las coreografías absurdas, y por fin los 'ruiditos', los frenazos del disco, que siempre me han gustado tanto. Todo lo que tiene de absurda y surrealista la trama de Ally McBeal está ligado a los efectos de sonido y las imágenes que nos llegan desde la imaginación (profusa y confusa) de la protagonista.
Por detrás de todo eso, de lo absurdo y de lo onírico, hay casos legales (sí, parece mentira que pueda haber algo más). Y hay historias románticas, y una sutil pintura de los años noventa. Ally McBeal es una serie cursi, graciosa, reflexiva, femenina, cínica, machista, moderna, musical, estereotipada, original y fresca. Tiene tanta mezcla de género como de calidad. A veces es genial y otras veces bastante torpe.
Pero hay algo que siempre recuerdo de las épocas en que veía Ally McBeal. Algo que no me ha pasado muchas otras veces después, en los diez años posteriores. Después de ver un capítulo de Ally, mientras todavía avanzaban los créditos finales, yo tenía una sonrisa enorme y era un poquito más feliz. Una extraña sensación de que el mundo era algo rítmico, bobo e inofensivo.
¿No me creen? Intenten ver estos fragmentos sin que les mejore un poco el ánimo. Es imposible.
S01E18, The Playing Field | 16 marzo, 1998
| ENCANTADOR. Mi secundario preferido: Peter MacNicol. En la serie es el inestable abogado John Cage, eterna y secretamente enamorado de Ally. El pobrecito se pasa la vida intentando trucos para adquirir seguridad personal y autoestima. En este episodio se inventa una patética 'sonrisa encantadora'. La usará durante dos temporadas completas, con suerte dispar. |
S01E12, Cro-Magnon | 5 enero, 1998
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UKA CHAKA. Entre los muchos traumas emocionales de Ally, está el de quedarse soltera para siempre. Tópico de treintañera. Cada vez que la asaltan estos temores (y sobre todo cuando está sola en casa) se le aparece un espantoso bebé imaginario y danzarín, que entra en escena cantando siempre el 'uka chaka', la danza de los rugbiers neocelandeses. Absurdo y poesía. |
S01E01, Pilot | 8 septiembre, 1997
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INSIGNIFICANCIA. Pero Ally no solamente baila con bebés imaginarios. Cuando le gusta un hombre, por ejemplo, abre la boca y le come la cabeza, o saca una lengua de sapo y lo chupetea. Los lapsus de la imaginación son constantes en la serie, y rompen la estructura narrativa con arte. cuando se siente insignificante —por ejemplo— se convierte en una abogada muy pequeñita. |
S02E14, Pyramids on the Nile | 15 febrero, 1999
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RICHARD & JOHN Quizás el mejor escenario del bufete Cage & Fish sea el baño, que es unisex. Allí transcurre gran parte de la serie. Ese baño lo ha visto todo: desde besos secretos a conspiraciones y llantos. Pero es posible que la coreografía musical de los dueños de la firma sea lo mejor que ha ocurrido allí dentro. Qué maravilla de actores. |
¿Y cómo hago para ver esta serie?
Lesbiana tú eres,
entre todas las mujeres
Sí, es verdad: todas las lesbianas de The L Word son guapas, y ésa ha sido siempre la primera crítica purista sobre el producto. Pero también son guapos todos los náufragos de Lost, y todos los médicos residentes de Grey's Anatomy, y todos los perros de 101 Dalmatians, cuando en la vida real los náufragos, los perros y sobre todo los médicos son más bien feos y tienden a oler muy mal.
En general, la enorme mayoría de los actores y actrices (y canes) de las series son gente vistosa, no importa cuál sea su identidad sexual. ¿Por qué los creadores de The L Word iban a poner entonces lesbianas horribles, como todas las que conozco en la vida real? ¿Con qué fin?
También es verdad, dirán algunos, que la única exponente heterosexual femenina de la serie (Kit, interpretada por la gran Pam Grier) es más bien fea tirando a camionero peruano, y que los poquísimos hombres que aparecen en pantalla son el tópico del macho cobarde, del novio manipulador, del padre borracho, o del marido cornudo. Bueno, sí. Todo es cierto. Pero supongamos que han querido hacer una obra desde la mirada lésbica, donde (imagino, pues no soy lesbiana) los hombres debemos ser algo así de espantoso, con la excepción honrosa de Miguel, el tío de Bimba Bosé.
Pero no quiero hablar sobre esa cuestión, sino sobre otra más importante: la serie es buenísima. Comencé a verla hace unos años solamente por la posibilidad (certera y abundante) de que aparecieran chicas dándose besos con chicas, que es la tercera cosa que más nos gusta a los hombres después del fútbol y rascarnos. Pero desde la segunda temporada comenzó a haber menos sexo lésbico y más historias —menos teta y más trama— y sin embargo me quedé con ellas, porque las historias y los personajes funcionan muy bien.
La serie se emite por Showtime (la segunda mejor cadena de pago después de HBO) y vio la luz —con bastante revuelo de la Iglesia y otras empresas de gente disfrazada— en enero de 2004. En marzo de este año acabó la cuarta temporada, y se prepara la quinta para los inicios de 2008. Cada una tiene doce capítulos de una hora. Y con eso alcanza para tenernos contentos.
The L Word es la historia de un grupo de entre cinco y ocho mujeres (a veces más) que viven con cierto lujo en Los Ángeles, y tienen problemas y los solucionan como pueden. No está allí la riqueza de la trama, sino en las pequeñeces de la rutina con el espectador. Con el tiempo, sus creadores han sabido darle forma a todos los personajes principales y se logró algo bastante atípico: que nos encariñásemos con ellos.
El regreso, cada año, de The L Word, es una fiesta sencilla para nuestros ojos, una ci

Hernán Casciari nació en Mercedes, Buenos Aires, en 1971. Es escritor y periodista. Ha recibido el 1º Premio de Novela en la Bienal de Buenos Aires en 1991, y el premio Juan Rulfo en París, en 1998. Actualmente reside en Barcelona.