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Espoiler es un weblog que se especializa en ficción televisiva, descargas p2p y subtitulado. El blog está dividido en cuatro secciones principales:

Opinión, con artículos de fondo sobre el mundo de la ficción en las televisiones del mundo;

Series Recomendadas, donde se presentan temporadas completas de series de culto o estrenos que vale la pena ver; y

Grandes Secundarios, una sección esporádica en donde nos ponemos un poco detallistas con los actores y las actrices que más nos gustan de las comedias y los dramas actuales.

Espoiler está pensado para las miles de personas que eligen ver televisión de calidad, en lugar de quejarse de la telebasura.
Sobre el autor
Hernán Casciari nació en Buenos Aires, en 1971. Es escritor y periodista. [Más]

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Sección 'Series Recomendadas'

Carnivàle: el bien
y el mal definen por penal

La serie se emitió por HBO en dos temporadas, 2003 y 2005. Original e impecable, fue cancelada después de veinticuatro episodios, sin final.
HERNAN CASCIARI - 11 de febrero, 2009
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Carnivàle es una serie de HBO que sólo contó con dos temporadas, y que —cosa lamentable— quedó trunca al término de la segunda, víctima de la sencilla e impiadosa ecuación “alto presupuesto - escasa audiencia”. Este binomio es la fórmula común con la que se rigen las empresas de televisión para mensurar hasta qué punto prolongar el riesgo asumido, dónde apearse y largar el bulto antes de que estalle la tormenta.

La serie —con veinticuatro capítulos emitidos— fue cancelada abruptamente allá por el año 2005, con lo cual muchos de las incógnitas planteadas en la trama no tuvieron ninguna resolución. Expuesto así, aquellos que no la vieron en su momento difícilmente tengan ganas de verla ahora, por más efusivas que sean las recomendaciones.

Para peor, Carnivàle pintaba para clásico, razón por la cual su cancelación genera muchísima más rabia. Y ni hablar cuando empezamos a verla y advertimos que la trama abre interrogantes a cada paso, al mismo tiempo que sabemos que mucho de ellos jamás tendrán resolución.

La pregunta es: ¿hace falta mirar Carnivàle cuando hay tantas otras cosas para ver que incluso tienen final?

¿Qué cuenta el argumento?

La historia, a grandes rasgos, está ambientada en Estados Unidos durante la gran depresión del treinta. Por un lado nos muestra el transcurrir de un circo ambulante (Carnivàle) plagado de seres excéntricos, entre los que se cuentan la mujer barbuda, el hombre lagarto, dos increíbles hermanas siamesas, una tarotista que se comunica telepáticamente con su madre postrada en una cama, un enano (interpretado por Michael J. Anderson, el mismísimo enano de Twin Peaks) y la encantadora de serpientes, entre otras rarezas.

Carnivàle comienza cuando Ben Hawkins (Nick Stahl), un muchacho introvertido y prófugo de la justicia, bastante raro por cierto, se une a la caravana para trabajar de peón, luego de enterrar a su madre. Su llegada, al parecer, estaba escrita. Ben tiene poderes, y en el circo le enseñarán las piruetas para que pueda canalizarlos como es debido.

Por otro lado, no muy lejos de allí, hay un predicador, el padre Justin, que vive con su devota hermana y al que lo asaltan visiones místicas. Su misión: armar una iglesia de pobres y formar un ejército de fieles.

En ambas historias paralelas se narra otra historia subterránea: la lucha entre el bien y el mal; la eterna batalla entre las fuerzas de la luz y los poderes de la oscuridad. Todo esto ambientando de manera impecable en un escenario dominado por la más crudas de las miserias; una América polvorienta, deprimida y desoladora.

Ya sabemos, más o menos, de qué va la historia. Ahora, volviendo a la pregunta de más arriba, ¿hace falta mirar una serie que nunca sabremos cómo termina?

Vale la pena, pero te deja con  ganas

En sus dos temporadas, Carnivàle cosechó una buena cantidad de incondicionales que, cuando se anunció su cancelación, colapsaron las redes informáticas de HBO clamando por, al menos, un año más. Sin embargo, aunque el número de fieles había ido en aumento en los últimos capítulos, los costes de producción —elevadísimos— resultaron imposibles de sostener para la cadena.

Pese a esta verdad insoslayable, la serie se disfruta por sus muchos momentos intensos (como el final del capítulo cinco de la primera temporada: “Babylon”); por la reconstrucción impecable de los años treinta (los coches, el vestuario, las locaciones); por el circo, esa increíble feria freaks con un clima rarísimo, sucio y pegajoso; por el trabajo de directores como Jack Bender (Lost), Rodrigo García (Six Feet Under) o Alison MacLean (The L Word), entre otros, y por un conjunto de imágenes increíbles que se nos quedan grabadas para siempre en el cerebro, salidas del universo alucinado de su creador, Daniel Knauf.

Pero más allá de esto, es imposible dejar de tener en cuenta que la serie no termina en ningún lado. Tan arriesgada, tan costosa, que sólo aguantó dos de las seis temporadas que se suponía iba a durar. En su momento hubo rumores de un final en formato película, pero sólo fueron rumores hijos de la ansiedad.

Un buen cuento abandonado por la mitad, eso es Carnivàle, por ahora; el papel abollado de un borrador que nos dejó, y todavía nos deja, con las ganas de más.

Enlaces de interés para Carnivàle

• Ficha en Espoiler.tv: http://espoiler.tv/series/carnivale/

Descarga y subtítulos

Temporada 1 (2003)
S01E01. Milfay | 14 de septiembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E02. After the Ball Is Over | 21 de septiembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E03. Tipton | 28 de septiembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E04. Black Blizzard | 05 de octubre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E05. Babylon | 12 de octubre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E06. Pick a Number | 19 de octubre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E07. The River | 26 de octubre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E08. Lonnigan, Texas | 02 de noviembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E09. Insomnia | 09 de noviembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E10. Hot and Bothered | 16 de noviembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E11. Day of the Dead | 23 de noviembre de 2003 Torrent | Subtítulos
S01E12. The Day That Was the Day | 30 de noviembre de 2003 Torrent | Subtítulos
Temporada 2 (2005)
S02E01. Los Moscos | 09 de enero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E02. Alamogordo, N.M. | 16 de enero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E03. Ingram, TX | 23 de enero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E04. Old Cherry Blossom Road | 30 de enero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E05. Creed, OK | 06 de febrero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E06. The Road to Damascus | 13 de febrero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E07. Damascus, NE | 20 de febrero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E08. Outskirts, Damascus, NE | 27 de febrero de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E09. Lincoln Highway | 06 de marzo de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E10. Cheyenne, WY | 13 de marzo de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E11. Outside New Canaan | 20 de marzo de 2005 Torrent | Subtítulos
S02E12. New Canaan, CA | 27 de marzo de 2005 Torrent | Subtítulos

Una historia simple
con final inconcluso

Viejas amistades, lealtades, traiciones y romance son los ingredientes de October Road, serie nostálgica que se canceló en la 2ª temporada.
HERNAN CASCIARI - 05 de enero, 2009
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Antes que nada es necesario decir que October Road no tiene final. La serie fue cancelada en la segunda temporada, dejando tramas inconclusas, interrogantes sin respuestas y personajes perdidos en el limbo. ¿Y qué hacemos entonces reseñando una serie manca? Es que October Road no es Lost; quiero decir, no importa el final. Así que merece la pena recomendar sus diecinueve episodios.

Es cierto que la historia abunda en diálogos a veces grandilocuentes y otras estereotipados. Pero hay una calma pueblerina, un clima de cordialidad y camaradería, cierta nostalgia en el tono al mejor estilo Stand by me, que hacen October Road se deje ver con mucha facilidad.

El argumento combina dos fórmulas probadas: la parábola del hijo pródigo y el mito de Ulises, ambas recicladas en la vida de Nick Garrett (Bryan Greenberg) que es, como el Hank Moody de Californication, un escritor bloqueado después de su primer best-seller.

La trama empieza cuando el héroe regresa a sus raíces tras diez largos años de ausencia. Pero no todo el mundo está contento de verlo, porque muchos de los habitantes del pueblo, con nombres cambiados, aparecen como protagonistas de su novela. Y no todos salen bien parados.

Antes de irse, Nick dejó a su novia Hannah (Laura Prepon) con la promesa de regresar en seis semanas (un viaje iniciático lo puede tener cualquiera) y nunca volvió. Pero Hannah, al contrario de Penélope, decidió continuar con su vida. No se casó, pero tuvo hijo muy simpático, el pequeño Sam (Slade Pearce), un niño prodigio de diez años de edad que podría ser hijo de Nick.

Entre los mejores amigos de Nick están Eddie Latekka, una ex estrella de fútbol del instituto seductor; Owen Rowan, el gordito al que todos quieren, ahora padre de familia ejemplar; Ikey, un muchacho simple cuyos instintos básicos lo llevan a cometer una acción imperdonable, y el excéntrico Physical Phil, fóbico al mundo exterior tras el atentado a las torres gemelas.

Uno de los mayores aciertos de la historia es su variopinta galería de personajes, todos bien construidos y con sus respectivas peculiaridades, filias y fobias. Entre ellos destaca, por composición actoral, el padre de Nick, interpretado por Tom Berenger (a la derecha en la foto).

No hay final para esta historia

Luego del anuncio de su cancelación, no es posible imaginar el destino de los personajes, cuyas vidas quedaron congeladas en los despachos de la cadena ABC. Y, aunque este hecho se pueda minimizar, no deja de ser una dificultad importante para tener en cuenta a la hora de elegir esta serie como espectador.

Para peor, el final llegó justo cuando la serie había ganando en solvencia a lo largo de los episodios, y cuando (cosa que suele suceder) uno ya había empezado a tomarle cierto cariño a los personajes principales, que sin llegar a la categoría de entrañables, su sistema de códigos, lealtades y traiciones los afianzaban en el camino de volverlos cada vez más simpáticos y humanos.

Opciones para ver October Road

Temporada 1 (2007)
S01E01. Pilot | 15 de marzo de 2007 Torrent | Subtítulos
S01E02. "The Pros and Cons of Upsetting ..." | 22 de marzo de 2007 Torrent | Subtítulos
S01E03. Tomorrow's So Far Away | 29 de marzo de 2007 Torrent | Subtítulos
S01E04. Secrets and Guys | 05 de abril de 2007 Torrent | Subtítulos
S01E05. Forever Until Now | 19 de abril de 2007 Torrent | Subtítulos
S01E06. Best Friend Windows | 26 de abril de 2007 Torrent | Subtítulos
Temporada 2 (2008)
S02E01. Let's Get Owen | 22 de noviembre de 2007 Torrent | Subtítulos
S02E02. How to Kiss Hello | 26 de noviembre de 2007 Torrent | Subtítulos
S02E03. The Infidelity Tour | 03 de diciembre de 2007 Torrent | Subtítulos
S02E04. Deck the Howls | 10 de diciembre de 2007 Torrent | Subtítulos
S02E05. Once Around the Block | 17 de diciembre de 2007 Torrent | Subtítulos
S02E06. Revenge of the Cupcake Kid | 07 de enero de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E07. Spelling It Out | 14 de enero de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E08. Dancing Days Are Here Again | 21 de enero de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E09. We Lived Like Giants | 11 de febrero de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E10. Hat? No Hat? | 18 de febrero de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E11. Stand Alone by Me | 03 de marzo de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E12. The Fine Art of Surfacing | 10 de marzo de 2008 Torrent | Subtítulos
S02E13. As Soon as You Are Able | 10 de marzo de 2008 Torrent | Subtítulos

Una serie para ver
con la esposa (de otro)

La CBS presentó un drama de 13 episodios para pasar el verano, y se convirtió en una serie necesaria que viene por más: Swingtown.
HERNAN CASCIARI - 25 de septiembre, 2008
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Acabo de ver (por fin hoy, entre tanto estreno) el episodio final de Swingtown, y no me queda tan claro que el intercambio de parejas haya resultado tan eficaz en la vida de estos matrimonios. Todo ha quedado patas arriba: los felices ahora están pensativos; los conservadores no saben qué hacer; la ultraliberal tiene que desintoxicarse y la familia normalita, la que podríamos ser tú y yo, a ésa, le ha tocado la peor parte.

Hace tres meses, cuando vi el episodio piloto ya hice en Espoiler una recomendación efusiva. En ese entonces, expliqué la trama, que es simple: estamos en Norteamérica, en el comienzo del verano de 1976. El matrimonio Miller (Susan y Bruce) se están mudando de barrio. No se van muy lejos, a tres o cuatro calles de su casa de toda la vida, donde criaron a sus dos hijos adolescentes. Son una familia normal.

Se mudan a una casa más grande, justo frente al hogar del matrimonio Decker (Tom y Trina) que no tienen hijos y viven una 'relación abierta'. Es decir que son swingers: intercambian parejas y ofrecen fiestas interesantes donde se pasea la coca, la marihuana y las pastillitas de colores. La parte guay de los setenta.

Estos dos matrimonios, junto a los Thompson (Roger y Janet, los más conservadores), vivirán aventuras muy filosóficas y sexuales; expandirán sus mentes, y cada grupo funcionará como maestro y alumno del resto.Es decir: Janet acabará enseñándole a doblar las servilletas a Trina, mientras ésta le vuela la cabeza con un brownie de marihuana.

Los ejes de la serie están puestos en la historia de los matrimonios, que está muy bien. Pero se ayuda con dos plots menores: la historia de amor de Laurie Miller, menor de edad, con su profesor de filosofía; y una trama todavía más minúscula: la soledad de Samantha, hija de un matrimonio reventado de drogas y alcohol.

Estas tramas alcanzan y sobran para componer un cuadro de situación que nos muestra la Norteamérica de hace treinta años, los gustos políticos y sociales de la época y, por sobre todo, unos personajes muy cálidos y palpables, realistas y tiernos, que nos hacen tragar la historia con sensibilidad.

Para darle de comer aparte: la actriz Molly Parker (Susan Miller en la ficción) a quien ya conocíamos como Alma Garret en Deadwood. Esta chica es una canadiense maravillosa que habla con los ojos. En los últimos cuatro episodios, cuando la vida de su personaje se pone complicada, es capaz de trasmitir todo con la mirada.

Menos me gustó Jack Davenport (Bruce Miller, y antes uno de los cinco grandes de Coupling), bastante correcto en su papel pero a veces demasiado gestual: se balanceaba, sin querer, para el lado de la sit-com. Pero es perdonable.

De los demás actores y actrices, la que mejores sorpresas trajo es Shanna Collins (Laurie Miller), la hija del matrimonio. Una chica muy extraña, que tiene mandíbula de caballo joven y, sin embargo, es guapa. Y también una buena actriz. Todo el tiempo me hizo acordar a Laura Ingalls con una mezcla de Jodie Foster con anorexia.

Si el lector no sabe de qué estuve hablando en estos párrafos, es porque todavía no ha descargado la primera temporada de Swingtown. Mal. Muy mal… A descargar ahora mismo, aprovechar el momento, que esta semana no es pecado.

Y sobre lo dicho aquí, que no haya preocupaciones: ésta no es una serie para destripar finales, no hay finales. Es de las buenas. Una serie para quien disfrute de Big Love, Six Feet Under y también Weeds. Paladares poco ansiosos, degustadores de escenas calmas, de miradas y complicidad. Que les aproveche mucho.

¿Y cómo hago para ver la primera temporada de Swingtown?

Weeds: una droga
que mejora con el tiempo

Se emitió el lunes el final de la cuarta temporada, por Showtime, y la serie (mezcla de drama y comedia) se instaló entre las más grandes.
HERNAN CASCIARI - 18 de septiembre, 2008
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Al final de cada temporada, Weeds presenta dos certezas paradójicas; primero uno dice: "Mierda, ésta ha sido sin duda la mejor temporada". Y a continuación uno piensa: "Será imposible que en la próxima se superen". Al año siguiente, la segunda certeza no se cumple. La trama siempre mejora; los personajes cada vez son más profundos y complejos.

La cuarta de Weeds comenzó a emitirse el 16 de junio de este año y, después de trece episodios redondos, vio su final el lunes 15 pasado, con una escena antológica que, como ya es costumbre, cierra de una patada un conflicto imposible y abre otro, todavía peor, con un suave quiebre de picaporte.

¿Cuántas cosas nuevas ocurrieron desde que Nancy (Mary-Louise Parker), la madre heroína imperfecta, dejó atrás un Agrestic en llamas y se puso a su familia sobre los hombros camino a la frontera, en el final del la tercera temporada? Muchas, demasiadas cosas, y todas trascendentes.

Como en muy pocas series, los personajes de Weeds crecen y modifican sus creencias, sus deseos y destinos, con una coherencia lúcida y natural. Silas (Hunter Parrish), el hijo mayor, ha crecido: al final del capítulo trece está a punto de cumplir sus dieciocho años. Shane (un cada vez más divertido Alexander Gould), el menor de los hijos, ha conseguido algo más complicado que crecer: ha envejecido con sabiduría.

Nancy Botwin es cada vez más vulnerable al amor y al error, y ha dejado de ser la tímida novata vendedora de marihuana del principio. Se ha convertido en otra mujer en el mismo cuerpo, pero con lógica, no de un plumazo, con paulatina convicción. (Nota para pajeros y enamorados de María Luisa: además, por fin, se desnuda.)

Grandes momentos, grandes actores

Al final de episodio quinto ("No Man Is Pudding") hay una escena monumental, de escaso diálogo, llena de miradas, donde ocho o nueve personajes se sientan alrededor de una mesa a cenar, después de un día complicado. Sus rostros tienen las marcas de lo que les ha ocurrido durante el día. Y en los ojos de Nancy, que los mira con sorpresa, con incredulidad, con resignación y amor, están también los ojos de los espectadores. En esa escena se resume el espíritu de Weeds, allí se concentra la magia de esta historia.

El crecimiento del tío Andy merece una entrada aparte; es mezquino ofrecerle sólo este párrafo. 'El Andy' (así, con artículo en español) ha bordado su mejor temporada, y eso que ya había tenido una segunda memorable. Pero en ésta, además, el actor Justin Kirk se soltó en lo interpretativo, se lució con una trama personal riquísima, y llegó al final, al episodio trece, con un descubrimiento interno insospechado para él (no quizás para nosotros), una certeza que ahora tiene y que nos regalará futuras maravillas. Gracias a Doug (Kevin Nealon), que se lo dijo en la cara.

Celia Hodges (Elizabeth Perkins) también creció. La antigua mejor amiga de Nancy, esa especie de satélite lunar que gira alrededor de la protagonista, ha personificado toques de comedia finísimos, a causa de sus adicciones y su extraña frustración. Hay una escena, en la que su cabeza queda atrapada en la ventanilla de un coche, que resulta comiquísima e inolvidable.

¡Viva México!

Y por último, el cambio abrupto de escenario. En esta temporada han desaparecido los "little boxes", los barrios residenciales, la hipocresía burguesa y la clase alta estupidizada. También ha sido eliminado —con lógica— el intro y la apertura con la canción de Malvina Reynolds. Viajamos al sur, a la frontera con México, a una nueva ciudad que ya no se llama Agrestic sino Ren Mar. Y ese cambio (a la inversa que el Panamá de Prison Break) ha sido un acierto enorme.

De los varios nuevos personajes de esta temporada, hay que destacar dos: al principio, el gran Albert Brooks en el papel del suegro de Nancy. Un viejo ermitaño, judío y adicto al póker, que no está dispuesto a ayudar a su familia. Al final, un maravilloso Demián Bichir (el Fidel Castro de The Argentine, la nueva película de Steven Soderbergh) haciendo el personaje ambiguo de Esteban Reyes, uno de los hombres más poderosos de México. Y el principio de un amor para nuestra María Luisa. 

Porque esa es otra gran noticia: en la cuarta temporada de Weeds hemos disfrutado, y mucho, del idioma castellano. Los actores mexicanos son convincentes y no hablan en neutro, sino en jerga. Y los norteamericanos chapucean nuestro idioma como pueden, sintiéndose un poco ajenos; eso también nos gusta.

(No quiero ni pensar el desastre que provocará el doblaje en esta cuarta temporada, las limitaciones y el sinsentido cuando emitan la serie en abierto, en España. No, no quiero enfadarme tan temprano. Pero la desgracia será de proporciones y posiblemente logre sacarme una úlcera.)

Para acabar, que ya se hizo largo

La cuarta temporada de Weeds acabó la semana pasada y cumplió una especie de mayoría de edad. Se produjo un cambio tácito, secreto y sutil. Weeds dejó de ser una serie que promete mucho y casi siempre ofrece buenos momentos. Se convirtió, ya para siempre y gracias a una regularidad increíble, en una joya de la tele. Entró en el cielo, en el pequeño cielo, de la televisión de altura, junto a Six feet under, a Twin Peaks, a The Sopranos y a Seinfeld.

Si todavía queda un solo lector de Espoiler que no le haya entrado con ganas a esta historia, que lo haga hoy, ahora mismo, o que salga para siempre de este blog.

¿Y cómo hago para ver la cuarta temporada de Weeds?

Sacrificios de familia...
y de audiencia

Una de las mejores comedias negras de este siglo (Arrested Development) duró sólo tres temporadas a pesar de las críticas excelentes.
HERNAN CASCIARI - 08 de mayo, 2008
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Es complicado saber por qué Arrested Development no está, ahora mismo, en el aire. A veces veo que siguen en pie comedias mediocres (que han salido indemnes de los porcentajes de audiencia) mientras que una de las mejores series de estos tiempos ha quedado encajonada en su temporada tres, porque el público usamerircano le dio la espalda. Qué injusticia.

La crítica no. Solo el público y una mala gestión promocional. Arrested Development tiene un Emmy a la mejor comedia de la televisión en 2004. Y eso es lo menos que tiene. Tiene actores excelentes, una trama complicadísima (pero que se comprende rápido) y algunos momentos que podrían estar entre los mejores de la comedia negra de la televisión.

Para quienes nunca hayan visto un episodio, se puede hacer una analogía: estamos frente a una mezcla entre The Riches y Dirty Sexy Money. Pero es mejor que ambas. Se trata de una serie coral que gira en torno a la familia Bluth, una casta de personajes rocambolescos que, de un día para el otro, pierde toda su alcurnia económica y su prestigio social.

El patriarca de esta familia, Michael George Bluth Sr. (Jeffrey Tambor), cae preso en el episodio uno y todos los que viven a su sombra descubren que ha comenzado una vida complicada y sin excesos. El único que vive el cambio con normalidad es el protagonista de la serie e hijo del flamante convicto: Michael Bluth (Jason Bateman). Los demás, forman un abanico en donde hay de todo menos serenidad. Y cuando digo abanico hablo en serio: desde un mago torpe hasta la mismísima Liza Minnelli.

Lo mejor de Arrested Development está en la velocidad trepidante de sus diálogos, un humor absolutamente original y una destreza poco habitual en la composición de los personajes. Es una comedia inteligente en la que, necesariamente, el espectador tiene que estar atento a cada detalle. Y los que no sabemos inglés, además, con la mano en el botón de pause para entender cada parlamento. No. No es una serie fácil.

La estrenó la FOX en noviembre de 2003 y, después de dos temporadas, se deshizo de ella por incómoda. La tercera se emitió por la cadena FX y el último episodio pudo verse  en febrero de 2006.

Hubo rumores (ya menos insistentes) de que Showtime, la cadena de pago, podría contratar la cuarta temporada. Sin embargo, su creador (el de Arrested...) Mitch Hurwitz dijo estar muy cansado de tantas ideas y vueltas con un producto excelente, pero incomprendido por el gran público.

La versión cinematográfica, prevista para 2009, puede que le dé un empujón a la continuidad televisiva. Por supuesto, si la película funciona.

Por suerte, nosotros no somos el gran público y disfrutamos como cerdos de los 53 episodios ya emitidos. Recomendamos verla desde el principio y sin que haya gente en casa que nos distraiga. Una pequeña joya interrumpida que, quizás, algún día regrese y mejore la parrilla de todas las teles del mundo.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

HBO hace teatro en la tele,
¡y también funciona!

La cadena usamericana emitió diariamente, durante nueve semanas, una de las mejores series de su historia. In Treatment. Teatro puro.
HERNAN CASCIARI - 24 de abril, 2008
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Es hora de hablar de In Treatment en profundidad. Porque se terminó, porque ayer en casa vimos el último episodio, y porque hace dos semanas que me muerdo la lengua para no hacer esta reseña antes de tiempo. Sí, ya es hora. Todos los subtítulos en español están acabados e imagino que ya muchos de ustedes, como nosotros, han pasado tres meses disfrutando como cerdos.

Primero, la novedad. La cadena HBO puso en el aire durante cuarenta y tres noches, de lunes a viernes y en horario central, a gente haciendo ficción sentada en sofás. Cada noche veintitrés minutos de diálogo sereno, y eso con suerte. Porque también hubo largos silencios... Gente hablando, nada más. Sin exteriores, sin acción, sin tiros. Ni urgencias médicas ni explosiones ni desnudos ni besitos. Lo nunca visto, una revolución televisiva absoluta.

Me dirán que ya se hizo algo parecido. Sí, pero nunca diario. Me dirán que ya está inventada la tira diaria. Sí, pero nunca buena. Lo bueno y lo diario, en la ficción, no había ocurrido nunca con calidad.

HBO, me parece a mí, enloqueció de repente. Yo creo que alguien dijo: “Si a finales de los ’90 hicimos cine en televisión y funcionó, es hora de que empecemos a hacer teatro”. ¿Y funcionó? Ay, no saben ustedes cuánto.

Discutíamos con mi mujer ayer por la noche, tras el último episodio, sobre cuál era el gran pilar de la serie. Si eran los actores (absolutamente descomunales, todos) o si era el guión, que parece magia. Concluimos en que eran los actores. Un monumento a esa gente, por el amor de Dios. ¡La chica que hace de Sophie no puede trabajar así, es indecente! Pero no es sólo ella: uno tras otro, día tras día, ofrecieron una clase magistral de interpretación.

La historia es sencilla. Tenemos a Paul (Gabriel Byrne), un terapeuta de cincuenta años que recibe un paciente por día, en su casa. Los lunes conocemos a Laura (Melissa George) que de arranque le dice al psicólogo que está enamorada de él. Mala cosa.

Los martes Alex (Blair Underwood) un oficial de la Marina que acaba de volver de Irak, donde mató sin querer a docena y media de chiquitos con un misil.

Los miércoles aparece Sophie (australiana bestial, Mia Wasikowska), una jovencísima gimnasta olímpica que intentó matarse y no sabe bien por qué.

Los jueves hay terapia de pareja: Jack y Amy (Josh Charles y Embeth Davidtz) no pueden decidir si el bebé que esperan es una bendición o un aborto inminente.

Y los viernes es el propio Paul quien visita a la psicóloga Gina (Dianne Wiest, pónganse de pie), porque él también tiene una vida, claro, tiene una esposa a la que sospecha adúltera, un par de hijos distantes, y una paciente enamorada Y ahí se acabó el asunto.

La serie se puede ver de seis maneras. Una es la típica (la forma horizontal, en gris) y las otras cinco formas (las de color rosa) son verticales. Aprovecho el cuadro para insertar también las opciones individuales de descarga y subtitulado:


 
  E01 + subs E02 + subs E03 + subs E04 + subs E05 + subs
  E06 + subs E07 + subs E08 + subs E09 + subs E10 + subs
  E11 + subs E12 + subs E13 + subs E14 + subs E15 + subs
  E16 + subs E17 + subs E18 + subs E19 + subs E20 + subs
  E21 + subs E22 + subs E23 + subs E24 + subs E25 + subs
  E26 + subs E27 + subs E28 + subs E29 + subs E30 + subs
  E31 + subs E32 + subs E33 + subs E34 + subs E35 + subs
  E36 + subs E37 + subs E38 + subs E39 + subs E40 + subs
      E41 + subs E42 + subs E43 + subs

Desde mañana, comenzaré a ver otra vez In Treatment, pero de modo vertical. Empezaré con Laura. Allí tenemos, sin duda, una serie inglesa de ocho episodios, independientes de todos los demás. Cada personaje es una temporada, y la historia, sin duda, cambia. Seguiré con Alex, y así, en zigzag, completaré las cinco temporadas tácitas. Es, más que ninguna otra serie de estos tiempos, una obra para volver a ver muchas veces.

Para quienes no hayan comenzado a verla todavía, una recomendación personal. No se atiborren con seis capítulos la misma noche, no sean pavotes. Esto no es 30 Rock ni es The Office. Intenten, si la ansiedad se los permite, ver un episodio al día, y en un horario similar. Por ejemplo, entre que acaban los informativos de Gabilondo y empieza El Hormiguero (o la opción que ustedes prefieran: siempre la publicidad a esa hora es mortal, en cualquier cadena). Asimilen la información con la distancia que propone el original. Porque no estamos comiendo patatas fritas: estamos frente a caviar del bueno.

Ahora intento bajarme de la euforia y dejar algunos datos objetivos, que parezco un nene con escaletrix nuevo.

In Treatment está basada en un formato israelí (BeTipul) que se emitió con éxito hace tres años, aunque, según me han dicho, con una calidad actoral y una puesta en escena seiscientas veces más cutre que las de esta adaptación. El éxito, de todos modos, fue absoluto.

La idea de apostar por un formato tan arriesgado en Estados Unidos, la reescritura de los guiones originales y la dirección de la mayoría de los episodios corrió por parte de Rodrigo García, colombiano de 49 años que, desde hace ocho, ha metido mano a casi todos los éxitos de HBO (Sopranos, Carnivàle, Six Feet Under, Big Love, sigue la lista) y que, además, es el hijo mayor de García Márquez. Algo hay en esos genes; habría que avisarle a los científicos del mundo que se dejen de joder con las ovejas dollys y empiecen a guardar el ADN de todos los García de Bogotá.

Sí, ya sé: volví a la euforia y fracasé con la objetividad. Mala suerte. Me voy a mirar todo otra vez de atrás para adelante, a ver si descubro una séptima opción de visionado. Dios quiera.

Pocoyó: dentro de 50 años,
un clásico universal

Mañana comienza, en La 2, la segunda temporada de la mejor serie española, y la más universal de todos los tiempos: Pocoyó.
HERNAN CASCIARI - 17 de abril, 2008
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“Nos atrae el hecho de formar parte de los recuerdos de nuestros hijos”. La cita es de David Cantolla o de Guillermo García, no lo recuerdo. En todo caso, la frase es maravillosa y pertenece a uno de los padres de Pocoyó, la serie de animación española más internacional de todos los tiempos, que se emite en más de cien países, y a la que considero —por lejos— lo mejor que ha hecho la televisión de España.

No lo mejor que se ha producido para el público infantil, sino lo mejor y más universal. A secas.

Siento mucho que esta recomendación de Espoiler, por una vez, deje fuera al target de lectores sin descendencia pequeñita. Dos recomendaciones para este grupo, antes de que escapen del texto por falta de interés: uno, tengan hijos, porque es fantástico; dos, cuando los tengan, miren juntos Pocoyó. Ahora sí, hasta el lunes.

Hablaré ahora con los lectores que sí son padres.

Necesitaba una buena excusa para conversar sobre esta serie en Espoiler, y ahora la tengo: mañana viernes, a las 8:45 de la mañana, comienza en La 2 la segunda temporada. ¡Bravo! En casa estamos contentos por diversas razones: la primera, que ya nos sabemos de memoria los 52 episodios de la primera edición. Quizás con excepción de Seinfeld, Pocoyó es la serie que más veces vi en la vida adulta. La segunda razón de alegría: nos gusta Pocoyó, con independencia de nuestra hija pequeña.

Nos gusta, sobre todo, Pato. Su malhumor, su forma de eléctrica de bailar, su higiene metódica, su aparente desinterés por lo didáctico. Pato finge no formar parte de una comedia preescolar, él, estoy seguro, cree que actúa en una serie para mayores. No sabe que lo ven niños. Pato es cómplice de los padres.

Durante los siete minutos que dura cada capítulo, el niño y sus padres no ven lo mismo, pero comparten lo que ven con la boca abierta. “Nos atrae el hecho de formar parte de los recuerdos de nuestros hijos”, han dicho sus creadores. Y logran más que eso. Logran comunión creativa entre generaciones diferentes, sutiles puntos de encuentro y de diálogo. Y algo todavía más difícil: logran empatía entre culturas que, en la vida real, están en guerra. Pocoyó es tan universal, tan utópico y de ningún sitio, que produce vértigo.

Quienes hayan visto (aunque sea haciendo zapping) un fragmento de cualquier episodio, conocen de sobra la calidad audiovisual del producto. Blanco, preciso, minimalista y concentrado en los pequeños detalles. La serie ha recibido tantos premios internacionales a raíz de su perfección técnica que, si aparecieran los galardones en los créditos, cada episodio duraría media hora.

No sé por qué (quizá sea por la voz en off) desde el principio Pocoyó me recordó a La Pantera Rosa. Ojalá produzca en mi hija los recuerdos que conservo yo de aquella serie animada de mi infancia. No se trata tanto de las historias, sino de algo parecido a la textura, o a lo sensorial. La cabeza de los chicos pequeños es un taperware extraño que a veces deja escapar la trama pero no la oculta intención de la historia. Y Pocoyó produce, casi todo el tiempo, pequeñísimos instantes de magia.

Me alegra muchísimo que a sus creadores les esté yendo tan bien, además, por fuera de la pantalla. El merchandising se agota cada tres meses en todos los centros comerciales, cada vez más países compran el producto, en octubre saldrá una versión para Nintendo DS, etcétera. Se lo merecen, porque durante tres años han hecho un trabajo excelente, humilde y silencioso.

Repito mis disculpas para los lectores que esperaban una recomendación más acorde a mi edad, pero a veces hay que dejar salir al niño. Así que, para acabar, voy a imitar el grito de Stephen Fry en la versión inglesa, y el de José María del Río en la española:

—¡Bravo por los clásicos infantiles modernos! ¡Bravo por Pocoyó!

¿Y cómo hago para ver esta serie?

El espectador de Lost
es un cornudo feliz

En Espoiler hacemos un repaso de la mejor serie popular del siglo. Desde sus comienzos hasta el resurgir de su cuarta temporada.
HERNAN CASCIARI - 06 de marzo, 2008
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A estas alturas, después de setenta capítulos devorados tres años, ya soy un experto en esperar que vuelva Lost. Ya no siento ese dolor punzante en las tripas, ni me muerdo las uñas. Y es que, en todo este tiempo, nuestra relación ha madurado mucho. ¡Ah, me acuerdo cuando acabó la primera temporada, qué desazón más grande!

Me quedé con los ojos como huevoduros, viendo cómo Jack y Locke abrían por fin la puerta secreta y la cámara bajaba hacia el negro más profundo. Y después nada: cuatro meses enteros de ansiedad, de conjeturas y abstinencia.

La primera temporada de Lost fue como el inicio de un noviazgo salvaje. Como esos amores a primera vista en donde sólo cabe pensar que la vida será siempre maravillosa y que nada, en todo el mundo, nos sacará del paraíso. Acción, suspenso, misterio… Pero entonces, un día cualquiera, ella, la mujer amada, nos dice: Corazón, tengo que irme cuatro meses a estudiar a Suiza, ¿me esperas? Y el mundo se viene abajo. Pero no el amor.

Y nos quedamos esas dieciséis semanas como estúpidos, pensando en el día exacto en que volveremos a sus brazos. La distancia, en vez de dar respuestas, nos llena de nuevas preguntas: ¿pensará ella en mí?, ¿qué hacía un oso polar en una isla del Pacífico?, ¿se habrá acostado con algún estudiante de intercambio?, ¿qué misterios esconderán Los Otros...? Intentamos distraernos, salir a la calle, ver a otras mujeres, pero nada tiene sentido sin sus besos. Vemos tres o cuatro episodios de CSI, coqueteamos con Grissom, pero nada es lo mismo si nos faltan los apodos de Sawyer. Nuestra cabeza está en otra parte, en la brisa de la isla, lejos, en un futuro que nunca había tardado tanto.

Y entonces, un día, suena el timbre y vemos el primer episodio de la segunda temporada. ¡Qué dicha más grande, cuántos abrazos! Volver a ver un nuevo episodio después de tanto tiempo es como tocar el cielo con las manos. Es tan grande la necesidad de Lost que no importa que las nuevas tramas no traigan consigo ni una sola respuesta a las viejas preguntas. Ni una. Como cuando regresa de Suiza la novia amada y no nos quiere contar qué ha hecho, con quién ha estado, si ha conocido a alguien. Y además llega con el pelo corto y fumando Lucky Strike. Mala cosa. Pero no nos importa, claro que no, mientras esté otra vez en casa, sana y salva. Le perdonamos el silencio porque la amamos.

La amamos tanto, y ella a nosotros, que un buen día decidimos vivir juntos, ser una pareja formal, y entonces comienza la rutina del amor. Descubrimos en ella algunos defectos: deja las ollas sucias sin remojar, abre nuevas incógnitas sin cerrar las anteriores, aprieta la pasta de dientes por adelante, aparece una imagen del gordo Hugo en un flashback de Sayid, no sabe cocinar un huevo frito, hace uso abusivo del humo negro… Pero no nos importa: estamos enamorados.

La segunda temporada de Lost es un matrimonio entre la serie y el espectador. El salvajismo del amor le ha dejado paso al disfrute de las pequeñas cosas, a la caricia velada y al café con leche por las mañanas de domingo. Ya sabemos que nada es tan perfecto en la pareja, que hay muchos flashbacks que no tienen sentido aparente, que hay roces y gestos desganados...

Pero nadie nos quita del sofá los jueves por la noche. Estamos cómodos en casa, es bueno sentir el calor del otro cuerpo, aunque no nos creamos que Walt haya crecido tanto. Somos una pareja estable.

Y entonces ocurre la primera crisis. Al final de la segunda temporada, justo cuando Los Otros atrapan a cuatro de nuestros mejores náufragos, ella nos dice: Necesito espacio, me voy a casa de mamá unos meses para pensar mejor... Y otra vez nos deja solos en casa, sin entender que va a pasar con nuestras vidas, ni tampoco a dónde se ha ido Michael en ese barco tan pequeño.

Pero nosotros ya no somos aquel novio primerizo que no sabe qué hacer sin el amor de su vida. En este segundo impás nos sentimos vivos, andamos en calzoncillos por toda la casa, disfrutamos la soltería... Y un día conocemos a Heroes (la abstinencia absoluta es difícil) y le ponemos los cuernos a Lost mientras está ausente. Heroes es una serie intensa, hay gente que vuela, señoritas que se caen de los puentes y no se hacen nada, policías telepáticos, japoneses simpatiquísimos. Heroes es una adolescente con ganas de experimentar en la cama. Aprendemos con ella cosas nuevas, nos sentimos inmortales. Tenemos una amante más joven, ¡ah!, qué maravilla es la vida, qué fabulosa la televisión yanqui.

Pero una tarde de domingo, mientras estamos con Heroes en la cama, justo en medio del clímax, nos equivocamos de nombre y le decimos Lost. “Ah, sí, sí, Lost, un poquito más abajo, ahí, en la escotilla”. Y Heroes se pone como loca, se levanta de la cama y se va dando un portazo. Mucho no nos importa, porque desde el episodio once se estaba poniendo bastante pelotuda, con muchas explosiones y tramas cruzadas que no iban a ninguna parte.

Como por arte de magia, a la semana siguiente vuelve a casa Lost y sólo al verla, no antes, justo cuando aparecen en pantalla las primeras escenas, descubrimos cuánto la habíamos echado de menos.

La tercera temporada de Lost es la esencia del amor de pareja. Ha quedado tan lejos el oso polar, las primeras incógnitas, los subidones de adrenalina, la falta de respuestas… Todo es tan lejano y a la vez está allí, sin condiciones. La tercera temporada es una mujer madura que ya ha vivido todas las vidas y ha regresado a nosotros por elección final, por voluntad superior.

Las historias son más pequeñas y nos devuelven los sueños. Y esta vez sabemos, además, que nada es para siempre.

El último abandono no duró tres o cuatro meses, como los anteriores. Esta vez fue casi un año entero sin un nuevo episodio de Lost. Pero como dije, ya soy un experto en esperar que vuelva. Cuando me siento triste miro capítulos viejos y recuerdo los antiguos besos, las primeras caricias; o entro a los foros de Internet para escuchar a otros hacer conjeturas. Que todos están muertos y la isla es El Limbo, que se trata de un universo paralelo y el avión no cayó en este mundo, que la isla es una segunda oportunidad para seres desdichados. Que Hugo es Dios. ¡Cuántas cosas se dicen por ahí, y qué poco me importa!

Ahora que ya ha comenzado la cuarta temporada, yo estoy muy tranquilo. Sí, es verdad, he mandado las sábanas a la tintorería para que huelan mejor, y compré vajilla moderna para el desayuno, y estuve haciendo un poco de ejercicio para que, cuando ella llegue, no me vea descuidado. Pero no estoy ansioso. Ni siquiera le he preguntado a dónde ha ido en estos meses, ni por qué se mueve tanto la cabaña de Jacob, ni cuánto tiempo piensa quedarse esta vez en casa. No. No haré preguntas. Ella, a cambio de mi ingenuidad, a veces me regala polvos monumentales como el del viernes pasado.

La cuarta temporada de Lost es el amor puro entre una historia y su espectador, ese mismo amor fundamental que se explica en el Nuevo Testamento y al que muy pocas almas pueden acceder. Es el amor que todo lo sufre, que todo lo cree, que todo lo espera, y que todo lo soporta. Como el amor de Penélope y Desmond. Yo creo en Lost  cuando me dice la verdad, pero también amo a Lost  cuando me miente. Y cada vez que se va de casa sin decir nada, soporto su ausencia como un hombre. Y cuando vuelve, como ha regresado ahora por cuarta vez, abro el mejor champán y espero, a oscuras, que entre a casa y me engañe de nuevo.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

• Torrents: T1, T2, T3.
• Subtítulos: T1, T2, T3.

Una serie con mujeres
pero sin hombres demonio

La cadena británica BBC acaba de emitir la primera temporada de Mistresses, una serie sobre mujeres sin historietas feministas. ¡Aleluya!
HERNAN CASCIARI - 20 de febrero, 2008
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Después de ver el primer episodio escribí sobre Mistresses en Espoiler. Fue algo así: es como si metiéramos en una coctelera un poco de Tell me you love me, un toquecito de Desperates Housewives y una pizca de Coupling. De la primera tiene la tensión dramática, de la segunda cuatro damas amigas pero diferentes y de la tercera la factura británica y la excelencia del guión.

Ahora que acabé de ver la primera temporada (completa) tengo más cosas para decir. Vamos a ello. Lo que más me sorprendió de esta serie (pero de lejos lo que más) es el papel de los hombres en una historia que va sobre cuatro mujeres. ¡No son todos unos hijos de puta, ni todos prehistóricos, qué gran noticia!

Últimamente (los tiempos son muy progres) las historias femeninas se habían convertido en historias feministas. Y eso le hace muy mal al espectáculo. Es como si las tramas sociales se convirtieran, de pronto, en tramas socialistas. Qué asquete.

En Mistresses, una serie sobre cuatro mujeres, los hombres son buena gente. Y las mujeres también. Claro que no todos ellos, ni todas ellas. Pero en general no es un mundo Sex and the City. Por suerte. Dicho esto, que me pone muy feliz, expliquemos la trama en cuatro líneas:

Trudi es una viuda rubia, gordita de cachetes colorados, con dos hijas, que hace seis años que no se mete a la cama con nadie. Su marido estaba en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de aquel año malo y nunca más se supo de él. Trudi está casi lista para acabar con el duelo, pero sigue en pausa. En el colegio de sus hijas hay un padre divorciado que la mira con cariño, pero en el fondo de su corazón, ella sigue esperando que su esposo muerto regrese.

Katie es una psiquiatra de cuarenta años, soltera, que está más buena que mojar el pan en el tuco. Tiene un romance secreto con un paciente (¡eso no se puede hacer!) y está bastante alterada con el asunto. Tanto, que ni siquiera se lo ha confesado aún a sus amigas. Para peor, a su amante/paciente le han diagnosticado un cáncer terminal y ella está dispuesta a ayudarlo a morir con dignidad. Su vida, al inicio de la serie, se parece mucho a una historia de amor, locura y muerte.

Jessica es la más joven de las cuatro. Puede tener unos treinta y dos años, y está soltera como un cascabel. Trabaja en una empresa que organiza fiestas y se acuesta con todo lo que camina. En el momento que comienza la serie, está teniendo una aventura con su jefe casado. Tiene rasgos hindúes y es simpatiquísima y muy liberal. Está a punto de conocer a alguien que le hará replantearse toda una vida de libertinajes y festivales de edredón. Ella aún no lo sabe.

Y por último está Siobhan, una abogada casada con un marido que es una joyita, que la adora, que hace la comida, y que las otras tres amigas miran como diciendo: “Ay, qué suerte que tiene Siobhan”. La pareja está buscando un hijo y todavía no lo consigue. Pero ambos insisten, día y noche, y también de tarde. Cuando comienza la aventura, Siobhan empieza a sentirse un poco cansada de que Hari (el marido) la vea como un recipiente de fecundación.

Una temporada para enmarcar

Y así es la cosa. Cuatro mujeres británicas de hoy, todas muy amiguitas entre sí, que protagonizarán seis episodios maravillosos de televisión. Una temporada digna de enmarcarse en un cuadro, para entender cómo se puede hacer algo entretenido y dinámico sin caer en los tópicos feministas.

Ninguna de las cuatro, en los últimos diez minutos del sexto episodio, será la misma persona que nos presentaron en el capítulo inicial. Ocurren cosas muy graves en Mistresses, y sin embargo no perdemos nunca la esperanza (ni nosotros, como espectadores, ni ellas las protagonistas).

La serie se emitió por la cadena BBC One desde el pasado 8 de enero. Y acabó (qué cortas son las joyas inglesas) el 12 de febrero. Hace nada. Está creada por dos que saben: S.J. Clarkson (Life On Mars) y Lowri Glain (Sugar Rush). Cada episodio dura una hora.

Los subtítulos que recomendamos son de Marga y CarpeDiem (para AsiaTeam). No hay información todavía sobre una segunda temporada, pero sería lo más lógico.

No tengo más para decir. Es una de las recomendaciones intensas de Espoiler. Ustedes ya saben lo que hay que hacer, son grandecitos.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

Mad Men es como ver
a un perro tocar el piano

Fue la serie más premiada en los Globo de Oro, pero no tiene ni el 5% del éxito de Lost, o Heroes. ¿Por qué Mad Men es tan buena?
HERNAN CASCIARI - 06 de febrero, 2008
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Un grupo de publicistas varones, en el inicio de la década del sesenta, prepara una publicidad sobre un lápiz labial. Entonces, gran idea: los creativos reúnen a todas sus secretarias en una habitación y las dejan a solas con docenas de cosméticos, para espiar qué hacen las mujeres con el producto, de qué modo actúan, qué escogen. Ellos están del otro lado de una cámara de gesell (un espejo falso).

En ese universo masculino y libreta en mano, los publicistas apuntan las reacciones de las chicas sin que ellas lo sepan. Como si las damas fuesen chimpancés, o ratas de laboratorio.

Esta escena corresponde al episodio sexto de Mad Men, una serie que cumple un objetivo alucinante, original y antropológico: explicarnos qué disparatadamente distinto era el mundo hace unos pocos años, y ver de qué forma reaccionamos.

¿Qué tan lejos puede quedar 1960? Si todavía hoy escuchamos a Elvis, y a Los Beatles, y los llamamos contemporáneos. Si nuestros padres fueron jóvenes en ese tiempo, y siguen aquí sin mayores trastornos. En Mad Men, sin exclamaciones ni panfleto, nos cuentan que 1960, esa época que parece estar a la vuelta de la esquina, era un planeta salvaje.

Fumando espero

La gente fuma en los trenes, en los restaurantes, en las horas de trabajo, en el descanso para comer y mientras mastica el almuerzo. Las mujeres, sobre todo, fuman como sapos enloquecidos. El mundo entero fuma delante de los niños y de los ancianos.

Son los tiempos en que, por primera vez, la publicidad descubre que un candidato a la presidencia puede venderse de la misma forma que un perfume o un coche. Hoy es lo común, pero hace no tanto aquello era una revolución.

Mad Men, para que nos entendamos, tiene los mismos objetivos que la serie española Cuéntame: su razón de ser es que el espectador se transporte a los años sesenta, pero no a sus grandes epopeyas sino a su cotidianeidad, a sus rutinas. Sin embargo, la diferencia es que Cuéntame hace pie en la evolución familiar, mientras que Mad Men se sustenta en la relación entre los géneros femenino y masculino.

Lo interesante del asunto es que, por primera vez, no hay aquí panfleto feminista. ¡Qué bien le hace eso a la historia! No notamos, detrás de las cámaras de Mad Men, a una de estas directoras de cine actual que están dispuestas a reivindicar sus derechos asesinando la trama. Lo contrario. Aquí la trama está por encima de la propaganda sexista, o antisexista, o los diferentes matices de esta idiotez.

Macho y hembra

Lo que un espectador machista dice al ver esta serie, lo que dice en voz alta, es más o menos esto: “Mierda, cómo avanzaron las mujeres en cuarenta años”. Pero lo que un machista siente, y no dice, es esto otro: “Caramba, ¿y de qué se quejan ahora?”.

Una espectadora feminista que ve Mad Men dice en voz alta: “Mierda, cómo han cedido terreno los hombres en cuarenta años”. Pero lo que piensa, y no dice, una feminista al ver la serie, es: “Caramba, está claro que quejarse funciona, sigamos así”.

Las demás personas, los hombres y mujeres que nunca han sido machistas ni feministas, miran Mad Men con la boca abierta y no dicen nada porque lo más probable es que estén disfrutando de la serie como cerdas y cerdos.

Intenten ustedes mismos averiguar dónde está la gracia de Mad Men, la obra que nos sorprendió a todos en los últimos Globos de Oro, llevándose la palma a la Mejor Serie del año y el premio al Mejor Actor, Jon Hamm. ¿Qué tiene de bueno esta producción de trece episodios? ¿Por qué hay que verla ahora mismo?

Parece una cesta de besos

Como si fuésemos chipancés, o ratas de laboratorio, Mad Men nos pone en una habitación con espejo falso y nos observa reaccionar a los estímulos del medio. Según cómo resistimos a la trama seremos machistas, feministas o personas (y personos). Mad Men apunta en su libreta nuestros gestos, dónde nos reímos, en qué momento nos enfadamos, en que escena pensamos que la vida era mejor entonces; todo queda registrado.

Somos como esas veinte secretarias del episodio sexto. Como esas chicas probándose lápiz labial sin saberse conejillos de indias. En esa escena, una de las chicas, sólo una de entre muchas, no se prueba ningún cosmético, ni parlotea ni ríe, como hacen las demás.

Una de ellas se queda impasible, mira el cubo de la basura lleno de servilletas de papel con labial femenino, y dice en voz alta: “Parece una cesta de besos”. Los publicistas, que la escuchan, alucinan.

Más tarde, en el bar, los publicistas recuerdan la hora de trabajo de este modo:

—¿Has visto esta mañana lo que ha dicho Peggy?

—“Parece una cesta de besos” fue lo que dijo.

—¿Te das cuenta? Ella vio el beneficio, no la característica. Mientras todas las gallinas estaban ocupadas arrancándose las plumas, Peggy vio más allá.

—Interesante…

— Fue como ver a un perro tocar el piano.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

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