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Hernán Casciari nació en Buenos Aires, en 1971. Es escritor y periodista. [Más]

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Sección 'Series en Blanco y Negro'

Los Vengadores, la serie
que miraban los abuelos

Los Vengadores es uno de los grandes clásicos de la tele mundial. Emitida en Gran Bretaña desde 1961, ha tenido cientos de secuelas.
ESPOILER - 14 de septiembre, 2007
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No sé cómo será en tu caso, lector, pero a mi familia la tele llegó antes de que llegara yo. Más o menos diez años antes. Era un aparato gigantesco, color caca, con botones infames que hacían mucho ruido, y una rueda mecánica para pasar los pocos canales de entonces. Posiblemente, en en el primer televisor de tu casa, y de la mía, tu abuelo —que era joven y tenía bigotito— miraba Los Vengadores por las noches.

En esos tiempos no existíamos; nunca vimos las emisiones originales de este clásico de la tele británica. Pero después, cuando comenzamos a ver las series más modernas de los setenta y los ochenta, nuestro abuelo a veces se acercaba a explicarnos que todo tiempo pasado había sido mejor. Y nos contaba las peripecias del doctor David Keel  (Ian Hendry), que estaba empecinado en vengar la horrible muerte de su novia.

Puede que en tu infancia no haya ocurrido de este modo, pero en la mía sí. La primera noticia que tuve sobre Los Vengadores me la dio mi abuelo Salvador, un señor al que ahora no imagino mirando series inglesas en su juventud o madurez. Pero por lo visto sí lo hacía. Y mucho menos series de culto, como ésta (The Avengers, en el original) que yo pude ver mucho más tarde, cuando él ya no estaba en este mundo para conversar conmigo, otra vez, sobre ese tema.

Esta serie es uno de los clásico más profundos de la tele. No es un clásico más. Además de muy original para la época, en Los Vengadores había una obsesión brutal por la escenografía, el vestuario y la música. Cada detalle no sólo estaba cuidado sino también relacionado. Y a mí me fascinaban, más que cualquier otra cosa, los coches de la serie, que eran coches mejores que los que se podían soñar.

Más tarde supe que el guión era sólo un esbozo en papel, y que los protagonistas podían improvisar a gusto y así lo hacían (otra revolución televisiva de la época), y supe también que en la serie nada ni nadie destilaba pobreza o clase media. Todo era glamoroso y sofisticado, nunca hubo —en las siete temporadas que duró, de 1961 a 1969— ninguna conexión con el mundo real, el mundo del hambre y de las guerras tristes. Los buenos eran ricos y los malos también.

Este doctor que clamaba venganza, el protagonista que me narraba mi abuelo, se unía más tarde con un agente especial llamado John Steed. Pero en las siguientes temporadas ya aparecía el que sería el gran protagonista global: Mister Steed (Patrick McNee), y también sus múltiples compañeras guapas, entre la que destacó siempre Emma Peel (Diana Rigg). Yo creo, ahora lo sé, que mi abuelo veía la serie para ver a esta mujer, aunque más no fuese en blanco y negro.

Hace unos días me descargué la cuarta temporada de The Avengers (que es la que recomiendo hoy en Espoiler) y tuve la extraña sensación, al ver unos capítulos al azar, de oler las viejas válvulas de aquellos televisores, cuando recalentaban. De sentir ese aroma espeso y tenue del recibidor de la casa de mis abuelos, donde por las noches él se sentaba a ver la tele en blanco y negro, mientras esperaba la cena.

Ahora nos parece que todo es inmediato y moderno, que todo es streamig y p2p, pero lo cierto es que la televisión nos acompaña desde hace muchísimos años. Algunos días, cuando por las noches estoy solo en el sofá mirando alguna serie británica, Life on Mars por ejemplo, pienso que hace cuarenta años otro hombre de mi sangre hacía lo mismo.

Y de algún modo nos unimos y recreamos esa magia que sólo pude disfrutar en la vida real hasta 1983, hasta el día que se fue: estar los dos, abuelo y nieto, mirando la tele en silencio, oyendo la respiración del otro, y escuchando esta musiquita:

¿Y cómo hago para ver esta serie?

Los tiempos en que
el espanto nos daba risa

Autodenominados una familia muy normal, los Addams nos hicieron reír a puro humor negro y golpe de asquerosidad, desde 1964.
ESPOILER - 06 de septiembre, 2007
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La memoria me trae un recuerdo nítido. Era yo muy pequeño, y lo horroroso me provocaba miedo: la oscuridad, el dolor físico, las arañas, los leones y los féretros. Y entonces llegaron ellos, que decían ser una familia muy normal. Me costó adaptarme a sus rostros macabros, a sus costumbres, a sus mascotas, pero a los pocos días el miedo ya me daba risa.

The Addams Family se emitió, en original, durante dos años (1964 y 65) y contó con sesenta y cuatro episodios de media hora. En España se llamó La Familia Addams, pero en América latina su nombre fue Los Locos Addams. Y los nombres de cada personaje difieren de un lado y otro del Atlántico.

Los nombraré uno a uno: Homero (Gómez en España) y su esposa Morticia. Él era un padre ejemplar que adoraba meterse en su sala de torturas para relajarse. Ella cuidaba a su planta carnívora y vestía de negro riguroso. Él tenía como afición hacer explotar sus trenes eléctricos. Cuando ella hablaba en francés, él se excitaba tanto que no podía evitar besarle el brazo, desde los dedos y hasta el sobaco.

Tenían dos monstruosas criaturitas: Pugsley y Wednesday (Pericles y Merlina en América, Pugsley y Miércoles, en España). El chico era gordo y amaba con locura a su tío calvo; ella era muy poco social pero de una inteligencia mortífera. El tío resultó ser el personaje preferido de mi infancia. Se llamaba Uncle Fester (en España Tío Fétido, pero para mí siempre Tío Lucas), era muy pálido y tenía la cabeza como una bola de billar. Lo que más le gustaba en todo el mundo era meterse una bombilla en la boca y encender la luz en los momentos más inoportunos o absurdos.

Grandmama, por suerte, también se llamó La Abuela en todo el mundo hispano. Ella era una bruja, pero en el mejor sentido de la palabra. Su hijo, el más extraño de la serie, respondía al nombre de Cousin Itt (que en España se tradujo como Tío Eso, y en América fue el extravagante Tío Cosa) y tenía un idioma propio que sólo entendía su familia y, a veces nosotros, los niños y aterrados espectadores.

Y para acabar, dos personajes de lo más tétricos: el mayordomo Lurch (en América, Largo) que medía más de dos metros y siempre aparecía, presto, ante el llamado de la familia, con una voz de ultratumba y dispuesto a ayudar. Y por fin Thing (Dedos en América, Cosa en España) que era una mano —viva y dinámica— dentro de una caja. La extremidad autónoma más rara de mi infancia, y la más divertida.

No sé cuántas veces habré visto esta serie —yo creo que durante muchos años, sin importarme los episodios repetidos—; lo que más me gustaba era cuando aparecía por la casa un vendedor de alfombras, o un cartero, o cualquier vecino normal. ¡Ah, qué placer verles las caras de terror! ¡Qué alegría descubrir sus estampidas calle abajo, sus escapatorias humillantes! Y los Addams sólo querían agasajarlo con un esqueleto, o darle a probar el riquísimo dulce de ojos que conservaba la Abuela en el sótano.

Como dije, antes de la aparición de esta familia en mi televisor yo era un gordito asustadizo. Pero lo negro, lo monstruoso, lo deforme y lo tortuoso dejaron de formar parte de mis noches en vela, y comenzaron a habitar mis tardes de Nesquick. Y gracias a ellos supe, por primera vez y para siempre, que la carcajada es el antídoto natural contra todos los horrores.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

Los tiempos en que
Hitchcock hacía televisión

Del cine de Alfred Hitchcock se ha hablado mucho, pero muy poco de su incursión en la tele, donde dirigió nada menos que 17 unitarios.
ESPOILER - 20 de agosto, 2007
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Del cine de Alfred Hitchcock se ha hablado mucho, pero muy poco de su incursión en la tele, donde dirigió nada menos que 17 capítulos para Alfred Hitchcock Presents, y tres unitarios más para otras producciones emitidas en la televisión de finales de los años cincuenta. Este olvido sistemático no ocurriría hoy, cuando la ficción televisiva es casi más jerárquica que la cinematográfica, pero en aquella época el celuloide vivía su época dorada, mientras que la pantalla pequeña era una herramienta menor. De todos modos, es un despropósito. Tanto como que se reconozca a un escritor por sus novelas y se desprecien sus cuentos.

Alfred Hitchcock Presents forma parte de una variante serial que ya ha dejado de hacerse en Estados Unidos y en casi todo el mundo: los unitarios temáticos. En España la mejor expresión de este género ocurrió con La Huella del Crimen (unitarios sobre asesinatos célebres españoles); en Argentina aún se utiliza el formato con Mujeres Asesinas (el nombre lo dice) o Botines (grandes estafas de la vida real). En ambos países, los reyes del género —impulsores y pioneros— han sido dos personajes que hicieron mucho por la televisión de ambos países: Narciso Ibáñez Menta y su hijo, Chicho Ibáñez Serrador.

Como se ha dicho, estos unitarios desarrollaban historias con un ingrediente común. En el caso de Hitchcock, por supuesto, éste era el suspense, el endemoniado secreto que envolvía a un asesinato. "Tengo que hacer suspenso" —decía el director—, "si no lo hago la gente quedaría decepcionada. Si tuviera que filmar La Cenicienta, tendría que poner un cadáver en la carroza para que todos quedaran satisfechos".

Y así lo hizo. Su serie se emitió por la CBS y más tarde por la NBC, entre 1955 y 1962, con gran éxito de público. El director calvo oficiaba de anfitrión antes del unitario, y después de acabado regresaba a la pantalla para sacar conclusiones, casi siempre irónicas y llenas de humor negro, sobre lo que el espectador había visto.

Se emitieron más de trescientos sesenta episodios de Alfred Hitchcock Presents. Los guiones llegaban desde todos los rincones de Estados Unidos, y un comité elegía los más adecuados para producirse. Cuando a Hitch alguno le gustaba especialmente, se lo quedaba para su propia dirección y placer.

Con el secreto deseo de que alguna vez regresen a la tele los unitarios temáticos, en Espoiler hoy recomendamos la visión de estas pequeñas joyas prehistóricas de la pantalla en blanco y negro.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

Los Tres Chiflados:
clásicos e inmortales

Los Tres Chiflados son los únicos cómicos pre segunda guerra que aún permanecen en la tele de todo el mundo con vigencia... y rating.
ESPOILER - 14 de junio, 2007
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Aunque pensé mucho en este primer párrafo, es muy poco lo que se puede decir de un grupo cómico que, ochenta años después de su nacimiento artístico, sigue funcionando en la televisión actual. Si alguien todavía no conoce a The Three Stooges (en Europa esto es más posible que en Latinoamérica) hoy es su gran día de suerte.

Este grupo cómico estadounidense estuvo activo —primero en tablas, después en cine— entre los años 1922 y 1971. Según la Wikipedia, el conjunto conoció varias formaciones, y sus integrantes son mejor conocidos por sus apodos que por sus nombres: , Moe, Larry, Curly, Shemp, Joe y Curly-Joe. Todos ellos se hicieron famosos por sus cortometrajes, en donde cultivaron una comicidad basada en la violencia física y en el juego verbal. Este género se conoce bajo el nombre inglés de slapstick.

Protagonizaron 190 cortos (de unos 16 minutos cada uno) para la empresa Columbia Pictures entre 1934 y 1958, los cuales, luego del cine, pasaron a la tele en forma de episodios diarios. Y fue justamente la televisión quien los hizo famosos entre las generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

La larga permanencia del trío en actividad (cuarenta y nueve años) se debió no solamente a su popularidad, sino al hecho de que, por disposiciones contractuales, los actores nunca fueron propietarios de su obra, sino empleados que cobraban un sueldo. Esta circunstancia —sigue la Wikipedia— los obligó a actuar hasta que las enfermedades, la vejez o la muerte los alejaron del cine.

Como a muchos (esto ya lo digo yo) la formación que más me gusta es la de Moe, Larry y Curly. Y de esta época son los cortos que hoy ofrecemos en Espoiler, gracias a la buena voluntad de ArgentTeam y Vagos.es.

Han pasado muchas cosas en el mundo: han habido dos grandes contiendas en Europa, se ha inventado el ordenador personal, el hombre ha llegado a la luna y ha regresado; y en todos los casos estos tres mosqueteros de la risa torpe, en blanco y negro siempre, estuvieron entre nosotros quitándonos las penas con humor. The Three Stooges amenizaron mejor que nadie mis mediodías de la infancia, junto a mi padre y a mi abuelo.

Tres generaciones riendo a la vez frente a la tele: una obra maestra no debería necesitar más que eso para ser acreditada como tal.

¿Y cómo hago para ver esta serie?

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