Jesús A. Núñez

El Ártico también existe

Por: | 18 de mayo de 2013

Es un axioma generalmente asumido que un país actúa en el concierto internacional en función de su localización geográfica. Vista a escala humana, la geografía (forma y posición, principalmente) es una referencia prácticamente inalterable, un dato de partida, que determina en gran medida las ventajas (oportunidades) y desventajas (amenazas y riesgos) con las que interactuar en el mundo globalizado que corresponde a nuestros días. Nada parece escapar a la dictadura de la geografía, que, en consecuencia, fija los alineamientos y las prioridades de los Estados a largo plazo.

Solo en raras ocasiones, como sucede ahora en el Ártico, esa realidad cambia ante nuestros ojos. Si en otros casos ha sido el avance tecnológico-como ocurrió con la construcción del Canal de Suez o del Canal de Panamá- aquí se trata de una versión más problemática de la acción humana- el cambio climático-, la que ha propiciado un acelerado interés por lo que hasta hace bien poco era apenas territorio para investigadores científicos y para viajeros muy aventureros. Hoy- como acaba de verse en la reunión ministerial del Consejo Ártico, celebrada en Kiruna (Suecia) el pasado día 15- esta inmensa región suscita un inusitado protagonismo en el que se entrecruzan intereses relativos a la posible apertura de rutas comerciales transoceánicas y a la explotación de sus potenciales riquezas.

El Consejo Ártico se puso en marcha en 1996- por iniciativa de los 8 países con territorio en el Círculo Polar Ártico: Estados Unidos, Canadá, Islandia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia- con el propósito de impulsar la cooperación en materia medioambiental y para la investigación científica. Aunque no tiene ningún poder ejecutivo, es evidente que permite a esos países ir tomando posiciones de ventaja para futuros desarrollos en el área. En esa misma línea, la reunión de Kiruna se ha cerrado con la admisión, como observadores, de China, India, Italia, Japón, Corea del Sur y Singapur. Una señal bien clara de que la reducción de la capa de hielo- en septiembre del pasado año la superficie ártica era casi un 49% menor que el promedio del periodo 1979-2000, llegando a los 3,6 millones de kilómetros cuadrados- está abriendo el apetito de muchos Estados.

Hasta ahora el Consejo Ártico- al que acompañan otros organismos regionales como el Consejo Nórdico, el Consejo Euro-Ártico del mar de Barents y hasta la Conferencia Parlamentaria de la Región Ártica- era una instancia de coordinación intergubernamental que apenas había logrado establecer algún acuerdo sobre respuestas a accidentes medioambientales o para búsqueda y rescate ante accidentes marítimos. Pero ahora, sin que se haya oficializado ningún cambio hacia un organismo con capacidad ejecutiva, es bien visible el intento de situarse en posiciones favorables para intentar sacar más tajada de los previsibles cambios a corto plazo.

Para entender lo que está en juego, basta con recordar que la ruta marítima Rotterdam/Shanghái es un 20% más corta si se opta por la ruta ártica (frente a las costas rusas) en lugar de hacerlo por la mediterránea. Ya en 2012 fueron 46 (frente a los 34 de un año antes) los buques que siguieron este rumbo, transportando un total de 1,3 millones de toneladas (820.000 en 2011) y todo indica que, pese a la falta de infraestructuras y a las dificultades de la travesía, el ritmo aumentará sensiblemente a muy corto plazo. Por otro lado, las estimaciones sobre las enormes riquezas que alberga el subsuelo marino en recursos naturales y materias primas energéticas (con cifras muy diversas, pero siempre en alza, que incluyen petróleo y gas) no hacen más que llamar la atención de responsables gubernamentales y de entidades empresariales ávidas de lograr un trozo de la tarta que el cambio climático está aflorando.

Ni que decir tiene que esta imparable dinámica va a tener también su correlato en clave militar, alimentando la competencia también en este escenario. En claro contraste con todo lo anterior, lo que no se percibe en modo alguno es el mismo nivel de interés por hacer frente conjuntamente al cambio climático en el que ya estamos metidos. Algunos quieren verlo como una buena oportunidad de negocio, mientras otros lo perciben como una amenaza global que no está siendo tratada de manera adecuada. Si tuviera sentido cruzar apuestas sobre temas como este, ¿alguien apuesta a que la inquietud medioambiental se va a imponer a la economicista/militarista?

Embrollada madeja sirio-israelí

Por: | 14 de mayo de 2013

Desde la lógica bélica que hoy impera en Siria tiene sentido que el régimen trate de hacer pasar los recientes ataques aéreos israelíes sobre su territorio como una muestra inequívoca de que Tel Aviv ha decidido implicarse directamente en el conflicto, tomando partido a favor de los rebeldes. Pretende así fragmentar aún más a sus opositores, identificándolos como instrumentos del deseo sionista por destruir a los árabes. Asimismo, aspira a recuperar apoyos sociales sensibilizados ante lo que muestra como un enemigo común que intenta sacar provecho de la crisis interna (machaconamente presentada como una lucha contra el terrorismo yihadista).

Pero desde esa misma lógica resulta insostenible el argumento, dado que Israel solo ha actuado en defensa de sus propios intereses, tratando de evitar que se cruce una línea roja que considera prohibitiva: el reforzamiento militar de Hezbolá haciéndose con misiles que le permitan afectar a instalaciones y centros neurálgicos israelíes (de población, pero también productivos y militares). Eso es lo que viene haciendo ya como mínimo desde enero- cuando destruyó un convoy que previsiblemente transportaba misiles tierra-aire SA-17- y eso es lo que ha vuelto a repetir a principios de este mes- en el ataque a instalaciones del aeropuerto internacional de Damasco y a instalaciones militares cerca de Jamraya. El objetivo en este reciente caso eran los misiles tierra-tierra M-600- prácticamente idénticos a los iraníes al Fateh-110, de combustible sólido, con capacidad para colocar con alta precisión una cabeza de hasta 500kg. a unos 300km. de distancia desde una plataforma móvil. Unos ingenios que harían de Hezbolá una amenaza de orden superior a la que ya representa actualmente como el actor más poderoso de Líbano, tanto en el terreno político- como se acaba de evidenciar con la forzada dimisión del primer ministro Najib Mikati- como en el militar- con cohetería y misiles que superan los 10.000 y un reforzado volumen de combatientes que también superan de largo esa cantidad.

Dicho de otro modo, Israel no tiene la intención de alinearse con ninguno de los bandos sirios enfrentados. Ha vivido cómodamente durante más de cuarenta años con un régimen que ha aceptado sin remedio el statu quo impuesto tras la ocupación del Golán y no desea en modo alguno fomentar a unos rebeldes que, si llegan a imponerse al dictador, muy pronto acabarán creándole serios problemas. Visto así, lo que Israel prefiere- como mal menor- es la perpetuación del conflicto sirio, entendiendo que eso se traduce progresivamente en el debilitamiento de todos los actores implicados (no solo los sirios sino también, y sobre todo, Irán). Ataques como los realizados hasta ahora (que probablemente se repetirán en el futuro) responden, por tanto, a la idea de impedir a toda costa que Hezbolá siga alimentándose de lo que Teherán les suministra y de lo que Damasco quiera traspasarle.

Cuenta para ello con el convencimiento, confirmado por los hechos, de que las bravatas de Bachar el Asad (en el sentido de que cualquier acción militar israelí será contestada de inmediato) siempre se han quedado en meras palabras. Hoy, sumido en una lucha por la supervivencia del clan alauí, el Asad no puede permitirse abrir un nuevo frente contra Israel. Es más, en lo que va de año incluso ha tenido que retirar tropas próximas al ocupado Golán para emplearlas en otros frentes internos mucho más activos. Hacerlo le supondría, además, arriesgarse a perder el principal elemento que le está permitiendo mantener el pulso contra los rebeldes: su fuerza aérea. Una señal adicional de la indisimulada aversión del régimen (pero también de Hezbolá) a asumir el riesgo a enfrentarse frontalmente con la maquinaria militar israelí ha sido el tratamiento mediático que han dado a los ataques recibidos. Ambos han optado por negar que dichos ataques se hayan producido, para no verse ante la tesitura que estar a la altura de sus balandronadas.

Por su parte, Irán tampoco quiere “quemar” prematuramente una baza tan notable como Hezbolá, por si tiene que emplearla el día de mañana como una baza de retorsión directa ante un ataque israelí. Es sobradamente conocido que combatientes del Partido de Dios libanés- estimados por algunas fuentes en unos 7.500- están ya echando una mano a las fuerzas leales al régimen sirio, junto a elementos del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica iraní. Eso evidencia que para Teherán es importante mantener al menos un pie en Siria, pensando en su objetivo de ampliar su radio de influencia desde el Golfo hasta el Mediterráneo, pero sin llegar al extremo que agotar todas sus cartas en ese escenario.

Mientras tanto, si se confirma lo apuntado por la comisión internacional de la que forma parte la renombrada jurista Carla del Ponte- en el sentido de que los ataques con armas químicas contra población civil siria no habrían sido efectuado por el régimen sino por grupos rebeldes-, cabría preguntarse si esos grupos violentos no están dispuestos a todo con tal de provocar una intervención militar internacional.

Frente Polisario, ¿algo que celebrar?

Por: | 10 de mayo de 2013

Hoy se cumplen cuarenta años desde la creación del Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro (Frente Polisario) y en diez días se cumplen además los mismos años del arranque de la lucha armada contra Marruecos, iniciada con el objetivo de lograr la creación de una entidad estatal para el pueblo saharaui. Una entidad- la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), proclamada el 27 de febrero de 1976, coincidiendo no por casualidad con la retirada definitiva de España de su antigua colonia- que no abarca la totalidad del Sahara Occidental. En realidad- a base de acciones militares, instalación de colonos e inversiones considerables- Marruecos ha logrado de facto integrar bajo su férula al llamado “Sahara útil”, en el que se ubican los principales recursos (fosfatos, pescado y, potencialmente, hidrocarburos), salvaguardado tras los muros de arena vigilados hasta hoy por más de 100.000 soldados.

Las conmemoraciones principales, que se desarrollan en el campamento de refugiados El Aaiún (y no, como señalan algunos medios de comunicación, en la ciudad del mismo nombre, controlada por Marruecos), consisten en un discurso del líder/presidente Mohamed Abdelaziz y en un desfile militar. Si se dibuja un mínimo balance de lo cosechado en estos cuarenta años, resulta difícil entender lo que se celebra hoy, más allá del gesto simbólico que supone seguir mostrando que hay vida (social y política) incluso en las pésimas condiciones en las que se encuentran los refugiados saharauis.

Así, en la parte positiva del balance, apenas cabe mencionar que la RASD es miembro de la Unión Africana (de la que Marruecos es el único país del continente que se ha quedado al margen, precisamente como consecuencia del reconocimiento saharaui) y que decenas de Estados reconocen su existencia. También es inicialmente positivo que desde 1991 se haya cerrado la etapa de confrontación violenta abierta entre las tropas marroquíes y el Polisario, con la aprobación de un plan de paz de la ONU que contemplaba la celebración de un referéndum de autodeterminación que, como es bien sabido, nunca ha llegado a celebrarse. Pero poco más puede añadirse a la lista.

Por el contrario, abundan los elementos negativos. El principal es considerar que hace esos mismos cuarenta años que la mayor parte de la población saharaui se encuentra confinada (y crecientemente abandonada) en el territorio argelino de la región de Tinduf, sobreviviendo a duras penas en la hamada (el desierto dentro del desierto). A pesar de su notable resiliencia y de la capacidad y activismo de su capital humano, es obligado reconocer que viven de la caridad internacional (expresada por numerosas redes de apoyo social y por algunos gobiernos y agencias internacionales). Además, en términos reales, su causa ha ido perdiendo peso en la agenda internacional, del mismo modo que el Polisario ha ido perdiendo credibilidad y apoyos políticos, tanto de su principal valedor (Argelia) como del conjunto de los países que se integran en el Grupo de Amigos (¿?) del Sahara Occidental (EE UU, Rusia, Gran Bretaña, Francia y España).

Puede causar admiración su inquebrantable voluntad de seguir apostando por la materialización de su sueño de soberanía. Pero también causa congoja comprobar cómo se van quedando sin fuerzas propias y sin apoyos sustanciales externos para seguir impulsando ese empeño. Conscientes, por un lado, de que la opción violenta no sería entendida en el contexto internacional de hoy y, por otro, de que su extrema debilidad militar lo abocaría a una segura derrota contra unas fuerzas marroquíes abrumadoramente superiores, hoy apenas les queda baza alguna.

Cuando ya nada pueden esperar de la comunidad internacional en un marco que apenas disimula su apuesta promarroquí. Cuando Rabat ha mostrado por activa y por pasiva que no está dispuesto a ir más allá de una mera descentralización administrativa en el marco de una reforma de la organización del reino que nunca llega. Cuando sus propias fuerzas se debilitan hasta el extremo y sus gobernantes están sometidos a un innegable cuestionamiento interno. Cuando la solidaridad internacional de numerosas organizaciones no gubernamentales apenas basta para paliar parcialmente los efectos más perversos de su situación. ¿Qué les queda por hacer? ¿Qué pueden celebrar?

Guerra de minas, nuevo ensayo USA en el Golfo

Por: | 05 de mayo de 2013

Entre los días 6 y 30 de mayo, y por segunda vez en menos de un año, las aguas del Golfo van a ser el escenario de un ejercicio militar que implica a buques de guerra de más de treinta países. En el marco de una tensión creciente, y con Irán como referencia inequívoca, Estados Unidos vuelve a la carga en su intento por mejorar la maquinaria naval para hacer frente a la amenaza de que Teherán decida en algún momento minar unas aguas por las que sale casi el 40% de todo el petróleo que transita por los mares y no menos del 20% del gas licuado.

Ese fue el mismo objetivo que, en septiembre pasado, llevó a Washington a realizar un ejercicio similar- con participación de otros 32 países y más de 3.000 efectivos- que se saldó con resultados insatisfactorios. Si, por un lado, quedó de manifiesto el interés común de muchos países por garantizar el tránsito de esas vitales materias primas por el estrecho de Ormuz; por el otro, fue notoria la dificultad para combinar los medios disponibles de manera eficaz contra una amenaza que Irán ha planteado en reiteradas ocasiones. Dos ejercicios de esta magnitud en menos de un año da sobrada idea de la importancia que se concede a dicha amenaza, con capacidad para impactar directamente en los planes de recuperación de la larga crisis en la que muchos países están sumidos.

La decisión estadounidense es, simultáneamente, un gesto político y una necesidad militar. En el primer sentido, se trata de mostrar a Israel que Washington se toma en serio la amenaza que representa Teherán; pero cuidando en todo caso de no aparecer como agresor (los ejercicios se realizan en aguas internacionales y se presentan como estrictamente defensivos). Al mismo tiempo, pretende aumentar la presión contra Irán, movilizando a gobiernos muy dispares- estarán todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, con la llamativa ausencia de China, además de países occidentales, árabes y otros-, como señal del aislamiento general que sufre el régimen de los ayatolás.

En el terreno militar, baste decir que en las maniobras de septiembre no se logró destruir ni una tercera parte de las minas sembradas por los propios organizadores. Con el décimo tercer Ejercicio Internacional de Medidas para Contrarrestar Minas (IMCMEX, en inglés)- liderado por el vicealmirante John W. Miller, jefe de la V Flota estadounidense, con cuartel general en Bahréin- se pretende, sobre todo, mejorar sustancialmente la capacidad antiminas- contando con que Irán sigue reforzando su capacidad de minado y de obstrucción del tráfico- para negar a Teherán una poderosa baza de retorsión ante cualquier posible ataque a sus intereses vitales (programa nuclear incluido).

La estrella anunciada de estos nuevos ejercicios es el vehículo submarino no tripulado Seafox, que no estaba en servicio en las anteriores maniobras. Pero hará falta mucho más que ese ingenio- de dotación en las armadas estadounidense y británica- para forzar un giro contemporizador por parte del régimen iraní.

Afganistán-Pakistán, la violencia que viene

Por: | 02 de mayo de 2013

Todavía sigue siendo a pequeña escala, pero el proceso de choques violentos entre tropas afganas y paquistaníes- como el que acaba de producirse en la provincia afgana de Nangarhar- apunta a un serio problema de seguridad a corto plazo. La animadversión vecinal se remonta como mínimo al establecimiento de la línea Durand, que los británicos fijaron como frontera común a finales del siglo XIX, y que sigue sin ser reconocida por Kabul. Y hoy, con el añadido de mutuas recriminaciones sobre el apoyo a grupos rebeldes ubicados en territorio vecino, el panorama se oscurece aún más en cuanto se toma en consideración que la retirada de las fuerzas de la OTAN (y, sobre todo, de Estados Unidos) de Afganistán va a hacer aún más difícil el control de una divisoria tan porosa, con pastunes a ambos lados, a partir de finales del próximo año.

Volviendo la vista a la década de los ochenta del pasado siglo, nos encontramos con el intento paquistaní de imponer un régimen afgano obediente (o, al menos, neutral) a sus designios. A favor de la corriente de apoyo estadounidense a los entonces llamados muyahidín (luchadores por la libertad)- carne de cañón local empleada para desbaratar la invasión soviética-, Islamabad apoyó decididamente a quienes creía fácilmente manipulables. Su intención última era (y es) neutralizar el frente afgano para poder concentrar sus fuerzas en hacer frente a la creciente presión de su archienemigo (India), con Cachemira como centro principal de tensión. En los años noventa ese apoyo se redirigió, también con la complicidad estadounidense, hacia los talibán. Pastunes afganos en su inmensa mayoría, los talibán emergían como los nuevos socios locales que Islamabad creía poder manejar a su antojo.

Es bien evidente que, incluso antes del trágico 11-S, esos planes habían fracasado, pero ya era entonces imposible rebobinar la película para evitar los crecientes problemas que esos grupos rebeldes- que ya hace tiempo que se dedican a desarrollar su propia agenda, sin subordinarse fácilmente a ninguna instancia superior- iban a causar no solo a Afganistán sino también a Pakistán. Desde entonces, y en una secuencia tantas veces repetida de reprimendas recíprocas, la tensión ha aumentado hasta el punto de que ya se ha llegado al choque directo entre sus respectivas fuerzas armadas. Ambos han entrado hace tiempo en una espiral tan conocida como contraproducente, que consiste básicamente en echar la culpa al vecino de los males propios, buscando fortalecer de paso la debilitada cohesión nacional interna, y en alimentar a pequeños monstruos inicialmente dóciles como mecanismo de circunstancias para debilitar al vecino.

Para mayor preocupación, como se ha visto en todos los episodios violentos registrados hasta ahora, la presencia de las fuerzas de ISAF apenas sirve de freno, en la medida que tampoco han logrado impermeabilizar la frontera afgano-paquistaní, ni mucho menos eliminar el problema que representa la existencia de santuarios a ambos lados de la línea Durand que sirven a los talibán afganos y paquistaníes golpear en el país vecino. Por el contrario, los talibán afganos se sienten crecidos y en condiciones de volver a tocar poder muy pronto, mientras los talibán paquistaníes constituyen ya una clara amenaza a la estabilidad de su país.

Visto así, todo apunta a que la violencia irá progresivamente en aumento, aprovechando la debilidad de ambos gobiernos para garantizar la seguridad de su propio territorio. En el marco de un proceso de retirada internacional ya en marcha, las incógnitas sobre el resultado de las elecciones afganas- en abril de 2014, para sustituir a Karzai-, la innegable fractura estructural que presenta Pakistán y, sobre todo, el auge de los talibán a ambos lados de la frontera auguran tiempos muy difíciles. Y, absorbidos por el día a día, nadie parece darse por enterado.

Corea, donde nadie quiere la guerra

Por: | 19 de abril de 2013

La reciente escalada retórica militarista impulsada por Pyongyang podría hacer pensar que la guerra está a la vuelta de la esquina. Sin embargo, y a pesar de las dudas que siempre plantea un régimen tan opaco, sigue siendo evidente que nadie quiere traspasar la línea roja que conduzca a una confrontación militar en la que todos los actores implicados saldrían perdiendo.

Aunque el estado de guerra se mantiene en teoría desde el armisticio de 1953- dado que nunca se llegó a firmar un acuerdo de paz entre las dos Coreas-, hace mucho que Seúl ha desechado cualquier ataque contra territorio norcoreano. Y esto es así, en términos puramente militares, porque no podría soportar la represalia norcoreana sobre Seúl, al alcance de los más de 10.000 cohetes, misiles y piezas de artillería que Pyongyang ha ido desplegando a lo largo de los años como principal instrumento de castigo si ve en peligro la supervivencia del núcleo duro del régimen. Ese comportamiento responde a una pauta- que nos retrotrae a marzo de 2010, cuando los norcoreanos hundieron una corbeta surcoreana- que le concede a Kim Jong-un una ventaja añadida en el juego de apariencias que se desarrolla actualmente en la península coreana.

Por lo que respecta a Estados Unidos, nada indica que Obama desee aventurarse militarmente en una apuesta de ese tipo. Es evidente que disfruta de una abrumadora superioridad militar frente al sátrapa norcoreano, y que la victoria final sería suya si se produjera un choque frontal. Pero el coste sería hoy por hoy inaceptable, no solo por los imponderables que todo conflicto violento supone, sino también porque la activación de la maquinaria militar estadounidense en la zona facilitaría a China defender la necesidad de incrementar su ya visible rearme en una región que aumenta día a día su importancia geoeconómica.

Eso no quita para que Washington siga el guión obligado con su aliado, incluso realizando más ejercicios militares conjuntos (al tiempo que ha renunciado a probar un nuevo misil intercontinental, como señal de que no quiere alimentar la tensión) y declarándose dispuesto a defenderlo ante cualquier contingencia. Ayuda a actuar de ese modo el convencimiento de que Pyongyang no dispone todavía de la capacidad para lanzar un ataque nuclear y las dudas sobre la verdadera operatividad de sus nuevos misiles (sea el KN-08- con un alcance estimado en 10.000 kilómetros- o el Musudan- de unos 4.000-, que nunca han sido lanzados desde una plataforma móvil). Tampoco asustan en demasía los más de un millón de soldados que Corea del Norte dice tener preparados para la guerra, conscientes de que tanto su grado de efectividad como el estado del armamento que puedan manejar son muy cuestionables.

En cuanto a China, la guerra en la península coreana también sería una muy mala noticia. Por una parte, porque si estalla la interpretación dominante sería que Pekín no ha logrado controlar a su teórico aliado, lo que afectaría a su pretensión de ser percibido como un actor de envergadura mundial. Y, además, porque teme ver materializada una de sus pesadillas locales: una oleada de ciudadanos norcoreanos tratando de entrar en territorio chino. Por último, no cabe olvidar que esa hipotética confrontación militar alimentaría un rearme regional que supondría un mayor desafío para la economía china en un momento en el que su modelo económico necesita ingentes recursos para frenar las dinámicas desestabilizadoras que ya son visibles en su propio seno.

Pero es que, finalmente, tampoco Pyongyang obtendría ventaja alguna de un estallido bélico. Dado que el régimen no se caracteriza precisamente por su afán suicida- sino, más bien, por su interés es sobrevivir en un entorno hostil- sabe que una guerra sería una segura apuesta por su destrucción. No tiene medios suficientes (ni militares, ni económicos) para sostener el empeño contra enemigos claramente superiores. No puede contar tampoco con el apoyo militar directo de Pekín y ningún otro gobierno cabe imaginar que se alinee con Pyongyang. En resumen, si se le ocurre desencadenar un ataque en toda regla habrá perdido el efecto disuasorio que le ha servido hasta ahora para preservar al régimen- jugando con una mezcla de gestos atrevidos que le hacen pasar por impredecible- y para obtener ciertos favores (sea ayuda alimentaria o productos energéticos). Con sabias dosis de agresión controlada y de manejo de sus propias debilidades- que hacen pensar a cualquier posible enemigo que basta con esperar a su colapso en lugar de aventurarse a un ataque militar- Pyongyang ha logrado tener una presencia internacional muy superior a su propio peso.

Visto así, y precisamente en clave de mantenimiento del régimen, Kim Jong-un necesita promover algunas reformas de un modelo insostenible en los parámetros actuales. Para ello, sin olvidarse de jugar la carta militarista, busca sobre todo neutralizar las amenazas de su entorno regional, con la pretensión de implicar directamente a Washington en la firma de la paz con Seúl, y que se levanten las sanciones de la ONU. Aunque para hacerlo elija un camino inquietante.

Boston-Chad y las dobles varas de medida

Por: | 16 de abril de 2013

Supongamos que todas las comparaciones son odiosas. Supongamos también que el valor de toda vida humana es incalculable y que, por tanto, cabe esperar el mismo nivel de esfuerzo para dignificarla y preservarla allí donde esté amenazada. Del mismo modo, supongamos que la pertenencia a una etnia determinada o la localización geográfica de cada ser humano en cualquier rincón del planeta son factores irrelevantes para activar la respuesta internacional ante situaciones de violación de derechos, insatisfacción de las necesidades más básicas o inseguridad. Ya puestos a soñar, supongamos que en la aldea global en la que vivimos hemos llegado a entender que inevitablemente nos afecta todo lo que ocurre a nuestro alrededor y que, por puro egoísmo inteligente, eso nos obliga a implicarnos en lo que ocurre más allá de nuestras propias fronteras.

Visto así, y entendiendo humanamente la respuesta emocional, política y mediática registrada tras las explosiones que han matado a dos personas y herido a más de un centenar en mitad del maratón celebrado en Boston, cabe preguntarse si se aplica la misma vara de medida a otros acontecimientos que, igualmente, deberían inquietarnos como personas y provocar la reacción de gobiernos y agencias internacionales en aras del bienestar y la seguridad de todos. Basta con tomar a Chad como uno más de los innumerables ejemplos que cabría considerar para constatar, una vez más, la injustificable selectividad con la que los medios de comunicación difunden determinadas noticias y con la que los actores políticos responden ante lo que sucede.

Sumado a muchos otros problemas pendientes de soluciones que no llegan, Chad está registrando una brutal oleada de refugiados que supera sus capacidades nacionales, en mitad de un generalizado e insoportable silencio mediático y político. Hablamos, según datos de ACNUR y la Organización Internacional de Migraciones, de unas 74.000 personas que han traspasado las fronteras nacionales en los últimos dos meses (50.000 tan solo en la última semana). Personas que tratan de escapar de la violencia interétnica que enfrenta a Misseriya y Salamat en Darfur, o de la inestabilidad producida tras el golpe de Estado en República Centroafricana (RCA).

Todo ello contando con que en diversas zonas del este chadiano ya hay malviviendo unos 300.000 refugiados sudaneses (como resultado del prolongado conflicto de Darfur) y unos 70.000 de RCA. Sin olvidar, por otra parte, que comienzan a regresar al país emigrantes chadianos que han sido finalmente liberados de las cárceles libias tras el estallido de la crisis que provocó la caída del dictador Muamar el Gadafi (unos 1.200 de momento).

Nadie puede dudar de que es necesario investigar todos los pormenores de las explosiones registradas en Boston, con idea de detener y condenar a los culpables- tanto si es un lobo solitario como si se trata (como parece más probable) de un grupo organizado-. Tampoco se puede cuestionar la atención mediática a una amenaza (terrorista) que nos afecta a todos. Pero frente al revuelo causado en ese caso, no deja de resultar triste/alarmante/escandaloso/           (espacio a rellenar por el lector) que en relación con la crisis que afecta a Chad solo organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras estén tratando de atender paliativamente a quienes acumulan hambre, enfermedades y heridas mortales ante la más absoluta indiferencia de una comunidad internacional que prefiere mirar al cielo. Un cielo que ya anuncia la llegada de la época de lluvias o, lo que es lo mismo, de mayores dificultades en menos de dos meses para ayudar de manera efectiva. ¿Le importa a alguien?

Sueños gasísticos de Israel

Por: | 11 de abril de 2013

Desde que el 17 de enero de 2009 se anunció públicamente el descubrimiento del yacimiento de Tamar por parte de la empresa tejana Noble Energy, Israel vive un sueño gasístico que no solo puede cambiar drásticamente su ecuación energética sino también la de algunos países de la zona. Desde aquella fecha las buenas noticias no han parado de llegar a Tel Aviv. Primero fue que las reservas de ese campo submarino se estimaban en unos 238.000 millones de metros cúbicos, cuando hasta ese momento no contaba con más de 45.000 en el menguante yacimiento Mari B (en aguas de la costa de Ashdod). Y luego, en 2011, llegó la gran noticia del descubrimiento de Leviatán, próximo al anterior y con unas reservas que dejaban pequeñas a las de Tamar.

De ese modo, Israel comenzó a vislumbrar la posibilidad de dejar atrás la dependencia energética que tenía con Egipto, del que procedía el 40% de su consumo total de gas. Esa relación ha estado sometida a perturbaciones constantes (mucho más acusadas tras la caída de Mubarak), con sabotajes y cambios de contratos sorpresivos, lo que finalmente llevó a Tel Aviv, en marzo del pasado año, a suspender el acuerdo de suministro establecido en 2005. Para tratar de paliar el efecto negativo de esa pérdida, y mientras se veía obligado a incrementar su consumo de petróleo y carbón, Israel impulsó la construcción de una terminal de gas natural licuado (construida a toda prisa por la compañía estatal Israel Natural Gas Lines Ltd., por un importe de 134 millones de dólares), que comenzó a recibir gas de Trinidad-Tobago en enero de este mismo año, con una previsión anual de 2.000 millones de metros cúbicos.

Aunque esta medida permitía mejorar parcialmente la seguridad energética israelí (pagando un precio que triplica al menos el del gas extraído de Tamar), es obvio que no resolvía de ningún modo el problema estructural. De ahí que la noticia de que el pasado 30 de marzo Tamar haya empezado a bombear gas hacia la costa haya sido recibida en Tel Aviv como un maná que está llamado a modificar totalmente la situación.

De un solo golpe, con Tamar se logra la autosuficiencia energética y se ahorra un importante volumen de divisas. O, lo que es lo mismo, se gana más libertad de acción en sus relaciones con sus antiguos suministradores y se obtienen más recursos con los que poder cumplir las promesas electorales del nuevo gobierno en materia económica y social. Unos efectos que se harán aún más notorios cuando entre en funcionamiento Leviatán a partir de 2016, si se cumplen las previsiones actuales.

Por otro lado, Israel se plantea ya dedicar una buena parte de esa riqueza gasística a la exportación a mercados vecinos. Los más evidentes son el propio Egipto (que está agotando sus reservas), Turquía y Jordania; pero sin descartar, incluso, a países de la Unión Europea. Se prevé que aún exportando la mitad de las reservas estimadas (que algunas fuentes elevan hasta los 950.000 millones de metros cúbicos) Israel tendría cubiertas sus necesidades para al menos los próximos 25 años. El desarrollo de las infraestructuras necesarias no solo atraerá la inversión extranjera al país, sino que le permitirá a Israel consolidar lazos con socios tan importantes para sus intereses de seguridad como Ankara y Amman.

Pero el sueño no está exento de problemas ya desde su arranque. En primer lugar, cabe recordar que los yacimientos están localizados en aguas disputadas tanto por Chipre (con quien Tel Aviv trata de colaborar desde el principio), como por Líbano y hasta Siria. Y nada apunta a que el acuerdo sea fácil de alcanzar para lograr un equitativo reparto de la riqueza ahí acumulada. Además, el tendido de posibles gasoductos hacia el inmenso mercado turco debe pasar por territorio (más bien marítimo que terrestre) de esos mismos países- Líbano y Siria- que bien pueden entorpecer los planes israelíes. Aunque todavía le quedaría a Israel la baza de la licuefacción para transportar el gas en buques metaneros, lo aquí apuntado transmite la sensación de que el sueño israelí se puede ver alterado por muchos factores que escapan de momento a su control. Veremos.

Tratado de Comercio de Armas, satisfacción contenida

Por: | 08 de abril de 2013

Si consideramos que en un terreno tan delicado como el de las armas siempre es mejor un acuerdo que la absoluta falta de regulación, habrá que alegrarse de la aprobación de la resolución A/67/L.58 de la Asamblea General de la ONU, que da nacimiento a un Tratado sobre el Comercio de Armas. Era un ansiado objetivo para más de un centenar de organizaciones de la sociedad civil de muchos países desde hace al menos diez años y que ahora (el 2 de abril) se ha visto inicialmente cumplido con el apoyo de 155 de los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas.

 

Como primera reflexión sobre el texto cabe destacar que lo aprobado supone que:

-      Se regula un comercio en el que destacan como vendedores principales EE UU (30% del total), Rusia (26%), Alemania (7%), Francia (6%), China (5%)- que representan el 75% de todas las transferencias a nivel mundial-, con Gran Bretaña y España en las siguientes posiciones. En cuanto a los principales compradores, el grupo está más repartido, con India (12% del total), China (6%), Pakistán (5%), Corea del Sur (5%) y Singapur (4%) en posiciones sobresalientes.

-      El acuerdo fue, afortunadamente posible tras haber quedado de manifiesto la imposibilidad de lograr la unanimidad en el seno de la Conferencia Final (18/28 de marzo), convocada a tal efecto. Finalmente hubo solo tres países que votaron en contra (Corea del Norte, Irán y Siria), otros 22 optaron por la abstención (incluyendo a Cuba, China, India y Rusia) y 13 no llegaron ni siquiera a depositar su voto.

-      Incluye todas las armas convencionales (todas menos las nucleares, químicas y biológicas, que ya tienen sus propios tratados o convenciones), que son, de hecho, las responsables de la inmensa mayoría de víctimas violentas registradas en el planeta. Mención especial merece la inclusión de las denominadas armas ligeras y pequeñas (las que puede portar una persona o un vehículo ligero), profusamente presentes en entornos violentos de todo tipo, aunque en este caso especial no se ha logrado una definición precisa, por lo que quedan abiertas vías de escape (especialmente en municiones y piezas sueltas). Queda, sin embargo, sin fijar la prohibición de vender a actores no estatales.

-      Obliga a todos los firmantes a establecer sistemas de control nacional sobre sus exportaciones e importaciones- algo que hoy solamente hace un muy reducido número de países. Esto incluye también las operaciones de tránsito, trasbordo y corretaje. Pero también hay que recordar que quedan fuera del tratado las donaciones, cesiones y préstamos de material militar, así como los acuerdos de producción bajo licencia y la transferencia de tecnología. Tampoco se exige, como sería deseable en aras de la total transparencia, que cada Estado parte ofrezca información regular sobre las operaciones que autoriza y deniega, amparándose en la clásica reserva de salvaguardar la seguridad nacional y los intereses comerciales de las empresas implicadas.

-      Establece determinados criterios que deben ser tomados en consideración en cada posible operación; de tal modo que esta no se podrá realizar si se conoce que las armas en cuestión van a ser empleadas para cometer un genocidio, crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad, y lo mismo ocurre si se entiende que serán utilizadas contra población civil o contra bienes civiles. Igualmente se deberá evaluar si la venta puede atentar contra la paz y la seguridad mundial o si se usarán para cometer violaciones de los derechos humanos o del derecho internacional humanitario. Resulta elemental deducir que este tipo de formulaciones introduce un elevado nivel de subjetividad (¿quién y cómo se evalúa si el riesgo de que eso ocurra es, como dice el texto del Tratado, “preponderante”) que solo el tiempo dirá de qué modo es empleado.

-      Facilita la reforma del Tratado, para adaptarlo a los avances tecnológicos o de otro tipo que puedan producirse o para corregir errores o carencias que se detecten tras su entrada en vigor, sin necesidad de contar con la absoluta unanimidad de todos los firmantes. Bastará con alcanzar una mayoría cualificada de tres cuartas partes de los Estados que finalmente se comprometan con el Tratado (un proceso que se abre el próximo 3 de junio y que debe llevar a su entrada en vigor en el momento en el que deposite su instrumento de ratificación el firmante número 50).

En definitiva, la satisfacción inicial por el paso registrado- que concede al menos momentáneamente algún protagonismos a una maltrecha ONU- queda atemperada por los resquicios que ya de entrada se detectan en un comercio en el que son muchos los intereses para mantener una actividad en la que se entremezclan sin remedio intereses políticos, con los industriales y comerciales. Lo que enseña la experiencia, incluso en los países que (como España) ya disponen de legislación específica sobre la materia, es que las consideraciones éticas o legalistas quedan muy a menudo aparcadas a favor de la más cruda defensa de intereses. Visto así- y cuando nada se ha dicho sobre qué tipo de mecanismo de verificación, vigilancia y control (con capacidad de sanción para quien se salte lo acordado) se va a encargar de hacer cumplir el Tratado- conviene no apresurarse en organizar la fiesta de celebración del Tratado.

La educación no interesa en el Sahel

Por: | 15 de marzo de 2013

Esa es la frustrante conclusión que se extrae de los datos que aporta IRIN (servicio de noticias de la OCHA sobre la actualidad de la acción humanitaria en el marco de la ONU) en relación con la situación en Malí y el resto del Sahel. Desde el arranque de la actual crisis en Malí, con el inicio de la revuelta tuareg en enero del pasado año y el subsiguiente golpe de Estado de marzo del mismo año, los principales donantes decidieron suspender su apoyo financiero a los golpistas. En consecuencia, quedó sin atender en torno a la mitad del presupuesto en educación, que se financia principalmente con aportaciones de la Unión Europea, Estados Unidos, Países Bajos y Canadá.

Esto supuso el brutal deterioro de un sistema que ya sufría importantes déficits, hasta el punto de que UNICEF estima que al menos 700.000 niños malienses se encuentran imposibilitados de seguir el curso escolar en condiciones mínimamente aceptables. Aunque las familias malienses dan importancia a la educación en sus demandas de atención para salir de la grave situación en la que se encuentran, los donantes parecen orientar sus esfuerzos en otras direcciones. Así, en 2012 la ayuda exterior se centró casi exclusivamente en atender parcialmente a la crisis alimentaria. Como resultado de ello, solo el 6,4% de toda la ayuda de emergencia movilizada se dedicó a actividades educativas (en Chad fue el 14,5% y en Mauritania 0%). Dicho en términos aún más amplios, la educación solo absorbió el 0,9% de toda la ayuda humanitaria registrada en ese año.

Evidentemente siempre es un reto establecer de manera adecuada las prioridades cuanto se trata de atender infinitas necesidades con recursos cada vez más escasos. Pero a estas alturas los donantes deberían haber comprendido ya que la educación es un aspecto fundamental de la, ahora tan de moda, resiliencia de las sociedades locales para hacer frente a los complejos problemas que les toca vivir. Llevar los niños a la escuela no solo es un proceso que les ayuda emocional y psicológicamente, sino que les prepara mejor para encarar el futuro (tanto en términos muy prácticos para incorporar nuevos hábitos de salud y técnicas de cultivo, como en otros menos tangibles como la visión del mundo que les rodea o el aprendizaje de métodos de resolución pacífica de los conflictos).

Nada de esto parece haber sido considerado por la comunidad de donantes cuando el llamamiento de OCHA para atender a las necesidades educativas de Malí durante este año, presupuestadas en 18 millones de dólares, se ha saldado de momento con cero aportaciones.

Hoy 200.000 niños están sin escuela en la mitad norte de Malí. La mayoría de las escuelas están cerradas como efecto directo de la violencia (únicamente un 5% en Tombuctu han podido reabrir sus aulas) y solo el 28% de los maestros han regresado a la región, tratando de desarrollar su labor sin recibir ningún salario a cambio. En fin, parece que en el mejor de los casos algunos siguen prefiriendo dar un pescado de vez en cuando que enseñar a pescar.

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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