Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Farsa sangrienta en Siria

Por: | 27 de febrero de 2012

¿De qué se ríen? Al mirarlos con esas expresiones entre bobaliconas y obnubiladas, la única duda que cabe plantearse es si su desfachatez supera a su aislamiento del mundo que les rodea, o viceversa. Pero, al mismo tiempo, el análisis del fantasmagórico referéndum organizado por el régimen de Bachar el Asad ofrece la ventaja de que no necesitamos esperar a los resultados oficiales: sabemos que los 14 millones de potenciales votantes (sobre una población total de unos 22 millones) aprobarán abrumadoramente la reforma constitucional. Y esto será así, obviamente, no porque los sirios apoyen a su presidente sino como resultado de la misma maquinaria fraudulenta que se permitió anunciar, en el año 2000, que el entonces sorprendente sucesor del dictador Hafez el Asad se convertía en el nuevo presidente del país con el 97,2% de los votos. La misma que, en un segundo referéndum celebrado en 2007, confirmó su permanencia en el cargo con el 97,6% de respaldo popular.

Con esos antecedentes no puede sorprender ahora que, en su decidida huída hacia adelante, el régimen haya decidido montar una tercera farsa. Ni siquiera ha creído necesario detener por un instante la violencia que ejerce contra su propia población, convencido de que los 7.600 muertos ya acumulados apenas cuentan en la compleja ecuación que caracteriza hoy su pugna por mantenerse en el poder contra viento y marea.

A nadie puede hoy convencer Bachar El Asad y sus secuaces con sus cosméticos gestos de reforma. Basta recordar que el texto constitucional que ayer se refrendó ha sido elaborado por 29 personas designadas directamente por el régimen. Con él se pone fin a un sistema de partido único (el Baaz) que se remonta a 1963; pero se deja abierto el camino para que el propio El Asad siga en el cargo hasta 2028. En paralelo se anuncian unas elecciones (que serían ya multipartidistas) en un plazo de noventa días tras el referéndum, para las que ninguno de los verdaderos opositores de hoy tendrá tiempo ni medios para prepararse con ciertas expectativas de éxito.

Aunque ninguno de estos pasos suponga una respuesta válida para la oposición ni para el conjunto de la ciudadanía, el mensaje más evidente de esta mascarada del régimen es su voluntad de seguir resistiendo en el poder. Frente a esa actitud, las divergencias entre la oposición- no solo por choques personalistas, sino también en relación con la mejor estrategia (pacífica o violenta) a adoptar- y las no menos graves entre la comunidad internacional- como acaba de poner de manifiesto la escasamente útil reunión de Túnez, en la que los saudíes apuestan por armar a los rebeldes, mientras otros (como algunos europeos y Washington) optan por las sanciones económicas y otros (como Rusia y China) prefieren ni asistir- siguen ofreciendo desgraciadamente vías de alivio a un régimen que, en cualquier caso, ya ha dejado de tener futuro.

Somalia, hoy como ayer, sigue metida en el túnel

Por: | 24 de febrero de 2012


Londres ha vuelto a ser el escenario de un nuevo ejercicio de la diplomacia viajera que caracteriza estos tiempos, reuniendo a representantes de 55 gobiernos y organizaciones internacionales interesadas en encontrar una salida para Somalia. Desde 1991 este país- del que siempre se destaca su importante posición geopolítica en la entrada/salida al/del mar Rojo (reflejando que eso es lo único que realmente interesa)- aparece en todos los listados de Estados frágiles, y en los que recogen a los países más pobres del mundo, a los más violentos y a los más asolados por continuas crisis humanitarias. Hoy, tras la reunión de Londres, hay que hacer un supremo esfuerzo de imaginación para suponer que está próxima la salida de ese negro túnel en el que llevan tantos años inmersos los alrededor de 10 millones de somalíes.

Y esto es así- como señala acertadamente un reciente informe de Oxfam- tanto por culpa de los propios somalíes como de la comunidad internacional. Si para algunos de los primeros la permanente inestabilidad del país les sirve para campear a sus anchas en busca de su propio enriquecimiento, aunque sea a costa de la miseria de la inmensa mayoría; la generalidad de los segundos apenas parecen interesados en nada que no sea hacer frente a la piratería- que afecta a sus intereses comerciales- y al terrorismo promovido por grupos como Al Shabaab- vinculado a Al Qaeda. Actuar de este modo supone centrarse exclusivamente en lo que no son más que síntomas de problemas estructurales que hunden sus raíces en la falta de expectativas de poder llevar una vida digna para la práctica totalidad de sus habitantes, amenazados simultáneamente por las recurrentes crisis alimentarias y por la violencia de quienes pugnan por controlar ese territorio (sean actores locales o algunos de los vecinos más próximos).

La única noticia positiva de esta semana no proviene de Londres sino del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, al aprobar la Resolución 2036, que amplía el mandato de la fuerza internacional de paz (AMISOM) para reforzar su tarea de protección de civiles y que autoriza el aumento del contingente en 5.000 efectivos, para llegar hasta los 17.731 (con tropas de Uganda y Burundi, a las que se añaden ahora las de Yibuti y Kenia). Pero esto no compensa en modo alguno la imagen que transmite el comunicado final de la reunión promovida por el gobierno de David Cameron.
En él se confirma la decisión de dar por finalizada el próximo mes de agosto la tarea del (débil e ineficaz) Gobierno Federal de Transición. Eso significa, por un lado, que se acepta de facto la fragmentación del país en entidades regionales muy inestables (de las que Somaliland, Puntland y Galmudug son las más conocidas). Por otro, implica que a la espera de que se constituya una Asamblea Constituyente y se apruebe una nueva Carta Magna, los destinos de Somalia quedarán en manos de un grupo indeterminado de países que gestionarán los asuntos nacionales (en abierta contradicción con la proclama oficialista de que el futuro del país está en manos de sus habitantes).

En un forzado ejercicio esperanzador, los asistentes a la reunión londinense se declaran convencidos de que “el país está saliendo de la peor crisis humanitaria a nivel mundial”. No creo que ni los refugiados de Dadaab ni los hambrientos somalíes- que deambulan por su país sin más esperanza que la de encontrar a alguna organización humanitaria que les permite malvivir un día más- estén de acuerdo con afirmaciones de este tipo. Esos mismos ilustres visitantes tampoco parecen ver problemas en el hecho de que Somalia esté hoy inmersa en una guerra en la que tropas extranjeras (de Kenia y Etiopía) se mueven en función de sus propios intereses, mientras Al Shabaab está lejos de haber sido derrotada.

¿Cómo hacer para que se enteren de que, por encima de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en juego, lo fundamental es atender a la desesperada situación humanitaria, creando condiciones que permitan satisfacer las necesidades básicas del conjunto de la población y que garanticen el respeto de los derechos humanos? Quizás en Estambul, próxima estación de esta feria de vanidades, encontremos la respuesta.

Yemen, el prototipo negativo

Por: | 20 de febrero de 2012

A riesgo de que los resultados del inminente plebiscito sean una sorpresa mayúscula, Yemen constituye uno de los ejemplos más claros del ilusionismo político que lleva a algunos a ver una “primavera árabe” donde, de momento, la floración se retrasa a ojos vista. Hay que tener mucha imaginación para suponer que lo que decidan los yemeníes mañana supondrá el advenimiento de un gobierno representativo y legítimo más allá de la formalidad teatral de una convocatoria en la que todas las cartas están marcadas desde el inicio. Y de poco sirve en este caso volver a recordarle a una ciudadanía mayoritariamente harta de ver relegados sus anhelos de bienestar y libertad que los cambios de sistema necesitan tiempo.

Con estos mimbres no parece previsible que la cesta resultante les resulte más atractiva y que, como por ensalmo, la democracia asome en el horizonte de un país fragmentado, con un movimiento de rebelión liderado por los huthis en el norte- en torno al grupo Ansar Alá-, otro independentista en el sur- impulsado por Al Harak- y con Al Qaeda para la Península Arábiga aprovechando que el aparato represivo está entretenido en otros asuntos.

Lo que vive Yemen hoy es la continuación de la política por los mismos medios de costumbre. Es decir, un mero cambio de cara cocinado a espaldas de sus casi 24 millones de empobrecidos habitantes, que obliga a aceptar como nuevos dirigentes a Abdrabbo Mansur Hadi- conocido colaborador del depuesto Saleh desde su puesto de vicepresidente-, acompañado de toda la parentela del mismo Saleh- tanto desde sus puestos en la milicia y los servicios de inteligencia como al frente de las principales actividades lucrativas del país. Solo quedará por comprobar dónde se ubican personajes como Hamid Al Ahmar- líder del principal partido, Islah, y cabeza visible de la poderosa confederación tribal Al Hashed- y el general Ali Mohsen- miembro destacado de la tribu Al Ahmar, compañero de armas de Saleh durante años y líder militar de los rebeldes.

En una nueva muestra de descarnado pragmatismo, la comunidad internacional parece dispuesta a bendecir la farsa. Y el régimen saudí el primero- el mismo que ha impulsado, en un súbito arrebato de defensa de los derechos humanos, la reciente resolución de la Asamblea General de la ONU contra el régimen sirio, en un nuevo ejercicio del viejo “atiende a lo que digo y no a lo que hago”-. A lo máximo que se aspira, en consecuencia, es a que el nuevo acuerdo sea aceptado por los principales líderes tribales, en la medida en que se sientan relativamente satisfechos con la parte de la tarta que consigan en el reparto de prebendas. El resto, quedará pendiente hasta la próxima vuelta de tuerca. Ojalá que no sea más violenta.

Irán y EE UU aflojan la tensión

Por: | 17 de febrero de 2012

En el enrevesado juego que se viene desarrollando en torno a Irán desde hace años, los últimos acontecimientos apuntan a una reducción de la tensión belicista, en medio de otros datos que nos recuerdan que la guerra encubierta sigue desarrollándose sin pausa. Así, entre estos últimos, han destacado las acusaciones contra Teherán por atentar contra intereses israelíes en lugares tan dispares como Georgia, India y Tailandia. Resulta tan creíble la implicación iraní en este tipo de actividades como la de Israel en el asesinato de científicos iraníes o en la contaminación de su sistema informático con el virus Stuxnet; puesto que ambos buscan la anulación de lo que perciben como amenaza a sus intereses. No deja de sorprender, en todo caso, la diferencia en el tratamiento mediático de estos hechos, de manera que Teherán aparece inmediatamente (con o sin pruebas) como culpable, mientras que se tiende a diluir la responsabilidad de Tel Aviv en una nebulosa interesada.

No resulta tranquilizador, de todos modos, que el régimen iraní anuncie la entrada en funcionamiento de 3.000 nuevas centrifugadoras (que se suman a las 6.000 ya activas), lo que le permite seguir adelante con su proceso de enriquecimiento de uranio más allá del 20% y aumentar el material susceptible de ser usado para fines militares (aunque la reciente misión de la AIEA no ha deparado nuevas acusaciones). El grandilocuente anuncio efectuado por el debilitado presidente Mahmud Ahmadineyad no cambia en esencia la situación, y debe ser entendido en clave interna- ante la inminencia de unas elecciones parlamentarias previstas para el 2 de marzo- y como parte del “farol” al que todo jugador de póquer está casi obligado para inquietar a sus oponentes.

En paralelo a esta dinámica, y eso cabe verlo en términos positivos, ambos bandos parecen ahora interesados en rebajar la tensión, dejando espacio a la diplomacia. Por una parte, Teherán ha decidido cancelar los ejercicios navales Gran Profeta que, en su séptima edición, deberían comenzar en estos días a cargo del poderoso Cuerpo de los Guardianes de la Revolución Islámica. Su renuncia momentánea a esa demostración de fuerza en aguas del Golfo Pérsico ha venido acompañada de la suspensión del ejercicio Austere Challenge 12, que Washington y Tel Aviv habían previamente anunciado también para este mismo mes (ahora se pospone para el próximo octubre). Además, Teherán ha enviado una carta oficial a la Unión Europea proponiendo la reapertura de las negociaciones sobre el programa nuclear, insistiendo en que ambas partes deben participar sin imponer condiciones previas (hasta ahora Bruselas siempre ha insistido en exigir de entrada la renuncia de Irán a enriquecer uranio, a pesar de que esa actividad esté permitida por el TNP, del que este país es firmante).

Nadie puede llamarse a engaño, pensando que esto indica un cambio sustancial de tendencia. Más bien cabe imaginar que se trata de un movimiento táctico en un juego en el Teherán se acerca a su objetivo- liderar Oriente Medio-, Washington necesita a los iraníes para poder desengancharse de la región- y Tel Aviv y algunas capitales árabes (como Riad) temen que los dos anteriores puedan entenderse a su costa.

En Sudán del Sur las cuentas no cuadran

Por: | 14 de febrero de 2012

En el país más joven del planeta las cuentas no cuadran. Por un lado, se estima que el presupuesto anual de defensa se eleva a los 600 millones de dólares (un 80% en salarios), lo que supone el 40% del presupuesto estatal, como resultado de una dinámica de militarismo agudo y violencia creciente. Mientras las inseguras fronteras con su vecino del norte están prácticamente cerradas, el gobierno de Salva Kiir acaba de anunciar un plan para llegar a obtener 11,4 millones de dólares mensuales en ingresos fiscales no aduaneros (hoy solo son 3,7). Eso supondría solo 136 millones al año, insuficientes para pagar ni siquiera los salarios de policías, militares y empleados de los parques nacionales (en un número que ronda las 300.000 personas). Si estos funcionarios no reciben sus salarios no solo se verá afectada la actividad económica, sino la situación de seguridad, por la tentación que tendrán muchos de ellos de valerse de sus armas para satisfacer sus necesidades básicas.

Y todo eso ocurre en un contexto definido por el cierre de la producción petrolífera (fuente del 98% de los ingresos de Juba), en una decisión extrema adoptada el pasado mes, que pretende obligar a Jartum a reconsiderar su intento de obtener un peaje de 38 dólares por cada barril de petróleo procedente del sur que atraviesa su territorio (cabe recordar que hasta hoy todo lo que se produce en el sur sale por puertos (sobre todo por Port Sudán) ubicados en el norte). Juba ya ha exigido a Jartum, sin éxito, que devuelva los 815 millones de dólares que se ha cobrado ya en especie en el segundo semestre del pasado año (sobre un total de exportaciones petrolíferas de 3.200).

Ni que decir tiene que, en paralelo, sigue sin resolverse el contencioso fronterizo que afecta a los Estados de Nilo Azul y Kordofan del Sur (especialmente en la rica zona petrolífera de Abyei), se multiplica la violencia interna (sobre todo en Jonglei), aumentan los desplazamientos de ciudadanos del nuevo Estado hacia el sur (en respuesta a la creciente animadversión que muestra contra ellos el gobierno de Jartum, que ha establecido un plazo definitivo para que abandonen el país antes de finales del próximo mes de abril), y la inseguridad alimentaria afecta ya a no menos de 4,7 millones de personas (según el PMA y la FAO).

A este ritmo, si algún día la paz llega a la zona puede que no queden muchos para disfrutarla. Nada indica que la llamada de emergencia de la ONU- cifrada en 763 millones de dólares- esté siendo atendida adecuadamente. Tampoco cabe albergar muchas esperanzas sobre las negociaciones entre Juba y Jartum que se celebran nuevamente en la capital etíope. Tal vez la única esperanza actual tenga que ver (cómo no) con el interés de actores externos por explotar el petróleo de la zona. Ya se habla de planes para construir nuevos oleoductos- uno hacia Kenia y otro hacia Yibuti- que librarían a Juba de la mano corrupta de Jartum… aunque en el camino puede caer en otras manos no demasiado recomendables. Entretanto, los 9 millones de ciudadanos de ese nuevo Estado no logran ver la luz al final del largo túnel en el que están sumidos. ¿Importa a alguien?

Los árabes que no salen en la tele

Por: | 10 de febrero de 2012

Cuando ya ha pasado más de un año desde el arranque de las movilizaciones ciudadanas en algunos países árabes, resulta cada vez más difícil compartir la idea de que estamos asistiendo al florecimiento de una “primavera árabe”. En primer lugar porque, con la todavía titubeante excepción de Túnez, ninguno de los demás ha logrado asentar un proceso que implique un verdadero cambio de régimen. Por otro lado, porque por muy positiva que sea la desaparición de cuatro dictadores de la escena política mundial- Ben Ali, Mubarak, Gadafi y Saleh-, lo único que realmente ha ocurrido en esos casos es poco más que un cambio de caras, sin que se hayan conseguido desmantelar las estructuras de poder corrupto, represivo e ineficiente que lastran el futuro de millones de personas. Además, porque de los 22 países integrados en la Liga Árabe son mayoría aquellos en los que no se han registrado apenas movimientos sociales o lo han hecho en una magnitud muy reducida.

No hace falta pensar en Yibuti o Comores, que solo a duras penas logramos ubicar en el mapa de África, sino que muchos otros- como Arabia Saudí, Líbano, Sudán, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Omán, Mauritania y Somalia- no dan la impresión de estar inmersos en procesos de contestación social generalizada. O, al menos, así parece a los ojos de un espectador/lector medianamente informado en Occidente. Por supuesto, en todos esos países se dan parecidas causas estructurales que explicarían, por sí solas, la emergencia de una oposición ciudadana deseosa de mejorar sus niveles de bienestar y de poder gozar de derechos políticos plenos. Pero, por diferentes razones, los gobernantes de turno están logrando frenar esas ansias, bien sea a través de la compra de la paz social por medios clientelares- subvenciones y cooptación, sobre todo-, bien con métodos represivos o con reformas cosméticas, o con una efectiva mezcla de todos esos ingredientes.

En estas condiciones, cuando resulta tan difícil expresar una real satisfacción por lo que está ocurriendo en Egipto, Libia o Yemen (y mucho menos en Siria), se pone de manifiesto la enorme dificultad a la que se enfrenta la ciudadanía árabe para superar unos sistemas manifiestamente mejorables, que han contado con el sostenido apoyo de las potencias occidentales desde hace décadas.

Es cierto que un cambio estructural no puede darse de manera súbita. Pero conviene no recrearse en esa idea- que llevaría a adoptar una actitud contemplativa ante los avances y retrocesos que se produzcan-, y apostar abiertamente por acompañar a esa ciudadanía en su legítima aventura. Los dictadores no van a caer como una fruta madura y lo que pueda venir a continuación no tiene por qué ser precisamente el advenimiento de la democracia. Nosotros, desde Occidente, no solo tenemos una enorme responsabilidad con lo ocurrido hasta hoy, sino que disponemos de muy variados e importantes instrumentos para coadyuvar a que el viento sople en una dirección o en otra. Veremos.

Idas y vueltas entre palestinos

Por: | 07 de febrero de 2012

Mientras aumenta la temperatura política en torno a Israel-Irán, en la escena palestina se registran movimientos menos visibles pero igualmente relevantes. El más importante de ellos ha sido el acuerdo alcanzado- tras su encuentro en Doha, bajo el patrocinio del emir qatarí, convertido hoy en el actor más dinámico de toda la Liga Árabe (provocando recelos tanto en Riad como en otras capitales árabes)- para desbloquear la formación de un gobierno de unidad nacional, presidido por Mahmud Abbas.

Este encuentro- precedido de otro celebrado en El Cairo en diciembre pasado- es un paso más en el difícil proceso de reconciliación que Fatah y Hamás acordaron el pasado mes de abril. En él se incluye la reintegración de este último en la OLP, el intercambio de prisioneros entre ambos grupos y la puesta en marcha de un gobierno de unidad nacional encargado de organizar las elecciones presidenciales (para renovar un cargo que sigue ocupando Abbas, a pesar de haber terminado su mandato en enero de 2009) y legislativas (que permitan superar el bloqueo prácticamente total que sufre el actual gobierno y el Consejo Legislativo desde la ruptura de junio de 2007, cuando Hamás se hizo fuerte en Gaza en respuesta a la resistencia de Fatah para cederle el poder que había perdido en las urnas en enero de 2006).

Sin que el panorama se haya aclarado por completo, ambas partes parecen entender finalmente que la fragmentación intrapalestina es perjudicial para todos, facilitando a Israel que imponga una política de hechos consumados que pretende hacer inviable un hipotético Estado palestino. Ni la apuesta onusiana de Abbas- condenada al fracaso en el Consejo de Seguridad de la ONU-, ni la de Hamás- de resistencia a toda costa a la ocupación (y a Fatah)- sirven para mejorar la situación en la que malviven los más de 3,5 millones de habitantes de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este (sin olvidar a los varios millones de refugiados), y menos aún para forzar la voluntad belicista de Israel.

En esa línea, ambas partes anuncian ahora su intención de poner en marcha el nuevo gabinete de tecnócratas el próximo día 18 y organizar las elecciones a finales de este año (lo que implicaría, de confirmarse, un retraso con respecto a la fecha inicialmente prevista de mayo). Todo ello ocurre en un momento en el que Meshal parece decidido a renunciar a seguir dirigiendo la oficina política de Hamás (cargo que ocupa desde 2004) y cuando Abbas ha gastado prácticamente todo su capital político. El hecho de que sea Abbas quien dirija ese gabinete transitorio permite no solo desbloquear las discusiones- centradas hasta hoy en el rechazo de Hamás a que Salam Fayyad ocupara ese puesto-, sino que le garantizan a Abbas recuperar un cierto protagonismo.

En resumen, Hamás vuelve a hacer gala de pragmatismo, no solo evitando su ostracismo, sino volviendo a presentarse ante su propia población como un actor principal en la escena política (más aún tras haber logrado la liberación de más de 1.000 prisioneros en cárceles israelíes); a la espera de recoger los frutos en ambas convocatorias electorales. Lo acordado en Doha también obliga a la comunidad internacional a abandonar su acomodada posición de rechazo a Hamas y de aceptación del mantra israelí que de que no hay interlocutores para negociar la paz. Israel, mientras tanto, seguirá a lo suyo, sin querer entender que su estrategia de fuerza quebranta de raíz sus propios esquemas morales y arruina su imagen y sus intereses (por mucho que Washington siga cubriendo sus vergüenzas).

¿Cambios en Kuwait?, no gracias

Por: | 03 de febrero de 2012

Eso es seguramente lo que diría el emir Sabah al Ahmad al Sabah sobre la reclamación que plantea un número creciente de los 3,5 millones de habitantes de este pequeño país del Golfo, que con menos de 18.000 km2 es el sexto exportador mundial de petróleo. Pero ni el emir necesita justificar sus actos- sus prerrogativas le permiten nombrar al primer ministro, sin tener que ajustarse a los resultados de las elecciones legislativas que acaban de celebrarse, y disolver la Asamblea Nacional cuando le plazca-, ni la mayoría de quienes viven en el emirato pueden aspirar a expresar políticamente sus opiniones. Por un lado, porque no existen partidos políticos- los 286 candidatos que pugnaban por alguno de los 50 escaños, actuaban a título estrictamente individual- y, por otro, porque solo 1,2 millones de ellos tienen nacionalidad kuwaití, de los que únicamente 400.000 figuraban como potenciales votantes.

En estas condiciones, de poco sirve enfatizar el hecho de que, a diferencia de otros países de la región, al menos Kuwait tiene una Constitución, aprobada en 1962, que su Asamblea tiene competencias legislativas (no solo consultivas), o que el proceso electoral es relativamente libre y transparente. Lo que cuenta, por encima de eso, es que:
-    La composición de la Asamblea queda aguada por el simple hecho de que el emir impone que los 15 ministros (evidentemente prorégimen) ocupen también escaño parlamentario. Poca significación tiene, en consecuencia, la victoria de la alianza táctica entre islamistas (con los suníes en cabeza, mientras los candidatos chiíes han pasado de 9 a 7 escaños), liberales y líderes tribales. Todos ellos aspiran- con tanta convicción como escasa posibilidad de éxito- a promover la aprobación de partidos políticos y a limitar las prerrogativas del emir.
-    Las mujeres siguen perdiendo peso. Era la tercera vez que podían presentarse como candidatas desde mayo de 2005 y ninguna de las 23 que se animaron a hacerlo ha logrado obtener un escaño (tenían 4 hasta ahora).
-    El descontento ciudadano no hace más que aumentar. La señal no es solo el incendio de dos sedes (más por cuestiones tribales que por diferencias políticas), sino la movilización callejera (y en las redes sociales) de nuevas generaciones para las cuales la referencia no es la democracia con estándares (que ya estaría cumpliendo el régimen kuwaití si se lo compara con algunos de sus vecinos), sino la democracia a secas.

Quizás sea efecto de la ola de frío que nos invade, pero de momento resulta difícil ver algún rastro de “primavera árabe” en tierras kuwaitíes.

El País

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