¿De qué se ríen? Al mirarlos con esas expresiones entre bobaliconas y obnubiladas, la única duda que cabe plantearse es si su desfachatez supera a su aislamiento del mundo que les rodea, o viceversa. Pero, al mismo tiempo, el análisis del fantasmagórico referéndum organizado por el régimen de Bachar el Asad ofrece la ventaja de que no necesitamos esperar a los resultados oficiales: sabemos que los 14 millones de potenciales votantes (sobre una población total de unos 22 millones) aprobarán abrumadoramente la reforma constitucional. Y esto será así, obviamente, no porque los sirios apoyen a su presidente sino como resultado de la misma maquinaria fraudulenta que se permitió anunciar, en el año 2000, que el entonces sorprendente sucesor del dictador Hafez el Asad se convertía en el nuevo presidente del país con el 97,2% de los votos. La misma que, en un segundo referéndum celebrado en 2007, confirmó su permanencia en el cargo con el 97,6% de respaldo popular.
Con esos antecedentes no puede sorprender ahora que, en su decidida huída hacia adelante, el régimen haya decidido montar una tercera farsa. Ni siquiera ha creído necesario detener por un instante la violencia que ejerce contra su propia población, convencido de que los 7.600 muertos ya acumulados apenas cuentan en la compleja ecuación que caracteriza hoy su pugna por mantenerse en el poder contra viento y marea.
A nadie puede hoy convencer Bachar El Asad y sus secuaces con sus cosméticos gestos de reforma. Basta recordar que el texto constitucional que ayer se refrendó ha sido elaborado por 29 personas designadas directamente por el régimen. Con él se pone fin a un sistema de partido único (el Baaz) que se remonta a 1963; pero se deja abierto el camino para que el propio El Asad siga en el cargo hasta 2028. En paralelo se anuncian unas elecciones (que serían ya multipartidistas) en un plazo de noventa días tras el referéndum, para las que ninguno de los verdaderos opositores de hoy tendrá tiempo ni medios para prepararse con ciertas expectativas de éxito.
Aunque ninguno de estos pasos suponga una respuesta válida para la oposición ni para el conjunto de la ciudadanía, el mensaje más evidente de esta mascarada del régimen es su voluntad de seguir resistiendo en el poder. Frente a esa actitud, las divergencias entre la oposición- no solo por choques personalistas, sino también en relación con la mejor estrategia (pacífica o violenta) a adoptar- y las no menos graves entre la comunidad internacional- como acaba de poner de manifiesto la escasamente útil reunión de Túnez, en la que los saudíes apuestan por armar a los rebeldes, mientras otros (como algunos europeos y Washington) optan por las sanciones económicas y otros (como Rusia y China) prefieren ni asistir- siguen ofreciendo desgraciadamente vías de alivio a un régimen que, en cualquier caso, ya ha dejado de tener futuro.