Si finalmente se cumple lo que acaba de anunciar el vicepresidente del Consejo Nacional Transitorio (CNT), el próximo día 6 se producirá la transferencia de poder a manos del gobierno salido de las elecciones del pasado día 7. En todo caso, sería muy aventurado suponer que ese acto formal confirma la salida del túnel en el que los libios han estado metidos desde el inicio de la rebelión contra Muamar el Gadafi (¿o mejor sería decir desde el fin de la descolonización italiana en 1951?).
De las recientes elecciones debe salir no solo un nuevo gobierno y un nuevo parlamento- en los que no podrán estar presentes quienes han ocupado cargos significados en el anterior régimen o en el CNT-, sino también una nueva Constitución, que posteriormente tendrá que ser refrendada- antes de final de año, si se cumplieran las previsiones-, para rematar con nuevas elecciones legislativas (y, previsiblemente también, presidenciales). Queda un largo trecho, por tanto, antes de que se pueda confirmar cuál es el perfil definitivo que puede acabar teniendo un país de apenas 6,5 millones de habitantes, localizados en una superficie que es más del triple que la española y bajo cuyo suelo se localizan las mayores reservas petrolíferas de África.
A tenor de los resultados (todavía no definitivos) de las últimas elecciones, resulta cuando menos sorprendente la premura con la que los medios de comunicación occidentales (con la complacencia de los máximos dirigentes del CNT) han querido convencernos de la victoria de los partidos no islamistas. Un juicio como ése es, como mínimo, interesadamente equivocado. Basta con recordar que de los 200 miembros de la nueva asamblea nacional, solo 80 ocuparán sus escaños como miembros de un partido político. Por tanto, el hecho de que haya sido la Alianza de Fuerzas Nacionales, liderada por Mahmud Jibril, la posible vencedora entre los más de cien partidos que han presentado candidatos tiene un significado muy limitado.
En primer lugar, por el perfil del propio Jibril- ex ministro durante el régimen de Gadafi y colíder de la rebelión cuando entendió que el barco del dictador se hundía irremisiblemente. Aunque no ha podido presentarse a las elecciones (en virtud de la regla citada anteriormente), ya se apunta a su posible nombramiento como primer ministro del próximo gobierno (para lo que seguramente contará con las bendiciones occidentales, en la medida en que sirve como interlocutor válido, más allá de la sinceridad de sus posibles convicciones democráticas). La Alianza que dirige es un conglomerado difícilmente manejable de no menos de 60 partidos y unas 200 asociaciones de la sociedad civil, amasada a última hora al calor de la posible victoria. Más allá de ese punto de confluencia, se desconoce cuál puede ser su propuesta programática para liderar Libia en esta nueva etapa.
Pero el elemento principal que lleva a cuestionar la supuesta victoria de Jibril es el simple hecho de que los otros 120 diputados son actores independientes, en los que cabe suponer que es mucho mayor el peso de los factores clánicos, tribales o de simple cálculo mercantilista que lo que puedan determinar posibles alineamientos partidistas. En consecuencia, hoy por hoy, no es posible dilucidar cuál será el peso del islamismo político- con actores tan relevantes como Abdelhakim Belhaj al frente del partido El Watan, o Ali Sallabi, líder del islamismo moderado-, ni de ninguna otra fuerza.
Y todo eso ocurre en el decisivo momento en el que se va a perfilar la orientación de un país que se enfrenta, al mismo tiempo, a una innegable fragmentación regional (con la Cirenaica cada vez más reticente a asumir el protagonismo que va adquiriendo la Tripolitania) y a una nebulosa de milicias armadas que difícilmente van a aceptar un reparto de poder que vaya contra de sus intereses más inmediatos.