Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

África tiene presidenta

Por: | 16 de julio de 2012

Sin duda, el resultado más notable de la XIX sesión ordinaria de la Asamblea de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Africana (UA), ha sido el nombramiento de Nkosazana Dlamini-Zuma como presidenta de la Comisión de la organización continental (no confundir con la presidencia rotatoria de la organización, actualmente en manos del presidente de Benin, Thomas Yayi Boni). Y esto es así, en primer lugar, porque los 54 miembros de la organización han logrado salir del impasse en el que estaban sumidos desde hacía meses, como lo demuestra el hecho de que en su anterior reunión (enero de este año) no lograron ni reelegir al gabonés Jean Ping ni nombrar a ningún otro candidato.

Ahora, con la elección de Dlamini-Zuma, la UA oficializa la llegada de una mujer al más alto puesto ejecutivo de la Comisión de la UA, desde su arranque en 2002. En un rasgo más de la frivolidad con la que habitualmente se trata en ciertos círculos de opinión a la presencia de las mujeres en la vida pública, han sido mayoría los medios de comunicación que han preferido resaltar el hecho de que se trata de la ex mujer del actual presidente sudafricano, Jacob Zuma, que el más sobresaliente de que es la ministra de interior de ese mismo país y que ya en enero pasado fue la alternativa a Ping (aunque se retiró circunstancialmente al no alcanzar los votos necesarios).

Con su designación se materializa asimismo la novedad de que sea una candidata apoyada por el grupo de países anglófonos, desplazando por tanto a los francófonos, que hasta ahora habían dominado esta, en todo caso, precaria organización continental de la que Marruecos sigue autoexcluida (como reacción al reconocimiento de la RASD como miembro de pleno derecho).

Con el respaldo de los 37 votos que la han aupado a la presidencia, Dlamini-Zuma tiene ante sí una agenda que, a buen seguro, muchos no le envidiarán. Y esto es así no solo porque se enfrentará de inmediato a la dificultad para cerrar la brecha interna (anglófonos/francófonos) que ha ralentizado la marcha de la organización a lo largo de su todavía corta historia. Además, tendrá que lidiar con una agenda de seguridad que supera las capacidades reales (tanto políticas como militares) de la UA, tanto en lugares tan problemáticos como República Democrática del Congo- en plena ofensiva del movimiento M23, liderado por un Bosco Ntaganda buscado por la Corte Penal Internacional- o Malí- con una fractura interna que puede provocar aún nuevos episodios de violencia-, como en tantos otros en los que florecen conflictos endémicos que lastran el futuro de poblaciones enteras.

Por si esto no fuera suficiente, la nueva presidenta ha heredado todos los problemas que arrastra África desde hace demasiado tiempo. Baste con mencionar la lentitud en el campo del desarrollo, como pone de manifiesto la previsión de que no se cumplirán los Objetivos de Desarrollo del Milenio más que en casos aislados. A esto se suma, entre otras variables, la creciente competencia entre importantes actores externos por seguir controlando sus ingentes riquezas, lo que no cabe entender directamente como una buena noticia para los más de 900 millones de africanos. Tampoco resulta fácil modular los intereses de algunos países que pretenden liderar el continente, ni los de las instancias subregionales ya existentes, dando cabida a una entidad continental que adolece de falta de voluntad de sus miembros para dotarla de capacidades, en la medida en que son muchos aún quienes la perciben como un intruso o como un instrumento de intereses ajenos.

Suerte en todo caso a la nueva presidenta.

Quo vadis, Libia?

Por: | 11 de julio de 2012

Si finalmente se cumple lo que acaba de anunciar el vicepresidente del Consejo Nacional Transitorio (CNT), el próximo día 6 se producirá la transferencia de poder a manos del gobierno salido de las elecciones del pasado día 7. En todo caso, sería muy aventurado suponer que ese acto formal confirma la salida del túnel en el que los libios han estado metidos desde el inicio de la rebelión contra Muamar el Gadafi (¿o mejor sería decir desde el fin de la descolonización italiana en 1951?).

De las recientes elecciones debe salir no solo un nuevo gobierno y un nuevo parlamento- en los que no podrán estar presentes quienes han ocupado cargos significados en el anterior régimen o en el CNT-, sino también una nueva Constitución, que posteriormente tendrá que ser refrendada- antes de final de año, si se cumplieran las previsiones-, para rematar con nuevas elecciones legislativas (y, previsiblemente también, presidenciales). Queda un largo trecho, por tanto, antes de que se pueda confirmar cuál es el perfil definitivo que puede acabar teniendo un país de apenas 6,5 millones de habitantes, localizados en una superficie que es más del triple que la española y bajo cuyo suelo se localizan las mayores reservas petrolíferas de África.

A tenor de los resultados (todavía no definitivos) de las últimas elecciones, resulta cuando menos sorprendente la premura con la que los medios de comunicación occidentales (con la complacencia de los máximos dirigentes del CNT) han querido convencernos de la victoria de los partidos no islamistas. Un juicio como ése es, como mínimo, interesadamente equivocado. Basta con recordar que de los 200 miembros de la nueva asamblea nacional, solo 80 ocuparán sus escaños como miembros de un partido político. Por tanto, el hecho de que haya sido la Alianza de Fuerzas Nacionales, liderada por Mahmud Jibril, la posible vencedora entre los más de cien partidos que han presentado candidatos tiene un significado muy limitado.

En primer lugar, por el perfil del propio Jibril- ex ministro durante el régimen de Gadafi y colíder de la rebelión cuando entendió que el barco del dictador se hundía irremisiblemente. Aunque no ha podido presentarse a las elecciones (en virtud de la regla citada anteriormente), ya se apunta a su posible nombramiento como primer ministro del próximo gobierno (para lo que seguramente contará con las bendiciones occidentales, en la medida en que sirve como interlocutor válido, más allá de la sinceridad de sus posibles convicciones democráticas). La Alianza que dirige es un conglomerado difícilmente manejable de no menos de 60 partidos y unas 200 asociaciones de la sociedad civil, amasada a última hora al calor de la posible victoria. Más allá de ese punto de confluencia, se desconoce cuál puede ser su propuesta programática para liderar Libia en esta nueva etapa.

Pero el elemento principal que lleva a cuestionar la supuesta victoria de Jibril es el simple hecho de que los otros 120 diputados son actores independientes, en los que cabe suponer que es mucho mayor el peso de los factores clánicos, tribales o de simple cálculo mercantilista que lo que puedan determinar posibles alineamientos partidistas. En consecuencia, hoy por hoy, no es posible dilucidar cuál será el peso del islamismo político- con actores tan relevantes como Abdelhakim Belhaj al frente del partido El Watan, o Ali Sallabi, líder del islamismo moderado-, ni de ninguna otra fuerza.

Y todo eso ocurre en el decisivo momento en el que se va a perfilar la orientación de un país que se enfrenta, al mismo tiempo, a una innegable fragmentación regional (con la Cirenaica cada vez más reticente a asumir el protagonismo que va adquiriendo la Tripolitania) y a una nebulosa de milicias armadas que difícilmente van a aceptar un reparto de poder que vaya contra de sus intereses más inmediatos.

También en Mali el enemigo de mi enemigo es mi amigo

Por: | 04 de julio de 2012

Con sus algo más de 14 millones habitantes malviviendo con una renta per cápita que apenas supera los dos euros diarios y unos efectivos militares que equivalen al número de kilómetros de fronteras (7.300) compartidas con siete Estados, Mali es caracterizado desde su independencia en 1959 como uno de los Estados más frágiles ubicados en el Sahel. Identificados como una minoría que no parece superar el 5-6% de la población total, los tuareg se han sentido tradicionalmente discriminados por Bamako (fueran los colonizadores franceses o los gobernantes locales) y en repetidas ocasiones se han levantado violentamente contra el poder central desde sus reductos en las regiones de Kidal, Gao y Tombuctú (donde suponen un tercio de la población de un territorio que globalmente abarca las dos terceras partes del territorio nacional).

En la más reciente de esas movilizaciones, iniciada en enero de este año, han aprovechado no solo la concentración en la capital de las limitadas y escasamente operativas fuerzas armadas- para hacer frente al golpe de Estado promovido el 21 de marzo contra el presidente Amadou Toumani Touré, bajo el liderazgo del capitán Hamadou Haya Sanogo-, sino también una crecida capacidad militar derivada de su participación en la crisis libia- donde actuaron en apoyo del defenestrado Gadafi. Desde entonces han logrado mantener sus posiciones y hasta materializar de facto la secesión del país, con la proclamación de Azawad como Estado independiente (rechazado por la comunidad internacional).

En los intentos por poner fin al problema, la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados del África Occidental) ha venido ejerciendo un cierto protagonismo, en un juego que combina la acción diplomática con la presión militar y el establecimiento de alianzas todavía difusas que pretenden resolver el problema sin necesidad de implicarse directamente en el campo de batalla. Así, en el primer terreno, se acaba de convocar una minicumbre subregional para el próximo día 7 que pretende convencer a los actores enfrentados de la necesidad de resolver pacíficamente las diferencias, evitando la secesión definitiva del país. Con esa misma idea, el pasado día 2 tomó la decisión de enviar de inmediato 3.000 efectivos militares a Mali con el fin de apoyar el proceso de transición política todavía en ciernes.

En cuanto a las posibles alianzas, ése es precisamente el punto que genera mayor recelo. Aunque es imposible reducir la enorme diversidad de actores que se identifican bajo el concepto de rebeldes (desde contrabandistas y criminales de todo tipo hasta yihadistas, mercenarios, desertores de las fuerzas armadas, nacionalistas tuareg y líderes tribales), la línea divisoria más precisa que hoy define la situación en el norte del país es la que separa a los grupos seculares– con el Movimiento Nacional por la Liberación del Azawad (MNLA)- de los de perfil islamista/yihadista- con Ansar Eddine y el Movimiento por la Unidad y la Yihad en África Occidental como los principales. El primero, liderado desde octubre pasado por Bilal Ag Acherif (hoy recuperándose de sus heridas en suelo de Burkina Faso), cuenta con unos 1.000 combatientes y plantea abiertamente una secesión. El segundo- con Iyad Ag Ghali a la cabeza, desde su base principal en la zona de Tombuctú- y el tercero- ligado a Al Qaeda para el Magreb Islámico- parecen estar incrementando su colaboración sobre el terreno. Así se deduce, por ejemplo, de un comunicado emitido el pasado 28 de junio, por el que ambos dicen tener las tres regiones del norte bajo su control.

En función de los últimos movimientos, podría estar concretándose una dinámica, impulsada por la CEDEAO (y por actores extraregionales como EE UU y Francia, inquietos por lo que prefieren leer únicamente en clave terrorista), para convertir al MNLA en el instrumento para evitar la consolidación de los dos citados grupos yihadistas. Esto supondría optar por una táctica cortoplacista, que prefiere olvidar que el MNLA es un movimiento secesionista y, por tanto, una seria amenaza a la unidad del país. Guiados por el viejo lema de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, además de alimentar a un actor que puede terminar por generar mañana muchos más problemas, este enfoque también muestra la falta de voluntad de la comunidad internacional y de las organizaciones africanas por implicarse más directamente en la búsqueda de soluciones. Veremos.

El País

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