Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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Once años después del 11-S... y seguimos

Por: | 12 de septiembre de 2012

Pasa el tiempo sin desmayo tanto para las víctimas de los ataques y sus familiares como para los responsables de la lucha contra el terrorismo y para todos nosotros, que somos permanentes víctimas potenciales. Y en esa clave, aunque el guión oficial estadounidense insista en que el país es hoy más seguro que hace once años, nada justifica el forzado optimismo de quienes quieren convencernos de que Al Qaeda ha sido diezmada. En el balance provisional que cabe establecer desde el fatídico 11-S son mucho más acusados los errores y las incapacidades demostradas en tratar una amenaza como la terrorista. Para comprobarlo basta con repasar telegráficamente algunos asuntos:

-      Hoy, como ayer, la comunidad internacional sigue siendo incapaz de establecer una definición consensuada sobre el concepto mismo de terrorismo. Cada uno (ONU, UE, EE UU) elabora su propia lista sobre los grupos que considera como tales. Y no son pocas las ocasiones- bajo el influjo de la nefasta “guerra contra el terror”, que ha contaminado hasta el extremo la agenda de seguridad internacional desde su lanzamiento por la no menos nefasta administración Bush-en las que se ha abusado del calificativo de terrorista para así justificar mejor la eliminación de todo enemigo.

-      Con demasiada frecuencia se sigue abordando la amenaza terrorista como el producto exclusivo de locos y fanáticos. Incluso se ha llegado a decir que quien pretende analizar sus causas está justificando esa opción violenta. No se ha querido entender que hay un caldo de cultivo que facilita el florecimiento de estos grupos- fundamentado en la aplicación internacional de dobles varas de medida sobre los comportamientos de unos y otros y en la persistencia de focos de desigualdad insoportables dentro de un mismo territorio.

-      De ahí deriva un enfoque que ha optado por atender mucho más a los síntomas más visibles de la amenaza que a sus causas subyacentes. Cayendo en el error contraproducente de pensar que dar protagonismo a los medios militares- ahí están Irak y Afganistán como muestras bien visibles- es garantía de éxito.

-      Bajo ese mismo impulso, son muchos los que han jugado a confundir el auge del islamismo político con la amenaza de Al Qaeda, con la pretensión de dibujar al Islam como un enemigo homogéneo a batir por cualquier medio. Lo que nos enseña el actual proceso de despertar árabe es precisamente que la estrategia de Al Qaeda ha fracasado totalmente, en la medida en que no ha logrado la caída de ninguno de los regímenes que considera ilegítimos, mientras que la movilización ciudadana ya ha logrado cambios sustanciales en Túnez y Egipto, entre otros.

El terrorismo no nació el 11-S. Los errores cometidos por la administración Bush y por quienes la acompañaron, creyendo que había atajos en la lucha contra esa amenaza que traspasaban el marco del estado de derecho, no han hecho más que insuflar vida a quienes creen que solo les queda la violencia para obtener sus objetivos. Sabemos ya que ese no puede ser el camino. Pero también debemos saber que la lacra del terrorismo está aquí para quedarse por mucho tiempo.

En consecuencia, lo único a lo que se puede aspirar es a reducir su capacidad para impactar a una sociedad o para colapsar un Estado. Y eso pasa por la cooperación internacional, compartiendo capacidades de inteligencia, policiales y judiciales, pero también articulando mecanismos que reduzcan a niveles soportables las acusadas desigualdades que son el más claro factor belígeno que cabe identificar en muchos de los conflictos que caracterizan nuestro mundo.

Mientras tanto, ¿desde qué óptica tiene sentido que Estados Unidos gaste 1.300 millones de dólares en un (todavía inacabado) museo para conmemorar el 11-S en la “zona cero” y otros 76 en un monumento conmemorativo de los 40 muertos del vuelo United 93? ¿Mide así el grado de su dolor?

El País

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