Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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Antioccidentalismo y revueltas árabes, manipulando una vieja historia

Por: | 19 de septiembre de 2012

En una primera lectura parecería que la difusión de la bazofia filmada que denigra al profeta Mahoma ha sido la causa principal del estallido de las manifestaciones violentas que siguen salpicando varios países musulmanes desde el pasado 11-S. Sin embargo, cabe explicar lo ocurrido de manera muy distinta, no como una reacción espontánea de creyentes ofendidos por Occidente (así, en mayúsculas, como si fuera un actor homogéneo omnipotente), sino como parte de una lucha impulsada por diferentes grupos (salafistas y yihadistas) contra sus propios gobiernos (tanto los nuevos, como en Túnez, Libia y Egipto, como los de siempre, desde Afganistán a Indonesia).

De ser así, y centrándonos principalmente en los países que pretenden abrir una nueva etapa política, estaríamos ante otro ejercicio de manipulación planificado con la pretensión de movilizar a la población contra objetivos occidentales (embajadas fundamentalmente), creando problemas a unos gobernantes todavía inexpertos en la gestión de la seguridad. En un contexto en el que esos nuevos gobiernos todavía no han logrado consolidar su poder, la intención de los instigadores de esta estrategia violenta es marcar su agenda, obligándoles a renunciar a sus apoyos occidentales y forzando una huida hacia adelante en clave islamista radical, con la imposición de la sharia como única fuente de legislación en todos los órdenes de la vida individual y colectiva.

Uno de los elementos que, sin duda, facilitan este enfoque es el generalizado sentimiento antioccidental que caracteriza a estas sociedades desde hace décadas. A la larga historia de la colonización y de la connivencia con gobernantes autoritarios e insensibles a las demandas de bienestar y seguridad de sus poblaciones se une en la actualidad la percepción de que Occidente desea la ruina de los musulmanes. Sobre esa base, cabe recordar que las manifestaciones comenzaron precisamente el día en que se cumplían once años del trágico 11-S. No fue, por tanto, un acto sobrevenido sino que previamente se llevó a cabo una labor de crispada propaganda sobre la existencia de un bodrio fílmico- como en su día se hizo con la novela de Salman Rushdie o con las caricaturas de Mahoma en un periódico danés de extrema derecha. Meses después de su primera exhibición (sin que nada ocurriera entonces), los promotores de las actuales revueltas decidieron sacar de la nada esa “película” para utilizarla como excusa que sirviera a un plan que era cualquier cosa menos improvisado.

A partir de lo ocurrido algunas cosas quedan nuevamente de manifiesto:

-          El despertar árabe es, como no podía ser de otro modo, convulso y está sujeto a vaivenes que muestran simultáneamente el deseo de cambio de algunos y el sueño de inmovilismo de otros. Hoy sigue sin haber ninguna democracia árabe y ninguno de los nuevos gobiernos ha logrado consolidar su poder ni frente a los inmovilistas ni frente a los reformistas más avanzados.

-          Mientras tanto, aumenta la decepción y frustración de una población que no percibe mejoras nítidas en su nivel de bienestar y seguridad. Unos sentimientos que resulta fácil manipular en clave política contra los nuevos gobernantes.

-          El antioccidentalismo es un sentimiento con profundas raíces en el mundo árabo-musulmán. Seguirá, por tanto, constituyendo un referente movilizador para quienes (con el objetivo que sea) quieran movilizar a esas sociedades. Solo un esfuerzo sostenido y coherente con los principios y valores que definen a las sociedades democráticas podrá lograr su superación. De momento, Occidente no parece haber otorgado la necesaria prioridad a esa tarea.

-          El islamismo político no es tampoco homogéneo. Meter en el mismo saco, por poner un ejemplo, al partido Justicia y Desarrollo marroquí y a Al Qaeda del Magreb Islámico, lleva a errores tan garrafales como los acumulados por la nefasta “guerra contra el terror” de la pasada década. Se trata de unos actores que están aquí para quedarse por un tiempo y que, además, cuentan con un notable apoyo popular. Eso implica que deben ser considerados como interlocutores válidos (evitando identificarlos como enemigos a batir), procurando al mismo tiempo negar espacios a quienes apuestan por la violencia.

El País

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