Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Palestina quema sus últimos cartuchos en la ONU

Por: | 27 de septiembre de 2012

En el incesante (efímero y hasta cansino) carrusel anual de la Asamblea General de la ONU, hoy le toca el turno a Mahmud Abbas. Hace un año, desde esa misma tribuna, acaparó por un instante la atención mediática mundial al presentarse con la petición de que Palestina fuera reconocida como Estado miembro de pleno derecho de la Organización. Hoy, más debilitado y cuestionado que nunca dentro de los Territorios Palestinos, se limitará a pedir que Palestina sea aceptada como Estado observador (un estatuto similar al que tiene el Vaticano o la Unión Europea).

Abbas pretende de este modo consolidar su posición interna y movilizar a la comunidad internacional para desbloquear el eterno conflicto que Israel plantea en la zona. Pero resulta fácil pronosticar que volverá a chocar con una tozuda realidad que deja al descubierto la falta de voluntad de la comunidad internacional para romper una dinámica que le permite a Israel (con una muy directa implicación estadounidense y, como mínimo, la pasividad generalizada de los países occidentales) desarrollar una política de hechos consumados que hace inviable la existencia de una Palestina realmente soberana.

En contra de la forzadamente entusiasta declaración de Abbas hace un año, ni ha habido una “primavera palestina”, ni el Consejo de Seguridad dio curso a su petición de membresía plena. Por el contrario, hoy los Territorios viven una creciente movilización ciudadana que pide no solo la cabeza política de Salam Fayyad, primer ministro de la Autoridad Palestina (AP), sino también la del propio presidente. Tras múltiples anuncios sobre el establecimiento de un acuerdo que ponga fin a la fragmentación interna entre Hamas y Fatah, la parálisis sigue definiendo el escenario político, en tanto que el económico se deteriora día a día, hasta el punto de que las decisiones de subida de precios y de impuestos han provocado una airada respuesta popular. La decisión de dar marcha atrás en algunas de esas medidas de la AP- acompañada de una puntual transferencia de fondos desde Israel (de los impuestos que Tel Aviv recauda en nombre de la AP) y desde la Unión Europea- solo son parches de efecto momentáneo, que no permiten atisbar ninguna luz en el horizonte.

En el ámbito internacional ya se puede dar por descontado que habrá más de 150 Estados (del total de 193 miembros) que apoyarán ese nuevo estatus de observador para Palestina. La votación- que se prevé para el próximo 29 de noviembre, haciéndola coincidir con el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino- apenas permitirá a Abbas ganar algún margen de maniobra. Pero en muy poco van a poder aliviar la frustración y la desesperación de los más de 3,5 millones de palestinos que malviven en unos Territorios en los que, por un lado, la AP no ha logrado incrementar el nivel de vida y en los que, por otro, Israel dispone de absoluta libertad para seguir adelante con la ampliación de los asentamientos y el incumplimiento de sus obligaciones como potencia ocupante.

De poco sirve en contrapartida que, con su nuevo estatus de observador, la AP pueda acudir a la justicia internacional en sus denuncias contra la ocupación israelí y la violación de derechos humanos, convertidos ya en prácticas habituales en la zona. La historia de más de cuatro décadas de ocupación y la mera contabilidad de las fuerzas (y de los respectivos apoyos internacionales) con las que cuentan los israelíes y palestinos, lleva a concluir de inmediato que ese acceso a las instancias judiciales internacionales no va a modificar el rumbo que ha adoptado el conflicto.

El Mazo de la justicia turca cae sobre los golpistas

Por: | 21 de septiembre de 2012

Veinte meses después de que se hiciera pública existencia de un plan golpista contra el gobierno del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), la justicia turca acaba de dar a conocer su sentencia contra los 365 implicados en la fracasada intentona de 2003. Los hechos difundidos en enero de 2010 por el periódico liberal Taraf hacían referencia a una operación liderada por el entonces jefe del I Ejército, el general Çetin Dogan, para provocar la caída del gobierno de perfil islamista que había ganado las elecciones de noviembre de 2002. La operación se ha conocido indistintamente desde su arranque como Bayloz o Sledgehammer (Mazo).

De la documentación filtrada entonces y de las investigaciones subsiguientes se deduce que altos mandos militares (pero también algunos periodistas y altos funcionarios del Estado) estaban dispuestos a reventar dos mezquitas en Estambul durante la siempre concurrida oración de los viernes, a derribar algún avión militar (responsabilizando a Grecia), a arrestar a periodistas desafectos y a cerrar organizaciones y empresas vistas como enemigas. Todo ello, según sus planes, provocaría un estallido social que desbordaría al entonces novel gobierno y permitiría a la casta militar turca recuperar un poder que ha considerado propio desde la creación de la Turquía moderna por parte de Mustafa Kemal (1923).

La sentencia condena al general Dogan a veinte años de cárcel (reduciendo la cadena perpetua inicial por considerar que los golpistas no lograron su propósito), junto al entonces jefe del Estado Mayor de la Armada y al jefe del Estado Mayor del Ejército del Aire. Otros acusados- entre los que hay varios generales- han sido condenados a 18 años de cárcel y un total de 175 implicados más han recibido penas de 13 años de prisión. Por el contrario, un total de 34 acusados, que han reconocido explícitamente la subordinación del poder militar a las autoridades civiles, han resultado absueltos.

Sorprende positivamente, por un lado, la celeridad de la justicia turca para rematar un asunto de enorme complejidad como este. Pero también hay que considerar que se trata de un proceso que ha estado sometido a una fuerte polémica desde su arranque. Para unos, con el AKP a la cabeza, se ha visto como un golpe definitivo para doblegar a un estamento militar reacio a aceptar la voluntad popular, aferrado a su papel de garante de la secularidad impuesta por el padre fundador. Para otros, no solo los propios militares sino también algunos partidos de oposición parlamentaria, ha sido desde el principio un plan de Erdogan para laminar la resistencia de los secularistas y para allanar la imposición de una supuesta agenda oculta de perfil netamente islamista en todos los órdenes de la vida nacional. No hay que olvidar tampoco los elementos económicos en juego, derivados de la emergencia de una pujante clase empresarial afín a los postulados del AKP, frente al poder de un holding militar que ha gozado de enormes privilegios prácticamente hasta hoy.

En mitad de este delicado debate, y a pesar del desgaste que siempre supone el ejercicio del poder, cabe recordar que los votantes turcos han vuelto a revalidar en junio de 2011 la victoria del AKP, por tercera vez desde noviembre de 2002, con un porcentaje de votos aún mayor al que había cosechado en los comicios de 2007.

Visto desde el exterior, hay que volver a insistir en que las deficiencias del AKP- entre las que destaca su afán persecutorio contra la libertad de expresión y sus déficits en el ámbito de los derechos humanos- no pueden llevar a contemporizar con un rancio golpismo que nunca podrá ser la solución a los problemas que pueda tener una Turquía cuyo destino debería estar en la Unión Europea.

Antioccidentalismo y revueltas árabes, manipulando una vieja historia

Por: | 19 de septiembre de 2012

En una primera lectura parecería que la difusión de la bazofia filmada que denigra al profeta Mahoma ha sido la causa principal del estallido de las manifestaciones violentas que siguen salpicando varios países musulmanes desde el pasado 11-S. Sin embargo, cabe explicar lo ocurrido de manera muy distinta, no como una reacción espontánea de creyentes ofendidos por Occidente (así, en mayúsculas, como si fuera un actor homogéneo omnipotente), sino como parte de una lucha impulsada por diferentes grupos (salafistas y yihadistas) contra sus propios gobiernos (tanto los nuevos, como en Túnez, Libia y Egipto, como los de siempre, desde Afganistán a Indonesia).

De ser así, y centrándonos principalmente en los países que pretenden abrir una nueva etapa política, estaríamos ante otro ejercicio de manipulación planificado con la pretensión de movilizar a la población contra objetivos occidentales (embajadas fundamentalmente), creando problemas a unos gobernantes todavía inexpertos en la gestión de la seguridad. En un contexto en el que esos nuevos gobiernos todavía no han logrado consolidar su poder, la intención de los instigadores de esta estrategia violenta es marcar su agenda, obligándoles a renunciar a sus apoyos occidentales y forzando una huida hacia adelante en clave islamista radical, con la imposición de la sharia como única fuente de legislación en todos los órdenes de la vida individual y colectiva.

Uno de los elementos que, sin duda, facilitan este enfoque es el generalizado sentimiento antioccidental que caracteriza a estas sociedades desde hace décadas. A la larga historia de la colonización y de la connivencia con gobernantes autoritarios e insensibles a las demandas de bienestar y seguridad de sus poblaciones se une en la actualidad la percepción de que Occidente desea la ruina de los musulmanes. Sobre esa base, cabe recordar que las manifestaciones comenzaron precisamente el día en que se cumplían once años del trágico 11-S. No fue, por tanto, un acto sobrevenido sino que previamente se llevó a cabo una labor de crispada propaganda sobre la existencia de un bodrio fílmico- como en su día se hizo con la novela de Salman Rushdie o con las caricaturas de Mahoma en un periódico danés de extrema derecha. Meses después de su primera exhibición (sin que nada ocurriera entonces), los promotores de las actuales revueltas decidieron sacar de la nada esa “película” para utilizarla como excusa que sirviera a un plan que era cualquier cosa menos improvisado.

A partir de lo ocurrido algunas cosas quedan nuevamente de manifiesto:

-          El despertar árabe es, como no podía ser de otro modo, convulso y está sujeto a vaivenes que muestran simultáneamente el deseo de cambio de algunos y el sueño de inmovilismo de otros. Hoy sigue sin haber ninguna democracia árabe y ninguno de los nuevos gobiernos ha logrado consolidar su poder ni frente a los inmovilistas ni frente a los reformistas más avanzados.

-          Mientras tanto, aumenta la decepción y frustración de una población que no percibe mejoras nítidas en su nivel de bienestar y seguridad. Unos sentimientos que resulta fácil manipular en clave política contra los nuevos gobernantes.

-          El antioccidentalismo es un sentimiento con profundas raíces en el mundo árabo-musulmán. Seguirá, por tanto, constituyendo un referente movilizador para quienes (con el objetivo que sea) quieran movilizar a esas sociedades. Solo un esfuerzo sostenido y coherente con los principios y valores que definen a las sociedades democráticas podrá lograr su superación. De momento, Occidente no parece haber otorgado la necesaria prioridad a esa tarea.

-          El islamismo político no es tampoco homogéneo. Meter en el mismo saco, por poner un ejemplo, al partido Justicia y Desarrollo marroquí y a Al Qaeda del Magreb Islámico, lleva a errores tan garrafales como los acumulados por la nefasta “guerra contra el terror” de la pasada década. Se trata de unos actores que están aquí para quedarse por un tiempo y que, además, cuentan con un notable apoyo popular. Eso implica que deben ser considerados como interlocutores válidos (evitando identificarlos como enemigos a batir), procurando al mismo tiempo negar espacios a quienes apuestan por la violencia.

Once años después del 11-S... y seguimos

Por: | 12 de septiembre de 2012

Pasa el tiempo sin desmayo tanto para las víctimas de los ataques y sus familiares como para los responsables de la lucha contra el terrorismo y para todos nosotros, que somos permanentes víctimas potenciales. Y en esa clave, aunque el guión oficial estadounidense insista en que el país es hoy más seguro que hace once años, nada justifica el forzado optimismo de quienes quieren convencernos de que Al Qaeda ha sido diezmada. En el balance provisional que cabe establecer desde el fatídico 11-S son mucho más acusados los errores y las incapacidades demostradas en tratar una amenaza como la terrorista. Para comprobarlo basta con repasar telegráficamente algunos asuntos:

-      Hoy, como ayer, la comunidad internacional sigue siendo incapaz de establecer una definición consensuada sobre el concepto mismo de terrorismo. Cada uno (ONU, UE, EE UU) elabora su propia lista sobre los grupos que considera como tales. Y no son pocas las ocasiones- bajo el influjo de la nefasta “guerra contra el terror”, que ha contaminado hasta el extremo la agenda de seguridad internacional desde su lanzamiento por la no menos nefasta administración Bush-en las que se ha abusado del calificativo de terrorista para así justificar mejor la eliminación de todo enemigo.

-      Con demasiada frecuencia se sigue abordando la amenaza terrorista como el producto exclusivo de locos y fanáticos. Incluso se ha llegado a decir que quien pretende analizar sus causas está justificando esa opción violenta. No se ha querido entender que hay un caldo de cultivo que facilita el florecimiento de estos grupos- fundamentado en la aplicación internacional de dobles varas de medida sobre los comportamientos de unos y otros y en la persistencia de focos de desigualdad insoportables dentro de un mismo territorio.

-      De ahí deriva un enfoque que ha optado por atender mucho más a los síntomas más visibles de la amenaza que a sus causas subyacentes. Cayendo en el error contraproducente de pensar que dar protagonismo a los medios militares- ahí están Irak y Afganistán como muestras bien visibles- es garantía de éxito.

-      Bajo ese mismo impulso, son muchos los que han jugado a confundir el auge del islamismo político con la amenaza de Al Qaeda, con la pretensión de dibujar al Islam como un enemigo homogéneo a batir por cualquier medio. Lo que nos enseña el actual proceso de despertar árabe es precisamente que la estrategia de Al Qaeda ha fracasado totalmente, en la medida en que no ha logrado la caída de ninguno de los regímenes que considera ilegítimos, mientras que la movilización ciudadana ya ha logrado cambios sustanciales en Túnez y Egipto, entre otros.

El terrorismo no nació el 11-S. Los errores cometidos por la administración Bush y por quienes la acompañaron, creyendo que había atajos en la lucha contra esa amenaza que traspasaban el marco del estado de derecho, no han hecho más que insuflar vida a quienes creen que solo les queda la violencia para obtener sus objetivos. Sabemos ya que ese no puede ser el camino. Pero también debemos saber que la lacra del terrorismo está aquí para quedarse por mucho tiempo.

En consecuencia, lo único a lo que se puede aspirar es a reducir su capacidad para impactar a una sociedad o para colapsar un Estado. Y eso pasa por la cooperación internacional, compartiendo capacidades de inteligencia, policiales y judiciales, pero también articulando mecanismos que reduzcan a niveles soportables las acusadas desigualdades que son el más claro factor belígeno que cabe identificar en muchos de los conflictos que caracterizan nuestro mundo.

Mientras tanto, ¿desde qué óptica tiene sentido que Estados Unidos gaste 1.300 millones de dólares en un (todavía inacabado) museo para conmemorar el 11-S en la “zona cero” y otros 76 en un monumento conmemorativo de los 40 muertos del vuelo United 93? ¿Mide así el grado de su dolor?

Alemania aprieta pero no ahoga

Por: | 06 de septiembre de 2012

Es difícil. Pero si conseguimos por un momento abstraernos de los ya bien visibles efectos de una crisis que se adivina larga y de lo que nos impele a decir el siempre sospechoso instinto nacionalista, es posible vislumbrar una lógica no tan negativa como la que a menudo se difunde para entender lo que ocurre en la Unión Europea. Simplificando la situación, y como resultado de una pulsión populista y demagógica en la que han caído tanto unos como otros, parecería que unos (nosotros) son irremediablemente vagos y despilfarradores, mientras que otros (sobre todo los alemanes) son los “abusones” del patio de colegio en el que se ha convertido la Unión y solo quieren nuestra ruina.

Traspasando esa visión cortoplacista y victimista (el malo siempre es el otro), podríamos entender que asistimos al parto de un nuevo orden europeo. En ese proceso, Alemania- liberada en gran medida de su sentimiento histórico de culpabilidad y tras haber digerido su propia unificación- vuelve a comportarse como un país normal. Aunque todavía sorprenda que se atreva a hacer lo que los demás vienen haciendo diariamente sin tener que pedir disculpas por ello- defender sus intereses propios-, lo más relevante es que Berlín ha entendido que la mejor manera de defenderlos pasa por el reforzamiento de la UE.

Alemania necesita a la Unión. Por un lado porque, siendo una economía netamente exportadora, le resulta vital contar con una zona de libre comercio donde colocar fácilmente sus productos; y por eso ha apostado política y financieramente por su ampliación. Por otro, porque hace mucho que entendió que solo con la suma de los Veintisiete puede aspirar a jugar un papel relevante en la escena internacional (consciente de que en solitario ni puede resolver sus propios problemas ni aspirar a ser uno más entre los grandes).

En consecuencia, para Berlín la Unión es el único camino que tiene sentido recorrer. Ocurre, sin embargo, que no quiere hacerlo de cualquier manera- con una Unión que sigue siendo básicamente una instancia intergubernamental (como París siempre ha querido), con muy poco de verdaderamente común. Hoy, la crisis que todos (también Alemania) sufrimos le ofrece a Berlín la posibilidad de forzar un salto cualitativo en el proyecto de unión política que inspiró a los padre fundadores de la entonces CEE. Su estrategia se basa en permitir que todos nos acerquemos peligrosamente al abismo; pero no soñando con que nos caigamos en él, sino con la intención última de derribar las resistencias de los más reticentes a la puesta en marcha de una verdadera unión (fiscal, bancaria y económica, pero también en política exterior, de seguridad y de defensa). Berlín apuesta, en suma, por la creación de auténticas instancias de decisión, gestión y vigilancia comunitarias para que la Unión disponga finalmente de una efectiva política común en todos estos terrenos.

Esto no quiere decir que Alemania se libre de las críticas, principalmente ligadas a una puesta en escena de notable prepotencia y aparente inflexibilidad. Atrapada también en el cortoplacismo de su calendario electoral y bajo unos poderosos condicionantes internos (como el del Tribunal Constitucional), Merkel ha contribuido a alimentar un estado de opinión en su país que ahora se puede volver en su contra, cuando tenga que explicar las medidas de apoyo económico que Alemania tendrá que activar necesariamente para salvar a la Unión. Nada garantiza tampoco el éxito de esta peligrosa estrategia de vida en el borde del abismo. Son tantas las voluntades que hay que movilizar y tantos los obstáculos que superar que ningún actor está en condiciones de garantizar que no acabemos cayendo todos en sus profundidades.

Alemania aprieta, con condicionalidades exigentes, para ayudarse a sí misma salvando a la Unión. Pero no ahoga, porque hundiendo la UE se asfixiaría ella misma.

España suma y sigue en venta de armas

Por: | 04 de septiembre de 2012

Acostumbrados desde hace un tiempo a que España aparezca habitualmente mal colocado en cualquier ranking mundial, resulta tentador aprovechar las escasas ocasiones en las que figura en posiciones destacadas para alimentar nuestra dañada autoestima. En ese error podrían caer algunos al conocer que, según un informe que acaba de publicar el Servicio de Investigación del Congreso estadounidense (Conventional Arms Transfers to Developing Nations 2004-2011), España ha sido el décimo exportador mundial de armas a los países en desarrollo en el periodo 2004-11. En esos años España ha suscrito acuerdos de suministro a dichos países por un total de 4.400 millones de dólares (unos 3.505 millones de euros al cambio actual) y ha entregado efectivamente armas y material de defensa por un total de 2.700 millones de dólares (en torno a 2.115 millones de euros). Como apunte más actual, el mismo informe confirma que, en 2011, ocupó la sexta posición mundial como suministrador efectivo a estos países.

En realidad, España ya viene figurando en lugares preeminentes en el mercado mundial de armas desde hace años. Con algunas diferencias entre las fuentes clásicas de referencia en esta materia- derivadas de las diferentes varas de medida utilizadas en un ámbito en el que no resulta sencillo disponer de información fidedigna sobre las transacciones realizadas-, nuestro país ocupa entre el sexto y el noveno puesto como exportador mundial de material de defensa a todo tipo de países, acaparando en torno al 2,6% del comercio planetario.

El preocupante matiz que añade el informe estadounidense es que se refiere a las ventas realizadas a países que sufren con mayor frecuencia conflictos violentos. Visto así, no parece que quienes se interesan en colocar sus productos en manos de actores armados de esos países estén pensando precisamente en la paz mundial.

Y esto vale, por si alguien necesita un consuelo mirando lo que hacen los demás, tanto para las empresas españolas como para las de otros selectos productores (con EE UU, con el 77,7% de todos los suministrados efectivamente entregados, y Rusia, con el 5,6%, en los dos primeros puestos en 2011). El hecho más evidente de esta tendencia a vender a cualquiera interesado en adquirirlas- en un comportamiento guiado por la máxima de que “si no lo vendo yo, lo hará otro con menos escrúpulos”- es que el 83,9% de todos los contratos de armas firmados en 2011 se hicieron precisamente con estos países (para la totalidad del periodo analizado el porcentaje sigue siendo de un alarmante 73,7%).

Para descargar las conciencias de las empresas españolas que actúan de este modo (con el apoyo activo de quienes tienen la responsabilidad gubernamental de hacer cumplir la Ley 53/2007, que regula este comercio) siempre se puede decir que otros- Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña, China, Alemania, Israel, Italia y Ucrania- han estado más implicados en esta actividad durante la etapa analizada en el citado informe. Y así algunos podrán incluso alardear de la destacada posición mundial que ocupamos.

Quien no se consuela es porque no quiere.

El País

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