Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Bibierman a por todas en Israel

Por: | 29 de octubre de 2012

Sin que sirva de precedente, esta vez lograron evitar las filtraciones de lo que venían negociando en absoluto secreto. Al parecer ni siquiera la mayoría de los miembros del variopinto gabinete ministerial israelí estaban al tanto de que el primer ministro- Benjamin (Bibi) Netanyahu, como cabeza del conservador Likud- y su ministro de exteriores- Avigdor Lieberman, al frente del extremista Israel Beitenu- buscaban unir fuerzas para los próximos comicios electorales. La sorpresa ha sido doble. Por una parte, se adelantan las elecciones al 22 de enero (cuando la legislatura termina en octubre de 2013), aunque en este caso habría que decir que lo verdaderamente sorprendente hubiera sido que se completara el plazo, teniendo en cuenta la historia política de Israel. Por otra, la unión resultante puede sorprender a más de uno, no tanto por lo que se supone de un Netanhayu interesado de garantizarse una prolongación en el cargo como por un Lieberman que, de este modo, puede estar labrándose un futuro como sustituto de su ahora circunstancial aliado.

La fusión de ambas fuerzas políticas en listas únicas augura, en primer lugar, un corrimiento del espectro político israelí hacia la extrema derecha. Y esto es así no solo porque ambos líderes responden a ese perfil sino, sobre todo, porque las primeras encuestas apuntan a que serán, con diferencia, la opción elegida por los votantes ahora llamados a las urnas. En la actualidad ambas fuerzas cuentan (por separado, aunque son la base principal del gobierno vigente) con 42 escaños en la Knesset (de un total de 120) y, según sus portavoces, aspiran a lograr un total de 51 en enero próximo. Sería un resultado inaudito en un país acostumbrado a una alta fragmentación del electorado y a gabinetes de coalición habitualmente inestables. Pero aunque eso no llegue a ocurrir- porque se estima que los sefardíes (muy escasamente representados en Israel Beitenu) y votantes conservadores a los que Lieberman todavía asusta podrían rechazar esta unión- hoy todas las fuentes pronostican su victoria.

En clave interna, la primera tarea de esos hipotéticos vencedores sería aprobar un presupuesto que plantea recortes en diferentes capítulos sociales, acentuando más la desigualdad que ya es un rasgo característico (y preocupante) de un país que discrimina a amplios sectores de su población (no solo los árabes israelíes (un 20% de la población) sino también a los sefardíes en detrimento de los askenazíes). La economía israelí, que sigue sin sostenerse por sí misma- basta con imaginar lo que supondría el fin de la ayuda estadounidense y de la diáspora judía dispersa por el mundo-, difícilmente puede sostener el esfuerzo bélico en el que siguen empeñados sus gobiernos, y de ahí las crecientes movilizaciones ciudadanas ante lo que perciben como un notable deterioro de sus condiciones de vida como país desarrollado.

En cuanto a la agenda exterior, un gobierno Bibierman (como ya se denomina en Israel, jugando con los nombres de ambos dirigentes) seguramente trataría de rematar la tarea de hacer totalmente inviable la existencia de un verdadero Estado palestino, reforzando la estrategia de hechos consumados que, en realidad, es el signo distintito de estos últimos años (contando con la pasividad internacional y el respaldo más o menos entusiasta de Washington). Pero la clave fundamental de ese posible gobierno sería, sin duda, Irán. Cabe pensar que su posible victoria aceleraría la agenda militarista que pretende eliminar a un régimen que se ha convertido desde hace tiempo en una obsesión para Tel Aviv. Solo si Washington logra, tras las elecciones del próximo 6 de noviembre, concretar un acuerdo con Teherán que permita a ambas partes una salida airosa- basado en la suspensión del enriquecimiento de uranio a cambio del levantamiento progresivo de las sanciones- se podría desactivar un proceso que nos situaría ante un conflicto altamente contaminante no solo en Oriente Medio. Pero para pensar en eso, primero hay que esperar a que los votantes estadounidenses elijan a su presidente.

Siria-Turquía, guerra de farol

Por: | 24 de octubre de 2012

A pesar de la escenificación bélica que tanto turcos como sirios están desarrollando en estas últimas semanas, pocas veces resulta tan evidente como en este caso que ninguno de los dos contendientes desea entrar en una guerra abierta.

Desde Damasco, los puntuales ataques artilleros que han provocado al menos la muerte de cinco civiles turcos son vistos como efectos colaterales de su intento de eliminar bolsas de resistencia localizadas cerca de la frontera, al tiempo que trata de disuadir a Ankara del apoyo que pueda prestarles. A caballo de los alrededor de 700 kilómetros de frontera común, pero sobre todo en la provincia de Hatay, se mueven grupos rebeldes que tratan de aprovechar el suelo turco como santuario y como base de partida para algunas de sus incursiones contra las fuerzas leales a Bachar el Asad, amparados en la existencia de más de 100.000 refugiados ubicados en unos doce campos controlados por Ankara (no por el ACNUR como sería normal).

Las más importantes de estas acciones rebeldes están conectadas con las que se desarrollan en torno a Idlib y Alepo, dado que si estas ciudades cayeran en su poder, los rebeldes dispondrían finalmente de una zona liberada (no disputada como ocurre actualmente) desde la que poder aumentar su desafío al régimen, dificultando aún más su vital tránsito hacia la costa mediterránea.

Además, como ya ocurrió en junio pasado con el derribo del caza F-4 turco, acciones de castigo como las que ahora han sufrido los civiles de Akcakale le permiten al régimen sirio chequear hasta dónde llega su margen de maniobra frente a un vecino y una comunidad internacional que no van más allá de retóricas amenazas del uso de la fuerza. En definitiva, Damasco no desea ni abrir un nuevo frente con un vecino militarmente más poderoso, ni mucho menos traspasar la línea que pudiera activar una respuesta internacional en fuerza.

Ankara, aunque por razones diferentes, comparte esa renuencia a implicarse totalmente en una guerra en la que se arriesgaría a perder mucho más de lo que pudiera ganar. Por un lado, ya ha podido constatar que ni siquiera su pertenencia a la OTAN le ha evitado ser objeto de ataques sirios. Al margen de lo que determina el artículo V del Tratado, la Alianza ha hecho oídos sordos ante los ataques recibidos por uno de sus miembros, mientras Washington ha mostrado su claro rechazo a la idea turca de establecer una zona de exclusión aérea sobre el espacio aéreo sirio. Dicho de otro modo, a pesar de tener las segundas fuerzas armadas de la OTAN Ankara sabe que estaría sola en un hipotético choque frontal con Damasco.

En esas condiciones el mandato parlamentario que ha recibido el gobierno de Recep Tayyip Erdogan para usar la fuerza contra Siria debe entenderse como el resultado de las dinámicas internas de la política turca. Erdogan es sobradamente consciente de que más de la mitad de su opinión pública, así como el principal partido de la oposición (el Partido Popular Republicano) y la abrumadora mayoría de la población kurda, rechazan la entrada en guerra con Siria. En sus cálculos pesa fundamentalmente el riesgo que para la marcha de la economía turca- cuya positiva evolución es seguramente el principal activo de su triunfante gestión desde 2002- tendría una escalada bélica de la magnitud que cabe prever si las hostilidades se desataran contra su vecino. Además, también es consciente del enorme peligro que supone el apoyo que Damasco puede prestar a los grupos kurdos turcos descontentos con el enfoque que su gobierno está dando a sus históricas reclamaciones. Incluso, por completar el abanico de factores a considerar, un enfrentamiento total con Damasco tendría también repercusiones negativas en sus relaciones con Rusia- como ya ha podido comprobar tras el incidente provocado por su decisión de obligar a aterrizar en su territorio a un avión civil procedente de Moscú, aparentemente cargado de armas y munición para su aliado sirio.

En resumen, mientras sigue sin concretarse ninguna de las iniciativas lanzadas por diferentes actores- desde la del presidente egipcio para implicar a Turquía, Egipto, Irán y Arabia Saudí en una solución consensuada, hasta la de Catar para lanzar una operación militar liderada por la Liga Árabe, sin olvidar la de Francia de establecer una zona de exclusión aérea-, Ankara se ve impotente ante un problema que le afecta muy directamente. Turquía no está en condiciones de establecer en solitario su pretendida zona liberada en territorio sirio y sabe que no contará con ningún apoyo sólido para lograrlo. Entretanto, esos 100.000 refugiados ya han superado lo que Erdogan identificaba como un límite psicológico que llevaría a Ankara a adoptar otra posición más firme…, sin que nada haya cambiado a mejor desde entonces.

Elecciones locales palestinas, ¿banquete democrático?

Por: | 22 de octubre de 2012

Si nos guiáramos por las palabras del presidente de la Autoridad Palestina- que se atrevió a calificar las elecciones locales celebradas en parte de Cisjordania el pasado día 20 como una “boda democrática”- concluiríamos que el que no se contenta, pase lo que pase ante sus ojos, es porque no quiere. No hay nada en lo ocurrido en el Territorio Ocupado el pasado sábado que permita el más mínimo atisbo de alegría, ni siquiera el hecho de que por fin se haya podido celebrar (tras dos intentos previos fallidos) y que haya sido la primera convocatoria a las urnas de los últimos seis años (cuando Hamas venció en las elecciones de enero de 2006).

Por una parte, cabe recordar que solo se han podido celebrar en 93 localidades de Cisjordania, mientras que otras 250 (Jerusalén Este entre ellas) no han podido hacerlo, tanto por el boicot promovido por Hamas como por falta de candidaturas suficientes. Tampoco se han desarrollado en Gaza, donde Hamas dejó claro desde el principio que no lo permitiría, como una señal más de la profunda fractura que sigue debilitando internamente la causa palestina frente a un Israel que solo puede ver en ello una buena noticia para su plan de dominación.

Por otra, en contra del forzado discurso optimista de los dirigentes de Fatah, los consejos municipales resultantes seguirán sin tener en sus manos instrumentos adecuados para hacer frente a la crisis estructural que ha sido el detonante de las reiteradas manifestaciones que se han vivido en las calles de Cisjordania durante estos últimos dos meses. Las prioridades de sus habitantes son la creación de empleo y la mejora de la deplorable situación económica. Temas que quedan fuera del alcance no solo de sus capacidades sino de las que formalmente tienen Mahmud Abbas, Salam Fayyad y el resto de dirigentes “nacionales”.

En las circunstancias actuales- con una comunidad internacional que no cumple sus compromisos de asistencia y un gobierno israelí que sigue adelante con una política de hechos consumados que incluye los asesinatos selectivos y el castigo colectivo a una población ocupada en todos los sentidos del término- muy poco añade que un 55% de los votantes se hayan acercado a las urnas, en un ejercicio en el que se mezcla el ejercicio de un derecho ciudadano con la obligación de cumplir con quienes han comprado la lealtad de sus fieles a base de favores y presiones.

Todo ello mientras sigue retrasándose sine die la convocatoria de unas elecciones legislativas y presidenciales que permitan la renovación de unos gobernantes que hace tiempo que se mueven en un limbo legal por agotamiento de sus respectivos mandatos. Desde esa perspectiva, de poco sirve la clásica apelación a la esperanza de que estos resultados permitan avanzar el proceso de paz (¿?) y en la democratización del escenario político palestino (¿?), cuando la fragmentación interna se hace aún más visible y cuando no hay un solo síntoma de movimiento (no ya de avance) en las relaciones con Israel. Tampoco tiene sentido repetir cansinamente que aquí se elegían autoridades locales, centradas en asuntos municipales, y que, por tanto, no cabe hacer traslación de los resultados en clave nacional, como si las autoridades de la AP sí tuvieran verdaderas competencias en asuntos de mayor enjundia. La AP, conviene no olvidarlo, no es más que una instancia creada por la potencia ocupante (con el aval internacional) para poder gestionar algunos asuntos (los que Israel ha querido) en algunas partes del Territorio Ocupado (las que ha Tel Aviv ha decidido).

El efecto placebo que pueda tener momentáneamente el resultado electoral- que tampoco Fatah puede presentar como un nítido apoyo a su gestión- desaparecerá de inmediato en cuanto se vuelvan a poner de manifiesto que no hay mejora económica a la vista, ni fecha para las elecciones parlamentarias y presidenciales, ni admisión de Palestina como miembro pleno de la ONU, ni gobierno de unidad nacional palestino, ni…

Clinton, Bengasi y el futuro de Libia

Por: | 16 de octubre de 2012

Pensando en el presente- en apoyo a un Obama que está siendo atacado por su supuesta debilidad como comandante en jefe- y en el futuro- como posible candidata presidencial dentro de cuatro año- Hillary Clinton ha asumido toda la responsabilidad en la gestión del ataque que costó la vida al embajador J. Christopher Stevens, y otros tres estadounidenses, en Bengasi el pasado 11 de septiembre. Se trata de un asunto que muestra bien a las claras el descontrol en el que Libia sigue sumida un año después de la muerte de Muamar el Gadafi.

Hoy por hoy las autoridades libias no han logrado hacerse con el monopolio del uso de la fuerza, retadas por innumerables milicias que pugnan por hacerse con un trozo variable de la tarta del poder que todavía queda por repartir. Aunque- con la celebración de las elecciones que dieron nacimiento al Consejo General Nacional el pasado mes de junio y designaron a sus 200 representantes- se ha cerrado formalmente la etapa gestionada en primera instancia por el Consejo Nacional Transitorio, todavía estamos a la espera de la conformación de un gabinete ministerial digno de tal nombre.

De momento ya ha desistido de lograrlo Mustafa Abushagur, el primero de los candidatos al puesto de primer ministro, incapaz de que su lista de 24 ministros recibiera el apoyo necesario (tarea imposible a partir de la decisión de la mayoritaria Alianza de Fuerzas Nacionales, liderada por el ex primer ministro Mahmud Jibril, de no colaborar con quien percibían como demasiado próximo a los Hermanos Musulmanes). Tampoco lo ha logrado Mohamed al Hariri, candidato preferido del partido Justicia y Construcción, afín a los Hermanos Musulmanes, y queda por ver si ahora Ali Zidan- abogado experto en derechos humanos y ex miembro del disidente Frente Nacional para la Salvación de Libia- tendrá mejor suerte.

En paralelo a esta agenda política, se sigue debatiendo sobre la identidad de los responsables del ataque de Bengasi, en una lista infinita que va desde miembros de Ansar al Sharia- la opción más probable- hasta asociados locales de Al Qaeda para el Magreb Islámico o incluso de Al Qaeda para la Península Arábiga, sin olvidar a los leales a Gadafi. Mientras se despeja esta incógnita, parece claro que tanto las autoridades libias- que han detenido ya a algunos sospechosos y han estimulado a la población para que muestre sus simpatías a Washington- como las estadounidenses- que han preferido rebajar el tono de la respuesta para no generar una sobrerreacción negativa contra sus intereses en el país y no aumentar la presión sobre unos gobernantes locales que necesitan asentarse- parecen interesados en pasar página de inmediato.

Pero nada de eso apunta a una mejora sustancial de la situación libia. Es cierto que no puede decirse aún que el proceso haya descarrilado definitivamente y que, incluso, el país vuelve a bombear petróleo a niveles similares a los de hace dos años y son miles los hombres armados que han decidido integrarse en las fuerzas armadas y policiales del nuevo régimen. Pero también lo es que la seguridad es hoy la principal asignatura pendiente de la agenda nacional. En las condiciones actuales se hace muy difícil imaginar cómo se puede producir la reconciliación nacional- con fracturas como las que existen entre Trípoli y Bengasi, a la que se suman otras de perfil tribal y las creadas a partir de los diferentes alineamientos durante la crisis que ha desembocado en la caída de Gadafi.

Tampoco son estas las mejores condiciones para superar los enormes obstáculos que impiden de momento la configuración de un nuevo gobierno aceptado por todos los actores en liza y la elaboración de una nueva Constitución. En definitiva, y mientras la violencia y el peso del islam político siguen tan presentes en la vida nacional, resultaría una osadía sostener que Libia tiene ya despejado su futuro.

Alepo, licencia para matar

Por: | 10 de octubre de 2012

Dado que Siria ha desaparecido prácticamente de los titulares, podría pensarse que el drama que lleva sufriendo esta sociedad desde marzo del pasado año está ya resuelto o, al menos, en vías de solución. Y, sin embargo, nada de eso ha sucedido. Por el contrario, se contabilizan ya más de 30.000 víctimas mortales, unos 1,5 millones de desplazados y no menos de 300.000 refugiados que han huido a territorio jordano, iraquí o turco.

Cabe caracterizar la situación como de parálisis violenta, en la medida en que los enfrentamientos armados continúan a diario y siguen sin atisbarse acciones decididas de la comunidad internacional para poner fin a la tragedia.

Por lo que respecta a la violencia, Alepo es hoy el punto focal de atención, en una ofensiva de los denominados rebeldes iniciada el pasado 19 de julio que ha sido contrarrestada por las fuerzas del régimen, hasta derivar actualmente en un irregular combate urbano en el que ninguno de los bandos parece tener capacidad suficiente para imponerse. Alepo es un objetivo central en la estrategia rebelde como vértice adelantado de una zona del país que tiene la frontera turca a sus espaldas. Además de su efecto simbólico (como segunda urbe del país), el control de la ciudad le permitiría no solo consolidar un área de cierta seguridad para sus propósitos, sino también ampliar su radio de acción sobre el resto del país y dificultar los canales de suministro que le permiten sostener el esfuerzo bélico al régimen desde la costa mediterránea (de mayoría alauí). Por eso no puede extrañar que Bachar el Asad trate por todos los medios de evitar la caída de Alepo.

En términos militares, un combate urbano como el que hoy se desarrolla en el zoco histórico y en la Ciudadela supone un enfrentamiento cara a cara en las intrincadas callejas de Alepo, sin que el régimen pueda aprovechar su abrumadora superioridad aérea para batir a los rebeldes. Pero estos últimos tampoco disponen de la suficiente fuerza para imponerse definitivamente a quienes pueden plantear un asedio a largo plazo.

Es en este aspecto en el que cobra aún más relevancia la parálisis diplomática. La reciente Asamblea General de la ONU ha vuelto a poner de manifiesto la falta de voluntad política para ir más allá de las labores lideradas por Lakhdar Brahimi, como representante e la ONU y de la Liga Árabe. Ningún actor relevante en este drama se ha movido tampoco de sus ya conocidas posiciones: Moscú y Pekín mantienen su rechazo al lanzamiento de operaciones militares de cualquier tipo avaladas por el Consejo de Seguridad; Irán y Rusia apoyan política y militarmente al régimen; Catar, Arabia Saudí y Turquía hacen lo propio con los rebeldes (aunque, en paralelo, contribuyen a aumentar las divergencias entre los diferentes grupos armados opositores); y Washington (con el resto de los países occidentales en idéntica posición) apenas logra ocultar su aversión a la aventura militar en suelo sirio. A partir de esas consideraciones nada cabe esperar de propuestas como la lanzada por Catar- organizar una fuerza militar árabe para detener la violencia- o por Francia- establecer una zona segura dentro del territorio sirio.

El guión dominante plantea que el tiempo corre a favor de la caída del régimen, convertido en un paria internacional. Pero nada garantiza que ese guión vaya a cumplirse. Por el contrario, la prolongación del conflicto violento, además de la pérdida de vidas que seguirá produciendo, aumenta la probabilidad de que el país se suma en una prolongada guerra fratricida (sin vencedores ni vencidos), con profusión de grupos violentos de muy variado perfil, al tiempo que incremente la inestabilidad más allá de sus fronteras (sobre todo en Irak, Jordania y Turquía). No olvidemos que en la región siguen estando abiertas heridas derivadas de una fragmentación étnica y religiosa muy inquietante- que el terrorismo yihadista puede intentar explotar en su propio beneficio-, a lo que se añade un trazado de fronteras no aceptado por muchos de sus habitantes. Conviene recordar, asimismo, que un deterioro aún más prolongado de la seguridad añade inquietud al control de los arsenales químicos y biológicos que el régimen ya ha reconocido poseer.

Por otro lado, y mientras nada se sabe igualmente de la activación de la iniciativa egipcia de implicar a Arabia Saudí, Irán y Turquía en la resolución del problema sirio, no puede extrañar que el Asad interprete esa pasividad internacional como una obvia licencia para matar. Y en ello está.

El País

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