Jesús A. Núñez

El rompecabezas afgano sigue sin encajar

Por: | 07 de noviembre de 2012

En el marco de la operación militar iniciada en octubre de 2001, y con una implicación protagonista por parte de la OTAN (bajo la denominación de ISAF y con las bendiciones de la ONU), la campaña de Afganistán ya ha pasado a los anales como la más larga de la historia de los Estados Unidos. Hoy, con un Obama reelegido por otros cuatro años, la convicción de que la victoria militar está fuera del alcance de ISAF, junto al desgaste económico y militar acumulado durante once años, el empeño se reduce a lograr una salida digna a finales de 2014. Esto significa dejar a Afganistán en una situación completamente contraria a la pretendida en origen: ni desarrollado, ni reconstruido, ni pacificado.

Afganistán es hoy un Estado en buena medida fallido, envuelto en una guerra internacional que algunos gobiernos no quieren denominar de ese modo, inmerso además en una guerra interna con una amalgama imprecisa de actores combatientes de todo tipo (desde señores de la guerra a bandas criminales, sin olvidar a insurgentes nacionalistas y a grupos terroristas) y sometido a las presiones e intereses de poderosos actores regionales que dirimen sus propias diferencias en territorio afgano.

A esta situación se ha llegado como resultado de cuatro importantes errores estratégicos. El primero deriva de la ingenua creencia de que bajo el impacto de la invasión militar el régimen talibán y el núcleo central de la red Al Qaeda habían desaparecido por completo; cuando, en realidad, solo se difuminaron a la espera de mejores tiempos. El segundo fue la apertura del frente iraquí en marzo de 2003, dispersando esfuerzos hasta poner al límite la capacidad militar de Washington. El tercero fue elegir como aliado local a un dirigente escasamente dotado políticamente como Hamid Karzai. Por último, se volvió a apostar por un enfoque militarista como eje central de la intervención exterior para reconstruir el país (incluso soñando inicialmente con su democratización).

En consecuencia, no puede extrañar demasiado que la situación actual de Afganistán ni siquiera se aproxime a la que tenía en 1979, cuando se inició la invasión soviética. Es bien cierto que la situación de partida no era muy favorable, con un país creado artificialmente por los británicos en el que se obligó a vivir a comunidades tradicionalmente enfrentadas, con una orografía que dificulta enormemente las comunicaciones y las relaciones sociales o económicas, y con altísimos niveles de corrupción endémica que encuentra su sustrato más profundo en el narcotráfico y el contrabando del que se benefician tradicionalmente auténticos señores feudales que no reconocen ninguna autoridad nacional por encima de ellos. Pero también lo es que la intervención exterior no ha sido bien recibida por amplias capas de la población afgana y que tampoco se ha logrado crear una dinámica de colaboración con actores tan potentes en la región como Pakistán, India o Irán, sin los cuales gran parte del esfuerzo se dilapida sin remedio.

Ante esta situación, y a la vista de que la victoria militar es materialmente imposible, se ha llegado a la decisión de buscar una salida digna, retirando las tropas internacionales de combate, en un proceso imparable que ya hace tiempo que mostraba a las claras la falta de convicción de muchos de los gobiernos nacionales que han acompañado a Estados Unidos en esta desventura. El contingente actual no basta para rematar militarmente la tarea de la pacificación y no existe la voluntad política de ampliarlo hasta los más de 500.000 imprescindibles para plantearse tal objetivo.

Situados ante esa decisión de retirada, cabe preguntarse cuál es la estrategia que se pretende seguir. A Estados Unidos- el mayor financiador del gobierno afgano y el mayor contribuyente militar al esfuerzo realizado por la ISAF- le basta hoy con alcanzar la estabilidad de Afganistán, evitando que vuelva a convertirse en un santuario del terrorismo internacional. Para ello procura, en primer lugar, reforzar al siempre cuestionado Karzai, frente a los diversos líderes locales que se resisten a reconocer su autoridad. Este empeño puede verse truncado en 2014, cuando se celebrarán las nuevas elecciones presidenciales a las que Karzai no puede presentarse por agotamiento de sus dos mandatos. Todo dependerá de si el nuevo presidente se acomoda a los dictados de Washington o si prefiere adoptar un giro político más próximo a los talibán o a otros.

Simultáneamente, Washington trata de capacitar a las fuerzas armadas y a las fuerzas de seguridad afganas para hacerse cargo de la seguridad del país. Para ello está llevando a cabo un amplio proceso de reclutamiento e instrucción de soldados que debe llevar hasta los 395.000 efectivos para finales del próximo año. Dado el alto nivel de analfabetismo, el escaso salario ofrecido (en comparación con el que pueden obtener los grupos opositores financiados por el narcotráfico), la necesidad de abrir las puertas a todo candidato (lo que facilita la infiltración de elementos talibán y de milicianos de todo tipo) y el alto número de deserciones existentes, resulta muy aventurado suponer que esas fuerzas estarán realmente en condiciones de garantizar la seguridad de sus ciudadanos en tan corto plazo de tiempo. Por último, se pretende atraer a los talibán a la mesa de negociaciones combinando la fuerza (que ha llevado, por ejemplo, a la eliminación de Bin Laden) con una oferta para compartir el poder en Kabul.

Por su parte, la estrategia talibán consiste en aguantar los golpes y eliminar a quienes colaboren con Karzai y la ISAF. Su planteamiento básico pasa por resistir hasta la retirada de las fuerzas internacionales, contando con que entonces podrán imponerse a las autoridades locales y quedarse con toda la tarta del poder que está en juego. ¿Quién logrará su objetivo?

Hay 3 Comentarios

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Afghanistán nunca ha podido ser dominada por fuerzas externas a su entorno social y político. Los ingleses en el siglo XIX no pudieron someterlo (se fueron con el rabo entre las patas), los rusos en pleno siglo XX tampoco, y los estaunidenses, en este siglo XXI, mucho menos. El por qué está muy explicado por Jesús A. Núñez. Ahora bien, lo que ha complicado el berenjenal es la descarada intervención militar de Occidente al pretender usar ese territorio, situado estratégicamente entre Rusia, China, India y el Oriente Medio, usando el terrorismo como arma ideológica. En vez de tanto bla bla militarista lo que se debe hacer es desarrollar la economía de ese país sobre la base de una nueva cultura que ponga fin al machismo de sus élites de poder.

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Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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