Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Y en R. D. Congo se hizo la paz, ¿o no?

Por: | 25 de febrero de 2013

El acuerdo firmado en la sede de la Unión Africana (UA), el pasado 24 de febrero, por la República Democrática del Congo (RDC), sus nueve vecinos, Mozambique y Sudáfrica ha sido calificado de inmediato como histórico. Y así debería ser si consideramos que pretende imponer la paz en la propia RDC y en la región de los Grandes Lagos, asolados por la guerra desde hace demasiados años. No en vano, además de una primera guerra (1996-97), esta zona sigue sangrando violentamente tras una segunda (1998-2003)- en la que participaron nueve países y no menos de veinte grupos armados no estatales, con un saldo de cerca de cuatro millones de muertos-, calificada con sentido como la Guerra Mundial Africana.

Hoy tanto RDC como los Grandes Lagos siguen sumidos en la violencia impuesta por ejércitos y grupos rebeldes de todo tipo, sin que el gobierno del presidente Joseph Kabila, ni tampoco la MONUSCO, hayan logrado estabilizar la situación, especialmente en la zona de los Kivus, fronteriza con Uganda y Ruanda. Sin llegar a suscribir la visión del presidente ugandés, Yowei Museveni, cuando habla de “turistas militares”, es bien conocido que la MONUSCO no ha tenido ni los medios, ni el mandato, ni la voluntad de cumplir la tarea para la cual fue creada hace ya catorce años (si se cuenta desde la constitución de la MONUC): protección de civiles y apoyo al gobierno de Kinshasa para estabilizar el país. Con sus 19.000 efectivos y un presupuesto de 1.100 millones de euros anuales, está muy lejos de presentar un balance positivo.

Ahora, con la firma del acuerdo de Adis Abeba, vuelven a repetirse los anuncios de que la paz está a la vuelta de la esquina, en la medida que los firmantes se comprometen a no interferir directamente en los conflictos violentos que sufran sus vecinos y a no apoyar en modo alguno a los grupos rebeldes que se mueven en la región. Pero tanto la experiencia de varios planes y acuerdos fracasados como la realidad actual de la zona obligan a atemperar las expectativas.

En primer lugar, hay que recordar la debilidad estructural del gobierno de Kabila, incapaz de dominar de manera efectiva su propio territorio y de satisfacer las necesidades básicas y las demandas de sus casi ochenta millones de habitantes; todo ello en un país que está generosamente dotado de recursos naturales, lo que podría convertir a RDC en un foco de desarrollo a escala regional. A eso cabe añadir que Burundi, Ruanda y Uganda tienen intereses muy directos en RDC, tanto para lograr beneficiarse de la explotación de sus ingentes recursos como por su necesidad de contrarrestar la acción de grupos rebeldes que utilizan el territorio de RDC como santuario desde el que lanzar operaciones contra los gobiernos de estos países.

Además, resulta difícil evitar las dudas sobre el nivel de compromiso internacional en la apuesta por la paz- además de los países firmantes, también se han implicado en el acuerdo la ONU, la UA, la Conferencia Internacional de la Región de los Grandes Lagos y la Comunidad para el Desarrollo de África Meridional. Hasta ahora su participación ha tenido efectos marginales (y no siempre positivos) y no es inmediato suponer que la activación inmediata de una Fuerza Neutral Internacional- de unos 4.000 efectivos, con aportaciones de países de la zona-, subordinada a MONUSCO, y la creación de dos organismos de supervisión vaya a cambiar drásticamente el panorama.

Por último, y probablemente eso es lo más relevante, ninguno de los cientos de grupos violentos que se mueven en el área ha firmado el acuerdo. Ni el ahora más conocido M23- que tomó la ciudad de Goma el pasado noviembre-, ni las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda, ni las Fuerzas Democráticas Aliadas-Ejército Nacional para la Liberación de Uganda, ni ningún otro parecen dispuestos a abandonar las armas (sea por razones políticas o meramente crematísticas). Y no basta para ello con que los firmantes cumplan a rajatabla lo firmado- lo que sería absolutamente novedoso-, dado que esos grupos cuentan con sus propias fuentes de financiación en la medida en que se aprovechan directamente de la explotación de las riquezas locales.

En esas condiciones, la paz es solo una de las opciones a contemplar en el inmediato futuro. Aunque no parece la más probable, hay que seguir apostando por ella.

Corea del Norte, a la tercera no va la vencida

Por: | 19 de febrero de 2013

Aunque la primera impresión generada por la prueba nuclear norcoreana del pasado día 12 pudiera hacer pensar lo contrario, realmente nada sustancial ha cambiado en términos de seguridad regional a corto plazo. Apenas queda la duda de saber si en esta tercera explosión subterránea, de unos 6-7 kilotones y que ha provocado un seísmo de grado 5 en la escala de Richter, se ha empleado plutonio (como en las dos anteriores) o uranio (lo que supondría, probablemente, que ya está enriqueciendo uranio desde hace algún tiempo). En lo demás, solo cabe constatar lo ya conocido y volver a especular con las repercusiones que puede tener este nuevo desafío del régimen de Kim Jong-un.

Ya era conocido, en primer lugar, que Pyongyang está decidido contra viento y marea a seguir adelante con su programa nuclear de naturaleza militar. No hablamos únicamente- como suele ser tradicional en los análisis al respecto- de contar con una baza de negociación con la comunidad internacional para obtener (a cambio de puntuales gestos de moderación) materias primas energéticas y alimentos para una depauperada población, sino también de disponer de un mecanismo propio de disuasión frente a Seúl y, sobre todo, a Washington. Desde la desaparición de la URSS, los gobernantes norcoreanos han entendido el recurso a las capacidades nucleares militares como un elemento fundamental para resistir una posible invasión o reunificación forzosa con su vecino del sur. Dicho de otro modo, cuentan con que el apoyo que les presta China puede desaparecer en algún momento y por eso procuran dotarse de medios propios para poder asegurarse la pervivencia del régimen.

También era sabido que Corea del Norte no tiene todavía un arma nuclear operativa, ni un sistema misilístico fiable. Lo ocurrido ahora no supone en realidad ningún avance trascendente en ese proceso, aunque Pyongyang siga dando pasos (como el lanzamiento del cohete Unha-3 el pasado 12 de diciembre) que paulatinamente lo van acercando a ese punto. Por mucho que lo intente, aún a costa del bienestar y seguridad de los más de 24 millones norcoreanos, no debe ser fácil para un país con un PIB estimado en apenas 20.000 millones de euros y reiteradamente sancionado internacionalmente, hacerse con los medios necesarios para ello. Solo cabe contar con que seguirá persiguiendo ese objetivo, sin que sea posible determinar cuánto tiempo le queda por delante (años en todo caso).

Igualmente era previsible la retahíla de condenas que se han sucedido tras el ensayo nuclear, con la ONU y EE UU en cabeza, pero sin olvidar a China y a los demás países de la zona. Poco se puede esperar, más allá de añadir algún tipo de sanción adicional, sumada a las ya aprobadas por unanimidad del Consejo de Seguridad de la ONU el pasado mes de enero (precisamente como respuesta al lanzamiento del Unha-3).

Si alguien puede/debe salirse del guión previsible es, sin duda, China. De hecho, es quien se encuentra ahora en una posición más delicada, sin que le sirva de mucho repetir (casi literalmente) el mismo comunicado que ya efectuó en las dos ocasiones precedentes, porque todo indica que no quiere o, peor aún, no puede controlar a su socio/aliado. Tradicionalmente Pekín ha visto a Pyongyang como un colchón amortiguador que le permite mantener a Washington, Seúl y Tokio a cierta distancia. También lo ve como un mecanismo para aumentar su estatura internacional, en la medida en que (por su condición de primer socio comercial y de aliado) puede actuar como mediador para reducir las tensiones que frecuentemente provocan los actos del régimen norcoreano.

Pero hoy parece claro que, mientras está fuera de lugar seguir pensando en una invasión estadounidense a través de territorio norcoreano, los costes de ese juego ya superan a los posibles beneficios. Para Pekín resultan ya difícilmente digeribles las críticas por su pasividad y/o ineficacia para evitar acciones norcoreanas que violan las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y desestabilizan la región. Dado que tampoco ha fructificado su intento de modificar el marco de negociación a seis bandas- el que integra a las dos Coreas, China, Japón, Rusia y EE UU-, hoy bloqueado, transfiriéndolo al Mecanismo de Paz y Seguridad de Asia Nororiental- con grupos de trabajo establecidos en 2007 para buscar soluciones a los problemas de seguridad de la región-, China parece obligada a dar algún paso más decidido para hacer valer su pretensión de actor de envergadura mundial. Solo así cabría suponer que esta tercera prueba nuclear termine por señalar un verdadero cambio de rumbo en un asunto que aún seguirá provocando dolores de cabeza durante mucho tiempo.

Túnez contra las cuerdas

Por: | 08 de febrero de 2013

La violencia- que desgraciadamente nunca llegó a desaparecer del todo en estos últimos dos años- ha vuelto a hacer acto de presencia en Túnez. Y lo que muestra el asesinato de Choukri Belaid, líder del izquierdista y minoritario partido de los Patriotas Demócratas, es que quien inauguró lo que mediáticamente se ha dado en llamar la primavera árabe, está muy lejos aún de la estabilidad y mucho más todavía de la consolidación de un sistema democrático.

La multiplicación de las manifestaciones registradas desde el mismo momento del asesinato, el pasado día 6, van mucho más allá de la repulsa por la muerte de una persona que, en términos políticos, tenía muy poco peso en la escena nacional. Sin desmerecer un ápice la valía de quien se distinguió durante los años de la dictadura en la defensa de los derechos humanos- cuando eso comportaba un riesgo personal nada desdeñable-, el partido que lideraba Belaid apenas había logrado representación en el parlamento y ahora pugnaba por hacerse un hueco entre los actores laicos que han conformado el Frente Popular.

Visto así, la movilización ciudadana es, en primer lugar, una muestra del hartazgo que genera una clase política que no resuelve los problemas diarios de una población ahogada por una crisis profunda económica (de ahí que se hayan producido protestas muy directas contra Ennahda, cuando probablemente los responsables del asesinato haya que buscarlos en las filas del salafismo yihadista). Pero también es una señal del temor creciente a que los salafistas y el propio partido gubernamental Ennahda- con la Liga de Protección de la Revolución como enseña inquietante- sigan estrechando el marco de libertades y derechos políticos que muchos aspiran a ver consagrados en una nueva Constoitución.

Una Constitución, por cierto, que sigue haciéndose esperar tras más de un año en pleno proceso de elaboración por parte de una Asamblea que ya han abandonado cuatro partidos. En la actual situación de crispación política no solo está en cuestión el contenido de dicho texto- con enormes presiones para que el papel del islam vaya más allá de la esfera personal para inundar todas los ámbitos de la vida pública- sino también la fecha de celebración del referéndum que debe servir para su entrada en vigor (previsto inicialmente para abril). Lo mismo cabe decir, por otra parte, de las dudas que surgen a diario sobre el cumplimiento del calendario electoral, que debería concretarse en la celebración de elecciones presidenciales y legislativas para el próximo mes de junio. Unas elecciones que cabe imaginar cada vez más polarizadas en clave de confrontación entre laicos- con el Frente Popular a la cabeza- y religiosos- con Ennahda como referencia-, mientras los salafistas pueden soñar con obtener réditos nada despreciables del desgaste de un gobierno de coalición- Ennahda, Ettakatol y Congreso para la República-, que cuenta cada vez con menos apoyos entre los más de diez millones de tunecinos que, cabe imaginar, pudieron alegrarse de la caída de Ben Ali.

Lo que enseña también este asesinato político es, por un lado, que el gobierno no tiene capacidad efectiva para manejar a sus fuerzas de seguridad- contaminadas aún por un pasado muy negativo- y, por otro, que los sindicatos (UGTT, por encima de cualquier otro) siguen siendo un referente político de primer orden. Muestra, asimismo, la debilidad interna de Ennahda, con un primer ministro que anuncia la disolución del gobierno para nombrar inmediatamente a otro que incluya únicamente a tecnócratas, y con la réplica del aparato, rechazando la idea por entenderla una mera opinión personal, no sometida a discusión interna.

De lo que hoy está ocurriendo en Túnez no sale beneficiada la ciudadanía, en la medida en que estos sucesos no hacen más que dificultar la respuesta a sus insatisfechas demandas. Y lo mismo puede decirse de todos los actores políticos que apuesten por la instauración de un sistema democrático. La profundización en la crisis solo puede beneficiar a corto plazo a quienes apuestan por el “cuanto peor, mejor”, y entre ellos los salafistas destacan de inmediato. La ciudadanía está mostrando su deseo de un cambio hacia un sistema más abierto, ¿entenderá el mensaje la clase política?

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal