Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Irak, la violencia que no cesa

Por: | 28 de mayo de 2013

Aunque solo puntualmente ocupe los titulares de prensa, la violencia diaria es un rasgo estructural que viene acompañando a Irak desde hace años. Y nada apunta a que vaya a desaparecer a corto plazo. Por el contrario, las cifras de incidentes violentos que aporta el Washington Institut for Near East Policy muestran un imparable crecimiento. Así, si en el primer trimestre de 2011 el promedio mensual era de 358 incidentes, en el mismo periodo de 2012 ya eran 539, para pasar a 804 en los tres primeros meses de este año. Según la ONU, tan solo en el pasado mes de abril han muerto
violentamente 712 personas, el nivel más alto de los últimos cinco años, y mayo parece confirmar la tendencia (con no menos de 200 muertes violentas en la última semana). La sombra de una nueva guerra civil se va haciendo cada vez más alargada, hasta situarnos en un escenario que recuerda al trágico periodo 2006-07, cuando el país estalló brutalmente sin que las fuerzas internacionales
parecieran en condiciones de evitarlo.

A pesar del tiempo transcurrido desde la invasión estadounidense de marzo de 2003, en un contexto como el iraquí siguen estando muy activos los agravios, la codicia y los asuntos pendientes entre actores muy diversos, lo que facilita su instrumentalización cuando se pretende justificar la apuesta por la fuerza armada. Hoy no hay ya tropas internacionales sobre el terreno- tras la retirada estadounidense de diciembre de 2011-, por lo que no cabe argumentar que se trata de una lucha en clave nacionalista contra el invasor. Tampoco puede decirse que sean los chiíes los objetivos prioritarios a batir, en la medida en que también se busca la eliminación de suníes- como puso
de manifiesto el doble ataque contra la mezquita Saraya (en Baquba, capital de Diyala)- y de kurdos (intentando cercenar sus ansias independentistas). Incluso los agentes de policía y de fuerzas de seguridad son objetivo explícito de los violentos, en actos que se producen prácticamente en todos los rincones del país, sin que nadie los reivindique abiertamente.

La búsqueda de responsables de esta creciente oleada de violencia nos lleva, en clave externa, a Siria y a Irán. En el primer caso, la minoría suní de Irak tiende a alinearse con la mayoría suní de Siria que pugna por derribar al régimen alauí (chií) de Bachar el Asad y, por tanto, no es de extrañar que se implique en el esfuerzo bélico que allí se está desarrollando y, en consecuencia, que Irak se vea también convertido en campo de batalla. Irán, por su parte, no ceja en su intento por verse reconocido como el líder regional de Oriente Medio y, desde esa perspectiva, procura asegurar las opciones chiíes en Bagdad, al tiempo que juega a un delicado equilibrio repartiendo sus apoyos entre los diferentes grupos chiíes para no quedarse en desventaja si finalmente Nuri al Maliki desapareciera de la escena política. Una señal de la pérdida de peso de Washington en Irak es el hecho de que John Kerry no haya conseguido que al Maliki niegue el espacio aéreo a Irán en su esfuerzo por apoyar al régimen sirio.

En todo caso, los principales factores determinantes de este alto nivel de violencia son de carácter interno. Y entre ellos el que más destaca es, precisamente, la rebelión cada vez más abierta contra los dictados de un primer ministro, Al Maliki, irrefrenablemente autoritario, hasta el punto de haber activado simultáneamente a suníes y a kurdos en su contra. Lo que en principio (diciembre de 2012) fueron manifestaciones pacíficas contra sus decretos y medidas discriminatorias, combinadas con la aplicación del eternamente válido principio de “divide y vencerás”, aprovechando las fisuras entre kurdos y suníes, ha pasado a ser ya una opción violenta para frenar sus derivas dominantes.

No solamente grupos como El Estado Islámico de Mesopotamia (franquicia local de Al Qaeda, que parece decidida a sumar fuerzas con el sirio Frente Al Nusra), sino también otros como el Movimiento Naqshbandi (suní, neobaazista) y un naciente Ejército Libre de Irak (en la provincia de Anbar) han entendido que la fuerza es el único medio para evitar la irrelevancia a la que Al Maliki quiere condenar a quienes no pertenezcan a su bando. Mirando ya a las elecciones de 2014, el actual primer ministro trata de ese modo de despejar el camino para eternizarse en el poder, evitando que la
mayoría suní pueda recuperar el poder del que ha disfrutado desde la creación del Estado y que los kurdos puedan gestionar directamente las riquezas en hidrocarburos fósiles que atesora la región norte del país.

La lucha contra el terrorismo no es una tarea militar

Por: | 24 de mayo de 2013


Lo que se recoge en el título no quiere decir que las fuerzas armadas no tengan nada que hacer para responder a una amenaza bien real como la del terrorismo internacional. En el esfuerzo sostenido y multifacético que se debe realizar para neutralizarlo, los ejércitos siempre podrán llevar a cabo acciones puntuales y complementarias; pero teniendo bien claro que nunca pueden ser los protagonistas en la respuesta. Y esto vale tanto para lo que acaba de ocurrir en Londres (un soldado muerto a machetazos en plena calle el pasado día 22), como para lo que sucedió antes en Boston (tres personas muertas por una explosión producida en pleno maratón el 15 de abril), e incluso también para lo que se ha vivido primero en Malí desde enero del año pasado y ahora en Níger (con el doble ataque suicida de ayer contra la base militar de Agadez y la mina de uranio de Arlit por parte de MUYAO).

Los instrumentos y los actores principales deben ser los de perfil político, económico, sociocultural, jurídico, educativo, de información e inteligencia, por la sencilla razón de que las fuerzas armadas ni están concebidas, ni equipadas, ni instruidas adecuadamente para tratar ese problema. Éstas, por definición, solo pueden ser activadas como instrumentos de último recurso, siendo conscientes de que incluso un aparente éxito puntual (como la liberación momentánea del Azawad maliense) no resuelve un problema que hunde sus raíces en cuestiones sociopolíticas y económicas, en la persistencia de dobles varas de medida en el plano internacional y en situaciones de discriminación interna que, para hacer aún más complicada la tarea, incorporan un alto componente de subjetividad.

Ésta es precisamente una de las pocas ocasiones en las que España puede servir de ejemplo positivo, en la medida en que desde la aparición de la amenaza terrorista de ETA (y ni el 11-M quebró ese enfoque) se tuvo claro que la mejor manera para hacerle frente no pasaba por otorgarle más protagonismo a los militares. Sin embargo, como bien nos enseñan los garrafales errores cometidos en Afganistán e Irak por la administración Bush hijo (y por otros gobiernos que se alinearon con Washington en aquella época), la tentación de desplegar fuerzas armadas- intentando matar moscas a cañonazos- parece irrefrenable para muchos responsables políticos.

La cuestión parece meridianamente clara. Para luchar contra el terrorismo (que no es lo mismo que hacer la guerra al terror, como proponían los neocons estadounidenses y sus adláteres) hay que hacer simultáneamente frente a los efectos más visibles de esa lacra y a sus causas subyacentes. Para anular los primeros, el objetivo primordial es evitar la radicalización de individuos (sean de la nacionalidad que sean) que terminen por creer que solo la violencia les permitirá resolver sus problemas. Además, si no se ha logrado evitar que lleguen a ese punto y finalmente cometen un ataque/atentado, habrá que procurar detenerlos, enjuiciarlos y condenarlos. Para todo ello, lo fundamental es potenciar mecanismos educativos (incluyendo a los medios de comunicación) y de integración social, política y económica que aborten esa radicalización; junto a instrumentos de cooperación internacional (esta es una amenaza que nos afecta a todos) en materia económica (para cortocircuitar los canales que alimentan financieramente a esos grupos), de información e inteligencia, policial y jurídica (valga la euroorden como ejemplo). Si ya en este contexto el papel de los ejércitos es secundario y complementario (proteger alguna infraestructura vital, impermeabilizar una frontera…), en la lucha contra las causas estructurales resulta elemental entender que no tienen función alguna que desarrollar.

Visto así, ¿alguien puede seguir creyendo que la multiplicación de los polémicos drones, como está haciendo la administración Obama (pasando ahora su gestión a las fuerzas armadas en lugar de a la CIA), va a resolver la amenaza que representan los “lobos solitarios” que ya están moviéndose en nuestros propios territorios o grupos como Al Qaeda y la retahíla de grupúsculos que han florecido bajo su influjo?

El Ártico también existe

Por: | 18 de mayo de 2013

Es un axioma generalmente asumido que un país actúa en el concierto internacional en función de su localización geográfica. Vista a escala humana, la geografía (forma y posición, principalmente) es una referencia prácticamente inalterable, un dato de partida, que determina en gran medida las ventajas (oportunidades) y desventajas (amenazas y riesgos) con las que interactuar en el mundo globalizado que corresponde a nuestros días. Nada parece escapar a la dictadura de la geografía, que, en consecuencia, fija los alineamientos y las prioridades de los Estados a largo plazo.

Solo en raras ocasiones, como sucede ahora en el Ártico, esa realidad cambia ante nuestros ojos. Si en otros casos ha sido el avance tecnológico-como ocurrió con la construcción del Canal de Suez o del Canal de Panamá- aquí se trata de una versión más problemática de la acción humana- el cambio climático-, la que ha propiciado un acelerado interés por lo que hasta hace bien poco era apenas territorio para investigadores científicos y para viajeros muy aventureros. Hoy- como acaba de verse en la reunión ministerial del Consejo Ártico, celebrada en Kiruna (Suecia) el pasado día 15- esta inmensa región suscita un inusitado protagonismo en el que se entrecruzan intereses relativos a la posible apertura de rutas comerciales transoceánicas y a la explotación de sus potenciales riquezas.

El Consejo Ártico se puso en marcha en 1996- por iniciativa de los 8 países con territorio en el Círculo Polar Ártico: Estados Unidos, Canadá, Islandia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia- con el propósito de impulsar la cooperación en materia medioambiental y para la investigación científica. Aunque no tiene ningún poder ejecutivo, es evidente que permite a esos países ir tomando posiciones de ventaja para futuros desarrollos en el área. En esa misma línea, la reunión de Kiruna se ha cerrado con la admisión, como observadores, de China, India, Italia, Japón, Corea del Sur y Singapur. Una señal bien clara de que la reducción de la capa de hielo- en septiembre del pasado año la superficie ártica era casi un 49% menor que el promedio del periodo 1979-2000, llegando a los 3,6 millones de kilómetros cuadrados- está abriendo el apetito de muchos Estados.

Hasta ahora el Consejo Ártico- al que acompañan otros organismos regionales como el Consejo Nórdico, el Consejo Euro-Ártico del mar de Barents y hasta la Conferencia Parlamentaria de la Región Ártica- era una instancia de coordinación intergubernamental que apenas había logrado establecer algún acuerdo sobre respuestas a accidentes medioambientales o para búsqueda y rescate ante accidentes marítimos. Pero ahora, sin que se haya oficializado ningún cambio hacia un organismo con capacidad ejecutiva, es bien visible el intento de situarse en posiciones favorables para intentar sacar más tajada de los previsibles cambios a corto plazo.

Para entender lo que está en juego, basta con recordar que la ruta marítima Rotterdam/Shanghái es un 20% más corta si se opta por la ruta ártica (frente a las costas rusas) en lugar de hacerlo por la mediterránea. Ya en 2012 fueron 46 (frente a los 34 de un año antes) los buques que siguieron este rumbo, transportando un total de 1,3 millones de toneladas (820.000 en 2011) y todo indica que, pese a la falta de infraestructuras y a las dificultades de la travesía, el ritmo aumentará sensiblemente a muy corto plazo. Por otro lado, las estimaciones sobre las enormes riquezas que alberga el subsuelo marino en recursos naturales y materias primas energéticas (con cifras muy diversas, pero siempre en alza, que incluyen petróleo y gas) no hacen más que llamar la atención de responsables gubernamentales y de entidades empresariales ávidas de lograr un trozo de la tarta que el cambio climático está aflorando.

Ni que decir tiene que esta imparable dinámica va a tener también su correlato en clave militar, alimentando la competencia también en este escenario. En claro contraste con todo lo anterior, lo que no se percibe en modo alguno es el mismo nivel de interés por hacer frente conjuntamente al cambio climático en el que ya estamos metidos. Algunos quieren verlo como una buena oportunidad de negocio, mientras otros lo perciben como una amenaza global que no está siendo tratada de manera adecuada. Si tuviera sentido cruzar apuestas sobre temas como este, ¿alguien apuesta a que la inquietud medioambiental se va a imponer a la economicista/militarista?

Embrollada madeja sirio-israelí

Por: | 14 de mayo de 2013

Desde la lógica bélica que hoy impera en Siria tiene sentido que el régimen trate de hacer pasar los recientes ataques aéreos israelíes sobre su territorio como una muestra inequívoca de que Tel Aviv ha decidido implicarse directamente en el conflicto, tomando partido a favor de los rebeldes. Pretende así fragmentar aún más a sus opositores, identificándolos como instrumentos del deseo sionista por destruir a los árabes. Asimismo, aspira a recuperar apoyos sociales sensibilizados ante lo que muestra como un enemigo común que intenta sacar provecho de la crisis interna (machaconamente presentada como una lucha contra el terrorismo yihadista).

Pero desde esa misma lógica resulta insostenible el argumento, dado que Israel solo ha actuado en defensa de sus propios intereses, tratando de evitar que se cruce una línea roja que considera prohibitiva: el reforzamiento militar de Hezbolá haciéndose con misiles que le permitan afectar a instalaciones y centros neurálgicos israelíes (de población, pero también productivos y militares). Eso es lo que viene haciendo ya como mínimo desde enero- cuando destruyó un convoy que previsiblemente transportaba misiles tierra-aire SA-17- y eso es lo que ha vuelto a repetir a principios de este mes- en el ataque a instalaciones del aeropuerto internacional de Damasco y a instalaciones militares cerca de Jamraya. El objetivo en este reciente caso eran los misiles tierra-tierra M-600- prácticamente idénticos a los iraníes al Fateh-110, de combustible sólido, con capacidad para colocar con alta precisión una cabeza de hasta 500kg. a unos 300km. de distancia desde una plataforma móvil. Unos ingenios que harían de Hezbolá una amenaza de orden superior a la que ya representa actualmente como el actor más poderoso de Líbano, tanto en el terreno político- como se acaba de evidenciar con la forzada dimisión del primer ministro Najib Mikati- como en el militar- con cohetería y misiles que superan los 10.000 y un reforzado volumen de combatientes que también superan de largo esa cantidad.

Dicho de otro modo, Israel no tiene la intención de alinearse con ninguno de los bandos sirios enfrentados. Ha vivido cómodamente durante más de cuarenta años con un régimen que ha aceptado sin remedio el statu quo impuesto tras la ocupación del Golán y no desea en modo alguno fomentar a unos rebeldes que, si llegan a imponerse al dictador, muy pronto acabarán creándole serios problemas. Visto así, lo que Israel prefiere- como mal menor- es la perpetuación del conflicto sirio, entendiendo que eso se traduce progresivamente en el debilitamiento de todos los actores implicados (no solo los sirios sino también, y sobre todo, Irán). Ataques como los realizados hasta ahora (que probablemente se repetirán en el futuro) responden, por tanto, a la idea de impedir a toda costa que Hezbolá siga alimentándose de lo que Teherán les suministra y de lo que Damasco quiera traspasarle.

Cuenta para ello con el convencimiento, confirmado por los hechos, de que las bravatas de Bachar el Asad (en el sentido de que cualquier acción militar israelí será contestada de inmediato) siempre se han quedado en meras palabras. Hoy, sumido en una lucha por la supervivencia del clan alauí, el Asad no puede permitirse abrir un nuevo frente contra Israel. Es más, en lo que va de año incluso ha tenido que retirar tropas próximas al ocupado Golán para emplearlas en otros frentes internos mucho más activos. Hacerlo le supondría, además, arriesgarse a perder el principal elemento que le está permitiendo mantener el pulso contra los rebeldes: su fuerza aérea. Una señal adicional de la indisimulada aversión del régimen (pero también de Hezbolá) a asumir el riesgo a enfrentarse frontalmente con la maquinaria militar israelí ha sido el tratamiento mediático que han dado a los ataques recibidos. Ambos han optado por negar que dichos ataques se hayan producido, para no verse ante la tesitura que estar a la altura de sus balandronadas.

Por su parte, Irán tampoco quiere “quemar” prematuramente una baza tan notable como Hezbolá, por si tiene que emplearla el día de mañana como una baza de retorsión directa ante un ataque israelí. Es sobradamente conocido que combatientes del Partido de Dios libanés- estimados por algunas fuentes en unos 7.500- están ya echando una mano a las fuerzas leales al régimen sirio, junto a elementos del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica iraní. Eso evidencia que para Teherán es importante mantener al menos un pie en Siria, pensando en su objetivo de ampliar su radio de influencia desde el Golfo hasta el Mediterráneo, pero sin llegar al extremo que agotar todas sus cartas en ese escenario.

Mientras tanto, si se confirma lo apuntado por la comisión internacional de la que forma parte la renombrada jurista Carla del Ponte- en el sentido de que los ataques con armas químicas contra población civil siria no habrían sido efectuado por el régimen sino por grupos rebeldes-, cabría preguntarse si esos grupos violentos no están dispuestos a todo con tal de provocar una intervención militar internacional.

Frente Polisario, ¿algo que celebrar?

Por: | 10 de mayo de 2013

Hoy se cumplen cuarenta años desde la creación del Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro (Frente Polisario) y en diez días se cumplen además los mismos años del arranque de la lucha armada contra Marruecos, iniciada con el objetivo de lograr la creación de una entidad estatal para el pueblo saharaui. Una entidad- la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), proclamada el 27 de febrero de 1976, coincidiendo no por casualidad con la retirada definitiva de España de su antigua colonia- que no abarca la totalidad del Sahara Occidental. En realidad- a base de acciones militares, instalación de colonos e inversiones considerables- Marruecos ha logrado de facto integrar bajo su férula al llamado “Sahara útil”, en el que se ubican los principales recursos (fosfatos, pescado y, potencialmente, hidrocarburos), salvaguardado tras los muros de arena vigilados hasta hoy por más de 100.000 soldados.

Las conmemoraciones principales, que se desarrollan en el campamento de refugiados El Aaiún (y no, como señalan algunos medios de comunicación, en la ciudad del mismo nombre, controlada por Marruecos), consisten en un discurso del líder/presidente Mohamed Abdelaziz y en un desfile militar. Si se dibuja un mínimo balance de lo cosechado en estos cuarenta años, resulta difícil entender lo que se celebra hoy, más allá del gesto simbólico que supone seguir mostrando que hay vida (social y política) incluso en las pésimas condiciones en las que se encuentran los refugiados saharauis.

Así, en la parte positiva del balance, apenas cabe mencionar que la RASD es miembro de la Unión Africana (de la que Marruecos es el único país del continente que se ha quedado al margen, precisamente como consecuencia del reconocimiento saharaui) y que decenas de Estados reconocen su existencia. También es inicialmente positivo que desde 1991 se haya cerrado la etapa de confrontación violenta abierta entre las tropas marroquíes y el Polisario, con la aprobación de un plan de paz de la ONU que contemplaba la celebración de un referéndum de autodeterminación que, como es bien sabido, nunca ha llegado a celebrarse. Pero poco más puede añadirse a la lista.

Por el contrario, abundan los elementos negativos. El principal es considerar que hace esos mismos cuarenta años que la mayor parte de la población saharaui se encuentra confinada (y crecientemente abandonada) en el territorio argelino de la región de Tinduf, sobreviviendo a duras penas en la hamada (el desierto dentro del desierto). A pesar de su notable resiliencia y de la capacidad y activismo de su capital humano, es obligado reconocer que viven de la caridad internacional (expresada por numerosas redes de apoyo social y por algunos gobiernos y agencias internacionales). Además, en términos reales, su causa ha ido perdiendo peso en la agenda internacional, del mismo modo que el Polisario ha ido perdiendo credibilidad y apoyos políticos, tanto de su principal valedor (Argelia) como del conjunto de los países que se integran en el Grupo de Amigos (¿?) del Sahara Occidental (EE UU, Rusia, Gran Bretaña, Francia y España).

Puede causar admiración su inquebrantable voluntad de seguir apostando por la materialización de su sueño de soberanía. Pero también causa congoja comprobar cómo se van quedando sin fuerzas propias y sin apoyos sustanciales externos para seguir impulsando ese empeño. Conscientes, por un lado, de que la opción violenta no sería entendida en el contexto internacional de hoy y, por otro, de que su extrema debilidad militar lo abocaría a una segura derrota contra unas fuerzas marroquíes abrumadoramente superiores, hoy apenas les queda baza alguna.

Cuando ya nada pueden esperar de la comunidad internacional en un marco que apenas disimula su apuesta promarroquí. Cuando Rabat ha mostrado por activa y por pasiva que no está dispuesto a ir más allá de una mera descentralización administrativa en el marco de una reforma de la organización del reino que nunca llega. Cuando sus propias fuerzas se debilitan hasta el extremo y sus gobernantes están sometidos a un innegable cuestionamiento interno. Cuando la solidaridad internacional de numerosas organizaciones no gubernamentales apenas basta para paliar parcialmente los efectos más perversos de su situación. ¿Qué les queda por hacer? ¿Qué pueden celebrar?

Guerra de minas, nuevo ensayo USA en el Golfo

Por: | 05 de mayo de 2013

Entre los días 6 y 30 de mayo, y por segunda vez en menos de un año, las aguas del Golfo van a ser el escenario de un ejercicio militar que implica a buques de guerra de más de treinta países. En el marco de una tensión creciente, y con Irán como referencia inequívoca, Estados Unidos vuelve a la carga en su intento por mejorar la maquinaria naval para hacer frente a la amenaza de que Teherán decida en algún momento minar unas aguas por las que sale casi el 40% de todo el petróleo que transita por los mares y no menos del 20% del gas licuado.

Ese fue el mismo objetivo que, en septiembre pasado, llevó a Washington a realizar un ejercicio similar- con participación de otros 32 países y más de 3.000 efectivos- que se saldó con resultados insatisfactorios. Si, por un lado, quedó de manifiesto el interés común de muchos países por garantizar el tránsito de esas vitales materias primas por el estrecho de Ormuz; por el otro, fue notoria la dificultad para combinar los medios disponibles de manera eficaz contra una amenaza que Irán ha planteado en reiteradas ocasiones. Dos ejercicios de esta magnitud en menos de un año da sobrada idea de la importancia que se concede a dicha amenaza, con capacidad para impactar directamente en los planes de recuperación de la larga crisis en la que muchos países están sumidos.

La decisión estadounidense es, simultáneamente, un gesto político y una necesidad militar. En el primer sentido, se trata de mostrar a Israel que Washington se toma en serio la amenaza que representa Teherán; pero cuidando en todo caso de no aparecer como agresor (los ejercicios se realizan en aguas internacionales y se presentan como estrictamente defensivos). Al mismo tiempo, pretende aumentar la presión contra Irán, movilizando a gobiernos muy dispares- estarán todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, con la llamativa ausencia de China, además de países occidentales, árabes y otros-, como señal del aislamiento general que sufre el régimen de los ayatolás.

En el terreno militar, baste decir que en las maniobras de septiembre no se logró destruir ni una tercera parte de las minas sembradas por los propios organizadores. Con el décimo tercer Ejercicio Internacional de Medidas para Contrarrestar Minas (IMCMEX, en inglés)- liderado por el vicealmirante John W. Miller, jefe de la V Flota estadounidense, con cuartel general en Bahréin- se pretende, sobre todo, mejorar sustancialmente la capacidad antiminas- contando con que Irán sigue reforzando su capacidad de minado y de obstrucción del tráfico- para negar a Teherán una poderosa baza de retorsión ante cualquier posible ataque a sus intereses vitales (programa nuclear incluido).

La estrella anunciada de estos nuevos ejercicios es el vehículo submarino no tripulado Seafox, que no estaba en servicio en las anteriores maniobras. Pero hará falta mucho más que ese ingenio- de dotación en las armadas estadounidense y británica- para forzar un giro contemporizador por parte del régimen iraní.

Afganistán-Pakistán, la violencia que viene

Por: | 02 de mayo de 2013

Todavía sigue siendo a pequeña escala, pero el proceso de choques violentos entre tropas afganas y paquistaníes- como el que acaba de producirse en la provincia afgana de Nangarhar- apunta a un serio problema de seguridad a corto plazo. La animadversión vecinal se remonta como mínimo al establecimiento de la línea Durand, que los británicos fijaron como frontera común a finales del siglo XIX, y que sigue sin ser reconocida por Kabul. Y hoy, con el añadido de mutuas recriminaciones sobre el apoyo a grupos rebeldes ubicados en territorio vecino, el panorama se oscurece aún más en cuanto se toma en consideración que la retirada de las fuerzas de la OTAN (y, sobre todo, de Estados Unidos) de Afganistán va a hacer aún más difícil el control de una divisoria tan porosa, con pastunes a ambos lados, a partir de finales del próximo año.

Volviendo la vista a la década de los ochenta del pasado siglo, nos encontramos con el intento paquistaní de imponer un régimen afgano obediente (o, al menos, neutral) a sus designios. A favor de la corriente de apoyo estadounidense a los entonces llamados muyahidín (luchadores por la libertad)- carne de cañón local empleada para desbaratar la invasión soviética-, Islamabad apoyó decididamente a quienes creía fácilmente manipulables. Su intención última era (y es) neutralizar el frente afgano para poder concentrar sus fuerzas en hacer frente a la creciente presión de su archienemigo (India), con Cachemira como centro principal de tensión. En los años noventa ese apoyo se redirigió, también con la complicidad estadounidense, hacia los talibán. Pastunes afganos en su inmensa mayoría, los talibán emergían como los nuevos socios locales que Islamabad creía poder manejar a su antojo.

Es bien evidente que, incluso antes del trágico 11-S, esos planes habían fracasado, pero ya era entonces imposible rebobinar la película para evitar los crecientes problemas que esos grupos rebeldes- que ya hace tiempo que se dedican a desarrollar su propia agenda, sin subordinarse fácilmente a ninguna instancia superior- iban a causar no solo a Afganistán sino también a Pakistán. Desde entonces, y en una secuencia tantas veces repetida de reprimendas recíprocas, la tensión ha aumentado hasta el punto de que ya se ha llegado al choque directo entre sus respectivas fuerzas armadas. Ambos han entrado hace tiempo en una espiral tan conocida como contraproducente, que consiste básicamente en echar la culpa al vecino de los males propios, buscando fortalecer de paso la debilitada cohesión nacional interna, y en alimentar a pequeños monstruos inicialmente dóciles como mecanismo de circunstancias para debilitar al vecino.

Para mayor preocupación, como se ha visto en todos los episodios violentos registrados hasta ahora, la presencia de las fuerzas de ISAF apenas sirve de freno, en la medida que tampoco han logrado impermeabilizar la frontera afgano-paquistaní, ni mucho menos eliminar el problema que representa la existencia de santuarios a ambos lados de la línea Durand que sirven a los talibán afganos y paquistaníes golpear en el país vecino. Por el contrario, los talibán afganos se sienten crecidos y en condiciones de volver a tocar poder muy pronto, mientras los talibán paquistaníes constituyen ya una clara amenaza a la estabilidad de su país.

Visto así, todo apunta a que la violencia irá progresivamente en aumento, aprovechando la debilidad de ambos gobiernos para garantizar la seguridad de su propio territorio. En el marco de un proceso de retirada internacional ya en marcha, las incógnitas sobre el resultado de las elecciones afganas- en abril de 2014, para sustituir a Karzai-, la innegable fractura estructural que presenta Pakistán y, sobre todo, el auge de los talibán a ambos lados de la frontera auguran tiempos muy difíciles. Y, absorbidos por el día a día, nadie parece darse por enterado.

El País

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