Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Catar se apunta al pragmatismo

Por: | 22 de julio de 2013

    El minúsculo peso del emirato qatarí (con sus 11.500 kilómetros cuadrados y apenas 1,9 millones de habitantes, de los que el 80% son extranjeros) se compensa con su inmensa riqueza en hidrocarburos (es el tercer país del planeta en reservas de gas, lo que se traduce en una renta per cápita que ronda los 100.000 dólares). Independiente desde 1971 y siempre bajo el férreo reinado de la familia Al Thani, el régimen ha sabido mantener la estabilidad en el interior del país, al tiempo que ha ido ampliando su radio de acción hasta convertirse actualmente en uno de los referentes políticos del mundo árabe.

En clave interna, el pasado 25 de junio el emir Hamad bin Khalifa al-Thani abdicó en su cuarto hijo, Tamim bin Hamad al-Thani, sin que quepa suponer que este gesto vaya a suponer cambios sustanciales en una línea política que garantiza el control de todas las instancias de poder en manos de la familia.

Tampoco caben esperar a corto plazo convulsiones notables en una política exterior centrada en garantizar la seguridad del régimen frente a actores muchos más poderosos a través de una amplia agenda de relaciones públicas que le permite simultáneamente mantener una voz crítica con la cadena Al Jazeera, conservar en su suelo la mayor base militar estadounidense y establecer canales de diálogo directo con Israel, por un lado, y con Irán y los talibán afganos, por otro. Como resultado de ese afán internacionalista, sus tentáculos han llegado hasta el Magreb (con apoyos a los rebeldes libios y al proceso de cambio en Túnez), a Egipto (como uno de los principales valedores de Mohamed Morsi y de los Hermanos Musulmanes), a Palestina (reforzando las opciones de Hamas frente a la Autoridad Palestina) y a Siria (con un significativo apoyo económico y militar a los opositores al régimen de Bachar el Asad).

Pero en ese camino de apuesta por el cambio- que contrasta frontalmente con el comportamiento que ha tenido en otros escenarios más próximos a su propio territorio- ha tropezado no pocas veces con Arabia Saudí. Así acaba de ocurrir en Siria, donde finalmente el líder opositor Ghassam Hitto ha tenido que renunciar a su cargo al frente de la Coalición Nacional Siria y el candidato apoyado por Doha, Mustafa Sabbagh, ha sido derrotado por el candidato de Riad, Ahmad al Jarba, emparentado con el monarca saudí por vía matrimonial. Lo mismo cabe decir de lo sucedido en Egipto, donde la apuesta qatarí por Mohamed Morsi (se estima en unos 8.000 millones de dólares la ayuda prestada en este último año por el emirato al depuesto presidente egipcio) ha dado paso a un notable protagonismo saudí (y también de otros países como Kuwait y Emiratos Árabes Unidos) en apoyo a las nuevas autoridades tuteladas por los militares.

Aunque en primera instancia lo ocurrido en estos dos escenarios puede interpretarse como un revés en la política exterior qatarí, se va abriendo paso una segunda lectura que identifica al nuevo emir como un gobernante más pragmático. Interesa recordar que ya en 2007 puso en marcha un comité bilateral diseñado precisamente para limar las tensiones entre Riad y Doha. Visto así, podríamos estar ante una aceptación qatarí del liderazgo saudí en el campo suní, tanto por entender que las diferencias entre ambos terminan por debilitar su causa ante la emergencia chií liderada por Irán, como por rebajar las críticas recibidas desde Washington (notorias, por ejemplo, cuando Catar decidió entregar misiles antiaéreos portátiles a los rebeldes sirios). De momento, Doha se ha sumado ya a los que muestran su apoyo al nuevo presidente egipcio.

Malala sí, Chad no. ¿Por qué?

Por: | 18 de julio de 2013

    Es de justicia hacerse eco de la tragedia y valentía demostrada por la niña paquistaní Malala Yousafzai frente a la opresión talibán. Su activismo en defensa de los derechos de las mujeres en el valle del río Swat le ha supuesto un brutal castigo por parte de quienes siguen empeñados en imponer por la fuerza su visión de las cosas y, posteriormente, el reconocimiento general de la comunidad internacional (escenificado con su reciente presencia en la ONU). Nada habría que reprochar en principio a esa atención mediática y política, necesitada al parecer de poner una cara concreta a la tragedia para buscar la empatía con la opinión pública.

En todo caso, uno de los peligros que tiene ese tipo de enfoque es que, cuando no hay un caso personal y una cara que mostrar, resulta mucho más difícil (por no decir imposible) informar, sensibilizar y, sobre todo, activar respuestas a otras tantas tragedias que salpican nuestro planeta. Pongamos, por ejemplo, el caso de Chad. Se trata de uno de los países más pobres del planeta (su IDH es de 0,340, lo que lo coloca en el puesto 184 del mundo), con un 80% de sus casi 11 millones de habitantes viviendo en situación de pobreza extrema. En una superficie que más que duplica a la de España conviven más de 200 grupos étnicos, ligados a una economía agrícola de subsistencia, sin que el supuesto maná del petróleo descubierto hace ya una década haya servido para mejorar sus pésimas condiciones de vida. Tampoco su seguridad está garantizada sino que, por el contrario, se encuentran sometidos a una permanente dinámica de violencia, sobre todo en las zonas fronterizas.

Según acaba de dar a conocer el servicio de información de OCHA y el ACNUR, se está detectando un creciente movimiento de regreso de refugiados chadianos a su tierra: en Tissi (desde Sudán), Maro (desde República Centroafricana), Faya (desde Libia) y N’Gouboua (desde Nigeria), escapando de la violencia que asola sus precarios lugares de residencia en esos países. Son, en su mayoría niños- el 72% de los 22.000 retornados a Tissi y el 60% de los 1.300 que lo han hecho desde Nigeria- que no tienen posibilidad alguna de recibir educación escolar, ni por supuesto asistencia médica, comida o cobijo decentes. No se mueven evidentemente por placer, sino escapando de la violencia desatada últimamente en Darfur entre comunidades Misseriya y Salamat, entre las fuerzas armadas nigerianas y el grupo terrorista Boko Haram o entre las diversas comunidades tradicionalmente enfrentadas en RCA o en la muy inestable Libia.

Por si esta carga no fuera ya excesiva, Chad es tierra de refugio para unas 300.000 personas que malviven a la espera de tiempos mejores, ubicados sobre todo en la franja fronteriza oriental. Tan solo en el periodo enero-abril de este año se ha registrado la llegada de 30.000 sudaneses a Tissi, apiñados en el campo Adgadam (a unos cuarenta kilómetros de la frontera con Sudán).

Es bien sabido que Chad no tiene capacidad para asistir y proteger adecuadamente a esa marea humana. Sin embargo, ni se detecta ningún esfuerzo serio por prevenir las recurrentes crisis que allí se suceden, ni tampoco por gestionarlas para reducir en lo posible su impacto sobre las poblaciones afectadas. Los llamamientos humanitarios- que nunca podrán ser los instrumentos idóneos para resolver los problemas sociales, políticos y económicos que alimentan la inestabilidad estructural del país- no se cubren por falta de voluntad internacional para centrar el foco en la región. ¿Seguiremos así hasta que haya una Malala chadiana, o ni siquiera entonces?

Lecciones islamistas a partir de Egipto

Por: | 16 de julio de 2013

Mientras continúa la busca y captura de líderes de los Hermanos Musulmanes (HHMM) y la violencia se extiende por las calles, Egipto vive en pleno estado de alarma. En términos muy sintéticos, la situación actual presenta a unas fuerzas armadas que vuelven a primera fila de la vida nacional para, por un lado, imponer el orden público- conscientes de que su margen de maniobra es muy estrecho antes de que la represión dañe su imagen de salvadores de la patria- y, por otro, para diseñar sobre la marcha las reglas de un juego en el que no todos quieren implicarse. Por su parte, la mayoría de las fuerzas y movimientos opositores aceptan sin apenas disimulo la intromisión militar y tratan desesperadamente de consolidar una plataforma secular que les permita auparse al poder (aunque sea bajo la tutela militar). Los HHMM, entretanto, movilizan a sus bases para no verse desplazados del centro de la escena política, mientras sueñan con que la siguiente convocatoria electoral les vuelva a recompensar con lo que ahora les ha sido arrebatado por la fuerza.

Por su parte, la comunidad internacional ha reaccionado con calculada ambigüedad y muy escasas posiciones claras. Entre estas últimas destaca el franco apoyo al golpe de los regímenes sirio y saudí- por entenderlo como un refuerzo a sus tesis de que el islam político es desestabilizador y enemigo de la democracia (al margen de que ellos no la representen). En esta línea hay que contabilizar también los apoyos económicos de urgencia de Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait (ninguno de ellos modelo de democracia). Lo mismo cabe decir, pero en sentido contrario, por parte de los gobiernos tunecino y turco, temerosos de que sus militares puedan sentirse tentados a emular a los egipcios.

En cuanto al resto, y sobre todo por lo que respecta a los occidentales, resultan patéticas las disquisiciones bizantinas que aspiran a presentar lo ocurrido como algo distinto a un golpe y se limitan a expresar su esperanza de que todo vuelva a la normalidad. Ejemplo a destacar entre todos es el propio Estados Unidos, que mantiene la ayuda económica y la entrega de armamento a los golpistas, con el añadido de la primera visita al país del subsecretario de Estado, William Burns, para confirmar que a los ojos de Washington no ha pasado nada grave.

En paralelo a lo que pueda ocurrir en los próximos días en Egipto, la interrupción del proceso político abre interrogantes muy poderosos sobre el rumbo que puede adoptar el islam político en el futuro inmediato. Dentro de Egipto los salafistas de Al Nur muestran bien a las claras la inconsistencia de sus posiciones, basculando entre un inicial apoyo al golpe (como reacción a su descontento con Morsi por no darles un mayor peso en los asuntos de gobierno) y una oposición frontal al nombramiento de Mohamed al Baradei como posible primer ministro. Sin descartar que vuelvan a sus posiciones originales, como un movimiento más centrado en el cumplimiento estricto de las normas islámicas alejado del campo político partidista, es más previsible que traten de arrimarse al sol que más caliente para seguir ampliando su presencia en las instancias de poder.

En cuanto a los HHMM, cualquier cálculo arranca de una variable que no controlan directamente. Si las nuevas autoridades decretan su ilegalización- lo que constituiría un error de imprevisibles consecuencias- verían muy dificultada su tarea, aunque eso no anule la capacidad de maniobra de un grupo que se ha movido 84 años en la clandestinidad. En todo caso, lo ocurrido puede tensar aún más las fracturas internas que ya se habían puesto de manifiesto durante el proceso de caída de Mubarak, especialmente por parte de los jóvenes de la hermandad y de quienes consideran que los poderes fácticos nunca les van a dejar consolidarse como una opción de gobierno. Una consecuencia lógica de ese proceso será la radicalización del movimiento.

En el exterior, otros movimientos más o menos próximos a los HHMM van a experimentar el mismo debate, con posiciones cada vez más polarizadas entre la oportunidad de integrarse en el juego político o de recurrir a las armas como único método para imponer sus ideas en las distintas sociedades en las que ya están presentes. El punto central del debate es que si ni siquiera los HHMM (con una generalizada imagen de moderación) tienen cabida en el marco democrático, muchas menos opciones tendrá el resto. Evidentemente, los yihadistas tratarán de sacar provecho del revolcón sufrido por los HHMM, argumentando que su opción violenta es la única que puede romper el bloqueo impuesto al islam en el terreno político.

De regreso a Egipto, es de esperar que los HHMM insistan en mantener la tensión en las calles- con peligro de que derive en violencia brutal- para erosionar la imagen salvífica del ejército, para obtener concesiones que le permitan seguir ocupando un espacio político y para poder hacerlo sin que parezca que se han sometido al dictado militar. Los militares, por su parte, seguirán tratando de acallar las protestas populares para dar a entender que todos los egipcios están de acuerdo con sus planes.

Error sobre error en Egipto

Por: | 09 de julio de 2013

        Ya metidos en Ramadán y con la perspectiva de una semana desde el golpe de estado, en ningún caso puede considerarse una buena noticia que el proceso de cambio político que vive Egipto desde la caída de Mubarak (11 de febrero de 2011) haya sido interrumpido bruscamente por los militares. Es bien sabido que desde 1952, las fuerzas armadas son un actor político de primer orden en la historia del país, sin olvidar que son también un potente actor económico (se estima que entre un 25 y un 40% del PIB nacional está directamente en sus manos). Constituyen una casta que ha servido de ascensor social para varias generaciones, hasta el punto de convertirse en la columna vertebral del Estado, sin haber perdido sorprendentemente una muy positiva imagen entre la ciudadanía.

Aunque su actuación no encaje con los modos políticos de las democracias consolidadas, hay que entender que todo ello le confiere una autoridad ampliamente reconocida en amplias capas de la población egipcia para arbitrar el proceso que debería conducir al país a convertirse en la primera democracia árabe. Visto así, su actuación para defenestrar a Mohamed Morsi de la presidencia, tan solo un año después de su elección, es mucho más el resultado de los errores acumulados por quien no supo gestionar su victoria que el deseo de los uniformados por gobernar el país.

En realidad, como ha quedado tantas veces demostrado en estos últimos dos años, los militares están más cómodos moviéndose fuera del alcance de las cámaras. Su interés fundamental es preservar sus privilegios (algo que habían logrado ya de hecho en la cohabitación que habían establecido con Morsi), garantizar la estabilidad del país, respetar el acuerdo de paz con Israel y asegurar la libertad del tráfico por el canal de Suez. De ningún modo quieren asumir la pesada carga de gestionar los asuntos diarios en una situación socioeconómicamente tan delicada como la actual. En consecuencia, habían dejado en manos de Morsi y del Partido Justicia y Libertad esa tarea de desgaste, tutelando desde la distancia un proceso que tenía como primer reto mejorar el nivel de bienestar del conjunto de los 84 millones de egipcios, devolverles su dignidad y asentar un marco de libertades que pusiera fin a la endémica corrupción del sistema.

Todo indica que Morsi no supo interpretar adecuadamente el mensaje. En lugar de buscar la incorporación del más amplio número de actores políticos posible (a fin de cuentas su victoria apenas superó el 51% de los votos emitidos), reforzó la hermanización del Estado, copando todas las instancias de poder con miembros de los Hermanos Musulmanes (HHMM). Si a eso se le une que en ningún momento ha logrado dar la vuelta a una situación económica muy negativa, se explica que tanto una buena parte de la población como sectores que se sentían agraviados (desde los coptos a los jueces, pasando por secularistas, demócratas y jóvenes revolucionarios) hayan planteado un desafío (en la forma del movimiento Tamarod) que ha desembocado en las movilizaciones del pasado día 30. Ese escenario de movilización ciudadana ha servido, por tanto, de base argumental para que el general Al Sisi haya escenificado el ultimátum que ha eliminado a Morsi.

Mirando hacia adelante, lo más inmediato es frenar la dinámica de violencia que se empieza a registrar en las calles, puesto que si eso ocurre se haría imposible reiniciar ningún nuevo proceso de cambio político. Más allá de eso, el panorama global es inquietante por mucho que los militares han tratado de corregir errores del pasado, incorporando desde el primer momento a figuras tan relevantes como el líder suni de Al Azahar, al patriarca copto y a Mohamed El Baradei (cabeza visible del Frente 30 de Junio, brazo político del movimiento Tamarod). También se han apresurado a nombrar a Adly Mansour, presidente del Tribunal Constitucional, como presidente interino, respondiendo precisamente a una de las peticiones concretas de Tamarod.

Pero nada de eso despeja por sí solo un horizonte cargado de incertidumbre. Porque, en definitiva, los militares saben que no hay ningún grupo político tan consolidado como los HHMM que pueda servir como interlocutor y como responsable de la gestión de los asuntos nacionales. Esperando que los nuevos gobernantes no cometan el error de ilegalizar al Partido Justicia y Libertad (lo que alimentaría la victimización de los HHMM), nadie puede garantizar que la próxima Constitución vaya a ser más equilibrada que la ahora suspendida, ni que el vencedor en las próximas elecciones sea más sinceramente demócrata. ¿Y si vuelven a ganar los islamistas?

No hay paz a la vista en Palestina

Por: | 02 de julio de 2013

El pasado día 23 los palestinos de Gaza y Cisjordania se echaron a la calle para celebrar la designación de Mohamed Assaf, joven gazatí de 23 años, como “ídolo árabe”, tras su victoria en un concurso musical televisivo. En claro contraste con lo anterior, no hubo ninguna movilización social ni cuando el desconocido Rami Hamdallah anunció su dimisión del puesto de primer ministro el día 20, ni cuando el debilitado presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abbas, la aceptó el mismo día 23. Este simple ejemplo muestra sobradamente el hastío que embarga a la población del Territorio Palestino Ocupado (TPO) con respecto a una clase política de la que ya no espera prácticamente nada.

En realidad el nombramiento de Hamdallah nunca fue visto como un remedio para resolver los graves problemas que sufren los más de 3,5 millones de habitantes del TPO. Una vez superada la relativa sorpresa de su designación, teniendo en cuenta su inexperiencia política, todo se redujo a entender que su presencia al frente de un desgastado gabinete ministerial quedaba anulada por la designación de Mohamed Mustafa, hombre de confianza de Abbas, como viceprimer ministro, encargado de asegurarse de que todo quedaba bajo control directo del rais palestino. Un presidente, por otro lado, que ya hace cuatro años que superó su mandato, agotando su capital político en infructuosas gestiones para cerrar la fractura interna palestina, aliviar el malestar socioeconómico de una población castigada a diario por Israel y ser tenido en cuenta en el escenario internacional.

La percepción generalizada hoy en el TPO es que el edificio construido en torno a los Acuerdos de Oslo está definitivamente roto y que el tiempo corre en contra de los palestinos. La fractura entre Hamas y Fatah sigue abierta, sin expectativa alguna de que se pueda constituir el gobierno de unidad nacional tantas veces anunciado. Si la dimisión de Salam Fayyad (13 de abril) se quiso presentar como el levantamiento de un obstáculo para lograrlo, el nombramiento de Hamdallah (6 de junio) fue desde el principio rechazado frontalmente por Hamas al considerar que se trataba de un movimiento unilateral de la AP que ahondaba las diferencias.

Mientras tanto, el nuevo gobierno de Benjamin Netanyahu sigue adelante en una senda que percibe cada vez más abiertamente favorable a sus intereses. Así se explican declaraciones públicas como las efectuadas por el ministro de economía, Naftali Bennett, dando a entender que “el intento de establecer un Estado palestino en nuestra tierra ha terminado”. Por si eso no bastara, el vice ministro de defensa, Danny Danon, transmite la idea de que “la mayoría de los israelíes ha renunciado a la idea de paz por territorios”, que desde la firma del acuerdo con Egipto (1978) ha sido la base de todo posible acuerdo entre Israel y sus vecinos, y que lo único que queda por hacer es anexionarse el resto de Cisjordania. Estas tomas de posición transmiten el espíritu dominante de un gabinete que se siente respaldado por su población para seguir adelante con una estrategia de hechos consumados que no se detiene ante la falta de respeto al derecho internacional, la violación de los derechos humanos de los palestinos y la negación de sus aspiraciones políticas de contar con un Estado propio viable.

Dadas esas condiciones, suena irreal que tanto el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, como otros mandatarios occidentales insistan nuevamente en que existe una ventana de oportunidad para la paz. Por el contrario, lo que se percibe es un creciente desinterés en la paz en Palestina, tanto por parte de una clase política palestina enfrascada en sus luchas internas, como por parte de un Israel que se cree capacitado para gestionar sin mayores problemas el territorio ocupado (se acaban de cumplir ahora 46 años) y la relativa presión de Washington.

Visto así, poco puede esperarse de la quinta visita de Kerry a la zona desde su nombramiento en febrero pasado, en un nuevo intento por acercar posiciones con vistas a la constitución de una hipotética mesa de negociaciones.

El País

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