Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Una nueva (¿última?) oportunidad para Irán

Por: | 29 de agosto de 2013

Extramundifoto

Aunque durante el mes que ahora termina el foco mediático ha estado centrado en Egipto y en Siria, desde el pasado día 4 Irán está iniciando una nueva etapa que pretende dejar atrás su imagen de paria internacional y remontar una crisis que está dañando seriamente a la mayoría de su población. Nada asegura, sin embargo, que lo que ahora arranca no termine por arruinar definitivamente sus opciones para dejar de ser visto como una amenaza a la seguridad internacional y como un régimen tiránico para su propia gente. En buena medida eso va a depender de la gestión que haga el nuevo presidente iraní, Hasan Rohani, sin olvidar en ningún caso que la referencia última es Ali Jamenei, en su calidad de líder supremo.

Un buen punto de partida para vislumbrar lo que pueda suceder es recordar que entre ambos dignatarios, clérigos de alto nivel y leales a un modelo al que llevan sirviendo desde hace décadas, existe una amistad personal que ha superado muchas pruebas. Esto hace suponer que ambos remarán en principio en la misma dirección, conscientes de la necesidad de atender simultáneamente al frente interno- ante las crecientes demandas de la población (sobre todo económicas, pero también sociopolíticas)- y al externo- desactivando una dinámica que se ha traducido en cuatro rondas de sanciones que repercuten negativamente en su sueño de liderazgo regional y en su margen de maniobra para salir de la crisis que le afecta desde hace años. Su condición de hombre del régimen y su cercanía a Jamenei descartan ya no solo cualquier hipótesis de movimiento de acoso y derribo del modelo que les ha aupado a ambos a su posición actual, sino incluso de reforma sustancial de las bases de un modelo que busca asentar a Irán como la referencia fundamental de Oriente Medio.

Rohani cuenta de partida con un apreciable margen de maniobra, avalado por su victoria en las urnas. Pero también sabe que eso se puede agotar rápidamente si la población no percibe cambios positivos a muy corto plazo en su deteriorado nivel de vida. Más allá de esa momentánea fortaleza, todo lo demás, será una carrera de obstáculos. Los más inmediatos proceden de dentro del propio sistema. A fin de cuentas, él no es más que el primer funcionario de un sistema en el que los elementos más conservadores (incluyendo a los poderosos pasdaran) han logrado indiscutibles posiciones de ventaja sobre cualquiera que desee abrir nuevos espacios al debate público o moderar las posiciones que Irán mantiene en el exterior.

Ese contexto nacional debe ser tenido muy en cuenta por quienes desde fuera pretenden desactivar los riesgos de un Irán nuclear y promotor de actores que cuestionan el statu quo actual (desde el Hezbolá libanés, al Hamas palestino, pasando por los talibán afganos, el actual régimen iraquí o las minorías chiíes de varios países del Golfo). La clave en este terreno estará en combinar la presión con una oferta que resulte lo suficientemente atractiva para que Teherán se vea impulsado a modificar el rumbo actual.

Dicho de otro modo, conviene no incrementar ahora mismo la presión imponiendo nuevas sanciones que provoquen un radicalismo más desestabilizador y que bloqueen los posibles intentos de Rohani por hacer valer su visión pragmática (como ya demostró en octubre de 2003, logrando el apoyo de Jamenei a la suspensión del enriquecimiento de uranio hasta 2005). Las que hay en vigor son suficientes para forzar a los gobernantes iraníes a buscar nuevos caminos y, llegados a este punto, lo que puede resultar más productivo es poner sobre la mesa una oferta que considere el levantamiento de las ya en vigor a cambio de decisiones tangibles por parte de Teherán (sea una nueva suspensión de las actividades de enriquecimiento, la transferencia al exterior del uranio ya enriquecido al 20% o la admisión sin trabas de inspectores de la AIEA en las instalaciones sospechosas). Para que algo así pueda romper el bloqueo actual resulta igualmente central que Washington se atreva a ofrecer negociaciones directas a Irán (no solo sobre el tema nuclear, sino también sobre el resto de los contenciosos regionales en los que ambas capitales mantienen posiciones divergentes, cuando en el fondo sus intereses nacionales no lo son tanto).

Nada de eso implica rebajar las exigencias sobre el cumplimiento de las resoluciones de la ONU aprobadas contra Irán. Pero frente a quienes, como Israel, siguen empeñados en alimentar una solución militar (agotándose en un discurso alarmista cada vez menos convincente), parece más rentable apostar de momento por Rohani, no poniendo más piedras en su camino que las estrictamente necesarias.

Siria, ¿qué ocurre tras cruzar la línea roja?

Por: | 21 de agosto de 2013

  En la locura violenta que vive Siria desde hace más de dos años ya es imposible determinar a primera vista quién es el responsable de cada una de las atrocidades cometidas. A estas alturas está suficientemente documentado que ambos bandos comparten la idea de que todo vale en el campo de batalla para conseguir sus respectivos objetivos. Son múltiples los ejemplos de desprecio al derecho internacional humanitario y de violación de los derechos de los civiles en cualquier rincón del territorio. Por eso, la denuncia de que en la pasada madrugada el régimen sirio habría empleado armas químicas en un suburbio de la capital, ocasionando la muerte de centenares de civiles (aunque alguna fuente eleva la cifra hasta más de 1.300), deja más dudas que certezas.

Entre las primeras destaca el hecho de que resulta difícil entender la lógica de una actuación gubernamental de este calibre, cuando hace dos días se ha iniciado (tras meses de retraso) la visita de inspección de la ONU para determinar precisamente el posible uso de ese tipo de armas en tres escenarios a lo largo de esta primera mitad del año. Bachar el Asad y sus leales no están militarmente en una situación tan desesperada como para tener que recurrir a un arma de destrucción masiva que puede (hipotéticamente) activar una intervención internacional de represalia, que podría arruinar su estrategia de conservación del poder a toda costa. Por el contrario, ha ido recuperando posiciones en el terreno militar y en el político trata ahora mismo de recobrar cierta credibilidad internacional, permitiendo incluso el trabajo de los inspectores de la ONU.

También es cierto que a pesar de las reacciones internacionales de primera hora, reclamando una inspección inmediata sobre el terreno, el régimen tiene la capacidad para bloquear cualquier intento de esos mismos inspectores de salirse del guión bilateral acordado previamente (quince días para realizar entrevistas y análisis SOLO en los tres escenarios predeterminados).

Desde la perspectiva de los rebeldes resulta igualmente espinoso suponer que hayan podido recurrir a un método tan brutal, contra la población de unos barrios donde el Ejército Libre de Siria cuenta con apoyo popular. En esa línea de análisis, y tras mostrar reiteradamente su frustración por el insuficiente apoyo exterior que reciben, no cabe descartar que hayan pensado que ese era el único modo para lograr finalmente que haya una decidida respuesta internacional en su favor (traducido en más armas y hasta en despliegue de tropas). Una de las bases principales para sostener alimentar esa pesadilla serían las reiteradas declaraciones de gobernantes occidentales (incluyendo las del propio presidente estadounidense) de que el uso de armas químicas por parte del régimen supondría cruzar una línea roja, con consecuencias muy serias.

Frente a esas elementales dudas, podemos ya adelantar algunas cosas que no ocurrirán. La primera de ellas es que el régimen sirio vaya a permitir una inspección inmediata in situ, lo que despejaría buena parte de los interrogantes actuales. Tanto si ha ordenado el ataque como si no lo ha hecho, su grado de ofuscación (“yo o el caos”, ”guerra contra los terroristas”) le llevaría a interpretarlo como una sumisión a quienes identifica como conspiradores para provocar su caída. Para resistir esa tentación cuenta, además, con el inamovible apoyo de Moscú.

Tampoco vamos a ver una intervención militar internacional (ni siquiera del tipo de la registrada en Libia). A lo sumo, habrá una nueva ronda de sanciones y un refuerzo militar limitado a algunos grupos rebeldes; medidas claramente insuficientes para volcar definitivamente la balanza a favor de los llamados rebeldes.

Con esto se demostrará una vez más que las líneas rojas son, en realidad, conceptos elásticos que sirven más para el discurso que para la acción. Y mientras tanto, los sirios seguirán sometidos a la barbarie.

El País

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