Jesús A. Núñez

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

Mauritania se ahoga entre el olvido

Por: | 30 de septiembre de 2013

Har08_mauritania_featureA pesar de que asumimos ya como algo evidente que todo lo que ocurre a nuestro alrededor nos afecta directamente y aunque nuestra condición humana nos debería llevar a ocuparnos (y preocuparnos) de lo que acontece a nuestros semejantes, es igualmente evidente que hay un sesgo selectivo en aquello que llena nuestros ojos y oídos como ciudadanos de la aldea global.

Por eso, tomando a Mauritania como ejemplo, es inmediato comprobar que en el repaso a las noticias internacionales recogidas por los medios de comunicación generalistas durante el último mes no hay una sola mención a este país. Sin embargo, como nos alerta IRIN (el servicio de información humanitaria de la ONU), tanto la capital, Nuakchott, como al menos seis localidades próximas se encuentran inundadas desde que comenzaron las lluvias torrenciales a mitad del pasado mes de agosto. Como resultado de ello, unas 5.600 personas han sido directamente afectadas, mientras que otras 2.300 han sido desplazadas y al menos diez han fallecido. El departamento de Moudjeria (en la zona de Tagant) ha sido el más dañado, hasta el punto de que se estima que un 40% de su población ha perdido su hogar.

Los efectos inmediatos de unas preciptaciones que en algunos casos han sido 35 veces más intensas que el promedio en estas fechas son ya bien visibles: destrucción de viviendas, pérdida de cosechas y de ganado, riesgo de enfermedades (el terreno sigue inundado en la actualidad), imposibilidad de iniciar el curso escolar en las zonas afectadas, deterioro de la actividad económica, incremento severo de la inseguridad alimentaria (unos 800.000 mauritanos (20% de la población) ya están en esa situación)...  Y todo ello en un contexto de debilidad estructural y falta de reacción adecuada por parte de las autoridades mauritanas. De hecho, hasta el pasado día 28 de septiembre no se produjo la primera llamada internacional de ayuda por parte del alcalde de Sebkha, un suburbio de la capital, lo que ha retrasado en buena medida la respuesta de las agencias humanitarias.

Todo ello ha impedido que se hayan activado los mecanismos de respuesta para atender adecuadamente a la población afectada, en una frustrante repetición de casos anteriores en los que los gobiernos de turno tratan de evadir sus responsabilidades, dejando en manos de los actores humanitarios tareas que superan sus capacidades. Más allá de eso, ¿cuántas víctimas y afectados tienen que sumarse para que lo que ocurre en estos lugares (Mauritania es solo un ejemplo de una larga lista) llegue a nuestros ojos y oídos a través de los medios de comunicación? ¿Y cuántos más aún para que los actores gubernamentales y económicos se decidan a adoptar mecanismos eficaces de alerta temprana y de acción temprana?

Asamblea General ONU, teatro de vanidades

Por: | 27 de septiembre de 2013

 ImagesCon 68 sesiones anuales a sus espaldas la Asamblea General de la ONU ha tenido ocasión de vivir todo tipo de experiencias, desde las más trágicas (como la asociada al 11-S en 2001) a las más estrambóticas (como la protagonizada en 1960 por Nikita Jrushchov con su zapatazo), sin olvidar otras con alto contenido simbólico (como la oferta hamletiana de Yaser Arafat entre la pistola o la rama de olivo en 1972).

En la que se está celebrando estos días ya ha habido ocasión para sumarse a la denuncia de Dilma Rousseff contra la obsesión securitaria de Washington, que le ha llevado a espiar a sus propios socios y aliados, así como a su propia población y a la del resto del planeta. También ha permitido escenificar una retórica aproximación entre Estados Unidos e Irán, aunque no se haya saldado con el mediático apretón de manos que muchos daban ya por descontado entre Husein (Obama) y Hasán (Rohani). Aún así, el corto pero intenso intercambio de gestos amistosos pone las bases para activar un complejísimo proceso que debe conducir idealmente a desactivar la dinámica belicista que desde hace años parece conducir a un nuevo conflicto en Oriente Medio. 

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Erdogan y sus problemas

Por: | 19 de septiembre de 2013

De vuelta a casa tras el varapalo sufrido por la derrota olímpica de Estambul, en la que se había implicado muy directamente, a Recep Tayyip Erdogan se le acumulan los problemas en casa. Como señal más reciente de su exposición a múltiples retos, basta mencionar que el pasado lunes se registró el derribo de un helicóptero sirio Mi-17 que había entrado en territorio turco y no había atendido los requerimientos para volver sobre sus pasos.

Una mirada interesada por el futuro de Turquía puede constatar de inmediato que Erdogan no ha logrado restablecer la paz social tras los episodios de movilización ciudadana que tomaron como referencia visible la ocupación de la plaza de Taksim en mayo pasado. Desde entonces el gobierno ha visto crecientemente cuestionado su modelo de gestión, que incluye la represión policial indiscriminada, sin que haya conseguido contentar a un variado conjunto de opositores que van desde los ecologistas (en su intento originario de evitar la destrucción del parque Gezi) hasta quienes cuestionan abiertamente las tentaciones autoritarias de un líder al que acusan de innegable autoritarismo y de tener una agenda oculta en clave islamista. En ese contexto, los partidos de la oposición (con el Partido Popular Republicano como principal referencia) creen haber encontrado un flanco frágil por el que debilitar a quien hasta hoy parecía invencible en las urnas (tres son las victorias acumuladas por el AKP desde 2002). A ellos se une una clase empresarial tradicional, temerosa de verse desplazada por los jóvenes cachorros ejecutivos alineados con el AKP, los nacionalistas nostálgicos de Mustafa Kemal y no pocos militares que sueñan con volver al centro de la escena nacional.

En paralelo, el proceso de paz con el PKK kurdo ha entrado en una fase de bloqueo, que pone en cuestión el acuerdo logrado el pasado mes de marzo con el inicio de la retirada de los combatientes kurdos hacia Irak. El propio Erdogan había mostrado ya su descontento al entender que únicamente un 20% de los efectivos del PKK habían abandonado el territorio turco (añadiendo que eran, en su mayoría, mujeres y niños). Ahora, con el anuncio del PKK de que pone fin a este proceso (aunque se compromete a mantener el cese de las hostilidades), por considerar que el gobierno turco no está cumpliendo las condiciones pactadas, los adversarios políticos de Erdogan aprovecharán probablemente esa circunstancia para acentuar sus críticas y tratar de abortar un plan que desde su arranque ha contado con numerosos enemigos.

Sin agotar la lista de problemas, el conflicto sirio define en gran medida el alto grado de frustración (y de exposición) que provoca en Turquía. Abandonada sin remedio la visión del ministro de exteriores, Ahmed Davutoglu, de “cero problemas con los vecinos”, hace ya tiempo que Ankara se ha convertido en uno de los principales propulsores de la caída del régimen de Bachar el Asad. Afectada de modo muy directo por la violencia que sufre su vecino- traducido en ataques puntuales recibidos en su propio suelo y en una incesante oleada de refugiados (que ya superan los 500.000)-, Ankara ha mostrado con frecuencia su voluntad de usar la fuerza para provocar el derrumbe de el Asad. En sus cálculos está también el intento por promover un gobierno suní en Damasco y el interés por cerrar el paso a Teherán en su pretensión de consolidarse como líder regional.

A pesar de todo ello, Erdogan conoce de sobra las limitaciones de su aparato de defensa y de ahí que nunca se haya atrevido a traducir sus palabras en hechos, lo que no le impide ayudar a que las armas lleguen a los rebeldes sirios. Sabe que puede contar con la protección que le proporciona la OTAN (aunque ya ha podido constatar el escaso entusiasmo que sus aliados muestran en términos de solidaridad ante una posible amenaza) y que las baterías de Patriot ya desplegadas en su frontera son eficaces contra los misiles sirios. Pero sabe igualmente que en solitario no tiene capacidad suficiente para enfrentarse a su vecino (que, además, puede represaliar activando aún más a los kurdos turcos que se enfrentan a Ankara). Esto explica asimismo la frustración con la que ha recibido el acuerdo entre Kerry y Lavrov, por entender que la opción de castigo contra el régimen sirio queda aparcada sine die.

El próximo mes de marzo se celebrarán elecciones locales en Turquía. Sus resultados serán un buen medidor de la capacidad de resistencia de Erdogan o de su deterioro. Para él no solo está en juego la primacía del AKP como primera fuerza política nacional, sino también su aspiración de transformar al país en un sistema presidencial, con él a la cabeza, cuando se acerca el centenario de la Turquía moderna.

Y, mientras, Bachar el Asad sonríe

Por: | 16 de septiembre de 2013

Aunque su situación no es envidiable en ningún caso, no sería extraño que a Bachar el Asad se le escape una sonrisa estos días. Sigue vivo política y militarmente, haciendo frente a unos adversarios que no hacen más que incrementar sus disensiones y enfrentamientos internos. Eso le ha permitido no solo estabilizar los diversos frentes abiertos a lo largo y ancho del país, sino incluso recuperar algunas localidades (con la apreciable ayuda de los combatientes de Hezbolá y los diplomáticos rusos).

Pero lo que mejor explicaría su actual estado de ánimo es el contenido del acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y Rusia sobre la manera de responder al ataque con armas químicas del pasado 21 de agosto. Por eso no resulta raro que lo haya saludado como una victoria propia. Por una parte, porque automáticamente se ha desactivado el ataque estadounidense que ya veía caer sobre él, aunque pudiese confiar en que Obama no deseaba en ningún caso su caída por seguir considerándolo un mal menor frente a cualquier posible alternativa de poder en Damasco. Por otra, su acción criminal queda sin castigo alguno (gracias a los buenos oficios del ministro de exteriores ruso), con lo que se trasmite el mensaje de que el uso de estas armas no tiene consecuencias reales.

Pero es que, además, queda en sus manos determinar qué parte de su arsenal químico va a ser sometido a inspección y destrucción. El texto del acuerdo habla de que el régimen debe entregar en una semana una “comprehensive list”, un concepto difuso donde los haya, que no debe confundirse con una “lista total”. Conviene recordar quizás que Gadafi- que se prestó a destruir su arsenal y programas de armas de destrucción masiva para intentar salvar su peculiar régimen- logró esconder decenas de toneladas de compuestos químicos a los ojos de los inspectores que rastrearon Libia en su búsqueda. Añadamos que el proceso se va a desarrollar en un país en guerra- lo que dificultará sobremanera la labor de los cientos de inspectores que se deben desplegar y la seguridad de las armas almacenadas (sin que se sepa aún quién se encargará de su control)- y nos iremos haciendo una mejor idea de las innumerables variables que pueden hacer descarrilar el proceso en su conjunto.

Aunque en el mejor de los casos se lograra controlar una parte sustancial del arsenal sirio, su destrucción no sería efectiva hasta mediados del próximo año. Y mientras tanto (y esa puede ser la razón fundamental de la sonrisa del dictador) el régimen puede seguir matando sin reparos (siempre que se limite a hacerlo con armas convencionales). Dicho en otros términos, se le está diciendo a el Asad que tiene permiso para seguir eliminando a sus enemigos como viene haciendo desde hace más de dos años.

Sabe también que cualquier denuncia sobre posibles incumplimientos del proceso de identificación, control y destrucción se deberá someter al Consejo de Seguridad, donde cuenta con que Moscú sepa hacer buen uso de su derecho de veto.

En definitiva, el acuerdo (y la previsible resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que no incluirá medidas de fuerza si el régimen no cumple lo prometido) no va a terminar con el conflicto, ni con la proliferación de armas químicas, ni con el propio régimen baazista. Lo mismo cabe decir de un ataque como el que Washington y París estaban dispuestos a desencadenar. A partir de esas consideraciones, debería optarse por la vía diplomática y la negociación. Pero hoy ninguno de los bandos enfrentados (y sus apoyos externos) parece haber llegado a esa conclusión. Siguen entendiendo que la violencia (sin consecuencias para quien la ordena y la ejecuta) todavía sirve a sus propósitos de corto plazo.

Vuelta a las andadas (violentas) en el Sinaí

Por: | 09 de septiembre de 2013

  Las fuerzas armadas egipcias han desencadenado la más ambiciosa operación de castigo contra los grupos violentos que campan a sus anchas en la península del Sinaí. A pesar de la voluntad de entendimiento entre Egipto e Israel desde que firmaron la paz en 1979, la zona ha sido y es un escenario de permanente tensión. Poblada por algo menos de un millón de habitantes esparcidos irregularmente en sus 58.000 kilómetros cuadrados, está formalmente desmilitarizada como resultado del acuerdo de Camp David entre El Cairo y Tel Aviv. Con intención de reducir las tensiones entre ambos se decidió establecer mínimos niveles de presencia militar egipcia en las tres zonas en las que fue estructurada, bajo la atenta mirada de la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores (que no es, como se suele afirmar, una fuerza ONU de “cascos azules”, sino una iniciativa ad hoc estadounidense-egipcio-israelí a la que se sumaron, desde 1980, otros países hasta un total de once que hoy despliegan allí sus tropas).

Aún así, la península se ha convertido en buena medida en una tierra de nadie. Egipto- que nunca ha logrado concretar sus sucesivos planes de desarrollo para hacer efectiva allí la presencia del Estado y satisfacer las necesidades de una población mayoritariamente beduina que se considera (con razón) discriminada- es sobradamente consciente de que la región es una parte subdesarrollada del país, en la que se mueven tradicionalmente grupos de contrabandistas que gestionan tanto el tráfico de emigrantes hacia Israel como todo tipo de productos (incluyendo armas) hacia Gaza a través de los innumerables túneles subterráneos.

Nada de esto había obligado a las autoridades egipcias a cambiar su modelo de gestión hasta la caída de Hosni Mubarak. Pero lo ocurrido desde entonces, y especialmente tras el ataque contra soldados egipcios registrado en agosto de 2012 (que se saldó con la muerte de 16 soldados y el robo de las armas que sirvieron a continuación para perpetrar un ataque fallido contra instalaciones fronterizas israelíes), ha supuesto un notable cambio de tono. En estos últimos tiempos se han sucedido crecientes ataques al gasoducto de alimenta a Jordania y (hasta hace muy poco) a Israel, secuestros de ciudadanos de diferentes nacionalidades y, sobre todo, auge de la presencia de elementos yihadistas que han aprovechado el vacío de seguridad provocado por la prioridad otorgada por el gobierno de Morsi a otros asuntos.

Tras el golpe de Estado que ha derribado a Morsi, los nuevos gobernantes egipcios se han apresurado a reforzar la seguridad de la zona, aunque solo sea para demostrar su dominio de la situación y para calmar la inquietud israelí, antes de que Tel Aviv decida implicarse más directamente en territorio egipcio. En esa línea, y con la explícita aprobación israelí, Egipto ha incrementado su presencia militar en la península, desplegando actualmente once batallones de infantería y, al menos, uno acorazado, a los que se añaden helicópteros de combate.

Como resultado de ello se han multiplicado los choques entre las tropas egipcias y grupos violentos activos en Rafah y El Arish (El Cairo habla de un centenar de bajas en los últimos dos meses). Simultáneamente, se ha procedido a cerrar y destruir un número indeterminado de túneles, lo que, entre otras consecuencias, aumenta la preocupación para Hamas, uno de los actores más afectados por la caída de Morsi. El Movimiento de Resistencia Islámica había reorientado su estrategia, promoviendo un visible distanciamiento de Teherán (chií, a fin de cuentas) y un acercamiento no menos evidente a El Cairo, confiando en que a medio plazo los Hermanos Musulmanes egipcios apoyarían abiertamente a quien, en definitiva, es la rama local palestina de la organización.

El actual despliegue militar egipcio en el Sinaí no es de entidad suficiente para eliminar todos los rescoldos de inestabilidad. Más bien cabe interpretarlo como un ejercicio de autoridad (en clave interna y externa), que pretende volver a restablecer la situación de partida. Se trata, en definitiva, de aceptar un nivel de inseguridad que no ponga en peligro la relación con Israel, que permita mantener activa la relación con Hamas y que no erosione el apoyo prestado desde Washington. Con eso les basta.

Los Hermanos Musulmanes no están noqueados

Por: | 04 de septiembre de 2013

Una mirada despistada al Egipto de hoy podría crear la impresión de que los militares han logrado noquear definitivamente a los Hermanos Musulmanes (HH MM). Han descabezado a Mohamed Morsi de la presidencia, han encarcelado a la práctica totalidad de sus principales dirigentes (incluyendo a su guía supremo, Mohamed Badie) y han desactivado su capacidad movilizadora en las calles. Ni el golpe de Estado ni la matanza de ciudadanos egipcios parece haberles pasado una factura significativa entre su propia opinión pública, con los países occidentales aceptando un hecho consumado que, aunque les pueda repugnar moralmente, encaja con su deseo de ver a Egipto en manos fiables. Además, por si algunos se sintieran tentados a recortar su apoyo económico, tanto Arabia Saudí como Kuwait y otros países árabes se han apresurado a mostrar su disposición para compensar cualquier recorte de ayuda occidental que pueda producirse,

Visto así- con el añadido de la liberación de Hosni Mubarak- podría pensarse que hemos vuelto a la casilla de salida (antes de febrero de 2011). Sin embargo, conviene no adelantar conclusiones. Su positiva imagen entre buena parte de la población difícilmente podrá mantenerse a corto plazo, en cuanto se constate que el poder militar no resuelve los graves problemas económicos, que condenan al subdesarrollo a la inmensa mayoría de los 84 millones de egipcios, y que tampoco hace frente eficazmente al alto nivel de corrupción e ineficiencia que caracterizan al aparato estatal.

Para los HH MM, esa previsible decepción ciudadana les ofrece la posibilidad de seguir jugando un papel político importante. Aunque momentáneamente aturdidos tras el golpe recibido, no cabe olvidar que han pasado la mayor parte de sus 85 años de existencia entre la clandestinidad y la alegalidad consentida. Saben, por tanto, moverse en estas situaciones, contando con su férrea disciplina y su alto nivel de organización para combinar su labor asistencial con los más desfavorecidos, su denuncia contra los corruptos y poderosos y su capacidad de movilización.

Cuentan con que el régimen militar no será capaz de decretar su ilegalización y confían en que sus votantes y simpatizantes no les abandonarán en masa. En consecuencia, si finalmente se convocan elecciones en los próximos meses, pueden soñar incluso con una nueva victoria (salvo que se repita un fraude electoral como los que han salpicado la historia egipcia en estas últimas décadas).

No es previsible que los militares hayan dado el golpe para permitir que algo así pueda suceder y, en consecuencia, cabe esperar que vayan adoptando medidas para arrinconar y desactivar a los HH MM. Esto pondrá a prueba la cohesión del movimiento, en el que ya son bien visibles las tensiones internas. Por una parte, están los que parecen aceptar el nuevo orden de cosas, reconociendo en cierta forma la necesidad de moderar el ritmo de su pretendida islamización de la vida nacional. Quienes así piensan, se contentan por volver a tener la oportunidad de seguir participando en el juego político, bajo las condiciones que impongan los militares. Pero, por otra, hay un creciente sector que ha llegado a la conclusión de que lo ocurrido significa que el islam político no es aceptado como un actor más en el escenario político. Los representantes de esta corriente (muy notoria entre los jóvenes del movimiento) argumentan que esa expulsión por la fuerza solo puede ser respondida en clave radical (lo que no excluye la violencia) para poder lograr sus objetivos últimos.

Los militares apenas contarán con unos meses para rematar su tarea- una nueva Constitución a su gusto, unos compañeros de viaje manejables para encargarse de la gestión de los asuntos diarios y una defenestración política de los HH MM. No cabe imaginar que los HH MM se lo vayan a poner fácil.

El País

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