Jesús A. Núñez

Boko Haram, la punta del iceberg de una Nigeria desestabilizada

Por: | 26 de mayo de 2014

ImagesNigeria puede presentarse como el país más poblado de África (ya por encima de los 170 millones de habitantes), con tasas de crecimiento que superan el 7% anual (como reflejo de su condición de primer productor petrolífero de África) y como la primera economía del continente (desplazando a Suráfrica). Pero también puede ser visto como uno de los principales focos continentales de corrupción, desigualdad (con un 60% de la población viviendo por debajo de la línea de pobreza), falta de expectativas laborales (más de la mitad de la población tiene menos de 18 años), subdesarrollo (ocupa la posición 153ª en el IDH) y violencia (con más de 7.000 muertes violentas y medio millón de desplazados en estos últimos dos años).

Una muestra bien visible de esa chocante imagen es la existencia de un grupo terrorista como Jama’atu Ahlis Sunna Lidda’awati wal-Jihad (Los comprometidos con la propagación de las enseñanzas del profeta y la yihad), más conocido por su denominación en lengua hausa como Boko Haram (La educación occidental es pecado). Surgido en 2002 como un grupo radical con inclinaciones violentas para imponer la sharia en todo el país, fueron sus acciones violentas en los Estados del norte de Borno, Adamawa y Yobe durante 2009 las que le dieron carta de naturaleza internacional. Desde entonces, y ya liderados por Abubakar Shekau (por el que Washington ofrece hoy 7 millones de dólares), el grupo ha ido ampliando su radio de acción, hasta convertirse en una amenaza regional que afecta no solo a Nigeria sino también a Camerún, Chad, Níger y Benín.

El caldo de cultivo que explica su auge viene dado por la insostenible fragmentación del país, marcada por el contraste entre su capital (Abuya) y una zona sur (con Lagos como auténtica capital económica) aprovechando la riqueza petrolífera que atesora el Delta del Níger y, en el otro extremo, unos Estados del norte discriminados crecientemente por el gobierno central a pesar de su originaria riqueza agrícola y mineral. Esta situación, a la que se añaden fracturas religiosas, ha permitido a Boko Haram recabar simpatías por parte de la población crítica con Abuya y reclutar (tanto voluntaria como forzadamente) a varios miles de militantes, al tiempo que cuenta con la comprensión (y hasta el apoyo discreto) de actores políticos que esperan así lograr mayor cuota de poder a nivel nacional.

Su modus operandi ha ido variando- lo que provocó incluso una escisión interna que llevó a la creación en enero de 2012 de otro grupo terrorista conocido como Ansaru, con un perfil más internacionalista- para centrarse actualmente en ataques contra objetivos débilmente protegidos (que difunden su imagen más allá de las fronteras nacionales), secuestros (que le permiten financiar sus actividades y negociar la liberación de sus miembros) y robos de material militar de instalaciones de unas fuerzas armadas escasamente motivadas para defender a la ciudadanía. Aunque ha sido mediáticamente más relevante, el secuestro de 276 niñas en la ciudad de Chibok (en el Estado de Borno) el pasado 14 de abril es solo una más de sus recientes muestras de violencia extrema como método principal de su estrategia de choque frontal contra el gobierno. Baste recordar que desde inicios de este año ha secuestrado a más de 800 niños y que en la última semana ha matado indiscriminadamente a más de un centenar de personas (incluidos los 24 de ayer mismo en un mercado local).

La pasividad e inoperatividad del gobierno del presidente Jonathan Goodluck solo se transformó en denuncia y promesas de respuesta (militar) tras la difusión a nivel internacional del suceso que ha afectado a las niñas. Pero aún así, y una vez que se ha frustrado la operación de intercambio que ya estaba en marcha, no cabe esperar que los 20.000 efectivos desplegados por Abuya vayan a lograr su rescate, ni tampoco parece claro que la limitada implicación internacional (con el envío de expertos en la materia por parte de Washington, Londres y hasta Tel Aviv) vaya a ser suficiente. El problema central es que, aún en el caso de que se produzca una pronta liberación, el problema que representa Boko Haram seguirá siendo el mismo al día siguiente.

Conscientes finalmente de esa realidad, los cinco países mencionados anteriormente acaban de comprometerse- en el marco de la conferencia celebrada el pasado día 17 en París, con asistencia también de representantes de EE UU., Gran Bretaña y Unión Europea- a poner en marcha una estrategia común de respuesta, mediante la colaboración de los respectivos servicios de inteligencia, compartiendo información de manera regular, la vigilancia de fronteras (más allá de la inoperante policía fronteriza que ya comparten Nigeria, Chad y Níger) y la centralización de medios; todo ello con renovada asistencia técnica y asesoramiento de medios occidentales. Pero como señala Aliko Dangote, el empresario nigeriano más rico del continente, sin educación y alternativas económicas que ofrezcan mejores expectativas de vida al conjunto de los habitantes de Nigeria, ninguna medida militar bastará ni para eliminar a ese grupo terrorista y mucho menos para superar los desafíos a los que se enfrenta el país.

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Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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