Pocas veces desde el arranque de la revolución
islámica liderada por Ruhollah Jomeini (1979), la victoria electoral de un
clérigo iraní había suscitado tan generalizado beneplácito. Unos se han
apresurado a calificarla de “vuelco”, mientras otros auguran un “cambio
radical”, tanto en clave interna como regional, de un régimen que hasta ahora
es visto mayoritariamente como un desestabilizador empeñado en conformar
Oriente Medio bajo su batuta chií.
Occidente (tanto EE UU como los países de la Unión Europea) desean verlo como un reformista inclinado al diálogo e íntimamente contrario al programa nuclear. Parecen olvidar que Hasan Rouhani fue durante 16 años el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y, entre 2003 y 2005, el negociador principal del tema nuclear con los miembros del grupo 5+1, sin que quepa recordar ningún avance sustancial favorable a las tesis de los negociadores occidentales. Parecen olvidar, asimismo, que el presidente no es más que el primer funcionario del país, como resultado de un sistema de doble legitimidad en el que el líder supremo, Ali Jamenei, ostenta los máximos poderes ejecutivos en áreas tan relevantes como la seguridad.
También los elementos progresistas de la ciudadanía iraní se muestran inicialmente satisfechos con su victoria, al identificarlo (por defecto) como el más liberal de los ocho candidatos que el Consejo de Guardianes permitió que compitieran en las elecciones del pasado día 14. Por el camino ya se habían quedado todos aquellos que el régimen consideraba problemáticos, incluyendo al ex presidente Rafsanyani y al favorito de Ahmadineyad, Mashei. Se animan aún más al ver al supuesto preferido del régimen, Said Yalili, en un pobre tercer lugar por número de votos; como si Rouhani no fuese un representante fiel del mismo régimen como miembro del Consejo de Discernimiento, como representante de Jamenei en el Consejo Superior de Seguridad Nacional, como miembro del Parlamento iraní a lo largo de seis legislaturas y como significado académico en temas de seguridad, sin cuestionar nunca el sistema del que forma parte desde el inicio de la revolución.
Y también es bien palpable que para Jamenei y sus fieles la victoria de Rouhani haya sido vista como un bálsamo que pone fin (ya veremos si definitivo) a las tensiones y desviaciones que el populista Ahmadineyad ha generado en sus ocho años de presidencia. En primer lugar, con Rouhani vuelve a ser un clérigo el que ostenta la presidencia del país, en un paso más del régimen por consolidar su control de todas las instancias de poder tras la amarga experiencia de las presidenciales de 2009 y la emergencia entonces de un Movimiento Verde que puso en ciertos apuros la sostenibilidad del modelo creado por Jomeini. Además, porque en la medida en que sea visto como un reformista, anula la movilización social con la que pudieran soñar los demócratas iraníes que aspiran a derribar el régimen de los hombres de la religión. Sirve también como un cómplice interesado en recuperar el protagonismo de un estamento religioso-político que estaba siendo crecientemente cuestionado por un Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán (los pasdarán), muy activo en la ocupación de posiciones de poder dentro del régimen, aprovechando los resquicios que ha ido ofreciendo la pugna Ahmadineyad-Jamenei.
Visto así, todos deberíamos estar contentos. Y, sin embargo,…