Foto: Marisa Florez
La trayectoria de Juan Marí Bandrés, sus méritos, su peripecia, su evolución, se está contando con mucho rigor y fundamento por colegas y políticos que le siguieron muy de cerca, sobre todo en el País Vasco. Sin duda es lo que más interesa. Hace una semana ETA comunicó el cese de la violencia por la que tanto había clamado, como ha recordado el diputado socialista vasco Txiki Benegas.
Pero yo quisiera resaltar otros aspectos del personaje, vinculados a su indesmayable defensa de los derechos humanos y a sus posiciones siempre alerta ante cualquier atisbo de menoscabo de la democracia.
El recuerdo que tengo de Bandrés coincide con los primeros años de mi vida profesional cuando me instalé en el Congreso de los Diputados ya que los periodistas pasábamos allí todas las horas del día. La calidad política del personaje era indudable. Nos preguntábamos entonces cómo era posible que solo un diputado, en nombre de Euskadiko Ezkerra, tuviera la capacidad de concitar la máxima atención, se tratara del tema que se tratara. Su verbo pausado, sin estridencias, conseguía calar en todas las bancadas del hemiciclo. A Bandrés se le escuchaba en silencio. No había murmullos.
Cierto es que su afabilidad con los periodistas le hacía especialmente atractivo pero, sobre todo, nunca defraudaba. Lo que decía no era vulgar y se salía de las declaraciones al uso para salir del paso. Hacía las delicias de los compañeros de radios y televisiones "¡Qué buen corte tenemos de Bandrés!", se escuchaba con harta frecuencia. Es verdad que su mayor lucimiento se producía cuando hablaba de derechos fundamentales y democráticos porque esa pasión por la libertad era su mayor seña de identidad. En el momento de rendirle homenaje he recordado una anécdota suya que nunca he olvidado.
Corrían los primeros años 90 y arreciaba en España el desencanto por la cadena de casos de corrupción, que unido a un desempleo brutal, hacía de los políticos una clase poco apreciada por los ciudadanos. El “todos son iguales”, hizo fortuna. Bandrés combatía esa especie como podía. Por ejemplo, en los taxis. “Hoy tengo el record; me he bajado de tres taxis”. Esto nos dijo el diputado vasco a un grupo de periodistas con los que se topó a la entrada del Congreso. ¿Cómo?, le preguntamos. Se trataba de los siguiente: Cuando Bandrés se acomodaba en el taxi e indicaba que se dirigía al Congreso de los Diputados, comenzaba la catarata de descalificaciones: “Pues vaya, va usted a esa cueva de ladrones y maleantes…..”. El parlamentario trataba de convencer al conductor de que esa perspectiva no era correcta, siempre con la mesura que le caracterizaba. Pero el taxista no tenía intención de enmendarse. La respuesta de Bandrés no se hacía esperar. “Por favor, pare que me bajo”. Y así hasta tres veces en un día, nos contó. La democracia hay que mimarla aunque tenga excrecencias que hay que eliminar, nos decía Bandrés, un demócrata radical. Descanse en paz.