Son demasiadas las secuelas que dejará esta crisis. No son menores las que empiezan a manifestarse como una desconfianza creciente en las instituciones económicas, desde los propios mercados financieros a los supervisores de los mismos, por no destacar las más explícitas sobre los bancos y otras empresas financieras. Tampoco los economistas nos iremos de rositas. Más allá de los diagnósticos erróneos o las sugerencias inadecuadas de política económica, áreas relevantes del propio cuerpo de conocimientos han quedado en entredicho por lo observado en estos casi cinco años de crisis. Una de esas áreas cuya adecuación a la realidad está siendo cuestionada, en alguna de sus proposiciones fundamentales, ha sido la economía financiera. En su dimensión directamente institucional, de la observación del funcionamiento de sus diversos operadores y de la adecuación de las reglas, las conclusiones también son relevantes. Y lo peor es que la regulación correctiva no está avanzando al ritmo que la reducción de la desafección de los ciudadanos precisaría.
Uno de los académicos más respetables que en mayor medida está contribuyendo a una revisión de esa disciplina es el profesor de Yale, Robert J. Shiller. Probablemente la mayoría de los lectores aficionados a las finanzas lo conocerán por sus propuestas de actualización de la teoría financiera tomando en consideración aportaciones de otras disciplinas, básicamente la psicología. Es conocida su posición inequívoca como defensor de las proposiciones de la “behavioral economics” y de la “behavioral finance”, exploradoras de las limitaciones reales humanas que inhiben la adopción de decisiones estrictamente racionales.
Ahora acaba de publicar un libro no menos sugerente que los anteriores: “Finance and the Good Society”. No es nueva la preocupación que ha motivado esta publicación, pero es cierto que han sido los devastadores efectos de la crisis, las perversiones e ilegalidades observadas, los elementos que le han impulsado a tratar de sistematizar algunas de sus propuestas ya enunciadas en trabajos anteriores. La intención central, sobre la que giran los diversos asuntos abordados en este libro, es “la necesidad de democratizar las finanzas haciendo que los mercados financieros funcionen mejor” y lo hagan para todo el mundo.
No se trata de una enmienda a la totalidad del moderno capitalismo financiero, aunque sí un amplio recetario para facilitar su “democratización y humanización”. Claro que el lector puede mostrar su escepticismo y desconfianza al respecto: pocos ámbitos del conocimiento económico y de su aplicación se han mostrado tan distantes de ese tipo de preferencias. Lo que Shiller persigue, en definitiva, es que la participación de la gente en el sistema financiero tenga lugar en condiciones de igualdad con los operadores más avezados. Que el acceso a la información, a los recursos humanos y tecnológicos, esté disponible para todos sus usuarios con el fin de hacer un uso inteligentes de sus oportunidades.
Creo que una buena forma de abrir este blog sobre servicios financieros es subrayar la conveniencia de aprovechar algunas de las lecciones que esta crisis ofrece. Me permito por ello sugerir a profesionales y aficionados algún tiempo para la reflexión apoyada en la entretenida lectura de este nuevo libro de Shiller.