Fuera de juegos

Sobre el autor

Walter Oppenheimer

Walter Oppenheimer es corresponsal de EL PAÍS en Londres y antes lo fue en Bruselas. Y antes de eso pasó bastantes años en la redacción de Barcelona, haciendo un poco de todo. Como tantos periodistas, no sabe de casi nada pero escribe de casi todo.
Este blog pretende dar una visión diferente de la capital británica y cómo vive la cita olímpica más allá del deporte

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La primera estrella de los Juegos no es un deportista

Por: | 24 de julio de 2012

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Vista del montaje de la ceremonia inaugural.

La primera estrella de Londres 2012 no es un deportista. Es el director de cine y creador artístico de la ceremonia inaugural, Danny Boyle, que provoca inquietud entre los amantes de los animales, se peleó con el equipo de la OBS ­–la organización del COI encargada de servir al mundo las imágenes de los Juegos– y se ha enfrentado con la BBC, a la que exige que no realice comentarios durante la ceremonia porque esta será como una película en vivo y ya se entiende sola, sin que nadie la explique.

Boyle, director de Trainspotting y ganador de un Oscar por Slumdog Millionaire, ha trasladado a los Juegos el divismo del mundo del cine, lo que ha incrementado la expectación en torno a la ceremonia inaugural.

Londres compite con un rival de cuidado: la inauguración de Pekín 2008 fue la más espectacular de la historia, aunque a un coste estimado en más de 100 millones de dólares (83 millones de euros), muy por encima de los 27 millones de libras (35 millones de euros) de Londres. La diferencia tiene que salir de la imaginación.

Lo poco que se ha explicado sobre el proyecto causó sorpresa y cierto escepticismo: el césped del estadio olímpico de Stratford se convertirá en una bucólica escena de la campiña inglesa, con sus valles, colinas, su lluvia artificial, mucha hierba y unos cuantos animales vivos, como 12 caballos, tres vacas, dos cabras, 10 pollos, nueve gansos, 70 ovejas y tres perros pastores.

Boyle se comprometió por escrito a que los animales vivirían un retiro dorado después de la ceremonia, pero no podrá cumplir su palabra porque están adiestrados para participar en espectáculos y sus propietarios no piensan jubilarlos. Los defensores del bienestar de los animales le acusan ahora de haberles mentido.

Más calado tiene su enfrentamiento con la OBS. Boyle quiere tratar la ceremonia como una representación visual, no como un espectáculo deportivo, y exigió trabajar con su propio equipo. Hace unos meses se llegó a un pacto: la gente de Boyle cubriría el espectáculo y la OBS el protocolo, como el desfile de participantes y el izado de la bandera olímpica. Pero las heridas se reabrieron en dos frentes: no se ponían de acuerdo sobre el emplazamiento de las cámaras y el espectáculo del director británico se pasa de tiempo.

BOYLE

Danny Boyle, director y creador artístico de la ceremonia inaugural. / SANG TAN (AP)

Lo primero parece solucionado y el ensayo de principios de semana “ha ido bastante bien”, según un testigo presencial. Pero el espectáculo sigue siendo demasiado largo incluso después de que se haya suprimido uno de los números previstos. “Boyle es una estrella, muy arrogante y una persona muy especial, pero lo que ha habido son tensiones profesionales. Está todo aclarado”, declaró esa fuente. “Pero el problema de la duración no se ha solucionado”, añadió.

La última exigencia del director, impedir que la BBC realice comentarios durante la ceremonia, ha provocado un conflicto con la corporación, que tiene la última palabra y cree que en determinados momentos hay que situar al espectador para que entienda la que está viendo. La discrepancia obligó a un encuentro privado de Boyle con el presentador estrella de los informativos de la BBC, Huw Edwards.

Seguramente los espectadores agradecerán que la BBC no ceda, teniendo en cuenta que el espectáculo se inspira en la obra de Shakespeare La tempestad y recrea, por ejemplo, escenas de la revolución industrial.

Londres 2012 ya tiene su primera estrella olímpica. Ahora solo falta saber si se llevará el oro o será una estrella fugaz.

Las dos almas de Londres

Por: | 24 de julio de 2012

Usain Bolt se sube a un autobús londinense / DYLAN MARTINEZ (REUTERS)
Usain Bolt se sube a un autobús londinense / DYLAN MARTINEZ (REUTERS)

Los Juegos Olímpicos de Londres 2012 nacieron sin padre ni madre: cayeron de la nada para gran sorpresa de los londinenses. Nadie había prestado demasiada atención a una candidatura que parecía poco más que un proyecto virtual: hermosos despliegues infográficos que mostraban la transformación de un erial posindustrial de Stratford, en el deprimido Este de Londres, en un frondoso jardín salpicado de instalaciones deportivas. Hasta el contaminado y moribundo río Lee parecía hermoso en las pantallas de los ordenadores.

Pero Londres ganó y el 6 de julio de 2005 la plaza de Trafalgar estalló en un grito de júbilo por la llegada de los Juegos. La euforia duró poco. Al día siguiente de la designación estallaron cuatro bombas en el sistema de transporte público de la capital británica. De repente, los Juegos volvieron a ser lo que habían sido antes: un inconveniente.

En los siete años transcurridos desde entonces, el debate olímpico ha tenido sobre todo tintes negativos. Los londinenses han visto casi siempre el vaso medio vacío. Los atentados del 7 de julio azuzaron el miedo al terrorismo olímpico. La prioridad económica se centró en reducir al máximo el gasto público en el proyecto, especialmente después de los fiascos del Milenium y del nuevo Wembley. Los vecinos solo pensaban en cuánto les subirían los impuestos y cómo se dispararía el precio de la vivienda en torno a Stratford.

Las instalaciones se han construido dentro del plazo y del presupuesto, sí, pero ¿valdrá la pena soportar el caos de gente y de tráfico durante los Juegos? ¿Para qué tantas incomodidades? ¿Por qué hay que reservar carriles especiales para los coches de la familia olímpica si los hemos pagado con nuestros impuestos?

Gente en un parque londinense junto a un panel promocional de los Juegos / SUZANNE PLUNKETT (REUTERS)
Gente en un parque londinense junto a un panel promocional de los Juegos / SUZANNE PLUNKETT (REUTERS)

Cuando la organización sacó a la venta los primeros lotes de entradas y estas se agotaron en apenas unas horas, se armó un escándalo monumental. En vez de celebrarlo como un augurio de que los Juegos serían un éxito, porque hay pocas cosas más deprimentes en el deporte que un estadio vacío, la prensa empezó a denunciar que millones de británicos se iban a quedar sin localidades. Los problemas con la seguridad han dominado las polémicas del tramo final, quizás con mejores argumentos que las anteriores. También, aunque con menos fuerza porque no se le puede echar la culpa a nadie, el miedo a que la lluvia y el frío de los últimos meses acaben llevando los Juegos al fracaso.

Pero los Juegos no van a ser un fracaso, salvo que realmente caiga el diluvio universal, Londres se colapse, el metro no funcione o haya un sangriento atentado terrorista. Serán un éxito porque los británicos tienen dos almas. La primera les lleva a rechazar todo lo suyo. La segunda les lleva a creer que eso mismo que rechazan es lo mejor del mundo. Los mismos que llevan siete años renegando de los Juegos se envolverán ahora en la bandera para convertirlos en los mejores de la historia. Porque es la misma gente que un día critica el absurdo sistema hereditario de la monarquía y al siguiente se echa a la calle para celebrar los 60 años de la reina en el trono. ¿Que llueve? ¡Qué más da! También llovía, y de qué manera, cuando estaban en la orilla del Támesis contemplando el paso de mil barcos en honor de Isabel II.

El alma autodestructiva de Londres se ha paseado durante siete años por la capital. El alma nacionalista se está ahora acicalando para convertir su ciudad en la más guapa del mundo. Al menos, hasta que se clausuren los Juegos.

El País

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