Fuera de juegos

Sobre el autor

Walter Oppenheimer

Walter Oppenheimer es corresponsal de EL PAÍS en Londres y antes lo fue en Bruselas. Y antes de eso pasó bastantes años en la redacción de Barcelona, haciendo un poco de todo. Como tantos periodistas, no sabe de casi nada pero escribe de casi todo.
Este blog pretende dar una visión diferente de la capital británica y cómo vive la cita olímpica más allá del deporte

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Alivios y penurias

Por: | 30 de julio de 2012

Londres 2012 ha pasado una prueba de fuego: el sistema de transporte ha funcionado sin problemas de importancia en el primer día peligroso, una mañana de lunes. Sin embargo, los Juegos ofrecen una imagen más penosa en otros aspectos.

La polémica por las sillas vacías en algunos deportes de máxima demanda ha acaparado la atención. Pero hay también una cadena de pequeños errores que cuestionan la eficacia de la organización: desde la ausencia de infraestructuras vitales, como conexión inalámbrica a Internet en los centros de prensa, hasta la absoluta inflexibilidad de algunos controladores en los accesos de los medios a sus puestos de trabajo en los estadios, la lentitud a veces exasperante del sistema de transporte en el interior del Parque Olímpico o el embudo de público y la escasa señalización a la salida de la ceremonia inaugural, el viernes pasado.

Ha habido también algunos fallos en los sistemas de seguridad, más bien anecdóticos. En el estadio Olímpico se coló la llamada chica de rojo, que desfiló junto al abanderado de la India en la ceremonia inaugural. Ahora se ha sabido que la policía ha perdido un manojo de llaves de las puertas de Wembley y ha debido cambiar las cerraduras.

Un fallo informático dejó inutilizado el sistema de cobro con tarjeta de crédito en los bares de Wembley, dejando a muchos hinchas de fútbol sin beber ni comer en el primer partido de Gran Bretaña. Y otro fallo informático ha dejado sin entradas a los familiares de los finalistas en gimnasia.

La buena noticia es que el sistema de transporte ha funcionado bien en su primera cita crítica, cuando han coincidido los viajeros que iban a trabajar un lunes por la mañana y los que se dirigían a ver los Juegos. Los automovilistas están siguiendo los consejos de las autoridades. Este lunes los atascos han sido aceptables. Y el viernes hubo en Londres un 15% menos de tráfico que en un día normal.

Londres
Un agente de policía controla el tráfico en medio de Londres. ODD ANDERSEN (AFP)

El transporte público ha absorbido bien el incremento de demanda, que las autoridades estimaban en un millón de viajeros y un total de tres millones de viajes adicionales a los 12 millones de un día normal. Unos 3.500 empleados se han desplegado en las estaciones para orientar a los viajeros y muchos usuarios habituales han cambiado sus hábitos para evitar las zonas más conflictivas.

Menos eficiente fue el despliegue montado en el Parque Olímpico a la salida de la inauguración. Los altavoces indicaban hacia qué salida debía dirigirse cada uno en función del medio de transporte que iba a utilizar, pero no había señales de orientación sobre dónde estaban esas salidas. Y frente a las salidas, todas juntas, se formó un gran embudo porque la gente intentaba tomar la que le habían recomendado, cuando en realidad desembocaban todas en el mismo sitio.

El mayor fallo en infraestructuras es la ausencia de wifi en los centros de prensa, impidiendo, ralentizando o encareciendo el uso de herramientas básicas como iPad y móviles. También irrita la extrema lentitud de algunos autobuses que comunican las diversas instalaciones dentro del parque.

Pero el problema que crea más tensiones es la inflexibilidad y autoritarismo de algunos controladores dentro de las mismas instalaciones. El incidente más llamativo se produjo el domingo, cuando un grupo de periodistas, en su mayoría chinos, estuvo a punto de perder los nervios porque por razones desconocidas no les dejaban acceder a la tribuna de prensa en el partido de baloncesto de España contra China, que estaba a punto de empezar.

Otros se han quejado de que el mismo controlador que les había visto entrar y salir muchas veces, de repente les obligaba a dar un gran rodeo para llegar a su pupitre. O no les dejaban pasar con el argumento de que estaba lleno aunque ya estaban ocupando un pupitre. Hubo quienes en la ceremonia de apertura se encontraron con su pupitre ocupado por otros colegas y sus ordenadores desenchufados porque el voluntario había decidido que llevaban demasiado tiempo sin aparecer por el lugar.

Son casos aislados, de importancia relativa y efectos individuales, pero de esas experiencias sale al final la impresión que cada uno se lleva de los Juegos. Hasta ahora, esa impresión es agridulce.

El País

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