De noche no creo que me hubiera atrevido a acercarme a Mocotó (www.mocoto.com.br) Se trata de una casa de comidas situada en el extrarradio de Sao Paulo, en una
callejuela que inspira poca confianza, de acceso complicado. La verdad es
que me habían recomendado con tanto entusiasmo la cocina de Rodrigo Oliveira
que no me la podía perder. Y me encontré con un local para foodies sin prejuicios,
austero y desenfadado donde se sirven platos muy sabrosos del recetario
brasileño popular. Poco más. Ni manteles, ni wifi, ni otra cosa que un servicio
risueño con precios ajustados. Probé el lomo de cerdo con cortezas crujientes,
el carpaccio de carne seca al sol con mantequilla de garrafa, el sarapatel
(entrañas de cerdo cuidadosamente guisadas), los dadinhos de crema de tapioca
fritos, el “pirarucu” pescado de la cuenca amazónica llamado paiche en Perú,
además de un codillo de cerdo, y un dulce de coco muy golosos. Todo bien. No me
sorprende que a diario y sobre todo los fines de semana se arremolinen decenas
de clientes en lista de espera. Ni tampoco que en su curioso historial acumule
reseñas de prensa y galardones por todos lados. Pero la verdadera sorpresa no
fue la comida, sino el culto que la casa rinde a la cachaça, jugo de caña de
azúcar fermentado y destilado, bebida nacional de Brasil, de la que Mocotó
acumula en su bodega 350 marcas seleccionadas.
De manera inesperada se presentó en la mesa Leandro Batista, experto en cachaças con
aspecto de Dj. Llevaba entre las manos 7 tipos de cachaças de las que nos fue
haciendo comentarios mientras catábamos con atención. Desde las más jóvenes
hasta las añejas envejecidas en barriles durante años, con el sabor de la
madera acentuado. Entre los 37º hasta casi los 45º, según pude anotar.
Algunas particularmente finas. Lástima los vasitos ridículos en los que
realizamos la cata. En ese momento (siempre soy respetuoso con mis amigos), me
acordé de Víctor de la Serna, Ignacio Medina, Juanma Bellever, Alberto Luchini y Federico Oldemburg.
¡Lo que habrían disfrutado en este lugar¡
Poco después, justo antes de empezar la comida, aún con el estómago vacío y ya ligeramente afectados por el alcohol, nos presentaron en la mesa 4 caipirinhas con jugos de frutas, aromáticas e incisivas. Las probé con recelo y me di cuenta del peligro que tenían porque no podía parar.
Una de ellas con rodajas de lima, limón y de naranja ácida. Otra de frutas rojas, con fresón y ciruela. La tercera, de maracuyá, mandarina y limón, y la cuarta con kiwi, uvas verdes y carambolas. Imposible decantarme por alguna. Buenísimas, frescas y muy aromáticas.
En casi todos los restaurantes brasileños que he visitado
estos días me han ofrecido caipirinhas creativas. A la tradicional receta de
cachaça, con jugo de lima, azúcar y cubitos de hielo, le añaden canela en rama,
pimienta negra, guindilla o lo que sea. Y sobre todo frutas.
Si algún buen coctelero español replicara con acierto este
tipo de combinados, los mojitos, la piña colada y hasta los gintonic se
enfrentarían a una competencia feroz. En twiter:@JCCapel





