Al primer golpe de vista no se entiende nada. Sin embargo,
se trata de dos panes extraños que evocan ritos milenarios. Hoy 3 de febrero se
celebra San Blas en muchos pueblos de España. Entre otros lugares en Laguardia,
bellísimo enclave de la Rioja alavesa. Sin pensarlo dos veces el viernes me
acerqué a Páganos, pedanía cuyas fiestas comienzan dos días antes.
Ayer, en la iglesia, después de la misa de media mañana, asistí a la procesión del santo que concluyó con la bendición de las roscas y los cachetes que venden las panaderías de la zona.
¿Desde cuándo se elaboran? Nadie lo sabe. Se reconozca o no el cachete (también llamado machote) emula un falo desproporcionado, con sus correspondientes genitales más o menos desfigurados. La rosca, que se asemeja a un roscón de reyes, es una alegoría del sexo femenino. Ambos, con la superficie lisa o rociados de anisitos se acoplan entre sí por penetración de uno en otra. Dentro de la iglesia los niños -- pocos -- portaban los cachetes; las chicas las roscas. A la salida degustamos varias porciones a sabiendas, según recalcó el cura, que una vez benditos son buenos contra las dolencias de garganta.
Más allá de las apariencias, detrás de
estas piezas se ocultan ritos paganos de exaltación de la fertilidad cuyos
antecedentes nos retrotraen a los fastos de Roma.
Cuando hace más de quince
años yo escribía el libro “El Pan Nuestro” (RB) me hacía la misma pregunta ¿Por qué en algunos pueblos españoles desde
San Antón hasta la Pascua se elaboran panes rituales a los que se les atribuyen
propiedades extrañas? No tardé en
comprender que para las antiguas civilizaciones cruzamos ahora el ciclo de
regeneración de la luz, periodo cósmico estratégico. Y que algunos de estos
panecillos, con una enorme carga simbólica, son todavía el débil cordón
umbilical que nos une al pasado. Antropología pura.
En su obra El Carnaval, Julio Caro Baroja explica el sentido de los fastos en honor de dioses concretos. Su objetivo, no era otro que procurar la fertilidad de los campos, la abundancia de las cosechas y evitar las enfermedades de hombres y animales. El cristianismo no arrasó determinadas tradiciones, simplemente las cristianizó colocando santos donde antaño había deidades. En un segundo paso las trivializaría al transformarlas en fiestas infantiles.
Al pobre San Blas, obispo
armenio, lo convirtieron en protector de las enfermedades de garganta, un
antídoto contra el pavor atávico de fallecer sin poder exhalar el alma por la
boca. Por eso a los panecillos y rosquillas del santo se les han reconocido
desde antaño propiedades contra la tosferina y la difteria. ¿Pero qué pintan
ese falo gigante (cachete) y la rosca de Laguardia junto a San Blas en un día
como el que estamos? Nada. Para mí son vestigios de alguna ceremonia de la
fertilidad de orígenes remotos superpuesta a esta efemérides religiosa. Acaso
una herencia de las lupercales romanas.
Que los falos tallados en piedra presidían la entrada de muchas mansiones romanas puede comprobarse hoy en las ruinas de Pompeya. Y que entre los romanos eran frecuentes los panes fálicos en homenaje a Príapo lo ratifica el epigrama que el poeta Marcial les dedicó en su momento: “Priapus siligineus (Martial, lib.XIV, ep LXIX).
Aparte de su
innegable valor nutritivo y gastronómico el pan ha jugado un papel
antropológico trascendental en las civilizaciones mediterráneas. En Francia,
Italia y Centroeuropa hay testimonios parecidos al de Laguardia. Si alguna
circunstancia no lo impide en pocos años la indiferencia de la sociedad y el
rodillo de la civilización industrial terminarán por exterminarlos. Ignoro el
camino a seguir pero deberíamos salvarlos. Está en juego una parte de nuestra
cultura, y no precisamente la gastronómica. En twiter: @JCCapel





