El GPS de la historia del Tercer Reich

Por: | 25 de enero de 2016

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                     Adolf Hitler, en un desfile nazi en Núremberg, en 1927. / Getty Images-Hulton Archive

En el ranking de los hechos históricos que han sido objeto del mayor número de publicaciones a nivel global, destacan tres temas que han gozado de la predilección de los especialistas: la Guerra Civil española, la I Guerra Mundial y, a muchísima distancia en el primer puesto, se encuentran el nazismo y la II Guerra Mundial. Al referirnos a estos, estamos hablando de un fenómeno histórico que ha propiciado kilómetros y kilómetros de páginas de bibliografía académica (su faceta divulgativa en la literatura la multiplica exponencialmente), que hacen casi inmanejable el conocimiento de todo lo que se publica, teniendo en cuenta que el Holocausto judío por sí solo, es un capítulo con material ingente.

Para ayudarnos a entender cómo ha cambiado nuestra concepción de la Alemania nazi en los últimos 15 años, su nuevo contexto de estudio y las características de la sociedad y dictadura nacionalsocialistas, contamos ahora con El Tercer Reich, en la historia y la memoria (Pasado y Presente), de Richard J. Evans, profesor emérito de la Universidad de Cambridge y miembro de la British Academy y la Royal Historical Society. Evans, autor de una monumental trilogía de la era nazi (publicada en la década pasada por Editorial Península), reúne ahora una colección de ensayos y reseñas publicados en medios anglosajones como The London Review of Books, en donde analiza críticamente los trabajos más trascendentes de muchos de los expertos sobre la materia, prestando especial atención al nexo cada vez más intrincado entre historia y memoria, cuestión que aquí en España llevamos años tratando de conciliar con un éxito bastante desigual. Para el autor, “la memoria debe someterse al escrutinio detallado de la historia si quiere gozar de solidez, en tanto que las implicaciones de la historia para la memoria colectiva del nazismo en nuestros días deben ser expresadas con precisión y pasión”. 

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El volumen contiene 25 capítulos independientes dentro de 7 unidades temáticas y esa apuesta por ofrecer este material fragmentado en un solo bloque nos permite apreciar el vasto conocimiento de Evans sobre las más variadas cuestiones del Tercer Reich. En ellos se examinan desde aspectos personales de Adolf Hitler, hasta las megalómanas implicaciones de sus planes para conseguir el dominio del mundo tras una ulterior victoria sobre Estados Unidos y la fantasmagórica conspiración judía mundial, a la vez que se dedica una unidad aparte al Holocausto (en la foto, una familia judía pasa ante un escaparate con un cartel contra los judíos, en una calle de Viena, en 1938 / Bettmann-Corbis). Si hay algo criticable en el libro es la reiteración de algunos argumentos que, a causa de la primigenia dispersión de los artículos, es algo imposible de solucionar, al solaparse algunos de los temas tratados a lo largo del libro. Evans no olvida contextualizar los derroteros elegidos por los primeros estudiosos del nazismo. En las décadas posteriores a la guerra mundial, surgen en Alemania los enfoques intencionalista y funcionalista. Los primeros colocaron a Hitler en el centro de sus teorías, entendían que todo ocurrió porque así lo quiso el Führer y así lo tenía planeado de antemano, mientras que los segundos concluyeron que este se vio obligado a improvisar sobre la marcha. Tampoco faltaron a la cita intelectuales marxistas con el concepto de clase y los antagonismos y divisiones sociales como base estructural de su labor investigadora ni los que fijaron su atención en las raíces nacionales del nazismo, en la continuidad entre la Alemania imperial y el Tercer Reich. En cualquier caso, desde 1990, los historiadores de la Alemania de Hitler se han centrado de forma cada vez mas exclusiva en el Holocausto, y la ideología y el factor racial han pasado a ser el eje vertebrador de la historiografía y es aquí donde innegablemente Richard J. Evans se mueve con más comodidad.

“Herido y encarcelado, Adolf Hitler sigue siendo para nosotros el mismo que, intacto y en libertad, era: el necio más sustancioso que desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un necio cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un necio sin medida ni freno. Un necio monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima”. De esta manera irónica, mordaz e inteligente, describía Eugenio Xammar, corresponsal en Berlín de La Veu de Catalunya y Ahora en las turbulentas décadas de entreguerras, en una impagable entrevista a Adolf Hitler tras su intento de golpe de Estado de 1923 (El huevo de la serpiente, Ed. Acantilado), coincidiendo en esta descripción tan prematura y aguda del personaje con la idea actual que Evans y otros historiadores como Ian Kershaw tienen de su personalidad. El profesor británico no rehuye el envite de diseccionarlo y elige caminos llenos de interés como su relación con Eva Braun o la controvertida faceta de la posible locura del dictador nazi. ¿Podía un ser diabólico tener una relación sentimental y sexual normal? ¿estaba enfermo Hitler? Este aspecto de las enfermedades del Führer ha dado pie a escribir incontables páginas, en gran parte subproductos carentes de un mínimo de rigor. Evans, en su reseña de Was Hitler ill? (2013),de Eberle y Neumann, concurre con su amigo Kershaw, el biógrafo más reconocido del dictador, en que no estaba loco ni trastornado y era por completo responsable de sus actos. Como dijo este a EL PAÍS, “es cierto que la maldad de Hitler resulta más aterradora sin su locura”.

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                       Adolf Hitler pronuncia un discurso en el aeropuerto de Tempelhof, Berlín, en 1935. / AP 

Evans es un investigador todoterreno del nazismo pero si brilla especialmente es como historiador de lo social. Su análisis de los marginados sociales del Reich es sobresaliente y nos lanza un aviso necesario y útil para cualquier investigador del genocidio nazi: “El proceso no supuso un regreso a lo salvaje, describirlo como tal equivale a usar este vocablo en un sentido moral más que histórico, y en consecuencia, impide la comprensión seria y bien informada de la propensión nazi al exterminio”. ¿Podemos juzgar moralmente el comportamiento de la sociedad alemana por su actitud frente al nazismo entre 1933 y 1945? ¿hubo coacción o hubo consentimiento? ¿cuál fue la reacción del alemán de a pie ante la deportación y asesinato masivo de judíos? Evans es taxativo y afirma que la violencia y el terror sufridos en todas las regiones europeas conquistadas desde 1939, en particular en el Este y por los judíos, formaban parte de la teoría y la práctica del nacionalsocialismo y fue algo que ya experimentaron en sus carnes millones de alemanes en mayor o menor grado, judíos, marginados sociales, y sectores de todo el arco político desde 1933.

La fortuna no fue esquiva con Hitler en casos concretos como el de la situación económica. Se hizo con las riendas de Alemania en el momento en que lo peor de la Gran Depresión ya había pasado y el rearme fue la medida que consolidó la recuperación económica, hasta el punto de acaparar en vísperas de la guerra la quinta parte del gasto estatal. Pero, ¿cuál era la fuerza que guió a los gestores de la industria armamentística alemana? Una vez más, Evans ve necesario recurrir a la ideología para comprender a gente como Albert Speer, el ministro de Armamento, que en 1942, cuando los economistas nazis más realistas daban la guerra por perdida, el creía que no había nada irrealizable si mediaba “el triunfo de la voluntad”; o la gestión de compañías tan señeras como la Krupp, “foco, símbolo y beneficiario de las fuerzas más siniestras que han tenido bajo amenaza a la paz de Europa”, según el fiscal del proceso de Núremberg de 1947 a los industriales alemanes.

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                             Miembros de las Juventudes Hitlerianas en Viena en 1938. / Bettmann-Corbis

Evans aborda el genocidio judío tratando de compararlo con otros asesinatos masivos del siglo XX. El mismo concepto de la comparación ya es un problema, pues muchos intelectuales lo definieron como crimen sin precedentes ni parangón en la historia. Las colectivizaciones forzosas en Ucrania en los años treinta, el exterminio de los armenios de 1915-16, las matanzas de tutsis en Ruanda en 1994… ¿Tenía finalmente la “solución final” de los nazis a la cuestión judía rasgos que la hicieron diferente del resto de genocidios? Europa oriental sufrió la guerra de manera mucho más profunda que el resto de Europa con la puesta en marcha del macabro Plan General del Este de Heinrich Himmler, el jefe de la SS, que proponía la muerte por hambre de entre 30 y 45 millones de eslavos y judíos, y esta zona del mapa también sufrió las decisiones de Yósif Stalin, que tenía otros intereses en el control del territorio que incluían deportaciones y homicidios masivos. ¿Cuáles fueron los procedimientos y motivaciones de ambos dictadores en sus programas de genocidio y asesinatos en masa? Evans aprovecha este artículo para hacer una crítica muy dura al trabajo de Timothy Snyder, Tierras de sangre (Galaxia Gutenberg), del que no salva ni la prosa. Las nuevas teorías de Snyder sobre los genocidios habidos en Europa oriental durante este periodo han contado con la aclamación de muchos expertos sobre el nazismo, lo que provoca dudas sobre la ecuanimidad de Evans en su análisis. De hecho, acaba de publicar Tierra negra (Galaxia Gutenberg), un ensayo que plantea los posibles riesgos de repetición del Holocausto en un futuro incierto, que ha sido muy bien recibido por la crítica. Queda patente que el nazismo y Hitler como asuntos a tratar por los historiadores siguen siendo un filón inagotable en donde el rigor científico de autores como Evans es necesario para aportar luz al conocimiento del hombre que con su régimen político personificó la maldad humana y provocó la guerra más devastadora de la historia.

Hay 5 Comentarios

¡Estimado javier!, perdona la tardanza por la contestación, pero es que desconocía tu contestación.

Creo que estás equivocado, ya que te limitas a la "petición de principio", es decir asumir lo que tiene que ser demostrado.

la verificación histórica siempre es en positivo, no en negativo y sobre la base de la mejor evidencia primaria disponible.

Hay millares de libros hablando de los crimenes de stalin, pero en ninguno de ellos hay evidencia de los mismos por mucho que se repita como propaganda anticomunista.

* Citas por ejemplo el caso de Katyn, cómo el crimen supuestamente mejor demostrado de stalin, pero desde 2010 hay abundante evidencia paleográfica y arqueológica que no fueron los soviets y por lo tanto stalin , los responsables de la masacre, sino los nazis tal y cómo dijo la "comisión Burdenko" en 1944.

Vid.Grover Furr:The “Official” Version of the Katyn
Massacre Disproven?
Discoveries at a German Mass Murder Site in Ukraine

https://msuweb.montclair.edu/~furrg/research/furr_katyn_2013.pdf

* Estas equivocado también en las hambrunas de 1933, aparte que la principal causa de las mismas fue la pésima cosecha producto del clima, no lo digo yo sino un gran especialista( no comunista) como Mark Tauger y la profesora Annie Lacroix en este artículo:

-SUR LA « FAMINE GÉNOCIDAIRE STALINIENNE » EN UKRAINE EN 1933 : UNE CAMPAGNE
ALLEMANDE, POLONAISE ET VATICANE.

http://www.historiographie.info/ukr33maj2008.pdf

La colectivización no causó por tanto la hambruna, mas bien su objetivo ¡¡¡ era acbar con las hambrunas que azotaban Rusia cada 3 -5 año¡¡¡¡ y efectivamente es lo que ocurrió, justo lo contrario de lo que usted afirma.

Se podráin hablar de nuchos otros "supuestos crimenes" de Stalin como el Gran terror de 1937, la purga de los militares(affaire tujachevsky), que entran más en el terreno de la leyenda que en el de la verificación histórica.

Un saludo muy cordial, y estoy abierto a cualquier crítica ó sugerencia.

Es un tema abusivo,bastante dramatico y recurrente.

Estimado Rafael;

Muchas gracias por tu positiva aportación, tan documentada, a este artículo. No pretendo aquí defender las afirmaciones de Timothy Snyder. Creo que, a estas alturas, la responsabilidad de Stalin en varios de los sucesos más negros que tuvieron lugar en Europa oriental durante los años 30 está más que clara. No hay ningún documento que acredite la decisión de Hitler de poner en marcha la “solución final” a la cuestión judía con todas sus consecuencias en 1942, sin límites geográficos ni temporales, pero todos los historiadores solventes ven clara su responsabilidad. Tampoco hay documentos que prueben las decisiones de los dirigentes hutus de exterminar a todos los tutsis de 1994, ni del sultán otomano o su primer ministro en el genocidio armenio de 1915-16. Creo que las consecuencias de las políticas de Stalin de industrialización forzosa en la URSS durante la primera década de los años 30 no supusieron solo “deportaciones” de kulakís en Ucrania. Causaron la muerte por hambre de probablemente 3 millones de personas. La invasión de Polonia por la URSS supuso la muerte en Katyn de 20.000 militares y nacionalistas polacos. Stalin no tenía la intención de exterminar a varios millones de ucranianos pero opinaba que los planes económicos estaban por encima de los ciudadanos de la URSS. No se trató de un genocidio pero sí me parece atinado afirmar que el Holomodor fue un “homicidio masivo”. De todas maneras, te quedó muy agradecido por tu comentario, Rafael.

Las críticas de Richard Evans(experto en el Reich alemán pero ignorante en lo que respecta a la historia soviética) y de los historiadores del Holocausto contra Snyder y sus dos obras ,"Tierras de sangre " y "Tierras negras " pueden leerse en la web _Defending history_

http://defendinghistory.com/30081/30081

un saludo.

¡Estimado Javier Herrero!:

Haces una imputación contra la URSS y Stalin, que no por repetida va a ser mas cierta, pero que en realidad es una mera "petición de principio", asumir sin más lo que tiene que ser demostrado.

Es cierto que hubo deportaciones,pero "homicidios masivos" en absoluto, es una imputación de Snyder en "Tierras de sangre" pero se puede determinar que casi todo lo que escribe Snyder sobre Stalin ó la Urss es falso, cómo se demuestra haciendo un escrutinio crítico de las notas;esta labor ya ha sido hecha por Grover Furr. BLOOD LIES: The Evidence that Every Accusation against Joseph Stalin and the Soviet Union in Timothy Snyder’s Bloodlands Is False. Plus: What Really Happened in: the Famine of 1932-33; the “Polish Operation”; the “Great Terror”; the Molotov-Ribbentrop Pact; the “Soviet invasion of Poland”; the“Katyn Massacre”; the Warsaw Uprising; and “Stalin’s Anti-Semitism”. New York: Red Star Publishers, 2014.

Un saludo.

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Dado que el presente se levanta sobre lo que ya pasó, no es mala idea echar un vistazo atrás para entender lo que está pasando. Cicerón lo dijo antes y mejor: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser eternamente niños”.

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