Manuel Montobbio

Del nacer de la Historia

Por: | 21 de mayo de 2012

    Si, como decíamos en la anterior entrada de este blog, hemos vivido la mayor parte de la Historia fuera de ella, ¿cómo entramos?. ¿Cuándo, cómo y por qué suge la Historia?.

    Presupone a su vez la Historia el nosotros que la protagoniza. Tal vez por ello esté su nacer asociado al salto cualitativo en la conformación del nosotros que constituimos las sociedades humanas; al paso de las sociedades primitivas de recolectores y cazadores a aquellas basadas en la explotación agraria que da lugar al surgimiento de grandes ciudades e imperios que pretenden ser grandes e ir más allá, de excedentes económicos y comercio y leyes y lenguas comunes a gentes y territorios desconocidos. El paso del nosotros de la tribu unida por relaciones de parentesco o de clan al conformado por cientos de miles o millones de seres humanos que no se conocen entre ellos y jamás podrán conocerse unos a otros en territorios y horizontes antes difícilmente imaginables. El paso de la humanidad, por utilizar la metáfora de Sloterdijk en En el mismo barco, de la era de la navegación en balsas siguiendo el discurrir de los ríos, a la de la navegación de cabotaje intentando llegar poco a poco a puertos lejanos y territorios y mundos por conocer.

    Nace la Historia en ese nuevo nosotros que habla idiomas que escribe, y de alguna manera para conformarlo. Pues, ¿cómo es posible crear, cohesionar, mantener un nosotros de tales dimensiones?. ¿Cómo lo fue, cuando no lo había sido antes? . ¿Cómo es posible crear el poder sobre tal extensión de territorios y de seres humanos?. ¿Cómo y con qué ejercerlo, mantenerlo?.

    Decía Foucault que la cárcel está en uno mismo. También las órdenes y designios del poder. En lo más profundo, lo más inconsciente. Cuanto más adentro, más poder. Tan adentro, que ni nos damos cuenta de que están; porque somos, los somos.

    Quienes hayan visto la película The Iron Lady se habrán fijado tal vez en una escena en que Margaret Thatcher está, ya mayor, en la consulta médica. El médico le pregunta qué siente. "Todos me preguntan qué siento - responde ella -, pero a mi no me preocupa lo que siento: me importa lo que pienso; me importan las ideas, me importa convertirlas en acciones, que esas acciones se conviertan en hábitos, y esos hábitos en rutinas, en inercias".

    Y esos hábitos, esas rutinas, esas inercias, esos mitos, arquetipos y supuestos implícitos compartidos, ese imaginario colectivo, ese relato cosmogónico, esa Historia... constituyen la cultura común, el cemento o argamasa que aglutina a esos cientos de miles o millones de individuos, de yoes, en parte de un nosotros común. Que les identifica, les da una identidad colectiva. Cultura como "útero social del Estado", en expresión de Sloterdijk, como cultivo del individuo para transformarse potencialmente en persona, llegar a ser lo que potencialmente puede llegar a ser; mas también para transformarlo en ciudadano, en súbdito, en nacional, en creyente, en hombre o mujer según determinada concepción cultural o social, en miembros o partícipes de todas esas identidades colectivas que nos definen y al tiempo nos atrapan.

    No sólo necesita de la cultura y la Historia el poder: también de la fuerza, de la ley, de la Administración. del dinero y el mercado. Y, como nos señala Leonardo Morlino en ¿Cómo cambian los regímenes políticos?, todo sistema político necesita para su pervivencia y estabilidad de legitimidad, eficacia y movilización.

    Y mucho se podría decir sobre ellos. Mas no alteraría ello la constatación de que el poder político aspira en su esencia última a llegar a ser poder consentido, aceptado, percibido como legítimo; a que los individuos a los que se dirige hagan lo que espera de ellos, lo que considera necesario para su pervivencia y la del colectivo, sin siquiera ordenarlo ni tener necesidad de ello, como si fura parte del orden de las cosas, como si fuera evidente y no pudiera ser de otra manera.

    Y para ello, entre otras cosas, recurre a la Historia. Empieza a contarla, a relatar el pasado para legitimar o justificar el presente, a invocar el futuro para requerir el sacrificio del presente, a situar al nosotros como sujeto colectivo de un relato que hay que escribir en el tiempo, personaje protagónico de una obra de teatro que al tiempo hay que interpretar. Deja el ser humano de vivir en el presente para vivir entre el pasado y el futuro - o entre el presente del pasado, o la memoria, y el presente del futuro, o la esperanza, como los definiera María Zambrano en España, sueño y verdad -; para instalarse en la Historia. Y una vez en ella instalado quiere hacerla, moverse en ella, moverla, conquistar su lugar, atravesar desiertos para llegar a tierras prometidas; y para ello requiere guías, dirigentes, generales o profetas que le conduzcan a través de las dificultades en la larga travesía.

    El paso de la navegación en balsas río abajo a la de cabotaje en naves con timón y velas, con horizonte y rumbo, requiere de capitanes, de destinos y hojas de ruta.

 

Hay 2 Comentarios


A los LADRONES en vez de fomentarlos e impulsarlos hacia EL PODER conviene EXPULSARLOS, ECHARLOS SIN CONTEMPLACIONES de los nidos políticos en donde moran, succionando como vampiros, la sangre de los pueblos.


Como sistemas vivos que son las Entidades Nacionales, los PARÁSITOS consumen gran parte del flujo vital de las Naciones.

AGUANTAR POR MÁS TIEMPO este DESANGRAMIENTO nos agota y nos debilita.

¿TENEMOS AÚN SANGRE EN EL CUERPO?,
o estamos muertos

p.d.
(véase REVOLUCIÓN FRANCESA 1789 wk)

pueblo griego, te apoyamos,
pueblo españo, pueblo portugués


LOS NIÑOS YA NO COMEN
y LOS PARADOS SOMOS LEGIÓN

¡CONTAMOS CONTIGO CIUDADANO:
MOVILÍZATE!

LWOL

Y si los capitanes que a decir por el autor requieren ese transitar por la Historia las sociedades fueran el conjunto mismo de individuos que la conforman desde abajo y no las élites que legitiman el poder que se les impone? Y si fuera otro tipo de poder el que rige el designio colectivo, aquel que emane realmente del pueblo, en virtud de un nuevo sistema que no limite su participación a un voto cada cuatro años? Cómo contaríamos entonces esta historia?

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global y Guía poética de Albania. Su último libro publicado es Tiempo diplomático.

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