Perder al fútbol

Por: | 17 de abril de 2014

Soy del Barça desde mi infancia, por razones que ahora sería prolijo enumerar. Y sigo siendo de ese equipo que ayer salió martirizado de su partido contra el Real Madrid y de la temporada. Ser de un equipo tan importante te acostumbra mal: el Barça ha tenido diez años gloriosos, y hemos pensado que esa tendencia podía llegar a ser infinita. No lo ha sido, ya se ve.

La melancolía que produce la derrota vuelve a ser, en este tiempo de miseria de resultados, como lo fue en aquellos tiempos en que se acabó la gloria (relativa) que nos dio Helenio Herrera y que desembocó en la desgraciada derrota ante el Benfica en Berna, cuando los palos desactivaron la esperanza barcelonista de ganar la primera Copa de Europa.

Aquel fue el bautismo de melancolía futbolística para mi, supongo que para otros que entonces ya se hicieron del Barça. Ahora toca recordar ese sentimiento, con dolor, como dice Martino. Ahora viene el periodo de culpas, o de duelo, como dijo también el Tata. Es sólo fútbol, decimos, también para quitarnos de encima el valor oscuro de los sentimientos de derrota.

Hemos perdido, como se pierde el aire o se pierde un libro; ya lo encontraremos, ya será el Barça otra vez el equipo que jugó cinco minutos después del gol de Bartra. Ahora toca felicitar a los que estaban enfrente y ganaron, en buena lid, un partido en el que jugó también, ay, la casualidad; pero es que la casualidad (el palo de Neymar, por ejemplo) es un elemento determinante del fútbol. El fútbol es todo, como la vida, y también se hace de la gloria triste de los perdedores.

Sombra y luz de Shakespeare

Por: | 16 de abril de 2014

Recomiendo los artículos que hoy publica EL PAÍS en torno al aniversario 450 de William Shakespeare. Javier Marías, Marcos Ordóñez... Volver a Shakespeare es algo que se hace cada día, como se pone de manifiesto en estos textos que el periódico dedica al gran bardo... Me detengo en el de Marías especialmente porque contiene, en cierta manera, una apelación a la lectura de los clásicos: Shakespeare, Cervantes, Dante, Proust, Faulkner, Montaigne, Conrad, Hölderlin... Son la luz de la escritura de todos los tiempos, y deberían ser también la luz de los escritores que siguen escribiendo ya lejos de aquellas sombras. Pero, apunta Marías, da la impresión de que han sido difuminados para que no perturben a quienes prefieren pensar que con sus obras de inaugura la literatura. Lo que Marías hace, también, es apuntar una lista de lecturas obligatorias para aquellos que quieran adentrarse, con la humildad imprescindible, en el mundo de la escritura. Y lean a Marcos Ordóñez; sus artículos teatrales, en Babelia y fuera del suplemento, no son sólo refrescantes reflexiones teatrales, sino excelente materia de aprendizaje sobre cómo debe escribirse de literatura en los periódicos. 

El periodismo y las alas de los pájaros

Por: | 15 de abril de 2014

El periodismo no se reinventa, eso es un lugar común. El periodismo siempre será lo que fue, y se irá adaptando a las épocas. Los pájaros tenían cuatro alas, hasta que ya sólo necesitaron dos. Y los insectos también tenían cuatro alas, porque necesitaban planear para escapar de los depredadores que los perseguían al borde de los acantilados, como me contaba el otro día en Barcelona el sabio Jorge Wagensberg.

    De modo que al periodismo le pasará lo mismo: se quitará peso, pero en la esencia necesitará lo mismo que siempre para subsistir: descubrimiento, novedad, y discusión. Pero sobre todo necesitará noticias, información, y escritura (o imagen, o dicción) adecuadas. Decía en La Vanguardia el exdirector de Al Jazira Wadah Khanfar (entrevista de Lluis Amiguet, 5 de febrero de 2014): "Las noticias ya son gratis; por la información pagaremos". Las noticias están al alcance de cualquiera, nos atiborran a noticias. Pero, ¿y lo que está detrás, lo que las nutre, lo que hay de veras en las noticias, en los titulares?

     Esa es la esencia del periodismo: explicar las noticias, informar de por qué se producen. Y eso es lo que ahora premian en el Guardian inglés, el periódico que dirige Alan Rusbridger. Primero le dieron el Ortega y Gasset que otorga este periódico por su cobertura de la información relativa a los descubrimientos que hizo el ex analista del espionaje norteamericano Snowden y ahora por lo mismo recibe el Pulitzer. Se premia la información, el periodismo en estado puro. Lo que siempre fue el periodismo. Ahora se hace con dos alas, vuela de manera diferente, más rápido, ya despegó hace siglos, pero sigue precisando los mismos elementos. Entre ellos, las ganas de hacerlo, el entusiasmo por no hacerlo como si fuera un oficio cualquiera. Convertirlo, como quería Gabo, en el oficio más bello del mundo. O, por lo menos, en uno de los más útiles.

Viva la República

Por: | 14 de abril de 2014

Ayer escuché a Pedro Zerolo hablar de los valores que defiende y que ha defendido a lo largo de toda su vida. La libertad, la igualdad, los derechos civiles que están en el corazón de las reivindicaciones propias del espíritu republicano. Un país laico, aconfesional, libre de las ataduras que la religión impuesta han caído como un peso muerto sobre la sociedad española durante los largos años de su historia. La República fue un instante de suspiro, un aire nuevo. Se acabó, la terminó la guerra civil, el fascismo se impuso sobre las otras fuerzas, y España regresó a un largo túnel. Cuando escuché ayer a Zerolo me acordé de los maestros laicos, de los intelectuales que tuvieron que irse al exilio, de los científicos represaliados, de la larga noche que ahora cuenta en sus episodios nacionales de la posguerra la novelista Almudena Grandes. La propia familia canaria de Zerolo sufrió esa persecución. A él le daban ayer el premio Carmen Cerdeira por defender los derechos civiles. A él le quería dedicar este blog con el que espero regresar ahora, quizá a diario, a este espacio que desde hace cerca de ocho años alberga algunos pensamientos cotidianos, sobre la literatura o sobre la vida.

Me niego a pensar que es verdad lo que dicen los agoreros: que el libro se va a hundir en medio de las aguas cenagosas del Facebook, el wasapp y la costumbre de no leer y no creer en los libros que marca el ritmo cultural de una sociedad cada vez más contenta de no conocerse.

         Para no leer hay ahora muchos argumentos, y para decir que no se lee hay casi los mismos. Antes se decía, cuando te hablaban de un libro que había que leer: “Lo acabo de comprar” o “lo estoy leyendo” o “me han dicho que es muy bueno”. Ahora se dice: “Ya lo he visto”. En Facebook, en Twitter. Ver un libro como si fuera una estrella fugaz. Verlo, no tocarlo, no leerlo. Verlo para decir que lo hemos tenido cerca.

         Soy optimista con respecto al futuro del libro, y no me refiero a esa insistencia estadística en que ahora se lee más porque hay más soportes para leer, porque leer no es posar tus ojos en la palabra escrita, tan solo; es posar y adentrarte, es buscar en lo que lees una referencia para vivir, para discutir, para soñar o para justificar tu melancolía, para saber más o para saber de manera distinta. Como si leer es tener un artilugio para meter libros, como si ahí dentro se leyeran solos.

         Estadísticas que no se divulgan dicen, por ejemplo, que los editores nuevos que publican libros de papel y que son creativos (es decir, que no publican lo que ya fue mil veces publicado) están cumpliendo bien sus presupuestos, que están recibiendo el favor del público; los medios nos hemos acostumbrado a explicar los avances o los retrocesos de los libros digitales, y nos hemos olvidado de poner énfasis en la vida propia de los libros de papel. Como si también hubieran dejado de ir a las librerías los que escriben sobre libros. Es preciso ir a las librerías, fijarse en los libros; tocar los libros ahora es adelantarse a lo que pasará dentro de poco. Estoy seguro, quiero estar seguro, y quisiera compañía en esta seguridad que proclamo.

         Esta semana ha habido una buena noticia en el mundo del libro, pero tampoco la he visto muy divulgada: la agencia Dos Passos, que dirige con un ímpetu milagroso Palmira Márquez, Ámbito Cultural (a cuyo frente está el escritor Ramón Pernas) y Galaxia Gutenberg (director, Joan Tarrida) han convocado el premio Dos Passos a la primera novela. 12.000 euros de premio y la publicación, por Galaxia Gutenberg, de la novela ganadora. Los que escriban tienen de plazo hasta el 30 de mayo próximo, y el que gane verá la novela publicada el 14 de enero de 2015, que es cuando nació (en 1896) el escritor John Dos Passos. En la presentación del premio el escritor Fernando Marías, que acompañó a los convocantes del premio, aludió a las dificultades que él mismo tuvo para publicar su primera novela; en eso no ha cambiado el sector, pero es que ahora la presión del ambiente contra los escritores a los que no conoce ni Dios es tremenda. Leer, ir a las librerías, publicar, se ha vuelto, decía Pernas, “un acto de heroísmo y de resistencia”.

         No se trata sólo de “profesionalizar”, como decía Tarrida, al escritor: se trata de darle sitio y esperanza. Hay mucha gente escribiendo, y hay leyendo más gente que la que se dice por ahí. Prometo que, si tengo fuerza, desde aquí, y con la frecuencia que me den las ganas, haré todo lo posible por remar contra corriente y decir que el libro no se muere, qué más quisieran.

         Estoy harto de escuchar que el libro se muere.

         Pues si se muere el libro, qué no se habrá muerto ya.

Queremos tanto a Julio. Hay que leer a Cortázar

Por: | 12 de febrero de 2014

Hoy hace treinta años murió Julio Cortázar, a quien queremos tanto. Escribí para mi sección diario en Hora 14 de la Ser el comentario que sigue. Y la crónica posterior la escribí a raíz de la presentación del álbum Cortázar, de la A a la Z que ha publicado Alfaguara. Esta tarde, en la Casa de América, Natalia Menéndez dirige un montaje sobre la obra y la música que convirtieron a Julio en un escritor tan querido.

El sueño

Escribió Rayuela y nos regaló relatos que nos aprendimos de memoria, como versos de amor o cartas de batalla, y creó en torno a él una mitología que no cesa. Murió tal día como hoy hace treinta años, en París, la ciudad en la que se combinaron sus sueños y sus juegos. Ahora está en las librerías un homenaje singular a su persona de escritor y de cronopio, un álbum donde está siempre riendo y escribiendo, tocando la trompeta o haciéndole muecas a la vida. Esta noche, en la Casa de América, le recuerdan con jazz y con palabras. Queremos tanto a Julio. Hay que leer a Cortázar.

El álbum

Aurora Bernárdez, menuda y blanca, movía la cabeza y reía, silente, en la primera fila de la Casa de América de Cataluña cuando le preguntaban a Carles Álvarez Garriga, editor con ella del álbum biográfico Cortázar de la A a la Z, qué música era la favorita del autor de Rayuela, cuyo centenario ya estamos celebrando. La viuda y albacea del escritor que hizo del humor, el azar y el ingenio argumentos de sus novelas, rompió su viejo compromiso de callar en público y pronunció los nombres propios mágicos a los que se aferraba Cortázar cuando quería ser Julio y quedarse solo consigo mismo y con la música: “Duke Ellington, Charlie Parker… A veces estudiaba trompeta; la mujer que servía en casa, una española, me decía: ´¿Estudia, verdad? Porque sólo la pifia`”

         Ella misma rió, todos rieron. Fue el punto y final de un acto muy especial, como el libro que le sirvió de pretexto. Este álbum, que nació en Argentina (de la mano de la directora de Alfaguara en Buenos Aires, Julia Salztman, de la viuda de Julio y del gran cortazariano Carles Álvarez) y que diseñó en Barcelona el argentino Sergio Kern, es un gesto de amor a Cortázar, a él como persona (pues el álbum es en un porcentaje altísimo sobre su vida personal) y a él como escritor; está hecho, por Álvarez y por Bernárdez, con el apoyo técnico de Kern y “el entusiasmo” de Saltzman, como “el mejor homenaje”, como dijo el director de la Casa de América, Toni Travería, al escritor “al que tanto amamos todos”. Leyó Travería un texto de Juan Gelman al gran cronopio: “Tu mejor obra sos vos”.

         Y a vos, Julio, está dedicado este libro raro “e inclasificable”, como le gusta a Sergio Kern que llamen al resultado final de esta magna obra típicamente cortazariana, que incluye destellos de otras grandes audacias del propio Cortázar, como La vuelta al día en ochenta mundos. Este álbum es el preludio de todo lo que ocurrirá en el centenario del escritor y en el cincuentenario de Rayuela, su obra más querida (la directora de Alfaguara Global, Pilar Reyes, se felicitaba anoche de las ventas que sigue teniendo, “y ahora más”). Y es a la vez, dijo Álvarez, la conclusión de una ingente labor editorial que se inició en aquel sello en 1994, cuando se editaron algunos libros que permanecían inéditos a la muerte de Cortázar en febrero de 1984.

         Ahora, dijo Carles Álvarez, que se definió a sí mismo como “el evangelista” de Cortázar, “habría que parar un poco, que la gente digiera todo lo que se ha hecho”. Entre las cosas que se han hecho, la edición de las conferencias literarias de Julio en Berkeley y la ingente colección de cartas del escritor (“la más interesante y abundante de cualquier escritor hispano en el siglo XX”), que Alfaguara publicó recientemente en cinco tomos. Como estábamos en Barcelona, y como es justicia, Álvarez tuvo un recuerdo para Francisco Porrúa, el editor argentino que vive aquí y que con tanta pasión como buen juicio puso en la rampa de salida a aquel joven Cortázar de Los premios.

         La sesión fue un repaso a lo que este álbum tiene de más emocionante. Carles Álvarez, a preguntas del moderador del acto, Jean Barnabé, hijo de un traductor francés que fue amigo de Cortázar y que aparece en esta colección de recuerdos gráficos y escritos, dijo que para él la doble página de la entrada Infancia, es de lo más enternecedor de esta memoria. Ahí se incluyen estos versos sencillos, junto a retratos del Cortázar chico: “Me acuerdo de una plaza, poca cosa: un farol, un paraíso, unos malvones/ y ni un banco en que estar y ni una rosa./ Pero venían todos los gorriones”.

         Claro, como todos los libros, y especialmente los libros de Cortázar, es un libro para leer y releer, pero este es en especial un libro para ver. Pues no es lo mismo leer los versos que Cortázar dedicó a su abuela (en la entrada Abuela) que contemplar la compaginada que Kern, con el auxilio de Carles y la supervisión “siempre risueña”, dijo Álvarez, de Bernárdez, consiguió con los materiales que tuvo a mano, la foto de Victoria Gabel de Descotte y un “abanico japonés que fue de la abuela”, una señora que dio la vuelta al mundo adelantándose quizá a las vueltas al mundo (real o figurado) que luego daría su nieto. El poema es de 1963, se titula Abuela muerta y empieza así: “El angelito que tantos años dibujé al pie de unas cartas,/ y el à bientot de las despedidas, y ese nombre en el sobre/ han de seguir en alguna parte, han de ser algo vivo,/ no es posible que nada sobreviva de esa ternura y esa gracia…”

         En el mismo renglón de las preferencias, Barnabé le preguntó a Álvarez cuál le había hecho más gracia. Entre los numerosos papeles inesperados de Julio (papeles inesperados que también formaron parte de un volumen) apareció esta broma casi buñuelesca: “Era zurda de una oreja”. Y esa voz está como Zurda en el apartado Z del álbum, una página antes de este especial colofón del libro, en el apartado Zzz… con que Bernárdez, Álvarez y Kern concluyen este homenaje realmente conmovedor y divertido al hombre que nos hizo leer al revés y al derecho no sólo lo que escribió sino lo que nos pareció que escribía. Dice este Zzz… que acaba esta cortazariana, utilizando el capítulo 41 de Rayuela, muchas páginas después de que el libro mítico hubiera empezado:

         “—Ahora que ya jugaste bastante, vení a sacar el ropero de arriba de la cama –dijo Gekrepten.

         --¿Te das cuenta? –dijo Oliveira.

         --Eh, sí –dijo Traveler, convencido.

         --Quod erat demostrandum, pibe.

         --Quod erat –dijo Traveler.

         --Y lo peor es que en realidad ni siquiera habíamos empezado”.

         Está Buenos Aires, claro, y Argentina, y los cronopios, y Gabo, y Carlos Fuentes, y Aurora por supuesto, y Carol Dunlop, su última compañera, y Julio Silva, y Mafalda, y su madre. Y el humor. Y Julio. Gelman se lo dijo: “Tu mejor obra sos vos”. Pues esta obra es Julio y no sólo Cortázar. Una mujer le escribió a Carles Álvarez: “Me has dado un gran regalo y me has dado un gran insomnio. Desde que me mandaste el álbum sólo he podido leerlo y no tuve tiempo para dormir”. Ese mismo insomnio fue la feliz ayuda que tuvimos cuando leíamos Rayuela.

El desierto más solo

Por: | 28 de enero de 2014

Fue una sensación extraña, como si la noticia hubiera sido escrita por una mano equivocada y estuviera llena de letras equivocadas y fuera, además, una equivocación alevosa, dura, hecha simplemente para dañar la vida. La noticia de que José Emilio Pacheco había tenido un accidente doméstico, que estaba grave. De pronto, la medianoche sin sustancia de los domingos perdidos irrumpió como un telón, hasta que la madrugada aviesa hizo comprobar que aquella falacia nebulosa de la noche se rasgaba con la contundencia sangrienta de un vidrio. Había sucedido que el gran poeta de los desiertos humanos, el hombre que parecía haber nacido de la voluntad de un libro, y de vivir entre ellos para evitar el desastre de las calles sucias, había muerto en México de aquella casualidad tremenda que le hizo una mueca rara nada más el día anterior. Fue una sensación como de desvarío, y en ella estuve todo el día, recordando su voz, sus ojos aniñados, su risa, y sus anécdotas. Al final del día, ayer mismo, pude escribir un tributo personal, la crónica de la muerte de uno de los escritores más sencillos, y más puros, entre los que he tenido la oportunidad de conocer. Un ser como de otro tiempo, que siempre esperaba que el otro dijera algo para activar desde dentro un sentido poco común de la alegría de escuchar. José Emilio Pacheco, no hay tantos como él. Eso decía yo en mi in memoriam.

Crónicas de la nada y del mundo. 12. La despedida de Juan

Por: | 21 de enero de 2014

Recojo aquí el texto que escribí para Ñ, la revista literaria de Clarín tras la muerte de Juan Gelman, el gran poeta argentino. Aparecen sucesivamente los textos que leí en el programa Hora 14 de la Ser a lo largo de los últimos días, entre los cuales se incluye mi reacción ante esa desgraciada desaparición del gran poeta, de la enorme persona que fue Gelman.

 

DE LA ESTIRPE DE CÉSAR

En una encuesta francesa ya muy vieja Juan Carlos Onetti explicó que escribía para que le quisieran más. Y lo mismo dijo en esa declaración de intenciones Gabriel García Márquez. Todos quieren que les quieran, los escritores son así; algunos, como Juan Rulfo, escribía tan solo para tener en su biblioteca los libros que le faltaban. Juan Gelman, por su parte, no escribía para nadie en concreto, sino para el barro, desde la sangre propia, sin espejos; escribía para entenderse, estaba atento a su esqueleto, pero sobre todo al esqueleto de las palabras; sólo las ponía sobre el papel cuando ya las había despojado, él no escribía para sonar bien en el espejo sino para tener a raya la pena.

Y muchos años más tarde le hicieron esa pregunta (¿por qué escribe?) a Juan Gelman; en Francia, en España, en Italia, los periodistas queríamos saber, sus lectores querían saber. Durante decenios él llevó una pena muy concreta consigo, y un compromiso, decirla, contar a los vientos del mundo la raíz (personal, nacional, civil) de esa pena. Y no paró de decirlo. Ahora bien: para explicar esa pena jamás se desvió de la esencia de su verbo poético, esquelético, sustancioso y casi invisible.

En esos lugares de su peregrinación fatigada el poeta siempre dijo lo mismo: escribía porque lo visitaba La Señora, la poesía, y ésta le dictaba palabras que eran armas contra la pérdida. En su caso, esas armas eran para explicar una historia que le sangró por dentro. La universalidad de su poesía, que partía de hechos tan cercanos, tan locales, por decirlo así, se explica por la altísima calidad con la que el poeta explicó su lucha contra la pena con un poder metafórico que entronca con grandes de todas partes, desde Eliot a Baudelaire o a los españoles José Hierro o Ángel González.

Y es que la explicación poética de su pena es de una estirpe muy concreta, la estirpe de dos César grandes del siglo XX, el peruano Vallejo y el italiano Pavese. Ambos escritores, heridos por una pena bien definida, trascendieron esa negación melancólica de la esperanza y se dedicaron a rebuscar en su alma entristecida para saber qué le pasa al hombre, a cualquier hombre, en el límite, en el episodio en el que ya parece que ni el cuerpo ni el alma van a resistir más.

Ya se sabe qué pasó con Vallejo, qué grado de locura verbal, tan tenue y tan violenta a la vez, utilizó para explicar su incomprensión del mundo. Y ya se conoce bien qué hizo, como último gesto, su tocayo italiano para tachar el mundo, para expresar su desesperanza prolongando en el silencio su poesía despojada. Juan Gelman fue igualmente exquisito con el sustantivo, con el esqueleto de sus versos: no dejó que el aire de la cotidianeidad se contagiara de lo vulgar, así que expresó su sentimiento de frustración y su sarcasmo inventando un lenguaje que de pronto se hizo de todas partes y no sólo de Argentina. Los argentinos han creído siempre que contó en sus poemas la pena de Argentina (“la pena es un territorio probablemente argentino”, dijo él), pero en realidad estuvo diciendo hasta el final, hasta ese retrato final de su esqueleto, qué es la esencia universal de la pérdida. Eso explica hoy el llanto general por su voz. Pero su voz es silencio. Ahora alcanza el mayor eco.

 

 

EXILIO Y LÁGRIMA

Murió en México Juan Gelman, el poeta argentino empujado al exilio por la dictadura militar que azotó brutalmente su país. No fue sólo el exilio: los militares de Videla mataron a su nuera embarazada y su nieta quedó en manos desconocidas. Él buscó a esa niña desde 1976 al año 2000. El reencuentro fue un alivio y una felicidad. Jamás dejó de escribir, era su muro contra la pena, que de todos modos se quedó a habitar en sus ojos. Ganó todos los premios, incluido el Cervantes; su premio mayor, sin embargo, fue rabiosamente humano y se llama Macarena, su nieta que ahora lleva su nombre en Uruguay.

 

 

EL CARDENAL HOMÓFOBO

Soy asmático; cada día he de hacer unas inhalaciones para mejorar el aire que respiro. El cardenal Fernando Sebastián tiene hipertensión y se medica también. Como asmático no tengo autoridad alguna para hablar de las opciones sexuales de la gente; no creo, por ejemplo, que ser heterosexual sea un defecto que se cure con tratamiento. Pero el cardenal, investido de no sé qué autoridad científica, que no inspira Dios, sí cree que como hipertenso les puede decir a los homosexuales que lo suyo es una enfermedad y además les recomienda que se la curen.

 

 

MANOLITO GAFOTAS

Un juez obliga al ayuntamiento de Carabanchel Alto a poner en marcha el parque Manolito, que defiende al barrio de las numerosas autopistas que han llenado esa geografía de humos y de ruido. El nombre del parque honra a un ciudadano, Manolito Gafotas, que nació en Radio Nacional y consolidó su fama en la cadena Ser. Debido a la mirada fértil de Elvira Lindo, aquel niño llenó de imaginación la radio y le dio a ese barrio la identidad que consiguen los personajes literarios, desde Dickens a Marsé. Ahora Manolito será al fin un parque. Ya el Gafotas era un mundo. 

 

 

EL JOVEN VETERINARIO

El periodista Tico Medina inventó un programa de televisión que tituló Buenas noticias y que se acabó en seguida. Las buenas noticias alegran pero no venden en los medios. Pues ayer, en el tren que me traía a Barcelona, un joven de treinta y un años me dio una buena noticia. Es veterinario, tiene dos hijos, venía de una entrevista de trabajo y había conseguido el empleo. No había visto en mi vida a este muchacho, pero en cuanto me dijo lo que acababa de ocurrirle sentí que esa buena noticia tenía que publicarse en algún sitio.

 

TANTA PRISA

Escucho en la radio del móvil que somos los europeos más enganchados al teléfono. Miramos el tiempo, el correo, las noticias, todo lo miramos en este rectángulo iluminado. Si pierdo el móvil me vuelvo loco. Escucho que hay especialistas estudiando la locura que produce esta creciente adicción. Hace años me internaron para comprobar si se podía vivir sin este artilugio y sin Internet. Aquella era una preparación para saber qué producía esta locura. Ahora, por cierto, transmito por móvil. En seguida miraré si me he perdido algo en estos 48 segundos.

 

 

 

Manuel Alcántara, el hombre que cuenta las gaviotas

Por: | 10 de enero de 2014

El hombre que contaba las gaviotas

 

 

Hay en Manuel Alcántara, poeta que hoy cumple 86 años, una muy concreta delicadeza: en su esqueleto, al que ha ido adelgazando la edad, y en su prosa; no hay ni un día en que sus crónicas (o columnas, ahora se llaman columnas a las crónicas, él las publica en Sur de Málaga y en la cadena de periódicos de Vocento) no transmitan esa delicadeza poética que alienta en su vocación y en su personalidad. A él lo citan grandes cronistas de otras latitudes (como el colombiano Alberto Salcedo Ramos, por ejemplo) y lo veneran como un patrón laico los cronistas (o columnistas) españoles, desde Manuel Jabois a David Gistau, pasando por José Luis Garci, Ignacio Camacho, Antón Losada, Arcadi Espada, Javier Caravallo, Manuel Vicent, Ángela Vallvey, Almudena Grandes o Raúl del Pozo.

         Todos esos columnistas y muchos más se juntaron estos dos últimos días en Málaga, donde él vive desde hace muchas décadas, para rendirle un homenaje que organizaron Teodoro León Gross, Agustín Rivera y otros, desde la Fundación Manuel Alcántara. Fue un festejo que él adornó con esa delicadeza y con muchas gotas de ginebra, que sabe beber como nadie. Ahora, dice, está en horas bajas, porque hace poco le dio “un arrechucho” (“arrechucho”, dice, “parece el nombre de un ave tropical”) y no se siente bien que digamos. “Quién tuviera 83”. Pero aún persuadido de que el tiempo es malo (“¡no te me pongas melancólico!”, le conminó Gistau), no se resistió a burlarse de él (del tiempo y de él mismo), e hizo un recorrido que a veces era desternillante y otras veces era reflejo de esa melancolía que ahora le resulta imposible soslayar.

         Ignacio Camacho dijo allí que Alcántara ha hecho su esqueleto literario a partir de la poesía (“la mejor de la generación del 50”) y que de ella nutre unas columnas que jamás han sido visitadas ni por el desdén ni por el rencor. Él ha tenido, como Rafael Azcona para descansar de la realidad, su propia visión desde la atalaya que da al Mediterráneo: “Soy el hombre que más gaviotas ha contado en la vida”. Mirando al mar, bebiendo de esa experiencia de mirar, ha conseguido la sobriedad de un columnista singular, del estilo de otro legendario, el mexicano Jorge de Ibargüengotia: ni un día sin línea, pero también un día sin que el humor le asista para sobrellevar la tantas veces ardua tarea de llenar el folio no sólo con lo que pasa sino con aquello que pasa y la gente no ve.

         En su manera de vivir (y de beber, y de contemplar el boxeo, por ejemplo), Garci lo comparó con grandes (“y santos”) bebedores, desde W. C. Fields al recién fallecido Peter O´Toole; y no bebe para olvidar, sino para ahondar en una biografía que alterna el conocimiento directo de gente como Jorge Guillén, Pablo Neruda, Gerardo Diego o Azorín. De ese conocimiento (y de esas escrituras) viene mucho de lo que es, digámoslo otra vez, el esqueleto de su columnismo. ¿Y cómo ha huido de la política? Pues fijándose en la vida. Camacho explicó que durante los años de la dictadura se las arregló para no escribir jamás la palabra Franco en sus artículos. Y ahora dice que lo salvó de ese probable veneno, la política, su decisión antigua de no adscribirse nunca a ningún partido político. “Soy volteriano, no he estado nunca en un partido, y soy, como dijo Lorca de sí mismo, del partido de los pobres. Siempre he creído en las personas”.

Le dedicó un elogio a Manuel Chaves Nogales, que es un ilustre antecesor, un elogio que define a ese cronista legendario: “lo quisieron fusilar los dos bandos; hay que tener talento para eso”. Declaró una devoción hacia Ignacio Aldecoa (“que murió a los 44, como Chaves; era un hermano”) y contó con la gracia que sus lectores le reconocen hasta en los suspiros sus encuentros con Azorín (“con quien merendaba, pues Azorín no comía nunca”)… Admira a mucha gente Alcántara, y a él lo admiran, “aunque en este tiempo vivimos, ay, un déficit de admiraciones”.

Su admiración más profunda es al mar. Y a las gaviotas, claro. “Qué bien aparcan las gaviotas, por cierto”. Garci dijo que Alcántara es “una combinación perfecta de los dos Machados, Antonio y Manuel”. Y sí: de uno tiene la bondad radical y del otro tiene la gracia que le permite ver en la gaviota un dibujo en el aire, como el principio de su prosa. “El homenaje que se le tributa”, dijo León Gros, “no celebra su edad sino su talla”. Pero él insistió en la edad, cuando le tocó hablar. “Ya estoy en una edad indecorosa. Y la edad es el único mérito que tengo. El tiempo es nuestra materia prima y se desgasta con el tiempo”. Su colega Ignacio Camacho y los otros columnistas que le celebraban lo conminaron a seguir brindando y viviendo muchos años más, “¡pues no hay cosechas aún por venir!”. Y columnas, o crónicas, por cierto, de Manuel Alcántara.

Vi en estos días de Navidad, en Canal +, la película de Pablo Berger, Blancanieves; el cuento de los hermanos Grimm es una perfecta metáfora de la maldad, y creo que 2013 fue la maldad hecha tiempo. Por eso identifico, en uno de los comentarios que siguen, a la madrastra de Blancanieves con este año infausto que nos acaba de atormentar. Tengo la esperanza de que 2014 será mejor que 2013, tan solo porque es evidente que hemos cambiado de año, y esto solo, cambiar de año, ya produce una cierta ilusión: dejar atrás una época especialmente gris de nuestras vidas es un acontecimiento, una inflexión que descorre al menos la nube de un número. Algunos de los comentarios que leí desde el 23 de diciembre del año último hasta ayer mismo en Hora 14 de la Ser marcan ese estado de ánimo que ha ido posándose a lo largo de la temporada que termina. Ahí los dejo, con el deseo de que, en efecto, para todos este tiempo nuevo sea además un tiempo bueno. Ojalá es mi palabra preferida, y esta es la que les dejo en esta primera entrada de 2014. Ojalá, pues.

 

 

COLOR Y RACISMO

Nuestros ayuntamientos, entre ellos el de Madrid, siguen pintando de negro a Baltasar, no se les ocurre usar negros verdaderos para la Cabalgata. Qué atavismo racista, qué antigualla medieval. Y ya que estamos de regalos, una modesta proposición. ¿Y por qué los Reyes Magos, negros y blancos, no llevan libros en sus manos en lugar de tanta chuchería? Un niño, un libro. Y un adulto, un libro. Propongo dos para regalar ahora y siempre, El extranjero, de Camus, y El viejo y el mar, de Hemingway. Para todos, un libro es un juguete que contiene el mundo.

 

 

PRESTIGIO DEL TIEMPO

Nuestro tiempo, el siglo en que vivimos, tiene mucho prestigio tan solo porque somos nosotros los que hablamos de él. Tratemos de imaginar qué dirán de este tiempo en siglos futuros, cuando nuestras discusiones de hoy no ocupen ni media línea en la historia. Cómo nos estudiarán, qué dirán de un tiempo en que la desigualdad es una norma tolerada, la esclavitud de la mujer es una forma más de sometimiento. Como estamos en el siglo XXI creemos vivir lejos de la Edad Media. A lo mejor en siglos futuros alguien dirá: “Y la Edad Media siguió viviendo aún en el siglo XXI”.

 

 

LA CORBATA Y GUINDOS

Los griegos que inauguran su semestre al mando de Europa han decidido anular un símbolo de estas presidencias: no tendrán corbata conmemorativa, y así se ahorran unos euros. Inventaron la austeridad y la política, y últimamente lo gastaron todo. Nosotros no hemos ido atrás en el desprecio de lo público. Pero para ahorrar no se nos ocurrió esto de quitarnos la corbata. Y la verdad es que, escuchando hoy al ministro Guindos contigo en la Ser, lo imaginé sin corbata. Pero, claro, alguna respuesta sólo la podía dar con la corbata puesta.

 

 

EL HERMANO DE COTINO

Haces una broma y ya para siempre tienes tras de ti la sombra de esa broma. De broma, Juan Cotino le dijo a Jordi Évole en La Sexta que él no era él sino su hermano. Como era muy serio lo que le decía el periodista, la broma sentó fatal, y desde entonces ya todo lo que dice Juan Cotino se toma a broma, aunque hable de algo grave. Es fatal para alguien que preside las Cortes valencianas. Ahora habló contra el aborto y dijo que no hay que celebrar el cumpleaños sino el momento en que fuimos concebidos. Ay, Cotino, qué dirá su hermano.

 

 

EL 13 Y EL 14

El 13 da mal fario, no lo ponen ni en los aviones y a nosotros nos lo pusieron en el almanaque. El 14 es más airoso. El 13 no llega a ser el número del infierno, pero mucho de lo que queda atrás con ese número se parece al infierno en la tierra. El mal se impone en el mundo como la madrastra de Blancanieves, contumaz e innoble. En la película de Pablo Berger a esa madrastra malvada la mata un toro enorme. Ojalá 2014 empiece a acabar con esta mala sombra y mañana sea, en efecto, el primer día de una vida mejor. Ojalá, amigos, triunfe un día la ilusión de Blancanieves.

 

 

 

 

SERRAT A LOS 70

Es un artista cuya obra ha dado ternura, esperanza y fuerza a varias generaciones de españoles y de hispanomericanos. Atrajo a su voz y a su sentimiento la poesía de Miguel Hernández, de Antonio Machado o de Mario Benedetti, y su propia poesía halló en su infancia y en su adolescencia algunos de los versos más importantes de la canción y de la música de su tiempo. Le dedicó a su mar, el Mediterráneo, un homenaje tan emocionante que cualquier mar lo quisiera suyo. Le dio al amor algunos inolvidables nombres propios. Y hoy cumple setenta años. El Nano. Joan Manuel Serrat. Felicitats, amic.

 

 

CUENTO DE NAVIDAD

Los que nos criamos escuchando a Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa y Matilde Vilariño en el teatro de la Ser creíamos que esos personajes de ficción vivían dentro de las bujías del viejo aparato. Ahora Mariano Revilla y Alfonso Sanz nos han revivido esas sensaciones, haciendo para la radio el Cuento de Navidad, de Dickens. Aquellos legendarios actores que nos hicieron adictos a la fascinación radiofónica han sido ahora, en este relato, José María Pou y Juan Echanove, entre otros. De nuevo la radio hace el milagro de ser a la vez el teatro y la vida. Por eso la escucho.

 

 

OÍR AL REY

Esta discusión sobre la decisión de las televisiones vasca y catalana de no emitir el discurso del Rey es banal. Igual de banal que no retransmitirlo. Desde que se murió Franco aquí nadie está obligado a retransmitir en cadena. De modo que ni TV3 es heroica ni la televisión del PNV consigue puntos por su independencia de criterio. Nada les obliga a nada. En Argentina, por ejemplo, es obligatorio transmitir en cadena. Aquí no. De modo que los que quieran oír al Rey pueden hacerlo por tantos sitios que taparlo es como poner un dedo en la luna. Tampoco, por cierto, es obligatorio oírlo.

 

LA ENTROMETIDA

Le dijo anoche Muñoz Molina a Évole en La Sexta que la Iglesia no debe interferir en la vida pública. Así es. Cada día hay ejemplos de esa interferencia religiosa en los hechos cotidianos, como si el Estado hubiera sido incapaz de cumplir su obligación democrática de mantenerse aconfesional y laico. Franco usó los privilegios de la Iglesia y ésta se aprovechó hasta el infinito y más allá. Lo que pasa ahora con la ley regresiva del aborto es un aspecto más de esa influencia. El Gobierno ha oído más a Rouco que a la vida. Y así estamos, haciéndonos cruces.

 

 

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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