El oficio 7. La nariz en las entrevistas

Por: | 16 de septiembre de 2014

SfdEn la vida común la nariz tiene, desde Cleopatra y mucho antes, un papel fundamental no sólo para expresar gusto sino también para señalar disgusto. Ya se sabe que el olor no es neutro y la reacción ante el olor no puede serlo tampoco, y hay cosas (o palabras) que no huelen naturalmente pero que naturalmente huelen muy mal. En esa vida común en la que tenemos que relacionarnos con cosas que nos gustan y también con cosas que nos disgustan la nariz es la primera expresión de nuestro agrado o de nuestro desagrado.

Este no es sitio para detenerse en la fisiología (o en la morfología) de esas reacciones, porque aquí de lo que se trata es de hablar de periodismo, y la nariz tiene un papel esencial en el oficio. No sólo es la mejor metáfora para definir al rastreador de noticias, sino que acompaña (de manera fatal o benéfica) al periodista que entrevista. Y aquí quería llegar, a las entrevistas, que son (para muchos periodistas y tratadistas del periodismo) la piedra en la que se asientan todos los géneros restantes. Sin preguntas, ya lo decíamos, no hay periodismo, y sin entrevistas no hay periódicos.

En el primer Libro de Estilo de EL PAÍS, aquellas hojas que preparó el legendario compañero Julio Alonso para que supiéramos por dónde debíamos andar al principio de los tiempos, se indicaba que todas las secciones habrían de tener una entrevista al día. No se cumplió (ni se cumple) el precepto, porque los libros de Estilo proponen y la realidad dispone. Lo cierto es que entonces y siempre la entrevista es una piedra angular (y filosofal) de la actitud del periódico ante la realidad, y las entrevistas lo muestran como muy pocos géneros podrían hacerlo. Noticia, crónica, entrevista. Eso constituye periodismo en estado puro.

Pues, la entrevista y la nariz. La nariz se contrae o se relaja, en la vida común, mostrando actitudes que suelen ser inevitables. Un estampido produce en nuestro rostro susto o sorpresa; lo que dice un personaje no nos deja indiferentes, por muy indiferentes o cínicos que seamos (o queramos aparentar ser) los periodistas, pero debemos asentar nuestras impresiones y mantenernos lo más sosegados que podamos pues una reacción de agrado o de desagrado puede cambiar el discurso de lo que el entrevistado viene diciendo.

Y muchas veces se concentran en nuestra nariz las impresiones que nos van produciendo las palabras ajenas. A los alumnos que he tenido el placer de tener ante mi en estos últimos años les he dicho que tengan cuidado con la nariz, sobre todo cuando hacen preguntas, no sólo cuando reaccionan ante una determinada respuesta.

Lo que quiero decir es que muchas veces hacemos (repito: en la vida común) un uso demasiado grosero o evidente de las reacciones de nuestra nariz a la hora de preguntar. Si preguntamos por la salud de alguien, o por su conducta, solemos arrugar la nariz, como previendo la respuesta, o como si la estuviéramos azuzando. Lo que dice nuestra expresión es que Fulano no debe estar bien, y lo decimos (con la nariz) mientras preguntamos cómo está. O señalamos con nuestro gesto que no debe ser buena pieza mientras preguntamos (con la nariz) cómo es, cómo se comporta. Esa nariz arrugada es un riesgo y una inconveniencia en lo cotidiano. Y por supuesto lo es en las entrevistas que uno haga para un periódico o para cualquier medio.

Imaginen que hoy (precisamente) se encuentran con Gallardón, y tienen la misión de preguntarle, y en lugar de preguntarle directamente si se siente traicionado por su Gobierno que no va a dar curso a su ley del Aborto arrugan la nariz y le preguntan por su estado de ánimo. Es probable que él considere que ya estamos adelantando su respuesta. Conociendo la capacidad que tienen los políticos para entender cómo se mueven las narices de los periodistas, la respuesta de Gallardón podrá ser la que esperamos o la que suele dar. 

Preguntar depende de lo que se sabe del otro, y también de nuestra curiosidad. En medio está la nariz. Cuidado con ella.

El oficio. 6. El buen artículo de Javier Cercas

Por: | 15 de septiembre de 2014

Buen artículo el que publicó ayer en EL PAÍS Semanal Javier Cercas. Trataba de "las semejanzas y diferencias entre la situación escocesa y la catalana". Sus últimas palabras eran una pregunta: "¿Existe alguna posibilidad de construir con una cultura política idéntica un país distinto y mejor? Ustedes dirán".

Era un buen artículo porque presentaba datos y hechos, y establecía comparaciones que desarmaban las certezas que hay entre nosotros con la elegancia de un articulista acostumbrado a debatir, seguramente también consigo mismo.

El periódico presentó en letras grandes este destacado de lo que decía Cercas en su texto: "En España apenas intercambiamos otra cosa que gritos, mentiras y ataques personales". Como si su descripción necesitara corolario, en seguida que aparecieron en las redes sociales tanto ese destacado como el artículo propiamente dicho la persona de Javier Cercas (y no sólo su texto) fue objeto de gritos y ataques personales. Es lo que hay. Los artículos de opinión, como es natural, reflejan opiniones, que no impiden la existencia de otras visiones del mismo asunto. Lo que Cercas dice es muy cierto: "En España apenas intercambiamos otra cosa que gritos, mentiras y ataques personales". Para muestra, su propio botón: ante sus argumentos (datos, leyes, o ausencia de leyes, comparaciones nítidas y nítidamente demsontadas), borrón y cuenta nueva. Cállese, señor Cercas.

¿Por qué arremeten contra Cercas? Porque lo que dice no está en el ´mainstream`, choca con lo que se lee en ciertos ámbitos del país y choca de pleno con lo que es hábito en las redes sociales, donde abunda más el escoramiento que la reflexión, y él exponía, con una discreción realmente admirable, la sustancia de sus preguntas sin arremeter contra los que piensan de manera distinta, planteando cuestiones que están en la mente de todos pero que unos no dicen porque no resulta ahora políticamente correcto y que otros contradicen porque la naturaleza de sus argumentos ya es tan sólida que no permite posiciones contradictorias.

A Cercas le hubiera venido bien, según muchos de los que se expresaron en seguida en las redes sociales, quedarse callado, como un ciudadano sumiso al lugar común que ahora comanda; como optó por exponer lo que piensa (y lo que lleva pensando) no soportaron la posibilidad de que prosperara una discusión sin "ataques personales", y ahí surgieron, de todo tipo.

Era, ya digo, un buen artículo. Es muy corriente escuchar ahora que un artículo es bueno, o se dice que es bueno, porque nos ha gustado, o porque dice lo que queremos que diga, no sólo porque esté bien escrito y exprese con claridad los argumentos y las preguntas de que debe estar dotada toda columna. El artículo de Cercas es por su propia naturaleza polémico, porque es conocido que él está en contra de una de las partes del conflicto Cataluña-España (sí a seguir juntos, no a seguir juntos: él está a favor del sí). Pero tanto en este como en otros textos anteriores él esgrime razones (sus razones) teniendo en cuenta las de los contrarios. ¿Por qué se arremete contra él si lo que hace es lo que siempre fue la esencia de las opiniones, que es la expresión de la independencia de criterio? 

Pues porque existe la tendencia a descalificar al otro antes de que éste comience a hablar. Pasa con artículos de un extremo y otro del espectro: antes de empezar a leer, ya sabes qué te vas a encontrar; y generalmente te encuentras lugares comunes que alimentan la argumentación a favor de la tesis habitual de aquellos articulistas que buscan en el lector o en el oyente la aprobación de los que ya están convencidos de que las cosas son blancas o negras.

En este caso Cercas, defensor del no a la independencia catalana, explica su experiencia en Escocia, a partir de sus viajes frecuentes a Edimburgo, explica cómo son las leyes británicas y cómo son las leyes españolas, señala hasta qué punto las propuestas electorales de Salmond (el primer ministro escocés) y de Mas (el presidente de la Generalitat) no tienen nada que ver en puridad, y define finalmente las culturas políticas que han generado las historias de ambos territorios, el británico y el español. Su conclusión es una pregunta, y esta invitación: "Ustedes dirán".

El tono del artículo tenía esa manera de ser, era discreto, no era altisonante, y además reclamaba lo que no existe: sosiego, ausencia de "gritos, mentiras y ataques personales" para dirimir una cuestión tan delicada (y tan compleja) sin otras interferencias que las del intercambio de ideas e incluso de sentimientos. Pues a esta apelación contra el grito fue a la que se agarraron muchos de los comunicantes de la red para poner de vuelta y media a Javier Cercas y para darle, desgraciadamente, la razón a su descripción de lo que pasa tan frecuentemente en este país que antes que el desacuerdo prefiere la bronca.

 

El oficio 5. Para ser periodista hacen falta papel y lápiz

Por: | 11 de septiembre de 2014

1398192368_774544_1398201483_noticia_normalHacen falta otras cosas, claro está, para ser periodista. Pero como símbolo de la sencillez de la que está dotado el mecanismo de escribir, de ser periodista, no están mal el papel y lápiz. Hay algo que no ha variado, a pesar de que ya se haya evaporado ese supuesto entre tanta parafernalia mecánica con la que ahora se asocia el oficio.

Lo que no ha variado es el carácter vocacional del periodismo. Es cierto que el glamour (muchas veces impostado) que le han dado al periodismo las series de televisión, las películas o la ficción que genera este trabajo desde que se ejerce han hecho pensar a los que lo contemplan desde fuera que periodista y héroe, o villano, son lo mismo.

Y en realidad el periodista es un servidor público que cuando es arrogante es patético y que cuando es demasiado humilde es igualmente irritante. Pues es un ciudadano como otro cualquiera que sabe algo y lo cuenta, con una obligación suplementaria a la de cualquier ciudadano que sabe una cosa y la cuenta: que pocos como él (los jueces, sin duda) están tan obligados como él a confirmar lo que dicen saber.

Es un servidor público, un ciudadano y un ser humano obligado a investigar para llegar lo más cerca posible a la verdad que busca; nunca encontrará toda la verdad, nunca, eso está claro, pues la verdad absoluta no existe, pero si no se acerca a ella no habrá hecho honor al oficio que eligió. Y para elegirlo (eso es lo que quería decir) debe atender a la vocación.

Este es un oficio vocacional o no es nada. Si trabajas mirando el reloj para ver a qué hora comienzan tus vacaciones, entonces estás de prestado en este trabajo. Y no es un trabajo tan esforzado como otros (trabajar en una mina, en la construcción de los cimientos de una casa, en un taller mecánico, son mucho más esforzados que trabajar en un periódico, millones de veces más), pero sería insufrible si no lo hubieras elegido. Algunos graciosos dichos hay sobre el asunto, el más célebre de los cuales es ese que afirma que ser periodista es mejor que trabajar. A mi me lo parece, pero esta no es necesariamente la actitud que uno debe tener ante el oficio: es bello, es gratificante, pero es un trabajo. Y cuanto más te gusta, más trabajo es porque más trabajo te tomas, pero es cierto que da satisfacciones que sólo entiende aquel que lo ejerce porque lo eligió también como una forma de vida.

Eso es quizá lo que le hizo decir a Gabriel García Márquez (y a otros: él no fue el único que lo dijo) que el periodismo es el oficio más bello del mundo. Ya es un lugar común que debe irritar a pintores, a escultores, a abogados o a músicos, pues los suyos pueden ser oficios tan bellos o más bellos que cualquier otro. Por eso pienso que García Márquez lo decía tan solo para decir que era su oficio y que lo amaba.

De esto pensé ayer cuando estuve ante una docena de jóvenes estudiantes de periodismo y ciencias de la comunicación, a los que me permití preguntar por qué habían elegido este oficio. Todos (o casi todos) empezaron diciendo cuándo lo eligieron; ese cuándo era en realidad el por qué, pues (casi) todos ellos iniciaron su explicación recordando que eran niños cuando sintieron que querían ser periodistas; una de las chicas me dijo que a los cinco años, en su casa, decidió que quería ser periodista. Debo decir que a estas décadas que ya peino esa confirmación vocacional, en medio de las palabras de crisis que vive el oficio, me resultó tan emocionante como la primera foto del uniforme de tu hijo o de tu nieto que se apresta a ir por primera vez al primer colegio de su vida.

El oficio está vivo, y al que diga lo contrario le ofrezco esta pequeña encuesta, que es de lo más gratificante que escuché en mucho tiempo sobre el estado de salud del periodismo. Mucha gente hay por ahí sabiendo que no hace falta mucha parafernalia para ejercer, basta papel y lápiz, pero si no tienes vocación no serás nunca un periodista.

FOTO: Gabriel García Márquez. / Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

El oficio 4. La expresión Maestro de periodistas

Por: | 10 de septiembre de 2014

1378359469_693988_1378361028_noticia_normalNo hay en el mundo del periodismo (tanto entre los que ejercen el oficio como entre aquellos que lo observan como lectores, radioyentes o televidentes, y ahora entre los usuarios de las redes en que se envuelve el periodismo) expresión más manida que la expresión “Maestro de Periodistas”.

Mi padre fue en un tiempo maestro albañil y los peones lo llamaban maestro, pues así se llaman también los maestros albañiles. La función de mi padre no era hacer la pared, aunque supiera hacerla, sino la de hacer que otros la hicieran. Salvando las distancias lógicas, ocurría con ese oficio suyo lo mismo que con el oficio de Rey en palabras de Alfonso X El Sabio refiriéndose a su fama de escritor. Según aquel monarca, no escribía un Rey un libro porque él mismo lo hiciera sino porque lo mandaba hacer. Pues mi padre era albañil, y maestro, porque hacía hacer paredes, aunque él no hiciera nunca ninguna.

Maestro es una expresión que en Canarias y en muchos países de América Latina (y ahora en la Península española) ha alcanzado la impronta de lo que se dice por decir, como un saludo: “¡Maestro!” El gran Jesús de la Serna (que fue director de Informaciones, subdirector de EL PAÍS y alma de la Escuela de Periodismo de nuestro periódico) refería una anécdota que le gustaba repetir a él y que ahora nos gusta repetir a muchos de nosotros. Había en Informaciones dos enemigos irreconciliables que, en efecto, nunca se reconciliaron. Un día uno de los dos decidió romper el hielo y desde el otro lado de la Redacción le gritó un saludo:

-¡Buenos días, maestro!

El interpelado levantó la cabeza, digno, y esto le espetó:

-¡Más maestro serás tú!

Así que ser maestro no es tan solo una condición de sabiduría, y no siempre es un saludo bienvenido ni se toma como una cortesía. Se refiere al oficio (en el caso del albañil) y se dispone como una condición de cierto predominio como en el caso de los periodistas, que es al que me voy a referir.

Esa expresión, Maestro de Periodistas, ha sido siempre habitual entre nosotros, los españoles y los latinoamericanos, y se usa ante todo para situar a los viejos, aunque cada vez más se acomoda a la trayectoria de gente más joven. Pues este es un oficio muy diluido, y cada vez más, y por tanto necesita anclas, puntos de referencia, existencia de magisterio. Pero se repite tanto, Maestro de Periodistas, que ya excede los términos que tuvo para convertirse también en un saludo o en un brindis que se regala como se regalan los buenos días.

Para mi maestro de periodistas sigue aludiendo a la clase de maestros que tuvimos cuando empezamos en el oficio. La mayor parte de los maestros de periodistas que conocí eran como los maestros albañiles, o como el rey sabio: hacían hacer, no hacían; sabían hacer, mandaban hacer, y pasaban a la historia (a la buena historia del periodismo) sin haber escrito una línea. Sabían mandar a hacer. Eran los redactores jefes de los periódicos, de las radios o de las televisiones; y aunque fueran directores, tenían el carácter de los redactores jefes: situados generalmente en medio de la redacción, en efecto pasaban a la historia de los periódicos no por lo que hubieran hecho sino por cómo mandaban hacer.

Desde la época de los periodistas estrella, aquellos que en lugar de mandar hacer hacían brillantemente lo que les mandaban hacer, las cosas han cambiado, y los maestros de periodistas (aquellos como Jesús de la Serna) son identificados por lo que aparece firmado en los periódicos. Y no digo que no sean maestros, lo que digo es que detrás de esos maestros sigue habiendo otros, más anónimos, que aún conservan el átomo de genio organizativo y el olfato que a lo largo de los siglos hizo que los periódicos (sobre todo los periódicos) se movieran. Otros pasan a la historia actual del periodismo por las columnas que escriben sentados lejos de la Redacción…, en sus propios ordenadores de sus propias casas. Son los celebrados columnistas, que escriben a partir de lo que otros han investigado.

Hace años, quizá treinta años, los jóvenes periodistas que querían serlo, desde la escuela, mostraban su deseo de ser periodistas diciendo ya qué querían ser en las redacciones. Aún no aprendían y ya tenían claro de qué querían enseñar. Sigue sucediendo. Querían firmar columnas de opinión, ser editorialistas con firma (como los directores que entonces emergían como lumbreras) y querían hacer los grandes reportajes, sin pasar por las cuñas, los sucesos o, simplemente, la calle.

Desde que eso ocurrió, y sigue ocurriendo, la expresión Maestro de Periodistas ya no se refiere a los que mandan hacer sino a los que resultan rutilantes estrellas de la noche. Y no es justo, maestro sigue siendo el que manda hacer, aunque no sea ni Maestro Albañil ni el rey sabio. 

FOTO: Jesús de la Serna, en 1991. / RAÚL CANCIO

El oficio 3. El señor Fuentes sigue en nómina

Por: | 09 de septiembre de 2014

 1290726006_850215_0000000000_sumario_normal[Antes de empezar déjenme seguir…, con los comentarios de los lectores a la entrada de ayer. Un lector al que le agradezco mucho el tirón de orejas pone de manifiesto mi error al usar la palabra caterva, que tiene sentido peyorativo, para definir a un grupo de autores. Tiene él razón y yo no tengo perdón de Dios. Perdón.]

He pensado mucho en este asunto que hoy traigo hasta ustedes. Y sobre él no he leído nada más oportuno ni divertido que lo que escribió Juan Carlos Onetti en uno de aquellos artículos que escribió para la agencia Efe en la época en que la dirigía Luis María Anson.

Onetti, uno de los escritores más extraordinarios de la lengua española del siglo XX, fue periodista hasta la última hora de su vida; leía diarios, escribía en ellos, e incluso escribía en Cartas al Director. En una ocasión célebre, cuando Camilo José Cela insistió en arremeter contra los jóvenes autores españoles, él salió en defensa de Antonio Muñoz Molina, que había sido cruelmente, e injustamente, alanceado por el marqués de Iria Flavia, que entonces se sentía con licencia para matar.

Además de periodista, el autor de El astillero era un lector de periódicos que usaba su lápiz rojo para poner de manifiesto nuestros errores, nuestras reiteraciones y, sobre todo, nuestra tendencia a caer en lugares comunes.

El artículo al que me refiero era un ataque de Onetti al señor Fuentes. Según él, se cita con tanta frecuencia a ese señor en los reportajes, en las crónicas y en las columnas de los periódicos que éstos deberían tenerlos en nómina. Decía Onetti que no había texto en el que no apareciera ese señor Fuentes como punto de referencia, y era cierto: por entonces tomé la costumbre de subrayar todas las veces que ese recurso aparecía en los periódicos; su abundancia producía sonrojo.

Ese artículo de Onetti, como la mayor parte de los que escribió el maestro, obedecía al propio esquema de sus conversaciones: parecía serio e incluso circunspecto, pero en el desarrollo de sus argumentos tendía a tomarte el pelo, o a tomárselo a sí mismo. En esta ocasión le tomaba el pelo a una situación que ha prosperado, decía él, en el periodismo español: los periodistas y los columnistas alardean de fuentes que jamás citan por su nombre. El lector, piensan los que construyen sus textos sobre aguas movedizas, debe dar por sentado que las fuentes aludidas existen y que el periodista no se las inventa.

Onetti no se lo creía. Según él, el periodista usa ese genérico (Fuentes, el señor fuentes) por su propia comodidad, pues en efecto es posible que haya accedido a esas opiniones de las que se sirve, o a esos datos, pero nada le impide que sea honesto y dé pistas sobre quién se los dio.

Los anglosajones, que seguramente usan el término tanto como nosotros, suelen acercarse a la naturaleza de la fuente, aunque no siempre lleguen a citar a la fuente misma: ofrecen datos que le garantizan al lector que en efecto ese señor Fuentes existe. Si no se quiere descubrir la fuente, basta con decir a qué grupo representa, por qué es interesante utilizarla u otros detalles que le den cuerpo. Si la fuente se queda en el genérico el lector está autorizado a no darla por buena y a atribuirla a ese señor Fuentes que según Onetti debe estar en la nómina de las periódicos a la vista de lo abundantemente que aparece en ellos.

Entre las razones de esta abundancia de referencias a fuentes debe estar la pereza del periodista, que conoce de un asunto y considera que citar fuentes le da prestigio, aunque la fuente sea él mismo; es cierto, además, que en España abundan las reuniones confidenciales entre políticos y periodistas y entre empresarios y periodistas, y eso ha dado curso a numerosas informaciones o rumores no acreditados a los que luego le pone voz el señor Fuentes.

El resultado de este recurso es el descrédito progresivo de la palabra fuentes y por tanto el progresivo deterioro de ese señor que sigue en nómina y cuyo apellido, como preveía Juan Carlos Onetti, ha terminado cansando a los lectores que quisieran saber de dónde demonios viene lo que sabemos los periodistas.

Foto: Juan Carlos Onetti y su perra la Biche, en su cama, en el piso de Avenida de América, 31, de Madrid. / DOLLY ONETTI

El oficio 2. ¿Qué se puede conservar del viejo periodismo?

Por: | 08 de septiembre de 2014

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Es mentira que hubiera nunca nuevo periodismo, igual que no hubo boom de la literatura latinoamericana. Las etiquetas son simplificaciones afortunadas que luego marcan la historia, de modo que es lógico que se siga hablando del nuevo periodismo según la ocurrencia de los que primero lo dijeron y que se siga creyendo que, como en el inicio del mundo, hubo un boom que marcó el nacimiento de la más fructífera caterva de escritores que tuvo el siglo en la literatura escrita en lengua española.

       La existencia del nuevo periodismo llevó a pensar que el que no se hizo desde entonces (desde los años 60 de nuestra era) era justamente viejo periodismo. Por lo cual se desviaban al desván periodistas tan importantes, y tan distintos, como Manuel Chaves Nogales, Ernest Hemingway o Albert Camus, tan importantes y tan distintos. El nuevo periodismo, desde Wolfe a Talese, revitalizó la mirada del periodista, lo hizo más próximo a los asuntos, menos sucinto, más generoso en las descripciones de lo que veía gracias, también, al espacio del que dispuso para contarlo. Digamos que la combinación de aquel viejo periodismo (por llamarlo así) de Hemingway (o de Azorín, no se olvide a Azorín), que iba “derechamente a las cosas”, con el nuevo periodismo de periodos exuberantes de narración daría de sí un verdadera y estimulante definición de lo que podría ser el buen periodismo. Un periodismo en el que el periodista no se detenía en el preámbulo o en la apariencia, sino que trataba de descubrir, con palabras (con más palabras) lo que había en el alma de las personas y de las cosas. No era tan nuevo, pero se llamó nuevo, y ya se sabe qué ocurre con el etiquetado.

       Pues no hay ni viejo periodismo ni nuevo periodismo, sino periodismo, y a ser posible buen periodismo. Pero ya que existen los adjetivos e inevitablemente éstos van marcando las gradaciones que tiene el oficio, déjenme decirles alguna idea que se me ocurre para poner en valor al viejo periodismo, sin deseo alguno de enfrentarlo al nuevo.

       Azorín decía que el adjetivo era una medicina que había que tomar con cautela, porque, en efecto, había que ir derechamente a las cosas, contando con una enorme economía de medios (y de adjetivos) la esencia de lo que viéramos. A Hemingway ya se sabe que su redactor jefe le pedía, cuando viajaba a las guerras, que se centrara en la acción, “mándame verbos”, le decía. Los despachos de agencia, que son la expresión más urgente de ese periodismo, estaban llenos de verbos y de fuentes, carecían de adjetivos. El legendario guionista Rafael Azcona solía decir que en cine lo más caro eran los adjetivos, porque si tú decías cielo ya podías rodar cualquier cielo, pero sí decías cielo azul tenías que esperar a que en el rodaje se produjera una circunstancia que casara con el adjetivo. En periodismo pasa igual: si tú describes una cara y dices que ésta es rozagante ya tendrás que decir en algún momento que la cara dejó de ser rozagante, pues nadie está todo el rato de la misma manera. Por otra parte, tanto en columnas como en información, un adjetivo tiene tal peso en la definición que o es cierto o es una cuchillada, o un elogio demasiado untuoso. El adjetivo obliga al periodista a demostrar más de lo que sabe; a veces se acompaña de artes que no son suyas para explicar que lo que dice casa con la realidad. EL PAÍS publicó hace unos días la fotografía de un futbolista, Pedro León, que miraba hacia el suelo mientras se entrenaba; como miraba hacia el suelo y la información hacía deducir que el hombre estaba triste, el autor del pie de foto se fue por el adjetivo, así que escribió, para decir qué había en la fotografía: “Pedro León, cabizbajo”. Es fácil deducir que si a Pedro León lo hubieran fotografiado mirando al frente hubieran escrito algo así como: “Pedro León mira con preocupación al futuro”. Hace muchos años el periodista Miguel Ors retransmitía un partido de fútbol y la cámara se detuvo en el balón sobre el césped. Ors dijo: “Este es el balón”. Era una manera de decir cabizbajo.

       El adjetivo es, en información, una muletilla de doble filo, pues ilustra y compromete. Para que Hemingway llegara a un adjetivo primero tenía que vencer su propia reticencia al circunloquio y, naturalmente, después tenía que vencer la resistencia del redactor jefe que le pedía verbos. Entonces lo que llamamos el redactor jefe era en realidad la tradición del periodismo, pues ese hombre (el Lou Grant de los viejos periódicos, que no están tan lejanos) representaba la frontera entre lo que a los periodistas les daba (les da) la real gana y la línea que no se puede traspasar. Antes el adjetivo, en el que caíamos, era la expresión de una tendencia a decir más de la cuenta; hoy el adjetivo suele ser la consecuencia de la falta de prestigio que tiene hoy la neutralidad, el triunfo de la suposición, la ascensión a los cielos del lugar común que casi siempre se condensa en un adjetivo, que el viejo periodismo (y el nuevo periodismo) repelían como el gato escaldado huye del agua. Pues eso hay que conservar, a mi juicio, del periodismo que hemos conocido, el pavor ante el adjetivo.

Foto: Jimmy Breslin, el editor George Hirsch, Tom Wolfe y el fundador de 'New York', Clay Felker, en una fiesta de la revista en 1967. / david gahr (getty)

El oficio 1. En caso de duda, haz periodismo

Por: | 07 de septiembre de 2014

186059980[APUNTES SOBRE EL OFICIO. En este blog trataré desde hoy de trasladar algunas reflexiones sobre el oficio del periodismo. Quisiera que fueran diarias, pero ya se sabe que el periodista propone y no es dios de su tiempo. Serán autocríticas y críticas, y tienen como objeto que pensemos juntos sobre efectos y defectos del trabajo que, en mi caso, me alimenta y me apasiona desde hace más de medio siglo, que se dice pronto pero que ocupa mucho. Empezaré por la pregunta como sustento de la duda.]

En caso de duda, haz periodismo. La frase la decía Augusto Delkáder en la Redacción de EL PAÍS de los años 80. En caso de duda haz periodismo. Periodismo es preguntar para decir. Eugenio Scalfari, periodista italiano que fundó el diario La Repubblica al tiempo que en España se creaba nuestro propio periódico, dijo ante estudiantes de la Escuela de Periodismo Autónoma-El País que “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. No preguntar te deja con tu impresión. Lanzarla sin más, sin buscar la concordancia con la realidad de lo que te cuente el protagonista de la información, es lo que ahora se hace en la red: una suposición lleva al tuit, o al Facebook; claro que eso no es periodismo, pero ya ha contaminado fatalmente al periodismo.

La pregunta es la sustancia del oficio, eso quiero decir.

En mi opinión, en periodismo tanto la duda sobre lo que se dice como la pregunta como fórmula para saber qué pasa están en crisis, si no están desterradas. Desde mi punto de vista la facilidad creada por las redes sociales para opinar de pronto de todo lo que ocurre ha entrado de lleno en la propia esencia del periodismo (la duda, la pregunta) destrozándolo hasta hacerlo irreconocible. Michael Robinson, el conocido exfutbolista ahora gran comunicador del fútbol, me dijo una vez que a él le pagan para hablar por encima del tono de lo que se dice en la grada. En las redes sociales nos hemos conformado con el sonido del graderío, y en la prensa ese efecto gritón se nota desde hace rato. Esa gradación (y esa degradación) ha sido acogida con beneplácito por los que hacemos periodismo del de antes y ahora gritamos al mismo tiempo que se grita. 

   El proceso ha sido súbito y seguro, y a él, como digo, nos hemos prestado los periodistas con una alegría suicida de la que cada día hay muestras en las distintas modalidades de prensa, la tradicional y la nueva. Ayer publicaba un diario nacional una información (así se llama lo que se publica en forma de información) sobre hechos supuestos protagonizados por un célebre futbolista.

El texto no incluía ninguna indicación que llevara a pensar que la persona objeto del reportaje hubiera sido preguntado sobre las graves implicaciones que se sugerían en este texto sobre el presente, el pasado y el porvenir de su vida privada. La falta de certidumbre del periodista acerca de lo que contaba tampoco aparecía explícita en ninguna parte del trabajo que firmaba.

La conclusión de la lectura dejaba abierta, claro está, todas esas dudas. Pero en el reportaje propiamente dicho no había ninguna referencia a las propias carencias del documento periodístico, con lo cual salía uno del texto con la misma sensación que se tiene en las barras de los bares cuando la suposición ha vencido al razonamiento. Horas más tarde apareció en Twitter un anuncio del citado futbolista advirtiendo que iba a tomar medidas judiciales contra el informador y el periódico.

   Este no es un caso excepcional; se trata de publicar aunque no tengas certeza y de informar aunque no hayas preguntado, para contrastar, si lo que has escuchado es verdadero o falso. Este es el triunfo del periodismo de suposición, que es el que se practica a menudo en la red y se ha consolidado también en medios menos habituados a publicar cualquier cosa con tal de que generen audiencia.

   Es muy habitual, como puede observarse, cuando hay por medio personalidades de mucho renombre que, seguramente, resultan inaccesibles, desde estrellas del cine a elementos habituales en la llamada prensa del corazón. Como son famosos han de aguantar el peso de la fama, despojándolos del derecho a su propia intimidad; y cuando se trata de esto, de la intimidad, también parece entenderse que los famosos no la tienen y que por tanto tampoco se molestaran si dices de ellos y de lo que hacen lo que te da la gana.

   Preguntar es una obligación de cualquier periodista; la deducción y la suposición son vicios en los que se cae cuando uno está acodado en la barra del bar. Ahora el bar es el plató de televisión o las mesas enfrentadas de las tertulias, donde se despachan a su gusto los moros y los cristianos disfrazados de periodistas y animados por el conocimiento universal que les confieren sus tabletas. Hoy he leído un trabajo que publica Manuel Jabois en Tintalibre sobre la facilidad de opinar en las tertulias y en el tuit. Esa facilidad de opinar está dejando obsoletas la pregunta y la duda, y un día lesionará mortalmente la sustancia misma de la que estuvo hecho el oficio cuando nos sedujo. 

   En caso de duda, haz periodismo. Sobre esa frase ha caído tanta escarcha que para restaurarla habrá que hacer innumerables esfuerzos y extraordinarios sacrificios, pues ya se sabe que suponer es más atractivo y más cómodo que preguntar para despejar las dudas. 

Foto: Eugenio Scalfari.

El muchacho que iba en el tranvía azul

Por: | 15 de junio de 2014

“Un joven recién salido de la adolescencia viaja en un tranvía azul…” Ese muchacho es Manuel Vicent, nació en Villavieja, Castellón, en 1936, y en ese tranvía azul iba a Valencia, a la playa de la Malvarrosa. De esa experiencia, y de la fermentación literaria de su memoria, nació su novela Tranvía a la Malvarrosa, que publicó hace veinte años en Alfaguara, para continuar, como dijo esta mañana en la Feria del Libro del Retiro de Madrid, “mi mejor libro, Contraparaíso”.


​Veinte años después, se dijo en esa conmemoración bajo los árboles del parque, Tranvía a la Malvarrosa “se lee aún mejor”, porque la perspectiva de las décadas le dio al libro la serenidad de su belleza y “permite descubrir nuevas cosas que no se descubrieron en la primera lectura”. Eso fue lo que dijo Manuel Gutiérrez Aragón, cineasta, novelista, que fue uno de los cuatro lectores que afrontaron la tarea de conmemorar esta novela de Vicent. Los otros fueron Ángel Sánchez Harguindey, periodista de EL PAÍS, José Luis García Sánchez, director de cine, que fue quien en 1997 llevó al cine esta historia, y Pilar Reyes, directora actual de la editorial que publicó Tranvía a la Malvarrosa.

​Es “la memoria sentimental de un aprendizaje” sexual y político, que significativamente comienza con la visita de aquel muchacho al prostíbulo en el que había de ser desvirgado, continúa con la primera experiencia sexual, ocurrida en solitario mientras escucha la narración de un gol de Gaínza y alcanza su punto culminante (en términos de conocimiento político) cuando descubre la política en la figura progresivamente más presente y más ridícula del general Franco, al que los valencianos tratan como al Papa.

​En las novelas de Vicent, de la cual esta es una de las más destacadas porque incluye todos los símbolos de su manera de narrar, desde la realidad a la fabulación, “siempre hay alegría, sol, sabores”, pero en esta se destaca también, a juicio de Gutiérrez Aragón, “la presencia de la muerte: hay vida a borbotones, pero igualmente hay muerte a borbotones”. Leerla otra vez reafirma la idea que puede darse sobre otras narraciones del novelista de Villavieja: “ofrece siempre Vicent gran cantidad de información, en medio de sus fábulas y de sus crónicas, y esa información a veces resulta más significativa para los historiadores que otros testimonios de la época”.

​José Luis García Sánchez la llevó al cine en 1997, a partir de “un extraordinario guión” de Rafael Azcona, como destacó Harguindey; del autor subrayó el cineasta “su capacidad narrativa oral” y la brillantez de su prosa, de la que partió una película en la que el adjetivo no está presente pues en ella todo es sensualidad y vida, verbo. A Vicent debió parecerle bien todo lo que oyó, pues en seguida, cuando le tocó el turno, desgranó algunos de los sucesos que aún siguen en la memoria de aquel muchacho que viajaba en el tren azul como si él mismo fuera uno de sus lectores…

Se acordó Vicent, por ejemplo, de “un domingo de verano, escuchando una arenga del capitán general de Valencia, Ríos Capapé, gritándole al camarada Posada Cacho que se cuadrara ante su jefe…” El camarada aquel era el padre del actual presidente del Congreso, Jesús Posada, y él escuchaba la invocación de ese nombre al llegar en el tranvía a aquella Valencia en la que el franquismo estaba hasta en las pastelerías…
​“Es cierto”, explicó Vicent: “En esta novela debajo de las ruinas de los balnearios está el esplendor de los mosaicos que sacrificó la guerra, pues en esta memoria que yo he escrito coexisten la belleza y la miseria; hay, por tanto, gozo sexual, pero también muerte, ejecuciones, corrupción…, como la que luego, y hasta nuestros días, convivió en Valencia con la pura línea del horizonte”.

​Después Vicent se fue con sus lectores y con sus amigos bajo el mismo sol que hace veinte años acogió aquí, en el Retiro, la primera salida de Tranvía a la Malvarrosa.

Máximo y la amistad

Por: | 23 de mayo de 2014

1396516958_681109_1396517142_noticia_normalLa amistad está basada en el reconocimiento. El afecto une a los hombres más allá de la muerte y de otras incidencias de la vida. Ayer un ingente número de amigos que conocieron bien al diplomático y escritor Máximo Cajal se reunieron en Madrid para dar testimonio de lo que querían a este hombre que puso sus principios por delante de las obligaciones de sus destinos como embajador o cónsul de España. Por ese carácter indomable, basado en la razón más que en el exabrupto, lo quisieron todos, y algunos por eso mismo lo persiguieron. Él siempre respondió con dignidad, y eso dijeron sus amigos. Máximo Cajal murió el último 2 de abril y nadie lo olvida. La sala, en la Fundación Carlos de Amberes, estaba repleta de caras que fueron habituales en las reuniones de Bea y de Max, y en todos los parlamentos, que fueron numerosos, se puso de manifiesto la dignidad como columna vertebral de la humanidad de este diplomático que dejó por donde pasó, y también por las almas que lo compartieron, testimonio indeleble de sensatez y rigor. Había gente sentada en el suelo, personas de distintas generaciones que aprendió de él sensibilidad y tino. Fue una tarde emocionante en la que era posible percibir la elegancia con la que él cultivó ese sentimiento que está en la base de la vida. La amistad fue su legado, junto con sus libros y con sus reflexiones sobre España, el mundo, la mezquindad internacional. Inolvidable persona.

 

FOTO: ULY MARTÍN

La tecnología

Por: | 20 de mayo de 2014

A esta hora en que abro el ordenador ya han pasado en España algunas horas, una hora menos en Canarias, o en Londres. En todo el mundo el tiempo pasa igual, para unos el paso de las horas es una satisfacción o una esperanza; para otros es una frustración, un lamento. En los tiempos oscuros, decía Brecht, también hay que cantar. Pero, ¿qué se hace en los tiempos claros? ¿Cuiáles son los tiempos claros? ¿Cuánto duran los tiempos claros? Sciascia, el gran caballero de Palermo, decía que la felicidad es un instante. Algunos creen que la felicidad es estar conectados, saber de otros al instante. Como si la tecnología diera la felicidad, nos atamos a ella, somos sus súbditos. A esta hora en que ya la tecnología nos dice que el apresuramiento es la vida reclamo algo de sosiego, aconsejo leer un poema, de Neruda, de Blas de Otero, de Rilke. O mirar. 

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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