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Interesantísima entrevista de Ana Pastor. La puso en situación, conversando antes con dos colegas suyos, Javier Sardá y Julia Otero, que encaminaron el diálogo que luego iba a producirse en directo. Sardá acompañó en el Ave a Ana Pastor y Otero la recibió en un bar, el Bar Ocaña, de resonancias entrañables en la asimismo bellísima Plaça Reial, donde tienen su residencia o su estudio importantes próceres culturales de Barcelona.

Estos diálogos fueron muy fructíferos para los españoles que no viven en Cataluña, porque mostraron las dudas e incertidumbres que gente que, sin pensar como los carpetovetónicos o sin actuar como ellos, no estiman tan clara la aclamación con la que se viven allí los dictados del equipo que preside Artur Mas. Pero Mas escuchó atentamente esas reflexiones, en las que había muchas críticas hacia él y hacia su gestión, y luego se dispuso a responder a Ana Pastor.

Ésta hizo un buen trabajo; repreguntó hasta el límite en que ya resulta imposible ningún fruto, y preguntó con papeles delante, lo que le dio seguridad y tino, ritmo, hasta el punto que ésta debe ser tenida como una de sus mejores entrevistas. En cuanto al entrevistado, estuvo al borde de revelar algún secreto, pero se quedó siempre con el pie fuera del agua; por eso le dijo alguna vez Ana Pastor que no se mojaba; se enfadó, o eso parecía, cuando ella le dijo que había “calentado” a las masas, pero cuando ella percibió que ese verbo era un escollo tuvo la elegancia, y la rapidez, de retirarlo.

Como los hombres públicos se mueven en el marco del secreto, nadie podía esperar (ya se lo advirtió Julia a Ana) ningún titular más allá de los que la entrevistada rascó con astucia (esa palabra tan de Mas) y paciencia (paciencia, por cierto, que el president le agradeció). Así que fue una sesión muy interesante en la que descolló la periodista y donde el entrevistado marcó distancias para que no se le cayera de la boca la confesión de ningún atrevimiento sobre el futuro en el que ya debe moverse.

Pero hubo un lunar que, para este telespectador, tiñó de pronto todo lo que había dicho hasta entonces (y todo lo que dijo después) el señor Mas. Fue cuando Ana Pastor le preguntó si había visto la comparecencia de su antecesor y maestro Jordi Pujol en el Parlament de Catalunya. Ante esa pregunta el presidente de la Generalitat dijo que no, que no lo vio. La periodista se mostró sinceramente sorprendida y terminó poniéndole al sucesor de Pujol lo que este importante icono ahora caído de la política catalana tuvo a bien decir e incluso gritar en sede parlamentaria ante los diputados catalanes que querían saber del destino pasado de sus dineros.

Luego se desarrolló una conversación, que parecía muy genuina, muy rápida, muy periodística, en la que el entrevistado se mostraba genuino y sincero (uno no tiene por qué dudarlo) y la entrevistadora seguía siendo igualmente punzante e interesada, y por tanto deparó un interesante intercambio. Una buena parte de la entrevista, sin duda.

Pero esa respuesta de Mas (no vio la comparecencia de Pujol) dejó en el aire (lo dejó en mi, al menos) un lunar de difícil disolución. Ocurre a veces (sobre todo en entrevistas habidas en el ámbito político) que los servidores públicos se agarran al secreto de sus vidas oficiales para decir lo que les conviene; y a veces dicen verdades que parecen increíbles (como esta de Mas), pero ya se sospecha que no van a decirlas, y entonces uno se prepara para no creerles. Puede ser en un detalle, pequeño o grande, en el que parece innecesario que oculten la realidad, pero basta que no les creas para que ya no les prestes la atención que sin duda tiene el resto de lo que dicen.

Y lo que me sucedió a mi tras esa respuesta tuvo ese efecto, la incredulidad. Si él lo dice, es probable que no haya visto a Pujol, al contrario que gran parte de la población catalana, que tuvo a su disposición excelentes y amplias coberturas del acto del viernes por la tarde, que luego recibió un tratamiento no precisamente exiguo en todos los medios, incluidos los medios que permanecen (en la red, en el papel); ese acto público de Pujol fue, además, tan dramático, tan sintomático de la realidad política catalana en todos sus extremos, que el hecho de que el president no lo haya visto se convierte, si fuera tan cierto como él mismo dice, en un lunar en su capacidad de atención hacia lo que pasa en su país. Y al menos eso se lo tiene que hacer mirar. No ver esa comparecencia no es desleal, no tiene por qué ser, pero es descuidado por muchas cosas trascendentales que tengas que hacer.

El oficio 9. Umbral tenía razón

Por: | 24 de septiembre de 2014

1111100408_850215_0000000000_sumario_normalEn abril de 1993 se hizo famosa lo que entonces pareció una salida de tono de Francisco Umbral en la entrevista que le hacía Mercedes Milá en Antena 3. Ante la popular presentadora (entonces era la más popular de las periodistas españolas de pantalla, y ahora sigue estando en primera línea, ahora al frente de Gran Hermano) el escritor reclamó que no había ido a la entrevista para hablar de la mar y de los peces: estoy aquí, vino a decir, “para hablar de mi libro”.

Como entonces Umbral era el más famoso de los escritores españoles, y como su carácter tendía a esa algarabía de sus reacciones, la mayor parte de los españoles que lo vieron, lo comentaron o escribieron de ello ridiculizaron la actitud del gran autor de Mortal y rosa.

Y resulta que Umbral tenía razón. Es muy frecuente recurrir a escritores o a otros artistas para animar o mejorar los programas de variedades, y es también muy habitual que en lugar de preguntarles por lo que hacen les interroguen por lo que piensan de la mar y de los peces, a veces con la intención de incurrirlos en polémicas o controversias que poco tienen que ver con sus oficios. Así es muy común que les pregunten a los escritores por lo que hacen Calatrava o los Beatles, cuando es muy poco corriente que a otros personajes (arquitectos, músicos, banqueros) les pregunten por lo que hacen los escritores.

Y los escritores hacen libros. Es muy difícil vender libros (para los libreros, los editores y los autores, naturalmente), y hay muy pocos ventanas (ahora hay menos que en 1993) donde los autores, libreros, autores, etcétera, puedan anunciar o divulgar o debatir sobre su noble mercancía. Lo que entonces reclamaba Umbral era legítimo: que si le habían llevado allí había sido porque había publicado un libro; resultaba por tanto inteligente por parte de la presentadora que cumpliera el compromiso.

El revuelo que se montó luego sepultó a Umbral en esa anécdota y ahora es igual que digas que Mortal y rosa es el mejor libro de memorias de un padre dolorido que se haya publicado en decenios en España, o que Umbral fue el mejor escritor de periódicos de su época y más allá, que siempre habrá alguien que levante el dedo para anunciar la broma: “Ah, el que dijo que vengo a hablar de mi libro”.

Pues sí, iba a hablar de su libro. Los periodistas sentimos la tentación (y caemos en ella) de acercarnos a famosos escritores o científicos o historiadores para hacerles decir lo que nos viene bien en cada caso, pues estamos ante un debate para el que requerimos opiniones autorizadas aunque el asunto no sea la especialidad de ninguno uno de ellos. Pero cuando publican un libro, quieren divulgar un descubrimiento o presentan las conclusiones de sus investigaciones sentimos que su opinión o su presencia no vale lo que valen sus opiniones para un cúmulo heterogéneo de temas que en realidad no son de su directa incumbencia.

Así que Umbral tenía razón. Ahora proliferan las entrevistas simpáticas o simpáticamente agresivas, a las que se prestan famosos de todo tipo, políticos, escritores, músicos, que responden de grado a preguntas que muchas veces no son sino acertijos en los que los entrevistadores simpáticamente agresivos tienden redes cómo cazan a los incautos.

Es imposible imaginar qué hubiera hecho Umbral en estos casos de estos entrevistadores cazaincautos con los que convive la televisión, pero sí se puede decir lo que hizo entonces: reclamó a Mercedes Milá que le preguntara por su libro. Ahora hay muy pocos sitios dónde él hubiera reclamado eso, pues salvo excepciones las televisiones han desterrado las entrevistas en profundidad a escritores y por tanto ya no se les puede escuchar hablar de libros en la televisión nacional salvo en el muy meritorio programa de La Dos de Óscar López…

Umbral tenía razón. Hablar de libros es lo que deben hacer los escritores. A no ser que quieran hablar también de otras cosas. Pero si los buscamos porque han publicado un libro, ¿qué menos pueden pedir que le preguntemos por eso?

Las cosas que Cercas nunca ha dicho

Por: | 21 de septiembre de 2014

Tras mi reciente blog expresando mi acuerdo con el tono y el fondo del artículo que Javier Cercas publicó el domingo pasado en EL PAÍS Semanal observé hasta qué punto el malentendido nubla lo que publica Cercas sobre la cuestión Cataluña/España. Los comentarios que recibió aquella entrada mía son pálidos, en general, frente a otras acusaciones o descalificaciones que recibe a diario el autor de Soldados de Salamina cada vez que emite una opinión al respecto. Creo que esta carta que él envió al Punt Diari (y que ya publicó este periódico de Girona) explica muy bien, como él mismo escribe, “las cosas que nunca he dicho”, así como su estado de ánimo. Está en catalán, que es también la lengua de Cercas.

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El oficio. 8. Tomàs Delclós

Por: | 21 de septiembre de 2014

POR JUAN CRUZ

Tomás Delclós se despide hoy, prematuramente, de su oficio de Defensor del Lector de EL PAÍS y lo hace con una defensa emocionante y pertinente de este trabajo que durante los años ha estado, en lo que respecta a nuestro periódico, bajo su escrutinio. Lo ha hecho con pasión y serenidad, y con elegancia, pues sólo con esos tres elementos se puede cumplir una tarea tan difícil como la de decir ´te equivocaste` a los redactores del periódico a cuya Redacción al fin y al cabo perteneces. No es raro que Delclós haya tenido ese comportamiento (apasionado, sereno, elegante) pues él es así, y ha sido ha sido siempre este gran periodista con el que compartí años apasionantes de relación cuando comenzó a salir en Barcelona la edición catalana de EL PAÍS.

Su texto de despedida (se va a cumplir otras tareas en el periódico, eso anuncia) es tan sereno y tan apasionado como la expresión habitual de su amor por el oficio. E incluso algunas expresiones (suyas, de otros) que he subrayado como lecciones sintéticas sobre lo que hoy padece el oficio, que no es muy distinto a lo que siempre ha padecido, obedecen a ese carácter de Tomás. No te arroja razones: las comparte.

En primer lugar, Delclós destaca que EL PAÍS mantenga esa figura (Defensor del Lector) cuando otros medios (entre ellos, el Washington Post) han decidido eliminarla de sus páginas. Y es importante que persista porque “esta figura puede ayudar para que los diarios mejoren la transparencia, que tanto y justamente exigen el resto de las instituciones”. Los periodistas (y los periódicos) somos muy proclives a despreciar a quien nos critica o nos rectifica; no sólo por eso es difícil la tarea del Defensor del Lector, sino porque sobre el periodista (sobre nosotros los periodistas) pesa la misma carga de vanidad y de autosuficiencia que la que cae sobre personas a las que nosotros criticamos por lo mismo. Pero así es el género humano, tiende a culpar a otro de sus propios errores pues en general se considera infalible y, si se equivoca, mira siempre para otro lado para descargarse del error.

 Es pertinente por eso otra parte de la carta de despedida de Delclós: la que hace referencia al descuido de las fuentes como elemento principal de las noticias. Para subrayarlo recurre a un célebre texto de Gabriel García Márquez, El mejor oficio del mundo. Existen “fuentes informativas contaminantes que convierten al periodista en instrumento de esa fuente ´que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino` y que lo ´lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente`” (Las comillas sencillas contienen lo que escribió García Márquez).

 Esa intervención contaminante se ha agudizado en los últimos tiempos, vía Internet, que ha dejado entrar en la información la opinión y por tanto la ideología; este fenómeno también ha sido recogido en su despedida por Tomás Declós. A esa facilidad con que la opinión contamina los hechos los periodistas estamos oponiendo muy poca resistencia, de modo que ahora periodista es aquel que ataca o defiende, no el que cuenta, el que usa una fuentes, dos y hasta tres fuentes para que lo que dice no sea lo que quieren que diga o lo que más cómodo sea para su audiencia. En una charla radiofónica escuché preguntar recientemente a una periodista si la gente por la calle le pedía que diera “más caña”; y es eso, caña, la que se da en las tertulias y las que damos también en los periódicos, lo que la gente cree ahora que es la función del periodista. Dar caña sin decir con qué argumentos damos caña, generalmente.

 Dice Delclós que “la indagación sobre los hechos sigue siendo el deber del periodista y la materia prima de nuestro oficio”. Y añade el hasta ahora Defensor del Lector de EL PAÍS: “Tan apasionante como difícil”. Difícil es decirle a un compañero que lo hizo mal (difícil es también decírselo a uno mismo). Pero es necesario como el agua para este oficio cuyo descrédito no es cosa de los lectores sino cosa nuestra; los defectos del periodismo, que ahí desgrana el colega Delclós, provienen de nuestras malas prácticas, y somos nosotros los que debemos rectificarnos a nosotros mismos según la receta evidente de Tomás: “El ejercicio del buen periodismo, al margen del impacto de las nuevas plataformas tecnológicas, tiene unas recetas claras y existen desde hace tiempo. Nada justifica su debilitamiento”.

Cita Delclós en su texto un libro fundamental, Elementos del periodismo, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel. Hay una nueva edición en EL PAÍS Aguilar. Lo recomiendo vivamente, como recomiendo la lectura de esta carta última del Defensor del Lector Tomás Delclós.

El oficio 7. La nariz en las entrevistas

Por: | 16 de septiembre de 2014

SfdEn la vida común la nariz tiene, desde Cleopatra y mucho antes, un papel fundamental no sólo para expresar gusto sino también para señalar disgusto. Ya se sabe que el olor no es neutro y la reacción ante el olor no puede serlo tampoco, y hay cosas (o palabras) que no huelen naturalmente pero que naturalmente huelen muy mal. En esa vida común en la que tenemos que relacionarnos con cosas que nos gustan y también con cosas que nos disgustan la nariz es la primera expresión de nuestro agrado o de nuestro desagrado.

Este no es sitio para detenerse en la fisiología (o en la morfología) de esas reacciones, porque aquí de lo que se trata es de hablar de periodismo, y la nariz tiene un papel esencial en el oficio. No sólo es la mejor metáfora para definir al rastreador de noticias, sino que acompaña (de manera fatal o benéfica) al periodista que entrevista. Y aquí quería llegar, a las entrevistas, que son (para muchos periodistas y tratadistas del periodismo) la piedra en la que se asientan todos los géneros restantes. Sin preguntas, ya lo decíamos, no hay periodismo, y sin entrevistas no hay periódicos.

En el primer Libro de Estilo de EL PAÍS, aquellas hojas que preparó el legendario compañero Julio Alonso para que supiéramos por dónde debíamos andar al principio de los tiempos, se indicaba que todas las secciones habrían de tener una entrevista al día. No se cumplió (ni se cumple) el precepto, porque los libros de Estilo proponen y la realidad dispone. Lo cierto es que entonces y siempre la entrevista es una piedra angular (y filosofal) de la actitud del periódico ante la realidad, y las entrevistas lo muestran como muy pocos géneros podrían hacerlo. Noticia, crónica, entrevista. Eso constituye periodismo en estado puro.

Pues, la entrevista y la nariz. La nariz se contrae o se relaja, en la vida común, mostrando actitudes que suelen ser inevitables. Un estampido produce en nuestro rostro susto o sorpresa; lo que dice un personaje no nos deja indiferentes, por muy indiferentes o cínicos que seamos (o queramos aparentar ser) los periodistas, pero debemos asentar nuestras impresiones y mantenernos lo más sosegados que podamos pues una reacción de agrado o de desagrado puede cambiar el discurso de lo que el entrevistado viene diciendo.

Y muchas veces se concentran en nuestra nariz las impresiones que nos van produciendo las palabras ajenas. A los alumnos que he tenido el placer de tener ante mi en estos últimos años les he dicho que tengan cuidado con la nariz, sobre todo cuando hacen preguntas, no sólo cuando reaccionan ante una determinada respuesta.

Lo que quiero decir es que muchas veces hacemos (repito: en la vida común) un uso demasiado grosero o evidente de las reacciones de nuestra nariz a la hora de preguntar. Si preguntamos por la salud de alguien, o por su conducta, solemos arrugar la nariz, como previendo la respuesta, o como si la estuviéramos azuzando. Lo que dice nuestra expresión es que Fulano no debe estar bien, y lo decimos (con la nariz) mientras preguntamos cómo está. O señalamos con nuestro gesto que no debe ser buena pieza mientras preguntamos (con la nariz) cómo es, cómo se comporta. Esa nariz arrugada es un riesgo y una inconveniencia en lo cotidiano. Y por supuesto lo es en las entrevistas que uno haga para un periódico o para cualquier medio.

Imaginen que hoy (precisamente) se encuentran con Gallardón, y tienen la misión de preguntarle, y en lugar de preguntarle directamente si se siente traicionado por su Gobierno que no va a dar curso a su ley del Aborto arrugan la nariz y le preguntan por su estado de ánimo. Es probable que él considere que ya estamos adelantando su respuesta. Conociendo la capacidad que tienen los políticos para entender cómo se mueven las narices de los periodistas, la respuesta de Gallardón podrá ser la que esperamos o la que suele dar. 

Preguntar depende de lo que se sabe del otro, y también de nuestra curiosidad. En medio está la nariz. Cuidado con ella.

El oficio. 6. El buen artículo de Javier Cercas

Por: | 15 de septiembre de 2014

Buen artículo el que publicó ayer en EL PAÍS Semanal Javier Cercas. Trataba de "las semejanzas y diferencias entre la situación escocesa y la catalana". Sus últimas palabras eran una pregunta: "¿Existe alguna posibilidad de construir con una cultura política idéntica un país distinto y mejor? Ustedes dirán".

Era un buen artículo porque presentaba datos y hechos, y establecía comparaciones que desarmaban las certezas que hay entre nosotros con la elegancia de un articulista acostumbrado a debatir, seguramente también consigo mismo.

El periódico presentó en letras grandes este destacado de lo que decía Cercas en su texto: "En España apenas intercambiamos otra cosa que gritos, mentiras y ataques personales". Como si su descripción necesitara corolario, en seguida que aparecieron en las redes sociales tanto ese destacado como el artículo propiamente dicho la persona de Javier Cercas (y no sólo su texto) fue objeto de gritos y ataques personales. Es lo que hay. Los artículos de opinión, como es natural, reflejan opiniones, que no impiden la existencia de otras visiones del mismo asunto. Lo que Cercas dice es muy cierto: "En España apenas intercambiamos otra cosa que gritos, mentiras y ataques personales". Para muestra, su propio botón: ante sus argumentos (datos, leyes, o ausencia de leyes, comparaciones nítidas y nítidamente demsontadas), borrón y cuenta nueva. Cállese, señor Cercas.

¿Por qué arremeten contra Cercas? Porque lo que dice no está en el ´mainstream`, choca con lo que se lee en ciertos ámbitos del país y choca de pleno con lo que es hábito en las redes sociales, donde abunda más el escoramiento que la reflexión, y él exponía, con una discreción realmente admirable, la sustancia de sus preguntas sin arremeter contra los que piensan de manera distinta, planteando cuestiones que están en la mente de todos pero que unos no dicen porque no resulta ahora políticamente correcto y que otros contradicen porque la naturaleza de sus argumentos ya es tan sólida que no permite posiciones contradictorias.

A Cercas le hubiera venido bien, según muchos de los que se expresaron en seguida en las redes sociales, quedarse callado, como un ciudadano sumiso al lugar común que ahora comanda; como optó por exponer lo que piensa (y lo que lleva pensando) no soportaron la posibilidad de que prosperara una discusión sin "ataques personales", y ahí surgieron, de todo tipo.

Era, ya digo, un buen artículo. Es muy corriente escuchar ahora que un artículo es bueno, o se dice que es bueno, porque nos ha gustado, o porque dice lo que queremos que diga, no sólo porque esté bien escrito y exprese con claridad los argumentos y las preguntas de que debe estar dotada toda columna. El artículo de Cercas es por su propia naturaleza polémico, porque es conocido que él está en contra de una de las partes del conflicto Cataluña-España (sí a seguir juntos, no a seguir juntos: él está a favor del sí). Pero tanto en este como en otros textos anteriores él esgrime razones (sus razones) teniendo en cuenta las de los contrarios. ¿Por qué se arremete contra él si lo que hace es lo que siempre fue la esencia de las opiniones, que es la expresión de la independencia de criterio? 

Pues porque existe la tendencia a descalificar al otro antes de que éste comience a hablar. Pasa con artículos de un extremo y otro del espectro: antes de empezar a leer, ya sabes qué te vas a encontrar; y generalmente te encuentras lugares comunes que alimentan la argumentación a favor de la tesis habitual de aquellos articulistas que buscan en el lector o en el oyente la aprobación de los que ya están convencidos de que las cosas son blancas o negras.

En este caso Cercas, defensor del no a la independencia catalana, explica su experiencia en Escocia, a partir de sus viajes frecuentes a Edimburgo, explica cómo son las leyes británicas y cómo son las leyes españolas, señala hasta qué punto las propuestas electorales de Salmond (el primer ministro escocés) y de Mas (el presidente de la Generalitat) no tienen nada que ver en puridad, y define finalmente las culturas políticas que han generado las historias de ambos territorios, el británico y el español. Su conclusión es una pregunta, y esta invitación: "Ustedes dirán".

El tono del artículo tenía esa manera de ser, era discreto, no era altisonante, y además reclamaba lo que no existe: sosiego, ausencia de "gritos, mentiras y ataques personales" para dirimir una cuestión tan delicada (y tan compleja) sin otras interferencias que las del intercambio de ideas e incluso de sentimientos. Pues a esta apelación contra el grito fue a la que se agarraron muchos de los comunicantes de la red para poner de vuelta y media a Javier Cercas y para darle, desgraciadamente, la razón a su descripción de lo que pasa tan frecuentemente en este país que antes que el desacuerdo prefiere la bronca.

 

El oficio 5. Para ser periodista hacen falta papel y lápiz

Por: | 11 de septiembre de 2014

1398192368_774544_1398201483_noticia_normalHacen falta otras cosas, claro está, para ser periodista. Pero como símbolo de la sencillez de la que está dotado el mecanismo de escribir, de ser periodista, no están mal el papel y lápiz. Hay algo que no ha variado, a pesar de que ya se haya evaporado ese supuesto entre tanta parafernalia mecánica con la que ahora se asocia el oficio.

Lo que no ha variado es el carácter vocacional del periodismo. Es cierto que el glamour (muchas veces impostado) que le han dado al periodismo las series de televisión, las películas o la ficción que genera este trabajo desde que se ejerce han hecho pensar a los que lo contemplan desde fuera que periodista y héroe, o villano, son lo mismo.

Y en realidad el periodista es un servidor público que cuando es arrogante es patético y que cuando es demasiado humilde es igualmente irritante. Pues es un ciudadano como otro cualquiera que sabe algo y lo cuenta, con una obligación suplementaria a la de cualquier ciudadano que sabe una cosa y la cuenta: que pocos como él (los jueces, sin duda) están tan obligados como él a confirmar lo que dicen saber.

Es un servidor público, un ciudadano y un ser humano obligado a investigar para llegar lo más cerca posible a la verdad que busca; nunca encontrará toda la verdad, nunca, eso está claro, pues la verdad absoluta no existe, pero si no se acerca a ella no habrá hecho honor al oficio que eligió. Y para elegirlo (eso es lo que quería decir) debe atender a la vocación.

Este es un oficio vocacional o no es nada. Si trabajas mirando el reloj para ver a qué hora comienzan tus vacaciones, entonces estás de prestado en este trabajo. Y no es un trabajo tan esforzado como otros (trabajar en una mina, en la construcción de los cimientos de una casa, en un taller mecánico, son mucho más esforzados que trabajar en un periódico, millones de veces más), pero sería insufrible si no lo hubieras elegido. Algunos graciosos dichos hay sobre el asunto, el más célebre de los cuales es ese que afirma que ser periodista es mejor que trabajar. A mi me lo parece, pero esta no es necesariamente la actitud que uno debe tener ante el oficio: es bello, es gratificante, pero es un trabajo. Y cuanto más te gusta, más trabajo es porque más trabajo te tomas, pero es cierto que da satisfacciones que sólo entiende aquel que lo ejerce porque lo eligió también como una forma de vida.

Eso es quizá lo que le hizo decir a Gabriel García Márquez (y a otros: él no fue el único que lo dijo) que el periodismo es el oficio más bello del mundo. Ya es un lugar común que debe irritar a pintores, a escultores, a abogados o a músicos, pues los suyos pueden ser oficios tan bellos o más bellos que cualquier otro. Por eso pienso que García Márquez lo decía tan solo para decir que era su oficio y que lo amaba.

De esto pensé ayer cuando estuve ante una docena de jóvenes estudiantes de periodismo y ciencias de la comunicación, a los que me permití preguntar por qué habían elegido este oficio. Todos (o casi todos) empezaron diciendo cuándo lo eligieron; ese cuándo era en realidad el por qué, pues (casi) todos ellos iniciaron su explicación recordando que eran niños cuando sintieron que querían ser periodistas; una de las chicas me dijo que a los cinco años, en su casa, decidió que quería ser periodista. Debo decir que a estas décadas que ya peino esa confirmación vocacional, en medio de las palabras de crisis que vive el oficio, me resultó tan emocionante como la primera foto del uniforme de tu hijo o de tu nieto que se apresta a ir por primera vez al primer colegio de su vida.

El oficio está vivo, y al que diga lo contrario le ofrezco esta pequeña encuesta, que es de lo más gratificante que escuché en mucho tiempo sobre el estado de salud del periodismo. Mucha gente hay por ahí sabiendo que no hace falta mucha parafernalia para ejercer, basta papel y lápiz, pero si no tienes vocación no serás nunca un periodista.

FOTO: Gabriel García Márquez. / Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

El oficio 4. La expresión Maestro de periodistas

Por: | 10 de septiembre de 2014

1378359469_693988_1378361028_noticia_normalNo hay en el mundo del periodismo (tanto entre los que ejercen el oficio como entre aquellos que lo observan como lectores, radioyentes o televidentes, y ahora entre los usuarios de las redes en que se envuelve el periodismo) expresión más manida que la expresión “Maestro de Periodistas”.

Mi padre fue en un tiempo maestro albañil y los peones lo llamaban maestro, pues así se llaman también los maestros albañiles. La función de mi padre no era hacer la pared, aunque supiera hacerla, sino la de hacer que otros la hicieran. Salvando las distancias lógicas, ocurría con ese oficio suyo lo mismo que con el oficio de Rey en palabras de Alfonso X El Sabio refiriéndose a su fama de escritor. Según aquel monarca, no escribía un Rey un libro porque él mismo lo hiciera sino porque lo mandaba hacer. Pues mi padre era albañil, y maestro, porque hacía hacer paredes, aunque él no hiciera nunca ninguna.

Maestro es una expresión que en Canarias y en muchos países de América Latina (y ahora en la Península española) ha alcanzado la impronta de lo que se dice por decir, como un saludo: “¡Maestro!” El gran Jesús de la Serna (que fue director de Informaciones, subdirector de EL PAÍS y alma de la Escuela de Periodismo de nuestro periódico) refería una anécdota que le gustaba repetir a él y que ahora nos gusta repetir a muchos de nosotros. Había en Informaciones dos enemigos irreconciliables que, en efecto, nunca se reconciliaron. Un día uno de los dos decidió romper el hielo y desde el otro lado de la Redacción le gritó un saludo:

-¡Buenos días, maestro!

El interpelado levantó la cabeza, digno, y esto le espetó:

-¡Más maestro serás tú!

Así que ser maestro no es tan solo una condición de sabiduría, y no siempre es un saludo bienvenido ni se toma como una cortesía. Se refiere al oficio (en el caso del albañil) y se dispone como una condición de cierto predominio como en el caso de los periodistas, que es al que me voy a referir.

Esa expresión, Maestro de Periodistas, ha sido siempre habitual entre nosotros, los españoles y los latinoamericanos, y se usa ante todo para situar a los viejos, aunque cada vez más se acomoda a la trayectoria de gente más joven. Pues este es un oficio muy diluido, y cada vez más, y por tanto necesita anclas, puntos de referencia, existencia de magisterio. Pero se repite tanto, Maestro de Periodistas, que ya excede los términos que tuvo para convertirse también en un saludo o en un brindis que se regala como se regalan los buenos días.

Para mi maestro de periodistas sigue aludiendo a la clase de maestros que tuvimos cuando empezamos en el oficio. La mayor parte de los maestros de periodistas que conocí eran como los maestros albañiles, o como el rey sabio: hacían hacer, no hacían; sabían hacer, mandaban hacer, y pasaban a la historia (a la buena historia del periodismo) sin haber escrito una línea. Sabían mandar a hacer. Eran los redactores jefes de los periódicos, de las radios o de las televisiones; y aunque fueran directores, tenían el carácter de los redactores jefes: situados generalmente en medio de la redacción, en efecto pasaban a la historia de los periódicos no por lo que hubieran hecho sino por cómo mandaban hacer.

Desde la época de los periodistas estrella, aquellos que en lugar de mandar hacer hacían brillantemente lo que les mandaban hacer, las cosas han cambiado, y los maestros de periodistas (aquellos como Jesús de la Serna) son identificados por lo que aparece firmado en los periódicos. Y no digo que no sean maestros, lo que digo es que detrás de esos maestros sigue habiendo otros, más anónimos, que aún conservan el átomo de genio organizativo y el olfato que a lo largo de los siglos hizo que los periódicos (sobre todo los periódicos) se movieran. Otros pasan a la historia actual del periodismo por las columnas que escriben sentados lejos de la Redacción…, en sus propios ordenadores de sus propias casas. Son los celebrados columnistas, que escriben a partir de lo que otros han investigado.

Hace años, quizá treinta años, los jóvenes periodistas que querían serlo, desde la escuela, mostraban su deseo de ser periodistas diciendo ya qué querían ser en las redacciones. Aún no aprendían y ya tenían claro de qué querían enseñar. Sigue sucediendo. Querían firmar columnas de opinión, ser editorialistas con firma (como los directores que entonces emergían como lumbreras) y querían hacer los grandes reportajes, sin pasar por las cuñas, los sucesos o, simplemente, la calle.

Desde que eso ocurrió, y sigue ocurriendo, la expresión Maestro de Periodistas ya no se refiere a los que mandan hacer sino a los que resultan rutilantes estrellas de la noche. Y no es justo, maestro sigue siendo el que manda hacer, aunque no sea ni Maestro Albañil ni el rey sabio. 

FOTO: Jesús de la Serna, en 1991. / RAÚL CANCIO

El oficio 3. El señor Fuentes sigue en nómina

Por: | 09 de septiembre de 2014

 1290726006_850215_0000000000_sumario_normal[Antes de empezar déjenme seguir…, con los comentarios de los lectores a la entrada de ayer. Un lector al que le agradezco mucho el tirón de orejas pone de manifiesto mi error al usar la palabra caterva, que tiene sentido peyorativo, para definir a un grupo de autores. Tiene él razón y yo no tengo perdón de Dios. Perdón.]

He pensado mucho en este asunto que hoy traigo hasta ustedes. Y sobre él no he leído nada más oportuno ni divertido que lo que escribió Juan Carlos Onetti en uno de aquellos artículos que escribió para la agencia Efe en la época en que la dirigía Luis María Anson.

Onetti, uno de los escritores más extraordinarios de la lengua española del siglo XX, fue periodista hasta la última hora de su vida; leía diarios, escribía en ellos, e incluso escribía en Cartas al Director. En una ocasión célebre, cuando Camilo José Cela insistió en arremeter contra los jóvenes autores españoles, él salió en defensa de Antonio Muñoz Molina, que había sido cruelmente, e injustamente, alanceado por el marqués de Iria Flavia, que entonces se sentía con licencia para matar.

Además de periodista, el autor de El astillero era un lector de periódicos que usaba su lápiz rojo para poner de manifiesto nuestros errores, nuestras reiteraciones y, sobre todo, nuestra tendencia a caer en lugares comunes.

El artículo al que me refiero era un ataque de Onetti al señor Fuentes. Según él, se cita con tanta frecuencia a ese señor en los reportajes, en las crónicas y en las columnas de los periódicos que éstos deberían tenerlos en nómina. Decía Onetti que no había texto en el que no apareciera ese señor Fuentes como punto de referencia, y era cierto: por entonces tomé la costumbre de subrayar todas las veces que ese recurso aparecía en los periódicos; su abundancia producía sonrojo.

Ese artículo de Onetti, como la mayor parte de los que escribió el maestro, obedecía al propio esquema de sus conversaciones: parecía serio e incluso circunspecto, pero en el desarrollo de sus argumentos tendía a tomarte el pelo, o a tomárselo a sí mismo. En esta ocasión le tomaba el pelo a una situación que ha prosperado, decía él, en el periodismo español: los periodistas y los columnistas alardean de fuentes que jamás citan por su nombre. El lector, piensan los que construyen sus textos sobre aguas movedizas, debe dar por sentado que las fuentes aludidas existen y que el periodista no se las inventa.

Onetti no se lo creía. Según él, el periodista usa ese genérico (Fuentes, el señor fuentes) por su propia comodidad, pues en efecto es posible que haya accedido a esas opiniones de las que se sirve, o a esos datos, pero nada le impide que sea honesto y dé pistas sobre quién se los dio.

Los anglosajones, que seguramente usan el término tanto como nosotros, suelen acercarse a la naturaleza de la fuente, aunque no siempre lleguen a citar a la fuente misma: ofrecen datos que le garantizan al lector que en efecto ese señor Fuentes existe. Si no se quiere descubrir la fuente, basta con decir a qué grupo representa, por qué es interesante utilizarla u otros detalles que le den cuerpo. Si la fuente se queda en el genérico el lector está autorizado a no darla por buena y a atribuirla a ese señor Fuentes que según Onetti debe estar en la nómina de las periódicos a la vista de lo abundantemente que aparece en ellos.

Entre las razones de esta abundancia de referencias a fuentes debe estar la pereza del periodista, que conoce de un asunto y considera que citar fuentes le da prestigio, aunque la fuente sea él mismo; es cierto, además, que en España abundan las reuniones confidenciales entre políticos y periodistas y entre empresarios y periodistas, y eso ha dado curso a numerosas informaciones o rumores no acreditados a los que luego le pone voz el señor Fuentes.

El resultado de este recurso es el descrédito progresivo de la palabra fuentes y por tanto el progresivo deterioro de ese señor que sigue en nómina y cuyo apellido, como preveía Juan Carlos Onetti, ha terminado cansando a los lectores que quisieran saber de dónde demonios viene lo que sabemos los periodistas.

Foto: Juan Carlos Onetti y su perra la Biche, en su cama, en el piso de Avenida de América, 31, de Madrid. / DOLLY ONETTI

El oficio 2. ¿Qué se puede conservar del viejo periodismo?

Por: | 08 de septiembre de 2014

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Es mentira que hubiera nunca nuevo periodismo, igual que no hubo boom de la literatura latinoamericana. Las etiquetas son simplificaciones afortunadas que luego marcan la historia, de modo que es lógico que se siga hablando del nuevo periodismo según la ocurrencia de los que primero lo dijeron y que se siga creyendo que, como en el inicio del mundo, hubo un boom que marcó el nacimiento de la más fructífera caterva de escritores que tuvo el siglo en la literatura escrita en lengua española.

       La existencia del nuevo periodismo llevó a pensar que el que no se hizo desde entonces (desde los años 60 de nuestra era) era justamente viejo periodismo. Por lo cual se desviaban al desván periodistas tan importantes, y tan distintos, como Manuel Chaves Nogales, Ernest Hemingway o Albert Camus, tan importantes y tan distintos. El nuevo periodismo, desde Wolfe a Talese, revitalizó la mirada del periodista, lo hizo más próximo a los asuntos, menos sucinto, más generoso en las descripciones de lo que veía gracias, también, al espacio del que dispuso para contarlo. Digamos que la combinación de aquel viejo periodismo (por llamarlo así) de Hemingway (o de Azorín, no se olvide a Azorín), que iba “derechamente a las cosas”, con el nuevo periodismo de periodos exuberantes de narración daría de sí un verdadera y estimulante definición de lo que podría ser el buen periodismo. Un periodismo en el que el periodista no se detenía en el preámbulo o en la apariencia, sino que trataba de descubrir, con palabras (con más palabras) lo que había en el alma de las personas y de las cosas. No era tan nuevo, pero se llamó nuevo, y ya se sabe qué ocurre con el etiquetado.

       Pues no hay ni viejo periodismo ni nuevo periodismo, sino periodismo, y a ser posible buen periodismo. Pero ya que existen los adjetivos e inevitablemente éstos van marcando las gradaciones que tiene el oficio, déjenme decirles alguna idea que se me ocurre para poner en valor al viejo periodismo, sin deseo alguno de enfrentarlo al nuevo.

       Azorín decía que el adjetivo era una medicina que había que tomar con cautela, porque, en efecto, había que ir derechamente a las cosas, contando con una enorme economía de medios (y de adjetivos) la esencia de lo que viéramos. A Hemingway ya se sabe que su redactor jefe le pedía, cuando viajaba a las guerras, que se centrara en la acción, “mándame verbos”, le decía. Los despachos de agencia, que son la expresión más urgente de ese periodismo, estaban llenos de verbos y de fuentes, carecían de adjetivos. El legendario guionista Rafael Azcona solía decir que en cine lo más caro eran los adjetivos, porque si tú decías cielo ya podías rodar cualquier cielo, pero sí decías cielo azul tenías que esperar a que en el rodaje se produjera una circunstancia que casara con el adjetivo. En periodismo pasa igual: si tú describes una cara y dices que ésta es rozagante ya tendrás que decir en algún momento que la cara dejó de ser rozagante, pues nadie está todo el rato de la misma manera. Por otra parte, tanto en columnas como en información, un adjetivo tiene tal peso en la definición que o es cierto o es una cuchillada, o un elogio demasiado untuoso. El adjetivo obliga al periodista a demostrar más de lo que sabe; a veces se acompaña de artes que no son suyas para explicar que lo que dice casa con la realidad. EL PAÍS publicó hace unos días la fotografía de un futbolista, Pedro León, que miraba hacia el suelo mientras se entrenaba; como miraba hacia el suelo y la información hacía deducir que el hombre estaba triste, el autor del pie de foto se fue por el adjetivo, así que escribió, para decir qué había en la fotografía: “Pedro León, cabizbajo”. Es fácil deducir que si a Pedro León lo hubieran fotografiado mirando al frente hubieran escrito algo así como: “Pedro León mira con preocupación al futuro”. Hace muchos años el periodista Miguel Ors retransmitía un partido de fútbol y la cámara se detuvo en el balón sobre el césped. Ors dijo: “Este es el balón”. Era una manera de decir cabizbajo.

       El adjetivo es, en información, una muletilla de doble filo, pues ilustra y compromete. Para que Hemingway llegara a un adjetivo primero tenía que vencer su propia reticencia al circunloquio y, naturalmente, después tenía que vencer la resistencia del redactor jefe que le pedía verbos. Entonces lo que llamamos el redactor jefe era en realidad la tradición del periodismo, pues ese hombre (el Lou Grant de los viejos periódicos, que no están tan lejanos) representaba la frontera entre lo que a los periodistas les daba (les da) la real gana y la línea que no se puede traspasar. Antes el adjetivo, en el que caíamos, era la expresión de una tendencia a decir más de la cuenta; hoy el adjetivo suele ser la consecuencia de la falta de prestigio que tiene hoy la neutralidad, el triunfo de la suposición, la ascensión a los cielos del lugar común que casi siempre se condensa en un adjetivo, que el viejo periodismo (y el nuevo periodismo) repelían como el gato escaldado huye del agua. Pues eso hay que conservar, a mi juicio, del periodismo que hemos conocido, el pavor ante el adjetivo.

Foto: Jimmy Breslin, el editor George Hirsch, Tom Wolfe y el fundador de 'New York', Clay Felker, en una fiesta de la revista en 1967. / david gahr (getty)

Mira que te lo tengo dicho

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¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

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Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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