La España inmóvil

Por: | 16 de junio de 2013

Alertado por un artículo de Elvira Lindo en El País supe que Diego Galán había estrenado un documental, Con la pata quebrada, sobre la represión de la mujer tal como la ha tratado el cine español desde que aquí existe el sonoro. Vi el documental esta tarde y cuento aquí mi impresión de la película. 

Con la pata quebrada describe la evolución del tratamiento de la mujer en el cine, pero sobre todo retrata la dificultad para que entre nosotros la historia sea pasado. Los vicios y las costumbres represoras que cubren desde ese periodo republicano, en el que se produjo un respiro educativo, hasta nuestros días, persisten de alguna manera en la sociedad; y a veces persisten de manera grosera e indignante, en las más diversas formas, la peor de las cuales es la violencia doméstica que durante años fue tolerada e incluso alentada.

Tras aquel respiro educativo republicano, que se refleja en la película de Diego Galán, la Iglesia y el poder militar se aliaron para devolver a la mujer a lo que el machismo nacional y el régimen consideraron que era su sitio, la casa, y con la pata quebrada.

Tras la muerte de Franco y después de la transición, que dieron de sí un cine a veces estrafalario pero que reflejaba con mucho realismo la ansiedad del cambio hacia la igualdad, la cultura y la educación españolas se mostraron herederas naturales, y a veces sobrenaturales, del déficit educativo que la alianza régimen-Iglesia provocó en España. Hubo libertad y libertades, pero en el fondo del alma ibérica seguía sobresaliendo el empobrecimiento de las mentes de los que insistían en que la mujer debía quedarse en casa, haciendo sus labores y soportando el furor del macho.

La película va siguiendo esos pasos, tan solo con el argumento que van sugiriendo las películas que Galán tomó como ejemplo de cada uno de los periodos o de los asuntos (el sexo, el matrimonio, la casa, el trabajo) en los que se siguen prodigando la desigualdad en la que se sigue desenvolviendo la naturaleza de las relaciones hombre-mujer en España. El director no interviene, una tenue descripción (que lee el actor Carlos Hipolíto, que es también la voz de Cuéntame) va llevando al espectador de un asunto al otro como en un trávelin.

Dentro de ese argumento que Diego ha editado a veces con humor y a veces con estupor sobresale un hecho maldito que nos persigue: la falta de una educación verdaderamente igualitaria y sensible está en el origen de esta España inmóvil que se sigue lanzando a la calle para impedir que los derechos ya alcanzados (el aborto, sobre todo) sigan su curso legal en favor de la liberación de la mujer.

Que sea actualidad esa expresión, la liberación de la mujer, es un elemento sustancial del fracaso educativo y moral que arrastramos. España ha hecho muchos avances sociales, culturales y políticos, en el derecho y en las costumbres, pero ese concepto del que parte la película, que la mujer ha de estar siempre disminuida ante el hombre y ante la vida, convive con nosotros como un mantra. El cine lo cuenta y Diego Galán, con sutileza y sentido de la historia, y sentido común, lo ha contado en una película que aconsejo.

 

Los libreros se manifiestan

Por: | 09 de junio de 2013

Amazon está siendo blanco de las iras de libreros en varios países de Europa, también en España. Por los descuentos abusivos con los que opera, por las subidas de precio que efectúa aprovechando la posición de privilegio que ocupa. Su actuación, creen los libreros, también los españoles, está dañando gravemente el equilibrio de los precios y amenaza la red de librerías, que en definitiva es una red de espacios culturales imprescindible para la difusión y la discusión de las ideas. Me ha sorprendido que la reacción de los libreros españoles no se escuche con más nitidez en los medios. Ellos se reunieron la semana pasada en Madrid, en el marco de la Feria del Libro; convocaron a medios y a editores, y están sorprendidos de la escasa difusión que tuvo lo que tenían que decir, e incluso de que otros profesionales del sector, incluidos los editores, estuvieran prácticamente ausentes de la convocatoria. He pensado que es mi obligación de usuario de librerías, e incluso de exeditor, de poner a su disposición este espacio para que se conozca el manifiesto que dieron a conocer para que se conozca más.

Dice así:

"Los Libreros españoles seguimos con atención las declaraciones hechas por la Ministra de Cultura de Francia, la Sra Filipetti, en la que expresa su hartazgo de Amazon por sus practicas desleales, su posición de cuasi monopolio, y la amenaza de destrucción del tejido librero independiente que supone una posición claramente agresiva y que pretende la expulsión del mercado de sus competidores.

Los libreros ingleses han manifestado ayer su acuerdo con las declaraciones de la titular de cultura de Francia, y demandando una posición del sector contra la multinacional a la que acusan de competencia desleal.

Los libreros españoles, agrupados en CEGAL, queremos aprovechar este escenario de la Feria del Libro de Madrid, para manifestar nuestra identificación con las declaraciones de la Ministra francesa.

Nuestras inquietudes son las expresadas por nuestros colegas franceses e ingleses y compartidos por el resto de colegas europeos que venimos denunciando en EBF, la European Booksellers Federation, las prácticas abusivas de la compañía Amazon.

CEGAL interpuso el pasado año una demanda contra esta compañía por entender que sus campañas reiteradamente vulneran la Ley de la lectura, las bibliotecas y del Libro.

Queremos reclamar a los colegas editores y distribuidores españoles que actúen de manera firme contra quien de manera sistemática vulneran las reglas del juego.

Queremos aprovechar esta declaración para pedir del Gobierno de España una actuación decidida de apoyo al Plan Estratégico del Sector del libro, y de manera especial a la red librera independiente, garante de la supervivencia de la edición de calidad, y una actuación decidida en contra de las “descargas ilegales de contenidos digitales” que defienda a autores, editores, traductores, ilustradores, distribuidores y libreros, ya que de esta manera es cómo los ciudadanos salen ganando".

La raíz literaria de Antonio Muñoz Molina

Por: | 08 de junio de 2013

Vale para describir la raíz literaria de Antonio Muñoz Molina, desde esta semana premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013, aquello que dijo Samuel Beckett sobre la raíz y el destino del hombre isleño: la isla siempre va con él, porque él, además, es la isla, lo será siempre, vaya donde vaya. Y Antonio Muñoz Molina es su isla personal, la que va con él, la que nació con él en Úbeda y la que vivió, en el principio de su dedicación a la ficción, frente a la sierra de Mágina.

En el triunfo y en la espera, en la melancolía y en los árboles de la memoria que ha ido tejiendo, ese lugar, la casa, la calle, el barrio, la biblioteca, el maestro, los padres, la familia, el eco de aquel tiempo así como el encuentro de esa época con el tiempo nuevo, con Elvira, con Madrid, con Nueva York y con la época que vive ya mirando por las ventanas de un universo que le gusta y que le disgusta sucesivamente, ha sido la raíz geográfica y humana que lo ha impulsado.

Hasta ahora y siempre. Ese sitio que ha sido sucesivamente muchos sitios y el mismo sitio es el sustento de su pura alegría de leer, y de escribir, y es evidentemente el sustento de su memoria, la que sigue asomando, como en Proust o como en el propio Beckett, a sus libros aunque en ellos no toque ese filamento del que por otra parte surgen algunos de sus textos más hermosos, y sobre todo el emocionante El viento de la luna.

       Esa es, me parece, la raíz de su literatura; esa raíz viene a mi mente cada vez que pienso en él, y por eso antes que La Alhambra, adonde me llevó cuando lo conocí, a finales de los años 80, después de que publicara Beatus Ille, lo recuerdo algún tiempo después caminando con Elvira y con sus padres por el territorio de Úbeda, las calles empedradas, las casas viejas, los recodos que fueron, quizá, los escenarios de sus primeros ejercicios de ficción. Allí y después lo vi mirar hacia el suelo, ensimismado y risueño, como en Madrid a veces, y como en Nueva York, buscando acaso en la propia identidad de los pies sobre el camino la metáfora de la que viene todo: de mirar, de mirar a la raíz, y de mirarlo todo.

       La otra raíz está ligada a esos tiempos y es la lectura, los comienzos de Muñoz Molina como lector, su libro imprescindible y su imprescindible cuaderno. Su letra formada para quedar y para ser legible: si un día él abandona en el metro uno de esos cuadernos un calígrafo diestro, un lector atento que lo hubiera encontrado escribiendo en alguna biblioteca, sabría que esa es la letra de Muñoz Molina. Y lo iría a buscar a otra biblioteca. Ahí vive su corazón, fuera de las tinieblas, acogiéndose a la luz brillante de los libros. De ahí viene. De Úbeda y de los libros. Esas son las sombras que lo acogen y que lo alientan como escritor.

Así pues, no puede concebirse esa obra que ha hecho hasta ahora sin señalar lo más puro y decisivo de su formación de lector. A lo largo del tiempo esa experiencia que no cesa se ha convertido en el trasunto metafórico de su manera de mirar, en los ensayos sobre pintura o sobre música, en su interpretación de lo que ocurre en la calle (aquellos reportajes sobre el 11S en Nueva York, aquellos paseos del Robinson urbano que fueron la raíz de su periodismo literario en Granada…) e incluso en sus más serenos pero rabiosos ensayos sobre lo que le pasa a este país para que en un momento determinado se adscribiera a la locura.

La obra de Antonio Muñoz Molina es la obra de un lector. Y de un hombre que mira la pintura o que escucha la música o que camina precedido por el aprendizaje que viene de los libros. Pura alegría se llama su libro de lector feliz, su apuesta por el libro como principio de toda aventura y de cualquier compromiso. El escenario de la batalla de las ideas. Hasta su libro más combativo hasta ahora, Todo lo que era sólido, que ha sido leído como una carta de batalla, es una narración que mira al suelo del que viene y a la raíz literaria de la que procede. “El presente era una niebla de palabras arcaicas”. No hay en esa literatura, por muy contingente que sea, ni una línea que no sea consecuencia de la cultura que le fue comunicando el libro incesante y del cuaderno con el que convive.

En 1981 ganó el primer premio Príncipe de Asturias de las Letras el poeta José Hierro. Si ahora se rastrea lo que escribió aquel autor combativo de Réquiem, y se ve asimismo lo que le dijo al Príncipe que le da nombre a estos premios en circunstancias francamente anormales en la historia democrática de España hallaremos, me parece, que esa metáfora por la que ahora transita la preocupación civil de Muñoz Molina no se aleja demasiado de la que entonces estaba en el aire y que Hierro empuñó como una declaración de principios. Por eso, y por la literatura que el galardón celebra, me ha alegrado tanto el premio que un jurado del que me gustó formar parte le concedió al escritor que desde hace más de medio siglo vive desde su raíz en Úbeda. 

Para entender a Jorge Semprún

Por: | 07 de junio de 2013

Era tan serio Jorge Semprún, tan circunspecto, que cuando lanzaba una carcajada te daban ganas de abrazarlo para agradecérselo. Este 7 de junio de 2013 hace dos años que murió. Poco antes de su muerte le fui a ver a París, a su apartamento de dos pisos cerca de la torre Eiffel. En un momento determinado se dispuso a salir para almorzar y fue a su cuarto a ponerse una chaqueta; cuando volvió se inclinó sobre la silla más vieja de su sala de estar y de su mirada se desprendió una señal de insoportable dolor. “No puedo, no puedo”. No hacía falta que lo dijera. Aquel hombre elegante y fuerte que burló a la policía de Franco cuando él era Federico Sánchez, comunista clandestino en Madrid, estaba azotado por una osamenta que certificaba el resultado de todas sus correrías, que comenzaron cuando era un chiquillo preso y torturado por los nazis en Francia. Luego vendría el campo de concentración en Buchenwald cuyas heridas están descritas en su libro más hondo y más conmovedor, La escritura y la vida, un breviario desolado que ahora sirve para entender lo más complejo de su vida y de la vida de la Europa desolada.

         Semprún iba vestido con una elegante camiseta marrón, se acababa de cortar el pelo, ese cabello blanco que era distintivo también de su personalidad, como sus ojos serios, a veces secos, escrutadores. Esta vez le había ido a ver, con el fotógrafo Juan Millás, para hablar para EL PAÍS sobre un libro (Franziska Ausgtein. Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo. Tusquets) que escudriñaba en zonas a veces abiertas y a veces oscuras de su biografía. Esta conversación tenía ese libro como pretexto, pero en el fondo de todo lo que dijo, a veces desgarrado, nunca distante, tiene como objeto regresar, aunque fuera a escondidas, a aquel La escritura o la vida que ahora evoco. Y quiero volver a esa conversación, porque es hoy, para mi, la mejor manera de explicar cómo se puede entender a Semprún, una biografía capital del siglo XX de Europa.

Lo tenía delante. Aquel muchacho de La escritura o la vida era ya un hombre para la historia, y su dolor no era una metáfora. Así que hablamos de la sustancia de su literatura, la memoria, y aunque ya parecía que el espejo le devolvía la palabra con la que termina la historia, él hablaba de seguir escribiendo qué le pasó, como si esta memoria de La escritura o la vida jamás fuera a tener fondo. ¿Qué no ha contado nunca, Semprún? “Cosas privadas que jamás contaré”. ¿Cómo se puede escribir memoria siendo tan reservado?, le pregunté. Me dijo: “Si te fijas, mis memorias son un poco victorianas. No hay nada íntimo, prácticamente. Son tan poco íntimas que no hablo jamás de Colette [su esposa, que ya había fallecido], por ejemplo, y he pasado 55 años con ella de compañerismo y matrimonio. La mayor parte de mi vida. Y jamás he dicho nada de ella”.

¿Cómo se puede? Siendo Semprún. “Nunca he hablado de cómo la conocí, de cómo hemos vivido, de los años de clandestinidad, de qué pensaba ella de mis idas y venidas, de mis salidas bruscas a Madrid, de los regresos tres o cuatro meses más tarde… No he hablado nunca de las vacaciones en la Unión Soviética con Santiago Carrillo y con ella…” Esas cosas forman parte “de los miserables secretos de la vida”, como dijo alguien. “Esos secretos no cambian nada. Cambian si haces una biografía de verdad, pero mejor hacerlas cuando el biografiado haya muerto”.

Esa reserva es una manera de ser que proviene de la infancia. “He sido muy tímido. Hasta una edad muy avanzada. ¡Y ahora cumplo 87 años, el mismo día que le dan el Nobel a Vargas Llosa! ¡No sabes cómo me alegro de ese premio!”

Hay un episodio de la vida de Semprún, cuando fue torturado por la Gestapo, que se cuenta en esta biografía de manera muy detallada. Él nunca aludió a ello, ni siquiera en La escritura o la vida. Ahora le gustaría contarlo, “pero de otro modo”. Arranca la confesión de la tortura que sufrió su compañero comunista Simón Sánchez Montero; la tortura era para que soltara dónde estaba Federico Sánchez. Sánchez Montero se mantuvo en silencio.

Él sufrió la tortura de la Gestapo, no la de la policía española, “quizá la de la Gestapo era un poco más ´científica`, digamos, con muchísimas comillas; y la española eran meras palizas que durante días y semanas constituían una tortura insoportable. Ambas, para hacerte hablar. Si no hablabas, si no cantabas, eso producía en el que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de fraternidad. Y eso sentí con Simón Sánchez Montero”.

La Gestapo lo sometió a “la bañera”, un método de tortura que aún andaba en sus pesadillas y de lo que nunca había escrito. “Es una experiencia terrible que durante años me impidió ir a piscinas donde fueran jóvenes amigos de las bromas, de las ahogaduras… Esas bromas a mi me volvían literalmente loco. Una vez estaba yo en la piscina que Yves Montand y Simone Signoret tenían en Normandía; me lancé a la piscina, una de los jóvenes que había allí hizo esa broma y nadie entendió que yo respondiera con aquel furor. La única que lo entendió fue Simone Signoret. Ella estaba en una tumbona al lado de la piscina, vio la escena y sólo horas después, ya en el salón, me dijo: ´Esa reacción tan brutal que has tenido en la piscina, ¿tiene algo que ver con ´la bañera `de la Gestapo?`. Ella conocía muy bien las historias de la resistencia, porque tenía muchos amigos que habían sido detenidos y torturados por la Gestapo. Y lo adivinó. Antes de la entrevista con Ausgtein, probablemente esa fue la única vez que hablé con cierto detalle de la experiencia de ´la bañera`”.

Tenía Semprún las manos muy pálidas, por esa blancura de la piel nadaban unas pecas insistentes. Muchas veces se tapaba parte de la cara con las manos, desplazaba el flequillo; 87 años, perseguido visiblemente por el dolor de los huesos, y este que fue Federico Sánchez y Pajarito (así lo llamaba la hija de Ricardo Muñoz Suay), acaso el tipo más guapo de la clandestinidad comunista en Europa, conservaba mucho del porte airoso de su juventud. Pero esa confesión sobre la tortura había caído sobre su ceño canoso. “Y tendré que escribir de ello; era muy difícil hablar de ello serenamente… Ahora ya no me conmueve tanto. Ya no. Ahora puedo escribirlo con total serenidad. Igual ha sucedido con las primeras experiencias en el campo de concentración. Puede que al contarlo me revuelva un poco, pero es algo pasado y asumido, asimilado, puesto en orden”.

Hacerle el mal a alguien a quien deseas el mal. Ese es el mal absoluto, la tortura, ¿no, Semprún? “Claro, claro. Yo tuve la suerte de que los primeros golpes de detención fueran puramente palizas, pero sin el propósito sistemático de interrogar; nadie me preguntaba nada. Me habían cogido, habían descubierto un arma que llevaba conmigo, y la policía militar, antes de que fuera a la Gestapo, me hizo todo tipo de barbaridades. Pero nadie me preguntaba nada”.

 “Me mentalicé: tenía que resistir, no debía hablar”. Decidió contarles un cuento a los policías. “Un cuento que no pusiera en peligro a ninguno de los compañeros del grupo de la resistencia. Un novelita rosa que esos días era posible leer en la propia prensa de los colaboracionistas: yo era el pobre estudiante que no tenía dinero, que oye una conversación y que es encargado de llevar unas maletas cuyo contenido desconoce. Cree que está metido en el mercado negro y un día descubre que en realidad está metido en el transporte de armas, que no puede dejar porque lo amenazan de muerte”.

No lo contó de buenas a primeras; no lo hubieran creído, demasiado preparado. “Pero si lo contaba en el momento que parezco derrumbarme entonces me creerían. Así que aguanté días de interrogatorio, palizas, jornadas enteras en ´la bañera`, un día me metían vestido, otros días me metían en calzoncillos. No sé por qué aquel día me metieron vestido… Y ese día, sofocado, mientras me gritaban, me insultaban y me metían una y otra vez en aquella tortura, me dije ´Es el momento`.”

Le creyeron. Le habían dicho sus compañeros de la resistencia cómo iba a ser la tortura. ¿Sabe lo que es la tortura alemana?, le preguntaron. Hay una primera fase de golpes, luego te cuelgan por las esposas, y luego te hacen lo de “la bañera”; “yo sabía que lo de ´la bañera` iba a ser lo peor”. Él tiene “un miedo congénito” a la sofocación, “a no poder respirar tranquilamente”. Ahora, “con este dolor absurdo de la espalda, los únicos momentos de angustia que me provoca este sufrimiento se producen cuando no puedo respirar. Me despierto con unas angustias por la noche porque no puedo respirar bien. Ese horror a perder la capacidad de respirar es infame”.

Es de nacimiento y lo reprodujo, lo puso a flor de piel, la Gestapo. ¿Ese es el trauma que más ha perdurado entre los sufrió Semprún en ese periodo de cárcel y confinamiento? “Pues sí. Y por eso no he hablado de él”.

Hay un episodio escalofriante en la vida del campo de concentración que se pone de manifiesto en la biografía que ahora nos ha llevado a hablar con Semprún: cuando en Buchenwald se producían listas de prisioneros que debían ser trasladados, y Semprún estaba al cargo de las listas. “Yo quitaba de las listas. Y quisiera precisar, dar mi versión. Es un discusión eterna que a la gente le cuesta comprender”.

“Había”, recuenta Semprún, “una posibilidad de quitar prisioneros de las listas de los que habrían de ser desplazados. La posibilidad venía a través de una relación clandestina con la resistencia. Aquel era un campo comunista, en el sentido de que había sido construido en 1937 para la reeducación de los alemanes adversarios políticos del régimen, y allí estaban concentrados los presos políticos alemanes, primero para construirlo y luego para administrarlo. Las SS quisieron en un tiempo pasar la administración del campo a los presos comunes, para joder a los políticos. Pero terminaron dominándolo los presos políticos, que eran comunistas o socialdemócratas alemanes”.

Sobre 1940 y 1941 empezaron a llegar presos extranjeros; primero checos, y después occidentales europeos, “sobre todo franceses de la resistencia, comunistas de otras nacionalidades…” Cada partido comunista, recuerda Semprún, “aplicaba su política nacional en esa organización clandestina. Era una política de frente abierto, de frente popular, mientras que los comunistas alemanes  seguían con la política sectaria de los años treinta. Clase contra clase. Para ellos no había aliados. No había más que los que eran comunistas y los que no lo eran…”

Y la cosa iba así, relata el autor de La escritura o la vida: “El jefe SS le dice al jefe comunista del comando de internos: ´Mañana o pasado, a las seis de la mañana, quiero 3.000 deportados formando filas en la plaza del campo para ir a tal sitio`. Eso no tenía vuelta de hoja. Tal día, 3.000 deportados. ¡Parece como si hubiera alguna posibilidad de elegir! ¡Ninguna! Tiene que haber 3.000 deportados. ¿En qué interviene la resistencia? En intentar quitar de esas listas a alguna gente”.

Él cumple esa misión; lo declara con énfasis, no quiere equívocos, su rostro se hace más tenso, y ahora no es el dolor, es la historia. ¿Qué criterio seguía, Semprún, para decir este sí, este no? “El que tenía la resistencia. Tendía a ser gente importante de la resistencia de cualquier país. Podían saltar de las listas jefes gaullistas, oficiales enviados por Londres para la lucha clandestina, comunistas, socialistas…”

--¿Aplicaban ellos los criterios o le decían a usted cómo había que aplicarlos?

--En ese caso concreto yo no era más que un comunicador. Comunicaba a los españoles las decisiones. Nunca tuve ningún problema porque los españoles no eran enviados nunca en transporte. Eran pocos, 250 o trescientos detenidos por la Gestapo en la resistencia francesa. Y había una especie de consenso entre los deportados: a los españoles no se les tocaba, quizá por el prestigio que habían alcanzado en la guerra civil… Y era fácil protegerlos: eran pocos. Era mucho más difícil proteger a los franceses y a los alemanes, que eran miles y miles.

Es decir, Semprún no tenía problemas con los españoles, “pero podía ser utilizado para que los compañeros franceses me dijeran a qué personas había que sacar de la lista… También hacía alguna cosa a título personal, sin contar con la organización comunista alemana: yo trabajaba en el fichero y me correspondían los presos desde el 40.000 hasta el 60.000, occidentales, franceses, que habían llegado, como yo, entre el 43 y el 44, y yo era el número 44.904. A veces hacía lo que decían los comunistas que yo conocía, sin decírselo a los alemanes; actuaba de ´guerrillero`, salvaba a ciertas gentes sin contar con la organización”.

La SS lo podía descubrir, si investigaba. “Pero eran muy perezosos. Lo que hacía era inscribir a lápiz el número de la ficha, para luego poderlo borrar y que esa ficha fuera válida para otro que llegara. Hay números que han pertenecido a varias personas. El muerto desaparecía y se le daba su número a otro recién llegado… Tenía dos fórmulas, ambas con iniciales, DIKAL o DAKAL: No puede ir a otro campo o No puede ir a ningún comando exterior. Eran inscripciones que se hacían por orden de la Gestapo para mantener a mano a ciertos presos. Cada vez que yo ponía por mi cuenta esas iniciales, que evitaban la deportación, me jugaba la vida porque ante cualquier duda la SS podía pedir la orden. Y, claro, la orden no existía, la había inventado yo”.

A Semprún le perturbaba que ahora volviera a decirse que él elegía a unos o a otros. “No, no. Elegías a los que salvabas. Luego la puta casualidad o la puta mala suerte hacen que en esa lista vaya gente pero tú no las has elegido. Positivamente, elegías a los que salvabas. No mandabas en los que iban… Es difícil entender la complejidad del asunto, lo comprendo… Pero mira lo que decía el filósofo católico Jacques Maritain… Decía, en su libro Los hombres y el Estado, que hay momentos en la vida en los que no se puede aplicar la moral habitual, común, en los que hay que inventar una moral de excepción. Y da el ejemplo de los campos de concentración, y en concreto del campo de Buchenwald”.

Eugen Kogon, cristiano demócrata que estudió también esa moral en Buchenwald, también señalaba, cuenta Semprún, “cómo cosas que en la vida normal son malas o criticables pueden convertirse en justas y válidas en la vida de los campos. Da el ejemplo de acabar con los confidentes, cosas así, que son brutales. Y es un pensador católico quien lo dice. A veces se dice que tuvimos la posibilidad de elegir a los que iban en las listas. No. Podíamos limitar algo el efecto de la orden sobre los que tenían que ser deportados. Y se acabó. No había más poder”.

Se siente extraño Semprún siendo objeto de una biografía. “Es mi vida. Pero no soy yo. No sé cómo decirte”.

--¿Y qué falta para que sea usted el que aparece en esta biografía de Franziska Ausgtein?

--Quizá que, por vanidad, por orgullo o por engreímiento considere que mi vida sólo la puedo contar yo. Escribirla yo. Eso está escrito, no es una entrevista periodística o radiofónica, y no es mi voz. Y esa vida sólo la puedo contar yo. Ya te digo que quizá sea puro engreimiento, pura vanidad.

Hay una palabra tremenda en el título, Traición (Lealtad y traición). Semprún no sabía muy bien si esa expresión tan terrible tiene que ver con lo que sucedió entre el Partido Comunista francés y Marguerite Duras, expulsada de la organización. Según se deduce, durante años se mantuvo que fue un informe de Semprún el que la condujo a esa tiniebla. Él no lo cree, por tanto no siente que la palabra traición vaya con él en este caso. “Hubo una expulsión de Duras y su entorno; se quejaron, escribieron cartas pidiendo que se anulara la expulsión. Como yo era muy amigo de ellos me encontré metido en este asunto sin saberlo”.

Ellos, Duras y Semprún, reconstruyeron la relación, pero ahí está la sombra. Robert Antelme, compañero de Duras, aseguró que Semprún estuvo presente en la reunión en la que se decidió la expulsión, “pero que yo no dije una palabra. ¡Eso es imposible en las prácticas comunistas! Si yo estoy en una reunión en la que va a haber estas expulsiones y soy, como ellos dicen, uno de los acusadores, me obligan a hablar. Es la vieja táctica leninista. Sin embargo, Antelme dice: ´Estaba pero no habló, lo vi allí silencioso`. ¡Tan silencioso que no estaba!”.

Cuando apareció la versión que lo acusaba buscó los documentos, pero alguien los había inutilizado o desplazado. El episodio le llevó finalmente a abandonar el PC francés y a concentrarse en el Partido Comunista de España. “Lo que yo reprocho”, decía ahora Jorge Semprún, que de vez en cuando suelta tacos bien españoles, “y diría que es una cabronada, es que se haya utilizado ese asunto sólo unilateralmente. Lo que yo pretendo es que se vea que el documento de Antelme, en el que se me acusa, es un documento típicamente estaliniano en el que él se cubre de inocencia, como en otros documentos estalinianos a otros se les cubría de culpabilidad… Antelme tuvo una rara enfermedad y murió poco después, pero Duras nunca me dijo directamente nada de aquella época. Lo cierto y verdad es que yo no estaba cuando eso sucedió”.

Se convirtió, dice, “en el chivo expiatorio; quizá fui imprudente: cuando comenzó todo tenía que haber cortado por lo sano. En todo caso, eso aceleró mi disgusto, mi náusea, y mi disposición a ir a España clandestinamente”.

--¿Siente usted ahora que traición es una palabra para definir lo que hizo?

--No tengo ni idea. Ese título no lo entiendo y no lo comprendo. Es posible que exista la idea de que es inevitable hablar de traición cuando abandonas el comunismo. Es posible.

--¿Y qué siente usted?

--Nada. Me muero de risa cuando me lo dicen. Precisamente por eso, con una cierta distancia y sin entrar en cuestiones personales, quiero hablar de mi vida política. Diré que durante veinte años, más o menos, he intentado ser comunista. Pero no comunista de salón, comunista tanto teórica como prácticamente.

Eso quería decir, para Semprún, empuñar las armas en la resistencia, clandestinidad… “Un compromiso real”.

Y he aquí lo que pasó después: “Creo que gran parte de mi vida ha consistido en destruir todo eso. No en traicionarlo: en destruirlo en el sentido de dejar de ser buen comunista para ser buen demócrata. De ahí mi interés por Europa, porque es una de las cosas que me han ayudado a distanciarme del comunismo y del leninismo y a comprender las virtudes de la razón democrática… Cuando has sido comunista de verdad durante veinte años, en cargos de responsabilidad, no es para presumir de haber estado en los salones con Louis Aragon. No, es otra cosa. Y abandonar eso para ser un demócrata radical, un reformista radical, un anticapitalista radical, pero no comunista…, eso es un asunto que vitalmente tiene su peso. ¿Traición? Cuando veo en el libro ese título, Lealtad y traición, me digo: ´Bueno. Ya está. La lealtad ha jugado un papel, ¿pero la traición? A lo único que he traicionado es a mí mismo”.

--¿Por qué, Semprún?

--Cuando me critico como comunista traiciono mis ideales de juventud. No lo considero traición, lo considero una consecuencia de lo que yo pensaba de verdad, lo que de verdad quería. Nunca he querido el estalinismo; es algo que ha venido añadido, un valor (o un desvalor) añadido. Y lo he sido, he sido estalinista. Pero la palabra traición no la entiendo.

Y luego se va del partido español, tras la clandestinidad tan llamativa de Federico Sánchez. Hay un detonante, en 1959; y ocurre en un lavabo moscovita. Carrillo entra hablando muy mal de la Pasionaria y a Semprún le parece que su jefe político ha entrado en la paranoia estaliniana. Él lo cuenta, ahora, jugando a veces con su pelo, a veces con su reloj minúsculo que parece muy viejo.

“Hay una serie de momentos que van cristalizando, en los que se mezclan cuestiones españolas y del movimiento comunista internacional. 1959. Después del fracaso rotundo de la huelga nacional pacífica de primeros de junio una delegación acompaña a Carrillo a explicarle a Dolores Ibárruri, secretaria general entonces del PCE, que ese fracaso ha sido un éxito… Carrillo va muy preocupado porque Dolores se ha opuesto a la consigna de huelga general. Esa consigna la da Carrillo contra la voluntad de ella. Él iba con la idea de mostrarle que, a pesar del fracaso, la huelga ha sido un éxito porque había movilizado a enormes cantidades de gente. Con Carrillo va una delegación en la que está Federico Sánchez, que ha trabajado en el interior y que todavía está de acuerdo con Carrillo en lo esencial”.

La reunión comenzó con la declaración de dimisión de Dolores como secretaria general. El cargo debería ser para Carrillo, que está más cerca de España. “Carrillo”, recuerda Semprún, “está nerviosísimo. Las rodillas no le paraban. Hasta que llega el momento inevitable del café y del baño. Y allí la puta casualidad hace que me encuentre con Líster y con él. Estábamos los tres solos y yo les digo: ´Ha estado bien la vieja porque facilita todos los problemas`. Dolores estaba muy lejos, muy vieja”.

Semprún dijo aquello “y en eso Carrillo se vuelve hacia mi en el baño, y con la mirada de odio más espeluznante que te puedas imaginar me dice: ´¿Pero tú qué entiendes de estas cosas? ¿Tú qué sabes? ¿Qué maniobras estará preparando? ¿Acaso con los soviéticos?` Y ese fue el momento en que surgió en el carácter de Carrillo algo que ya definiría mi relación con él…”.

Sin duda, era Carrillo quien más destacaba en aquella organización, “era mucho más inteligente, mucho más entregado, mucho menos desmoralizado por el exilio, no era borracho… Pero aquel hombre cambió para mi en aquel cuarto de baño moscovita. El hombre de las intrigas, el paranoico… La paranoia es una enfermedad típica del estalinismo. Siempre estás viendo conspiraciones contra ti. Hay miles de anécdotas sobre la paranoia de Stalin. No voy a comparar a Carrillo con Stalin, pero a partir de entonces empecé a prestar atención a cosas que había oído de él, de los viejos militantes en Madrid. Y poco a poco la figura de Carrillo empezó a transformarse. Aunque aquello no fue lo decisivo”.

El momento decisivo fue en 1960, en una reunión del PCE a la que asiste Suslov, “el rey de la teoría, el dios permanente que había empezado con Stalin”; Carrillo hace una exposición, “brillante, sobre la política de reconciliación nacional”, Y Suslov le replica: acusa a Carrillo de revisionista, y le recuerda “que un partido comunista-leninista no podía abandonar la idea y la estrategia de la lucha armada. ¡Que había que pensar en la posibilidad de mantener la posibilidad de la guerrilla urbana! Estaba desautorizando a Carrillo, claro”, y Carrillo empezó a enviar esos mensajes a España, “donde eran recibidos entre carcajadas. Ridruejo me lo dijo: Enrique Múgica le trajo uno de esos mensajes: volveremos a las andadas, podría haber submarinos soviéticos trayendo armas a España. ¡Ridruejo se moría de risa!”

En ese momento es cuando, “intelectualmente”, rompe Semprún, aunque no lo expulsaran hasta cinco años más tarde. “Por que me digo que con esta gente no se puede ir a ningún sitio… La retórica del partido se dirige a una España irreal que ya no existe, la España de la miseria, la España de la que se reía Luis García Berlanga”.

 Semprún fue expulsado. ¿Se produce un vacío? “He tenido mucha suerte en eso. No puedo compararlo con lo que sufrió Fernando Claudín, que tuvo un tránsito mucho más difícil, mucho más trágico. Yo hago mi último viaje clandestino a España en diciembre de 1962, para presentar a los camaradas al hombre que me va a sustituir, José Sandoval. Dura unos meses, claro, no conoce Madrid, fuma como los rusos, rápidamente lo captura la policía. Y viene luego Julián Grimau, y ya se sabe lo que ocurrió con él. Y yo volví a Francia, aburrido del exilio, con la perspectiva, además, de mayor aburrimiento. Soy expulsado del partido, pero al tiempo que me voy aparece en Francia, editado por Le Temps Modernes de Jean Paul Sartre El largo viaje, así que salgo del partido y empiezo mi carrera de escritor. Lo que quise ser desde los ocho años. No hubo vacío. Siguió la vida”.

Le pregunto si ha cambiado su consideración hacia Carrillo. No hay titubeo. “Ha cambiado en el sentido de que es todavía peor que antes. Todavía peor que cuando él era dirigente y nos enfrentamos. Carrillo tiene un problema con la historia. Es un dirigente inteligente; hoy es un padre de la patria, pero tiene un bloqueo de la memoria total. Hay una época, desde 1944 a 1948, de la que él no quiere hablar. Es la época en la que él, con otros, con Uribe y con Pasionaria, reconquista el poder en el PCE. Reconquistan el poder en el partido a base de la eliminación física o política de todos los que han dirigido el partido. Esos son los tres años de los cuales no se puede hablar con Carrillo”.

Y hay un episodio que Semprún relata según le ha contado Carrillo: cuando en una reunión de éste con Stalin, el dirigente soviético le sugiere que los comunistas creen en España lo que luego serían las Comisiones Obreras. “¿´Dónde están las masas en España?´, le pregunta Stalin. ´En los sindicatos verticales obligatorios`. ´Pues trabajen ahí’… Un día se lo dije a Antonio Gutiérrez, cuando éste era secretario general de Comisiones y yo era ministro de Cultura: Stalin inventó la táctica de Comisiones Obreras… Y eso Carrillo no lo quiere recordar porque fue una iniciativa de Stalin que él no quiere reconocer por razones muy complejas, incluso por buenas razones, pero que le quitan a él protagonismo. La táctica no la inventó él, la inventó Stalin. Lo siento, pero así fue”.

Ahora Jorge Semprún ve caer el mediodía y, más aún, ve caer los años. Su preocupación española ahora es “el porvenir tétrico” que parece vivir su país; el PSOE “y la izquierda europea en general está en un momento tétrico” y “la incompetencia del Partido Popular es extraordinaria… Como no va a ser Alberto Ruiz-Gallardón quien lo dirija en los próximos meses, y él es un hombre mucho más civilizado que el resto (y no voy a hacerle muchos elogios, para que el elogio no vaya en su detrimento), el porvenir me parece doblemente tétrico…”

--¿Y qué ha pasado, Semprún?

--Que hemos llegado con retraso a todo. En el último libro de Toni Judt, un libro patético, escrito ya contra la muerte, hay un elogio, que en el fondo es para la socialdemocracia, del modelo europeo frente al modelo anglosajón del capitalismo. Es verdad, es mejor Europa, pero no lo ha sabido aprovechar.

Le pregunté al final si había en su alma algún arrepentimiento. Desgranó los posibles para descartarlos.

--¿Me arrepiento o reniego de haber sido militante del comunismo estaliniano? No. Creo que en aquel momento había una justificación para ello. ¿Me arrepiento de no haber salido del PC en el año 56, el año del XX Congreso, de los movimientos antiestalinistas populares antisoviéticos en Polonia y Hungría? No. Porque soy español; si hubiera sido francés habría sido el momento de romper. Pero en España, cualesquiera que fueran los crímenes de Stalin, luchar con el Partido Comunista contra Franco valía la pena.

En el libro que ha servido de pretexto para estas confesiones de Semprún se recuerda lo que se decía en Buchenwald. El bien es robar el pan y repartirlo bien. ¿Sigue siendo eso el bien, Semprún?

Y Semprún dijo, ya con el semblante más aliviado porque acababan las preguntas, aunque persistiera el dolor:

--No. Esa fórmula no la repetiría hoy. Robar no. Pero el bien, desde luego, es repartir mejor. Y se puede repartir mejor. Eso es lo absurdo de la situación, que es posible. 

Fue, para mi, la prolongación, dicha en palabras, de La escritura o la vida, acaso el libro más conmovedor de Jorge Semprún, y sin duda uno de los más conmovedores relatos de vida que yo haya leído en mi vida. Dos años después de la muerte de Jorge Semprún no se me ha ocurrido mejor evocación que relatar otra vez ese momento en que fui a verle habiendo subrayado, de nuevo, aquella crónica de su vida en el campo de concentración. Aquella fue una confesión, ésta a la que ahora he vuelto completaba aquel escalofriante relato.

Antonio Muñoz Molina, una literatura llena

Por: | 05 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina ha ganado con merecimiento altísimo el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es un escritor sereno hasta en la rabia, su obra refleja su tiempo y las circunstancias en las que él lo ha vivido; su manera de narrar combina todas las formas más plenas del arte, la pintura, la poesía, la música; leerle es un placer sereno y a la vez inquietante. Jamás, ni en su literatura narrativa ni en sus ensayos ni en sus artículos, se ha dejado llevar por la banalidad o por el lugar común, que fustiga. Que un jurado, en el que he tenido el honor de formar parte, formado por distintas personalidades y sensibilidades le otorgara este galardón no sólo premia su obra sino que honra a los que firmamos el acta.

La literatura de Antonio Muñoz Molina es un recorrido hondo y emocionante por la vida de su país, por la historia del sufrimiento del mundo y por su propia experiencia personal. Con un estilo que acoge el ritmo de la música, la percepción de la que es capaz el arte y el sonido de la poesía, este narrador español no ha dejado jamás de ser vehículo de las emociones del instante que vivimos en libros que reflejan un alma que une serenidad y tormento, como El jinete polaco, El viento de la luna, Sefarad o La noche de los tiempos.

Además, es un ensayista de mirada múltiple y comprometida, sobre el arte, sobre la literatura, sobre la vida cotidiana; ese compromiso le lleva muchas veces a abordar análisis en los que no abandona el estilo que lo distingue, como en su última obra, Todo lo que era sólido, un manifiesto personal sobre la historia reciente y la actualidad de este país que es, además, su particular libro del desasosiego.

Así explicó él la esencia de su manera de abordar la literatura, y a ella responde el estilo y la obra por la que ha sido distinguido con el premio Príncipe de Asturias de las Letras: “Escribo dejándome llevar. El propio acto de escribir desata a veces los argumentos y los recuerdos. La urgencia de comprender y de intentar explicarme a mí mismo el presente me devuelve fragmentos del pasado”.

Su prosa es transparente y lúcida; que se premie a Muñoz Molina es una manera de premiar un compromiso total con la literatura. Un escritor que hace de lo que ve un motivo de reflexión personal y la expresión de una inquietud artística emocionante.

Necesidad del editor

Por: | 31 de mayo de 2013

 

Corren vientos a mi juicio extraviados sobre el futuro de la edición literaria, en el mundo y en España.

Francamente pienso que es en este país, en la España de Carlos Barral y de Mario Muchnik, por citar dos patrones clásicos de este oficio, donde más tópicos se establecen acerca del futuro de la figura del editor. Una de las figuraciones que se hacen de su papel en la sociedad cultural es que, en efecto, podría llegar un día en que ya no sea necesario el editor como vigía de los textos de los escritores.

Ese disparate no tendrá lugar, tengo esa certeza, pero se esgrime como una de las artes, o artimañas, que se está utilizando para convocar a la gente, a los lectores y a los escritores, al aquelarre del final del libro tal como lo hemos conocido.

Es una falacia muy bien controlada y muy bien orquestada. Tiene su base en la ignorancia de lo que significa la figura del editor en el proceso de creación de la cultura literaria y, más aún, tiene como objetivo extender esa ignorancia a quienes creen, de buena fe, que los libros son exactamente iguales cuando salen de las manos o de la mente del escritor que cuando llegan al público que los lee.

Está sucediendo, pues, que se da por sentado que está al caer un nuevo fenómeno, la autoedición, que consiste en que los propios autores publican sus libros sin que por medio haya esa subrogación profesional al criterio de los editores. El editor, además de publicar el libro, y ponerle su sello, que es algo distintivo, esencial, para llegar al lector con la impronta de una colección o de un nombre que lo distinga de otras procedencias, es quien orienta al escritor en sus momentos de vacilación. Y no sólo eso: lo orienta para que publique y también para que no publique, para que no se exceda o para que se exceda. Lo orienta para que sea mejor escritor, para potenciarlo, no para controlarlo; para ayudar a que sea lo que quiere ser. El resultado de esa función es mejor cuanto más anónima sea; el editor trabaja para que sobresalga el escritor, no para que sobresalga él mismo. Las tentaciones de los editores de ponerse delante de los autores acaba siempre en fracaso, porque la función del editor es la del confesor, no la del publicista.

La edición sin editores es una aventura arriesgada de la que ahora se habla porque estamos en un periodo de la vida cultural en el que la crisis lo ampara todo. La crisis ampara la idea común de que se van a acabar las librerías, como resultado final de la catástrofe que se anuncia cada día a cuatro o cinco columnas en los medios impresos y también en los medios digitales y, por supuesto, en las redes sociales. No hay un periodista que hable del futuro del libro que no coloque la palabra muerte al lado de la palabra libro. Y los actores principales de este festival son aquellos que simulan preocupación por ese futuro que están asociando precisamente con el final de la cultura escrita. Por ese hueco de la escalera hacia la nada se ha colado la idea de que la autoedición es el futuro y de que el editor no sólo ha de cerrar las puertas sino que ha de desaparecer por completo. Es común ahora escuchar que eso será así y ello resultará incontrovertible. Los mismos que lo dicen y lo alientan son los que luego reflejan, en sus comentarios o en sus críticas, que unos libros u otros están descuidadamente editados; a estos les sobran páginas, a los otros les faltan, etcétera. Como si la tarea de impedir esos desperfectos no estuviera claramente en manos del editor, y esas son las manos que dan por finalizado un libro después de que el autor estimara que ya lo había terminado.

Es curiosa la vida en general, y es muy curiosa la vida de los libros. Pensaba en estas cuestiones y las hablaba, antes de presentar esta misma tarde de viernes, en la Librería La Central de Madrid, con Pepe Ribas, el hombre que fundó Ajoblanco y que ahora ha escrito una sensacional novela, Encuentro en Berlín (Desrtino), cuando topé en una de las estanterías con un libro de recopilaciones de textos de Peter Handke, Lento en la sombra (Eterna Cadencia). Lo abrí y busqué el índice; ya había escrito el principio de este texto, y por tanto ya lo había titulado. Y encontré que Handke titula una de sus evocaciones (en este caso poética e irónica a la vez) Al editor se lo necesita. No reproduciré todo lo que dice, con su ironía de acero, pero trasladaré aquí algunas líneas: “El editor le transmite al autor cuán único es, el autor. Aunque único es sólo él, el editor. (…) Puede (valiente) estar entusiasmado y (pueril) estar herido. Y ante todo puede leer. Al editor se lo necesita”. Compré el libro, claro; hay en él suculentos perfiles de algunos editores (como Sigfried Unseld, por ejemplo, que tanto problema tuvo con Thomas Berhanrd), y hay reseñas y confesiones. El editor que lo recopiló, para la editorial que lo publica en español, tuvo que hacer una pesquisa, un esfuerzo, tuvo en cuenta al lector, y tuvo en cuenta al editor. Sin el editor este libro no hubiera existido o sería de cualquier otra manera. Sí, al editor se lo necesita. Y no, no va a ser sumergido por la ola de la autoedición. Igual que el libro no desaparecerá, el editor estará ahí siempre. Se lo necesita, que diría Handke.      

El atrevimiento de Sandra

Por: | 25 de mayo de 2013

Si eres famosa como Sandra Barneda (37 años, presentadora de dos programas en Telecinco, De buena ley y El gran debate) publicar una primera novela constituye un atrevimiento porque los lectores tratarán de hallar rasgos personales de la autora. La novela se titula Reír al viento (Suma de Letras), trata de una mujer ligeramente mayor que ella que ha roto con su pareja y se va a Bali a vivir la aventura. Liga con un tipo espectacular que luego desaparece misteriosamente; ella se cura de la incertidumbre gracias a varias compañías femeninas que le dan sosiego y belleza.

         Ella no tiene miedo a que esos rasgos de la novela se interpreten como autobiográficos y florezcan en deducciones precipitadas; de hecho, ella ha ido a Bali, pero no en ningún proceso de huida. Además, vive sola y cultiva esa soledad como un talismán. Entonces, ¿hasta dónde llega y no llega en su libro? Su cara pasa, mientras responde, por varias fases, de concentración, de susto, de desconcierto. “No llego en muchas cosas que suceden. Llego”, dice, “en el desconcierto de poder reconocer por donde tiro. Donde no llego es en la aventura de amistad que se vive”. Esos personajes “están en las venas”, en cierto modo, “con lo cual llega un momento en que también tú los has vivido”.

         Pero ella sólo lo ha escrito. “Vas escribiendo y la tinta corre por tus venas hasta que llegas a confundir las vidas de esos personajes con la tuya propia. Es muy difícil marcarte el límite”. ¿Le resulta raro que la identifiquen? “Me resulta común. Creo que en la primera novela quieren identificar al autor, qué parte de él subyace, y esperaba que eso ocurriera siendo yo una persona pública. Además, el libro está escrito en primera persona y es de una mujer, por tanto puede tener cierta lógica que si buscan semejanzas conmigo. No me molesta pero creo que se pierden los matices, la belleza de lo que escribes”.

         Es inevitable, le dice el periodista. “Sí, es inevitable… Cuando leo a Stephen King escribiendo de asesinos en serie digo: ¡qué mente debe haber detrás! Todos tenemos esa parte que aparece luego en nuestra escritura, pero esa necesariamente no soy yo”.

         Lo primero que ocurre en la novela es que la chica que huye se folla, así se dice, a un holandés que parece esculpido por Miguel Ángel (eso también se dice), pero luego el hombre desaparece. Después, la relación es idílica, con mujeres y sobre todo con una mujer. ¿Le preocupó que se trasladara esa trama a la de su propia vida, que se interpretara la novela como autobiográfica? Ella dice “no, no”, y precisa: “Ella viene de una relación de toda la vida con la que no se aclara, con un hombre, y tienen un hijo en común. Lo que ella descubre en esa relación que luego viene es que eso es parte de su libertad, de su despertar, de dejarse llevar sin más. Mi vida es completamente distinta, no tiene nada que ver, pero sí me apetecía mostrarlo. En mi primera novela tiene que aparecer una historia homosexual, me apetecía y creía que debía aparecer porque forma de mi mundo y del mundo”.

         Pausa y advierte: “No me hubiera gustado que se centrara en eso, me parecía muy básico para quien lo leyera; no es lo más importante de la novela pero sí, está ahí”.

         La escribió, ahí está. ¿Cómo se quedó? “Bastante vacía, transformada porque también yo he vivido un viaje con ella, e incluso me he sentido triste por tener que despedirme de mis personajes”. ¿Y cómo está ahora, en qué momento? “En uno de atreverme, de estar conmigo. Era un miedo muy grande escribir, tenía ganas de escribir una historia sobre cómo quieres plantearte la vida”.

         Soledad, incomprensión, desconcierto, soledad, culpa. Una mujer famosa, “una tía buena” como la que se describe en la novela, qué raro que se rodee de esos vocablos. “Las personas no somos la primera capa, tenemos muchas más. Ese personaje de la televisión va más allá de ese éxito. Y por las vivencias que he tenido mi demonio es la culpa”. ¿De qué? “De fallar, de hacer daño. En mi vida personal y en mi vida profesional”.

         La fama acaricia y hiere. “Es una ficción, y si te la crees enfermas. Ahora integro la fama, pero no sirve para vivir de ella. Mi vida es otra cosa, tengo otras pasiones”. El libro es un atrevimiento. ¿El próximo? “El próximo atrevimiento será producir televisión”. ¿Y a nivel personal? “Buscarme por dentro. Ese es mi atrevimiento”.

         El libro, dice, “me sirvió para canalizar emociones que tenía enconadas. Sana si eres honesta, claro, y yo lo he sido. Ojalá me embarque en otra”. Cae una tormenta sobre Madrid y ella se va su casa. El templo, dice, de su silencio. La tormenta está en la ciudad. Con el libro dice que halló sosiego.

Los años con Carlos Fuentes

Por: | 18 de mayo de 2013

La ausencia de Carlos Fuentes, que murió hace ahora un año, supone un hueco enorme, una herida que ya es, como él, parte de la historia.

Hay personajes y literaturas, y a veces unos y otras van cada una por su lado. Carlos Fuentes era un personaje y una literatura, y los dos factores caminaban juntos, y muy acompañados. Carlos era un nombre propio, gravitaba en torno a él un mundo, y no era tan solo su mundo; era el impulsor de un torrente en el que él era uno de los principales atletas, y a él se concedió en un momento determinado la obligación de ser, además, el que pregonara la existencia de un grupo que resultó esencial y que ahora es parte de la historia, pero además de la historia en marcha. Porque el impulso que él mismo agarró en los sesenta, junto con sus compañeros de partida, no ha cesado de dar frutos.

Fuentes era un hombre para todas las estaciones literarias, pero también lo era cuando se trataba de intervenir en la política, en la adivinación de las tendencias, en la especulación sobre el futuro del universo o de la patria chica. Y era, además, un colectivo, el motor de un enorme vagón en el que, como decía Anthony Burgess de la obra de Shakespeare, cabía todo un universo. Él fue, por decirlo así, el primer portavoz del boom, y antes de morir dejó dicho que estábamos en otro boom, que las nuevas generaciones venían a hacerlo mejor. Su energía tenía también el valor de la generosidad: la derramó hasta donde mandan el magisterio, para que la experiencia no abrumara al que viniera, sino para que el nuevo sintiera que era igual o mejor que el antecesor.

Era él y el mundo a la vez, y tenía potencia para llevar esa carga como si volara. Era ágil como conversador y como escritor; su pluma pesaba por lo que decía, pero volaba. Fuentes era uno que volaba escribiendo; hizo de lo profundo lo ligero, como querían Jorge Guillén o Eduardo Chillida, y nunca lo vimos desdeñando lo superficial si esto le venía bien para la ficción, ni jamás lo vimos dejando a un lado el peso de las ideas si ellas le convenían a la discusión a la que lo sometió todo. Fue el autor de En esto creo y de Los años con Laura Díaz; procuró el pensamiento y la historia, y las dos entidades del intelecto y de la imaginación las juntó en una escritura que jamás fue ceñuda o cejijunta, sino veloz y audaz, como si estuviera siempre sorprendiéndose de los hallazgos y de los azares de los que son capaces las palabras. Hasta que murió estuvo jugando con los escenarios de la literatura, y en Federico en su balcón, su novela póstuma, mezcló poesía, teatro y novela como si estuviera despidiéndose y afirmándose en todo lo que supo para tomar de nuevo impulso hacia cualquiera de esos ríos en los que nadó como nadie.

Cuando era escritor también era un personaje público, un agitador cultural y político; y cuando era un testigo y lanzaba su opinión acerca de lo que ocurría era un escritor y también un protagonista. Nada le era indiferente, y él no fue jamás indiferente, aunque a veces se desentendía, en la conversación, de los incidentes que dañaban la comprensión cabal de lo que ocurriera; era un novelista, pero no era anecdótico; era un ensayista, pero conocía el valor de la anécdota para precisar su pensamiento. Era un intelectual de opiniones contundentes y era un autor de ficciones tan diversas como su conversación o como su imaginería. Además, era un historiador, rebuscaba en nuestros espejos enterrados para darnos una visión de lo que pasa ahora, de lo que pasaba, en todo caso, basándose en lo que ya pasó. No dejó sin línea un minuto de su vida, y aunque su estilo se acomodó su gesto, a sus años y a sus experiencias, siempre hubo en Fuentes una sola literatura, un sonido igual, un tono, que era inequívocamente el tono de Carlos Fuentes.

       Como suele suceder ante desapariciones tan alevosas para la constitución del cuerpo literario al que pertenecía, su hueco no es solo el de la persona, el personaje y el escritor. Es, también, el hueco que deja su propio nombre en relación a otros. Él fue el pilar del boom, el que alentó desde la amistad (y desde la necesidad del momento) aquella pulsión literaria colectiva que aspiraba a convencer al mundo (y en gran parte al mundo español) que en el otro lado, en América Latina, se estaba haciendo una literatura diversa que había roto las amarras del costumbrismo y que constituía un desafío formidable que ya no se podía soslayar. Como un editor, y con la complicidad de editores preclaros allí y aquí, y con la asistencia impar de Carmen Balcells, la agente total, Carlos Fuentes se puso delante del desfile y fue señalando a cada uno una tarea. La primera tarea fue la de procurar que la amistad que los juntaba fuera también un elemento eficaz en la comunicación de la noticia: hay una literatura que no se puede dejar de lado y se está haciendo aquí, en América Latina. Nadie dijo boom, eso vino luego. Luis Harss le fue a ver para su memorable libro Los otros y allí Fuentes le señaló el camino: vete a ver a los colegas, a Cortázar, a Vargas Llosa, a García Márquez. Los fue señalando como el propio Gabo decía, en Cien años de soledad, que se fueron nombrando las cosas nuevas en Macondo.

       Ese momento fue muy especial, el del libro de Harss y el de las indicaciones de Carlos Fuentes, que fue, por decirlo así, el tercer editor del boom. En Barcelona fue Seix Barral, en América fue Sudamericana, y por encima de esas estructuras editoriales benéficas estuvo la mano y la voluntad de Carlos Fuentes. Esa fue una gestión propia del entusiasmo y provenía de un sentido profundo, y extremadamente útil en términos de comunicación literaria, de la amistad. Fueron afinidades electivas las que convocaron en torno a aquel libro fundacional, Los otros, a una serie de escritores que luego serían, en efecto, los que dieron voz a la palabra boom y aún siguen resonando como una de las mejores cosas (con la generación del 27, por ejemplo) que le pasaron a la literatura en español en el siglo XX.

       Ese momento fue un milagro que tiene sus propios títulos. Hubieran nacido de igual manera, sin duda, pero ese impulso de comunicación que hubo en torno a esta llegada de los bárbaros (así la llamaron Jordi Gracia y Joaquín Marco en un libro que debería haber circulado más) resultó esencial para que la literatura hispanoamericana de aquel momento hiciera su insólito viaje universal. En un texto de 1971, publicado en España por la impagable revista Cuadernos Hispanoamericanos, que entonces dirigía Félix Grande, Julio Cortázar advertía que un día en todo el mundo de habla española se tendría noticia del valor diverso que tenía la calidad de la literatura hispanoamericana que estaba escribiendo gente como él. Cortázar cifraba en el cuento el género más fértil entre los que practicaban sus colegas. Y es verdad que el cuento fue, y sigue siendo, un patrimonio mayor de estas literaturas hispanoamericanas, desde Horacio Quiroga y el propio Cortázar hasta Onetti y, cómo no,Carlos Fuentes.

       Pero la novela era ya un asunto contundente en la expresión escrita de la inspiración de los colegas del boom. Frente a la novela española, que se estaba desperezando, abandonando poco a poco los materiales del realismo social, los escritores latinoamericanos que habían sido convocados por el entusiasmo de Fuentes y de los restantes editores ya habían dado de sí obras maestras, como Rayuela, Cambio de piel, Tres tristes tigres, Cien años de soledad o La ciudad y los perros. El éxito fue imparable, y no fue, como es evidente, flor de un día. El sonido del boom sigue hasta hoy, aquellos autores siguieron siendo fértiles hasta su muerte, en los casos de Cortázar, Fuentes y Cabrera Infante, y ninguno dejó nunca que disminuyera la exigencia literaria que convirtieron en tan promisorias sus primeras literaturas.

       En ese aliento que dura hasta hoy, y que seguirá durando, fue un componente principal, casi fundacional, la respiración de Fuentes, el aire imparable de su sentido del tiempo que se estaba viviendo cuando le señaló a Harss y a sus colegas el camino: escribir es también comunicar, aliarse con editores para convertir lo que se hace en un acontecimiento. Él fue, digo, el tercer editor del boom, su pilar literario y comunicativo más preclaro, y más solidario en aquel momento. Al final de su vida reeditó esa confianza, en un libro que seguro que hubiera seguido revisando, La gran novela latinoamericana. Los que somos testigos de cómo procuró que fueran conocidos los jóvenes que vinieron luego sabemos que no fue una casualidad que fuera él, precismaente, el que se fijara en aquellos amigos suyos de los años 60, cuando todos eran unos chiquillos, para decir que la voz literaria de América Latina merecía la atención que se debe reservar a las grandes literaturtas. Y él era consciente de que estábamos, ahora mismo, en una especie de renacimiento de la voz. Y él volvía a ser ahora su veterano portavoz.

Sergio Ramírez, música entre las flores

Por: | 10 de mayo de 2013

La escritura de Sergio Ramírez, que publica ahora en España y en América Flores oscuras (Alfaguara), está teñida por el texto imprescindible de la novela contemporánea, es decir, de la que arranca en Miguel de Cervantes y se instala en la modernidad más rabiosa demandando de los narradores lo mismo que siempre fue necesario en los cuentos  y en las novelas: que lo que cuenten parezca real. Y, además, que tengan música.

          He leído ese libro de cuentos, en el que hay asesinatos, sexo, venganzas, amistades y odios, como si cada uno de esos fragmentos oscuros (y claroscuros) hubieran pasado realmente, pero no sólo en Nicaragua o Costa Rica, que son dos de sus escenarios, sino en mi casa de Tenerife, en mi barrio, en el barranco de mi barrio, bajo la carpa del circo que venía cada año a nuestros descampados. Los personajes (el asesino, el bueno, el imperdonable y el que perdona, el inolvidable y el que olvida, el mago y el que se traga el fuego) son, también, aquellos a los que yo vi en mi infancia y en mi adolescencia, aquellos a los que vi luego, o entreví en las pesadillas, o aquellos de los que me hablaron mis padres, mis amigos, antes o en cualquier tiempo. Incluso ahora mismo.

          Él dice que cada uno de esos relatos, que son, efectivamente, flores que halla en los intersticios de la gloria cuando ésta es también miseria, como aquellas flores de muerte de la célebre película Muerte entre las flores, son sucesos que leyó en la prensa. En su mayoría, esa es la procedencia. Luego está la cocina sutil del escritor, que convierte esos sucedidos tremendos en historias que ya pueblan la mente como si la ficción se dijera al oído. Así ha escrito siempre Sergio Ramírez, como si la realidad le fuera diciendo, con su aliento tantas veces increíble, lo que pasó, y ese es el material de sus ficciones. Pero hay un material que no dan ni las crónicas ni las noticias, ni siquiera los rumores que circulan en los pueblos y en los barrios como dagas circunspectas. Eso que faltará siempre para que una obra de escritura sea también, aparte de periodismo o noticia, obra de arte, es lo que cada vez más tiene Sergio Ramírez en su balance de materiales en este caso intangibles: ritmo, música, capacidad para susurrar, como Borges, lo que parece que no ocurrió pero que en el instante mismo en que resulta dicho ya parece que pasó de manera incontrovertible.

          Ese es el tono cervantino, y borgiano, que se ha apoderado de manera muy fructífera de la escritura de Sergio Ramírez;  él ha reservado ese susurro, ese sosiego sin límites, para cada uno de los ámbitos en que se desarrolla su actividad literaria: los artículos, los relatos (como estos de Flores oscuras) y las novelas, e incluso en los ensayos más largos cuya base es la experiencia de oír además de la experiencia de leer. El otro día le pregunté en Madrid a Sergio Ramírez de dónde podría venirle esa música que le emparenta con Rubén Darío, con Lorca, con Borges y con Octavio Paz, por citar un cuarteto que también podría ser un cuarteto musical. Me había enseñado la foto de su nieta más chica tocando el piano, pero de eso hacía un rato. Así que su respuesta no tuvo necesariamente relación con ese detalle tan preciso, la foto de su nieta tocando el piano.

          Lo que me dijo, terminando un whisky de malta que le habían servido cerca de donde solía comer Lorca con Cernuda, precisamente, en el renovado restaurante Carmencita de Madrid, fue que su abuelo le llevaba muchas veces a tocar el piano, y que quizá sea el recuerdo de esos ritmos que aprendió entonces lo que seguía dentro de su cabeza desde entonces, y que son esos susurros los que ahora se le ponen en las manos cuando escribe. Mientras lo decía recordó algunas melodías, y de vez en cuando las tocaba sobre la mesa de mármol, como si estuviera reproduciendo en su recuerdo de ahora los sonidos de antaño.

          Lo verdaderamente notable de este libro, además, es cómo ha combinado la escritura burocrática de los atestados, a los que recurre en algunos casos para explicar asesinatos o reyertas, con ese aprendizaje ya inapelable del ritmo. Cómo ha sido capaz de hacer escritura poética recurriendo tan solo a lo más alto de los materiales de la narración o del texto: el ritmo, la música. Si un cuento es un puñetazo en el aire, que decía Azorín, estos de Sergio Ramírez son como los hachazos de los que hablaba Cabrera Infante para decir cómo hubiera escrito Alejo Carpentier acerca del asesinato de Trotsky.

          Después de hablar de esos ritmos y de esas flores oscuras hablamos un rato de su tiempo en la revolución sandinista y luego en la política. Ya escribió de ese periodo, en parte, en Adiós muchachos. No le dije nada, pero cuando le pregunté por la última vez que estuvo cerca de sus antiguos compañeros (y sobre todo del más conocido de sus antiguos compañeros de lucha), percibí que en el alma de este narrador formidable se le está deshaciendo un nudo del que saldrá alguna vez una memoria que pugna por decir su nombre.

          Ojalá, será otra lección de ritmo interior, otra manera de explicar la vida como quien hace sonar los nudillos para que el resultado sea otra melodía inolvidable.

Todo lo que parecía sólido en Valencia

Por: | 05 de mayo de 2013

Ves el cielo de Valencia, lleno de agujas arquitectónicas que ahora parecen la patética comprobación de algunas de las metáforas aportadas por Antonio Muñoz Molina en su ensayo manifiesto Todo lo que era sólido (Seix Barral), y ahí encuentras la vía para entender qué pasó en esta región cuya prosperidad se basó en un tiempo en este tipo de agresiones al paisaje.

Ese skyline goza de todos los ingredientes de la filosofía estética que se acuñó con el apellido de Calatrava. Lo que lo compone es a la vez grandioso e inútil. E hiriente. En los filos de estas construcciones que quisieron hacer de Valencia una Manhattan mediterránea relacionada con Dios pero sin hacerle ascos al Diablo (del dinero fácil) hay una apelación arrogante y desesperada a la grandeza, a la grandeza del cemento y de la piedra.

El resultado de aquel desmán es hoy una tierra empobrecida, bajo cuyos lodos empiezan a regurgitar ahora preguntas que ensombrecen sin paliativos aquel periodo de esplendor supuesto que también lleva los apellidos de Camps, Barberá, Cotino, y los seudónimos de El Bigotes o Gürtel. Como las preguntas no pueden esperar para siempre, unas muy sencillas, lanzadas desde un programa de televisión (Salvados, La Sexta) por un joven periodista de apellido Évole, han servido de cauce para que los valencianos (y todos los españoles) vean sin tapujos y oigan sin manipulación alguna lo que tenía que decir uno de esos apellidos (Cotino) acerca de uno de los escándalos más sofocantes del pasado. Y no tenía que decir nada.

La actuación de Cotino ante las cámaras del programa de Évole ya ha dado la vuelta al mundo de las redes sociales, y este viernes se concentró como una sola persona preguntando en la Plaza de la Virgen de Valencia, adonde fui yo también, propulsado por aquella actuación televisiva y por el hecho cierto de que los ciudadanos hemos de preguntar, seamos periodistas, jueces o zapateros, siempre que en el horizonte de un hecho se guarde adrede una sombra. En ese programa se denunciaba el silencio al que el Gobierno valenciano sometió el accidente más grave habido aquí, el de metro Jesús, en el que perecieron en 2006 43 ciudadanos de toda edad y condición. Ya se sabe, porque lo han dicho quienes estaban allí, cómo se comportó la comisión de investigación, manejada por los gobernantes (entre ellos Cotino, que era consejero; ahora es presidente de las Cortes), para dejar en nada las preguntas que había acerca de lo que había sucedido. En el programa, Évole hizo esas preguntas, se las hizo a Cotino, y éste reclamó su derecho a seguir callado. La gente ahora ha salido masivamente a la calle, impulsada por ese programa, a hacerle las mismas preguntas. En la calle, junto a las iglesias que él frecuenta como católico.

Estuve allí, escuchando, oyendo hablar, hablando con algunos de los concentrados. Fue un día de reivindicación y de periodismo, el día, precisamente, de la Libertad de Expresión en el mundo. Por la mañana, trabajadores de la Radiotelevisión Valenciana, en lucha por sus puestos de trabajo, pidieron perdón a las víctimas porque estos canales oficiales nunca se han ocupado de sus reivindicaciones. Y por la tarde la gente concentrada celebraba que, con otros medios valencianos que no están bajo el control de la Generalitat de Camps y sucesores, este programa de Évole viniera a arrojar luz sobre un hecho aviesamente silenciado para que se viera mejor la visita del Papa.

 

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal