Sobre el Blog

Lo que pasa y no se cuenta. Lo que se ve y no se dice. La actualidad y el pasado en un blog que mezcla artes, política y fútbol. Como una plaza pública.

Juan Cruz, escritor y periodista canario, adjunto a la dirección de EL PAÍS. Su último libro es 'Ojalá Octubre', y el próximo, 'Toda una vida preguntando'. Es autor de 'Una memoria de EL PAÍS'.

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17 mayo, 2008 - 10:49 - Juan Cruz

Pues yo estoy con Telma Ortiz

Pues yo estoy con Telma Ortiz,. Hablan ahora de defectos de forma en la presentación de su alegato; lo que su alegato dice, y eso es lo que el juez debe tener en ecuenta, y la opinión píublica también, es que no tiene ningún sentido que la prensa rosa, y la que se viste de rosa, acose a las personas en cualquier circunstancia y con cualquier motivo; que se utiulice la cámara lejana, la cámara oculta, cualquier artilugio para retratar o relatar momentos particulares de las personas públicas; nadie tiene derecho a hurgar en la vida del vecino, pero la prensa y los jueces están abriendo las compuertas de esa posibilidad, y eso no atañe a Telma Ortiz solamente, sino a muchísima gente cuyas vidas han sido destrozadas o puestas en peligro por supuestos periodistas que las persiguen de palabra y de obra, y que utilizan micrófonos públicos (y también de medios públicos) para reseñar sinsetidos de actos sin sentido público alguno de seres humanos, de ciudadanos, que tienen todo el derecho a la intimidad que les da la Constitución para hacer lo que les dé la real gana. Estoy con Telma Ortiz porque estoy contra el cotilleo que se ha impuesto en la conversación española como una manera falkaz de relacionarse y de dar a conocer a la gente.

16 mayo, 2008 - 08:18 - Juan Cruz

Sapore di sale, sapore di mare

Es una sensación extraña abandonar la ciudad en fiestas (unas fiestas que incluye esa reunión Gallardón-Rajoy que parece decisiva en la narración de los futuros hechos del PP) y venirse a un lugar en el que la gente trabaja; tranquilidad en la playa; había un hombre, en un café, diciendo que aquí no viene ni dios, y el camarero le decía: "Es que la gente está trabajando". Yo me estaba tomando un vaso de agua, y en ese instante trabajaba, la verdad, por teléfono, trataba de resolver cualquier asunto, pero estaba poseído por la maldita mala conciencia que me domina cuando dejo de trabajar y no es fiesta en el calendario laboral, sino en la ciudad. Así que luego calmé la mala conciencia trabajando toda la tarde, mientras el mar reverberaba bajo un sol perfecto, casi veraniego, que se abrió entre las nubes de la mañana. Casi no me encontré con nadie en la playa, mientras caminé, en las primeras horas del día. En el paseo me encontré con dos buenos amigos, Ingrid Wessels, una novelista alemana que habla el español con la fluidez de una poeta, y con el doctor José Toledo, uno de los grandes cirujanos del mediastino que hay en España, y que alterna su vida entre Madrid y este lugar, que fue donde nació. Y no me encontré con casi nadie más. Y tampoco con inmigrantes, debo decir; por las noticias que uno lee habitualmente por ahí se podría pensar que en este lugar, como en otros de las islas, uno saldría a la calle y se estaría abriendo paso entre inmigrantes, y sobre todo entre inmigrantes negros, que son los que vienen de manera incesante (esto sí es verdad) en los cayucos que proceden de África. Un buen amigo me contó anoche que una vez se encontró en Santa Cruz con dos periodistas italianos que venían intrigados por el destino de esas avalanchas, y se extrañaron de no verlos en la calle. Es que la información se da a la mitad: los cayucos vienen, eso es cierto, y luego los inmigrantes (menos los menores) se dispersan, van a otras ciudades españolas o son repatriados. Esa foto de la repatriación no existe, y también existe la foto de la dispersión. Por eso ni los italianos ni nadie saben (como me decía una amiga) que el número de inmigrantes que vienen en cayucos es infinitesimal con respecto a los que vienen por otros procedimientos, y además los que vienen por otros procedimientos se quedan, y son blancos. Venía yo con esta información en la cabeza, y escuché en la radio lo que está sucediendo en Italia, esa mecha que Berlusconi ha encendido contra los inmigrantes rumanos. Italia fue un país de emigración y ahora es un país de acogida; hace años, Juan Cueto me contó lo que dijo un albanés al llegar a Brindisi y ser rechazado por los gendarmes italianos de entonces: "No importa, ya he visto las luces de Brindisi". Estos rumanos (o gitanos, o de otras nacionalidades) ya estaban bajo las luces de Brindisi, pero ahora se les negará el pan y la sal, ese sapore di sale que hizo de Italia una fiesta y una esponja  y que ahora se convierte en una sombra bajo la que bailan las consignas fascistas y los brazos hitlerianos. La mala información, o la información a medias, alimenta una bestia, y luego la bestia da bandazos, se encierra sobre sí misma y primero arremete, en medio de la crisis o de cualquier circunstancia adversa, hasta contra los inmigrantes que no existen. No importa, siempre se puede inventar una estadística para que nuestro corazón, el corazón que rechaza, se halle más contento en su tarea de expulsar. Es lo que está pasando en Italia, ojalá no pase nunca, ni así ni de ninguna manera, en este país. Síntomas haylos.

15 mayo, 2008 - 10:33 - Juan Cruz

Los autonautas de la cosmopista

Los autonautas de la cosmopista se publicó en 1983, poco antes de la muerte de Julio Cortázar, inmediatamente después de la muerte de Carol Dunlop, la compañera del escritor que le acompañó en ese viaje sentimental por las carreteras de Francia. El otro día, desde Buenos Aires, titulé una de mis crónicas con el título de ese libro, que yo leí en su día, imagino como muchísimos otros lectores, como una carta de amor, y con la misma pasión (sentimental también) con la que habíamos leído décadas antes la imborrable Rayuela. Los autonautas estuvo en casa en la primera edición, y ha estado casi en todas sus ediciones; es un libro que es como un abrazo, y siempre que lo veo lo quiero abrazar, tener conmigo como si estuviera prolongando su vida. No es, ni mucho menos, de lo mejor de Cortázar, ni este es el baremo por el que lo quiero tanto; es porque me parece el más amistoso, el más generoso de los libros de Julio, aquel en el que expresa de una manera más secreta pero más obvia su necesidad de amor y de afecto; es el libro de la amistad y de la vida. Lo compré, la última vez, ese día en Buenos Aires, cuando iba a escribir la crónica que se llamó como su título, y de hecho a todas las crónicas porteñas (mi amigo el editor Augusto di Marco me explicó que no debía decir bonaerenses en estos casos, Buenos Aires es la provincia, los de Buenos Aires son porteños) les puse un título o una frase de Cortázar, y buena reprimenda que me llevé cuando a la primera de todas la llamé La continuidad de los parques. Y ahora me he traído el libro a Tenerife, a dejarlo aquí, entre los libros que parecen propios de una biblioteca ordenada, gracias a mi hermana Candelaria, que le quitó caos al desorden que iba teniendo. En fin, lo que quiero decir es que lo he traído aquí por un recuerdo muy especial. Cuando lo leí, en aquel entonces, decidí que debíamos hacer un viaje por toda la isla, recorrer sus caminos y sus montes y sus pueblos y sus barrios, y que debíamos comenzar por Masca, que tiene un misterio especial, casi ancestral, un lugar bellísimo y escondido, de difícil acceso y de un sonido muy atrayente, muy hondo. Y allí fuimos, a imitar a Julio, iniciando una excursión que debía tener muchas etapas. Llegamos a Masca, aparcamos el coche de alquiler, almorzamos en un restaurante que imitaba la antigüedad guanche y regresamos al coche, para enfilar hacia el Teide. Cuando abrimos la puerta del equipaje vimos que había desaparecido la máquina de escribir, la maleta, los libros, los papeles. Y seguimos hacia el Teide, descorazonados y mustios. Perdimos la ilusión del viaje. Ahora creo que lo vamos a hacer de nuevo, para eso me estoy equipando ahora. Empezaremos por Masca, cómo no. Más de veinte años después.

14 mayo, 2008 - 08:24 - Juan Cruz

Querer comprender, otra vez la muerte y el nuevo teclado

El País ha ganado un premio internacional, el Newspaper, por la campaña con la que se difundió la nueva etapa del diario, Querer Comprender. Es una excelente noticia que colma, en parte, el esfuerzo que el equipo encargado de aquella campaña en octubre del pasado dedicó a contar cómo iba a ser el periódico nuevo. Registro aquí el hecho porque no siempre los periodistas hablamos de esa parte fundamental de la vida de los periódicos, la que protagoniza la gente que alimenta la imagen de los diarios, la difunde y la consolida, la gente de marketing y publicidad. Esa es una excelente noticia para una excelente campaña, cuyo enunciado, Querer Comprender, tanto tiene que ver con la ansiedad de este tiempo: qué pasa, cómo debe contarse, qué es lo importante de lo que pasa, ¿y lo entendemos? Vivimos un tiempo en el que el exceso de información, y los excesos, requieren una pausa que acaso no se tiene para lo importante ni para lo accesorio. Ese eslogan está, como se dice, muy bien traído, y ahora que ha pasado el tiempo es cuando mejor lo podemos comprender.

Aplicado a lo que pasa, he aquí hoy una noticia de calibre conocido pero igualmente duro. Lo que ya pasó y es grave, sigue siendo grave, y aún más grave se presenta cuando vuelve a pasar. Acaba de ocurrir de nuevo la muerte en Euskadi; la mano asesina, basta una mano asesina, rompió otra vez la armonía del día, puso a este país ante la puerta de la desgracia, manchada de nuevo de sangre, de la sangre reiterada y terrible de la muerte. En fin, hasta cuándo es una pregunta que se estira cada vez que Eta mata, y hasta cuando es una soga que envuelve de terror la propia pregunta. Hasta cuándo.

Hoy escribo otra vez en el viejo ordenador que se había llevado Juan Saavedra, el sobresaliente informático. Lo ha traído con un nuevo teclado. Es un poco más rugoso que el anterior, como si fuera un inquilino nuevo, con otra voz, en esta escalera. Lo envió a Alemania, porque esos teclados sólo se arreglan allí, y ya se lo han devuelto rehecho. Ahí está, todas las letras con su definición y su claridad, cada una esperando su oportunidad bajo los dedos, involuntarias pero firmes, dispuestas las teclas a ayudarme a comprender, quieren comprender también las teclas su función respectiva, la función de la a o de la x, la función de las mayúsculas y de los puntos y de las comas, la función diversa de la letra m, para el amor, para la madre y para la muerte, la l de libertad y también de lesión y de lectura, y así sucesivamente...

Mal día en Madrid. Anoche acabamos cantando Zamba de mi esperanza. Y ahora ya ves, la esperanza está rota, como los carteles del día del amor frraterno al final del día en Jauja, aquel notable relato de Luis Alemany Colomé.

13 mayo, 2008 - 07:40 - Juan Cruz

5.000 caracteres

Se escucha desde el norte el paso lento e inexorable de Mayor Oreja. Los ecos de ese modo de caminar vienen de lejos, de Bruselas por lo menos, pero ya están cerca del frente de Madrid, y avanzan sobre Mariano Rajoy, él ahora siente el aliento del candidato restante, se prepara la refriega y ahora ya se vislumbra, en la sombra de la crisis, la claridad de la silueta de una nueva figura. Cherchez le candidate, se llama Mayor Oreja.

Ese es un tema, asoma. El otro, Telma Ortiz. Estoy con ella, no hay derecho a que en este país la gente de la prensa persiga a alguien por ser familia de alguien, y tampoco tienen derecho a perseguir a los famosos o a los populares. La prensa rosa tiene el mismo derecho que la prensa, es decir, el mismo que los ciudadanos, y uno no puede fisgar en la vida privada ni en la vida de los demás. Los límites son los límites, existen, o en todo caso la gente privada tiene derecho a dibujarlos. Faltaría más.

Y tres. Estuve todo el domingo y parte del lunes tratando de descifrar un aviso que me puse en el móvil: 5.000 caracteres. Obviamente, quería decir que escribiera 5.000 caracteres. Pero, ¿de qué? Estuve buscando en mi memoria y no hallé por ningún lado una clave que me ayudara. 5.000 caracteres. Y ayer a media tarde me llamó desde Buenos Aires mi amigo Jorge Fernández, de La Nación. Me había pedido 5.000 caracteres sobre Vicent y sobre Millás y no se los había enviado. Uf, qué alivio. No me gusta incumplir compromisos, y aquella nota me traía obsesionado. Lo escribí. Escribir es como quitarse una culpa, y ayer fue como hacer un deber que se había quedado en el misterio de ese aviso: 5.000 caracteres. ¿De qué? Bueno, pues ya está, revelado el misterio. Millás y Vicent y viceversa.

12 mayo, 2008 - 08:23 - Juan Cruz

El sonido español

Otra vez, este país. Superada la resaca de la noche en blanco que te depara un viaje transoceánico en un avión que no deja reclinarte, otra vez el sonido español. En la portada de El País, que a María San gil no le gusta el sonido aparentemente paranacionalista de su partido. En Abc, que la vicepresidenta se junta con un polígamo, y no es que se juntara, es que aparecía en una foto ella con la familia del polígamo, pero, en fin, esa superposición de intenciones dará mucho que hablar al tertuliaje. En la de Publico una sorprendente declaración de Gustavo de Arístegui, del PP. No le llaman, no le escriben, se siente mal, pero lo suelto: "Mucha gente me ha pedido que me presente". ¿Arístegui? ¿Que se presente? ¿A qué? A presidente. ¿Mucha gente? Mucha gente pueden ser tres. Un día me llamó Héctor del Mar, un locutor radiofónico que cantaba con mucho énfasis los goles. "Tengo una noticia. Me han hecho un contrato millonario". Le daban un millón de pesetas por pasarse de emisora. Un millón. Mucha gente. Un millón sabemos lo que es, o lo que era. Pero, ¿cuánto es mucha gente? El sonido español. Seguiremos escuchando, mucha  gente seguirá escuchando.

Ah, y el Barça. Qué desastre. Y cuánto lo siento. Guardiola es mi esperanza, la de mucha gente.

11 mayo, 2008 - 12:43 - Juan Cruz

Los europeos primero y los demás pa´tras

Después de aterrizar, los pasajeros que veníamos ayer por la mañana en un avión de Pluna desde Montevideo formamos las filas para que controlaran nuestros pasaportes. Cuando me tocó entregar el mío, un policía de mayor rango se fue paseando por las cabeceras de las filas con este grito: "¡Los europeos primero y los demás pa´tras!". Los demás, los que tenían que ir pa´tras, eran mayormente uruguayos; ellos tuvieron que oír, en ese castellano que a veces usan las desconsideradas autoridades españolas, que es verdad lo que la prensa del Cono Sur ha publicado estos días, que la inmigración española se ha puesto intolerante e imposible; lo que no decía la prensa argentina o uruguaya era que había policías así de desconsiderados, que van gritando por ahí cuáles son las prioridades españolas. Y, además, por qué las colas no se hacen con el criterio con que están marcadas las ventanillas: los otros pasaportes a un lado, y al otro los pasaportes europeos; de pronto, en Barajas se han saltado las viejas equivalencias, y se han cargado la inexistencia de prioridades: los que vienen de Uruguay y son uruguayos, pues a la cola de los que no son españoles, vale, pero ¿por qué hay que gritarles que ni siquiera pueden ir a presentar su pasaporte cuando les toque por la sagrada ley del primero que llega a la cola? En fin, me estoy liando un poco pero es que estoy indignado. Nos pasamos la vida hablando de los cuatrocientos millones de hispanohablantes, de la cultura común, de lo que los hispanoamericanos cuentan en la construcción del imaginario global de la lengua y la cultura, y después llega un hombre uniformado de azul y contrapone a los europeos frente a los que se tienen que quedar pa´tras. Mala manera de volver a mi país. Una señora me dijo luego, mientras esperaba las maletas: "He venido con mi marido al cumpleaños de su mamá, cien años". Uruguayos que son españoles como nosotros seríamos y fuimos uruguayos. En fin. Después ya salí al lugar de los taxis: lleno de colillas, un humo de tabaco que parecía la peor bienvenida a una tierra que tendría que limpiarse un poco para que aquel policía de mayor rango pudiera decir con cierto sentido que llegamos a Europa. Después ya agarré el taxi, me vine a casa y veo que ustedes toman mucho café. A ver si me invitan, porque vengo muerto de los asientos de Pluna.

10 mayo, 2008 - 12:32 - Juan Cruz

Montevideanos

La primera vez que vine a Montevideo me trajo Fernando Esteves, el editor; él era un joven de poco más de veinte años, dirigía aquí la entonces pequeña delegación de Alfaguara, para la que en definitiva trabajábamos los dos, él acá, yo en España. Sería, calculo, 1994. Fernando me sorprendió por la nobleza, la madurez y la discreción activa con la que resolvía asuntos propios del mundo editorial y asuntos propios de la vida propiamente dicha. Fue una sopresa que se abrió a una evidencia: así, nobles, maduros, discretos, activos pero silenciosos, eran muchos montevideanos; cálidos, tranquilos, íntimos, interiores. Él me fue mostrando la ciudad, desde la parte vieja a las grandes avenidas que circundan el Mar del Plata y reciben el nombre de La Rambla. Entonces estaba aún deprimido Montevideo, quiero decir más deprimido que habitualmente; pero lo que le pasaba, y le pasa, a Montevideo no es una depresión sino una espera; es una ciudad, como Uruguay como país, en perpetuo estado de espera, como si un día hubiera perdido algo en un viaje y todavía estuviera aguardando su devolución; por las tardes, y esto me lo mostró Fernando, se iban y se van a La Rambla a ver cómo cae el sol; hay poca gente viendo cómo viene el sol, cómo se produce, como de milagro, esta luz montevideana, pero por la tarde hay una multitud viendo cómo se pierde el sol, lenta pero inexorablemente, ese gran tesoro abandona el mundo y apaga la luz, luego casi de penumbra, de Montevideo. Y ellos se ponen allí a ver cómo lo pierde; dicen que les da vida, y yo creo que les acrecienta su melancolía. Ahora he vuelto a andar por la ciudad, me han llevado Fernando Rama, Virginia Arlington, Virginia Morales, amigos y compañeros de Fernando, que ya voló, primero a Buenos Aires y ahora a México, y en estos recodos que muchas veces parecen los recodos de mi pueblo ellos me lo han recordado, y cómo no también hemos recordado a Onetti, hemos querido visitar, y hemos visitado (pero de esto habrá en seguida una crónica en elpais.com) a Mario Benedetti, con su amiga y biógrafa Hortensia Campanella, hemos estado en Linardi, viendo libros viejos que me devuelven la salud y la mirada..., y hemos querido a Montevideo como parte del alma que nos hizo la historia. Ahora aquí ladran perros, como si fueran los perros que ya ladraban en 1944 y estuviera esperando, bajo el cielo aun descolorido de Montevideo, que amanezca de una vez a ver si viene lo que Montevideo espera. Es curioso, he corregido el texto para pasarlo a publicar y de pronto se han callado los perros. Todos los perros. Que conste. Ladran de nuevo, era un espejismo.

09 mayo, 2008 - 11:26 - Juan Cruz

"Y nunca te he de olvidar"

Desde que era un adolescente, la influencia de la melancolía que había dentro de la música argentina fue grande, en lo que empecé a escribir y en mi propia manera de ser. El hombre que personificaba para mi esa música, y las letras de esa música, fue Eduardo Falú; desde A qué volver a La tonada del viejo amor, ese comienzo maravilloso, "Y nunca te he de olvidar, en la arena me escribías...", Falú dominó mis tardes y mis mañanas, alternándose con Los Fronterizos o con Los Chalchaleros. Tenerife fue un centro importante de la música argentina, comprábamos los discos, nos aprendíamos de memoria las letras, sabíamos de los músicos... En esa construcción del imaginario argentino como parte de nuestra propia conciencia musical, y por tanto musical, tuvo que ver mucho el trabajo de Los Sabandeños, que es un fenómeno generacional que ha continuado a lo largo de nuestro tiempo de vida y experiencia. Pero hubo alguién más, un argentino llamado Edmundo A. Esedín del Ródano, que una vez apareció por el Puerto de la Cruz, era diplomático, escritor, viajero, gastrónomo, musicólogo... Puso un restaurante extraordinario, El Greco, y allí se contaban los temas de Falú y tantos otros. Inolvidable Edmundo. Murió ya, lamentablemente, después de una vida muy cumplida, en la que disfrutó e hizo disfrutar. Ahora que he estado en Buenos Aires (ya estoy en Montevideo, les contaré) me he acordado de él muchísimo, y de Falú. Y estuve con Falú, ayer estuvimos juntos, con Elvira González Fraga, la compañera de Ernesto Sábato. Grande, altísimo, con esas manos que guardan las yemas que él atesora ("no sólo las uñas, las yemas son claves para un guitarrista"), pausado, educado, con la voz que le ha hecho legendario, allí estuvo, hablando de tangos, de folklore, de Carlos Gardel, de lo que le está pasando a su país ("¿Y usted cuál cree que es nuestro porvenir...?"), allí estaba este gran hombre que a lo largo de las mañanas, las tardes y las noches abrió los horizontes al sentimiento y le puso palabras y música a lo que nosotros mismos sentíamos... "Y nunca te he de olvidar". Estuvimos hablando de Jaime Dávalos, el escritor y poeta que tanta soledad escribió para su voz y para su guitarra. Y es curioso, al llegar a Montevideo abrí mi correo electrónico y ahí un buen amigo que se crió con esta música también me enviaba una grabación que había encontrado de La cuartelera, de Jaime Dávalos... Argentina crea siempre un mundo de coincidencias. Ahora amanece en Montevideo y aun queda para que la población se desplace a ver el sol en la maravillosa costa de La Rambla.

08 mayo, 2008 - 11:41 - Juan Cruz

El perfume del café

Jorge Fernández, el director de Adn, la revista literaria de La Nación, escribió uno de los grandes libros argentinos (y es un libro pequeño) de esta última década; ustedes lo pueden encontrar en bolsillo en España y en cualquier formato en Argentina, seguramente también lo hallarán en cualquier otro país donde se lea en español. Pues Jorge Fernández, un hombre que proviene de Asturias pero que nació en Buenos Aires de esa Mamá asturiana y extraordinaria en 1960, puso a hablar anoche a Manuel Vicent en La Boutique del Libro de San Isidro, un barrio bellísimo y periférico de Buenos Aires. Escuchar a Vicent es una gozada, aunque uno lo haya escuchado muchas veces. Este viaje que hago con él, y que hoy, esta tarde, se prolonga en Montevideo, es el enésimo de nuestra lista; así que le he escuchado, le he leído, e incluso le he intuido en muchas de las situaciones en las que le pone la vida. Alejado de toda solemnidad, tímido como los animales tranquilos, tiene en sus ojos, irónicos, punzantes, divertidos, extrañados, el comentario inmediato a lo que ocurre; luego lo verbaliza, pero ahí, en los ojos, azules, a veces adolescentes, a veces dotados de la agudeza radical de los adultos, tiene las respuestas a lo que pasa. Su charla con Fernández (autor, además, de un personaje, Fernández, que se le parece a él pero que es muchos argentinos) fue sublime, como un trozo de literatura entre Buster Keaton y Rafael Azcona, a quien por cierto dedicó Vicent el homenaje que los amigos nunca cesaremos de dedicarle a aquel gran hombre. Contó numerosas anécdotas y apólogos, y de todas las que escuché, y anoté, me quedé con esta, impresionante. Un amigo suyo agonizaba, él entró en el cuarto, el amigo abrió los ojos y dijo, como si atrajera la frase de un sueño muy profundo: "El perfume del café". Luego siguió durmiendo. De ese elemento, de ese sueño, y de ese diálogo, Vicent puede empezar a esculpir una obra de arte. La creatividad nace de la nada, suele decir Vicent. En su caso, la creatividad nace de una experiencia insólita, honda, divertida, con el perfume más recóndito de las palabras. Y del café. Luego en la librería ofrecieron a los que asistieron un asado; no es común que en una librería te den de comer, pero los argentinos te dan de comer primero y luego te preguntan de donde vienes.

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