Era tan serio Jorge Semprún, tan
circunspecto, que cuando lanzaba una carcajada te daban ganas de abrazarlo para
agradecérselo. Este 7 de junio de 2013 hace dos años que murió. Poco antes de
su muerte le fui a ver a París, a su apartamento de dos pisos cerca de la torre
Eiffel. En un momento determinado se dispuso a salir para almorzar y fue a su
cuarto a ponerse una chaqueta; cuando volvió se inclinó sobre la silla más
vieja de su sala de estar y de su mirada se desprendió una señal de
insoportable dolor. “No puedo, no puedo”. No hacía falta que lo dijera. Aquel
hombre elegante y fuerte que burló a la policía de Franco cuando él era
Federico Sánchez, comunista clandestino en Madrid, estaba azotado por una
osamenta que certificaba el resultado de todas sus correrías, que comenzaron
cuando era un chiquillo preso y torturado por los nazis en Francia. Luego
vendría el campo de concentración en Buchenwald cuyas heridas están descritas
en su libro más hondo y más conmovedor, La
escritura y la vida, un breviario desolado que ahora sirve para entender lo
más complejo de su vida y de la vida de la Europa desolada.
Semprún
iba vestido con una elegante camiseta marrón, se acababa de cortar el pelo, ese
cabello blanco que era distintivo también de su personalidad, como sus ojos
serios, a veces secos, escrutadores. Esta vez le había ido a ver, con el
fotógrafo Juan Millás, para hablar para EL PAÍS sobre un libro (Franziska
Ausgtein. Lealtad y traición. Jorge
Semprún y su siglo. Tusquets) que escudriñaba en zonas a veces abiertas y a
veces oscuras de su biografía. Esta conversación tenía ese libro como pretexto,
pero en el fondo de todo lo que dijo, a veces desgarrado, nunca distante, tiene
como objeto regresar, aunque fuera a escondidas, a aquel La escritura o la vida que ahora evoco. Y quiero volver a esa
conversación, porque es hoy, para mi, la mejor manera de explicar cómo se puede
entender a Semprún, una biografía capital del siglo XX de Europa.
Lo tenía delante.
Aquel muchacho de La escritura o la vida era
ya un hombre para la historia, y su dolor no era una metáfora. Así que hablamos
de la sustancia de su literatura, la memoria, y aunque ya parecía que el espejo
le devolvía la palabra con la que termina la historia, él hablaba de seguir
escribiendo qué le pasó, como si esta memoria de La escritura o la vida jamás fuera a tener fondo. ¿Qué no ha
contado nunca, Semprún? “Cosas privadas que jamás contaré”. ¿Cómo se puede
escribir memoria siendo tan reservado?, le pregunté. Me dijo: “Si te fijas, mis
memorias son un poco victorianas. No hay nada íntimo, prácticamente. Son tan
poco íntimas que no hablo jamás de Colette [su esposa, que ya había fallecido],
por ejemplo, y he pasado 55 años con ella de compañerismo y matrimonio. La
mayor parte de mi vida. Y jamás he dicho nada de ella”.
¿Cómo se puede?
Siendo Semprún. “Nunca he hablado de cómo la conocí, de cómo hemos vivido, de
los años de clandestinidad, de qué pensaba ella de mis idas y venidas, de mis
salidas bruscas a Madrid, de los regresos tres o cuatro meses más tarde… No he
hablado nunca de las vacaciones en la Unión Soviética con Santiago Carrillo y
con ella…” Esas cosas forman parte “de los miserables secretos de la vida”,
como dijo alguien. “Esos secretos no cambian nada. Cambian si haces una
biografía de verdad, pero mejor hacerlas cuando el biografiado haya muerto”.
Esa reserva es una
manera de ser que proviene de la infancia. “He sido muy tímido. Hasta una edad
muy avanzada. ¡Y ahora cumplo 87 años, el mismo día que le dan el Nobel a
Vargas Llosa! ¡No sabes cómo me alegro de ese premio!”
Hay un episodio de
la vida de Semprún, cuando fue torturado por la Gestapo, que se cuenta en esta
biografía de manera muy detallada. Él nunca aludió a ello, ni siquiera en La escritura o la vida. Ahora le
gustaría contarlo, “pero de otro modo”. Arranca la confesión de la tortura que
sufrió su compañero comunista Simón Sánchez Montero; la tortura era para que
soltara dónde estaba Federico Sánchez. Sánchez Montero se mantuvo en silencio.
Él sufrió la tortura
de la Gestapo, no la de la policía española, “quizá la de la Gestapo era un
poco más ´científica`, digamos, con muchísimas comillas; y la española eran
meras palizas que durante días y semanas constituían una tortura insoportable.
Ambas, para hacerte hablar. Si no hablabas, si no cantabas, eso producía en el
que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de
fraternidad. Y eso sentí con Simón Sánchez Montero”.
La Gestapo lo
sometió a “la bañera”, un método de tortura que aún andaba en sus pesadillas y
de lo que nunca había escrito. “Es una experiencia terrible que durante años me
impidió ir a piscinas donde fueran jóvenes amigos de las bromas, de las
ahogaduras… Esas bromas a mi me volvían literalmente loco. Una vez estaba yo en
la piscina que Yves Montand y Simone Signoret tenían en Normandía; me lancé a
la piscina, una de los jóvenes que había allí hizo esa broma y nadie entendió
que yo respondiera con aquel furor. La única que lo entendió fue Simone
Signoret. Ella estaba en una tumbona al lado de la piscina, vio la escena y
sólo horas después, ya en el salón, me dijo: ´Esa reacción tan brutal que has
tenido en la piscina, ¿tiene algo que ver con ´la bañera `de la Gestapo?`. Ella
conocía muy bien las historias de la resistencia, porque tenía muchos amigos
que habían sido detenidos y torturados por la Gestapo. Y lo adivinó. Antes de
la entrevista con Ausgtein, probablemente esa fue la única vez que hablé con
cierto detalle de la experiencia de ´la bañera`”.
Tenía Semprún las
manos muy pálidas, por esa blancura de la piel nadaban unas pecas insistentes.
Muchas veces se tapaba parte de la cara con las manos, desplazaba el flequillo;
87 años, perseguido visiblemente por el dolor de los huesos, y este que fue
Federico Sánchez y Pajarito (así lo
llamaba la hija de Ricardo Muñoz Suay), acaso el tipo más guapo de la
clandestinidad comunista en Europa, conservaba mucho del porte airoso de su
juventud. Pero esa confesión sobre la tortura había caído sobre su ceño canoso.
“Y tendré que escribir de ello; era muy difícil hablar de ello serenamente…
Ahora ya no me conmueve tanto. Ya no. Ahora puedo escribirlo con total
serenidad. Igual ha sucedido con las primeras experiencias en el campo de
concentración. Puede que al contarlo me revuelva un poco, pero es algo pasado y
asumido, asimilado, puesto en orden”.
Hacerle el mal a
alguien a quien deseas el mal. Ese es el mal absoluto, la tortura, ¿no,
Semprún? “Claro, claro. Yo tuve la suerte de que los primeros golpes de
detención fueran puramente palizas, pero sin el propósito sistemático de
interrogar; nadie me preguntaba nada. Me habían cogido, habían descubierto un
arma que llevaba conmigo, y la policía militar, antes de que fuera a la
Gestapo, me hizo todo tipo de barbaridades. Pero nadie me preguntaba nada”.
“Me mentalicé: tenía que resistir, no
debía hablar”. Decidió contarles un cuento a los policías. “Un cuento que no
pusiera en peligro a ninguno de los compañeros del grupo de la resistencia. Un
novelita rosa que esos días era posible leer en la propia prensa de los
colaboracionistas: yo era el pobre estudiante que no tenía dinero, que oye una
conversación y que es encargado de llevar unas maletas cuyo contenido
desconoce. Cree que está metido en el mercado negro y un día descubre que en
realidad está metido en el transporte de armas, que no puede dejar porque lo
amenazan de muerte”.
No lo contó de
buenas a primeras; no lo hubieran creído, demasiado preparado. “Pero si lo
contaba en el momento que parezco derrumbarme entonces me creerían. Así que
aguanté días de interrogatorio, palizas, jornadas enteras en ´la bañera`, un
día me metían vestido, otros días me metían en calzoncillos. No sé por qué
aquel día me metieron vestido… Y ese día, sofocado, mientras me gritaban, me
insultaban y me metían una y otra vez en aquella tortura, me dije ´Es el
momento`.”
Le creyeron. Le
habían dicho sus compañeros de la resistencia cómo iba a ser la tortura. ¿Sabe
lo que es la tortura alemana?, le preguntaron. Hay una primera fase de golpes,
luego te cuelgan por las esposas, y luego te hacen lo de “la bañera”; “yo sabía
que lo de ´la bañera` iba a ser lo peor”. Él tiene “un miedo congénito” a la
sofocación, “a no poder respirar tranquilamente”. Ahora, “con este dolor
absurdo de la espalda, los únicos momentos de angustia que me provoca este
sufrimiento se producen cuando no puedo respirar. Me despierto con unas
angustias por la noche porque no puedo respirar bien. Ese horror a perder la
capacidad de respirar es infame”.
Es de nacimiento y
lo reprodujo, lo puso a flor de piel, la Gestapo. ¿Ese es el trauma que más ha
perdurado entre los sufrió Semprún en ese periodo de cárcel y confinamiento?
“Pues sí. Y por eso no he hablado de él”.
Hay un episodio
escalofriante en la vida del campo de concentración que se pone de manifiesto
en la biografía que ahora nos ha llevado a hablar con Semprún: cuando en
Buchenwald se producían listas de prisioneros que debían ser trasladados, y
Semprún estaba al cargo de las listas. “Yo quitaba de las listas. Y quisiera
precisar, dar mi versión. Es un discusión eterna que a la gente le cuesta
comprender”.
“Había”, recuenta
Semprún, “una posibilidad de quitar prisioneros de las listas de los que
habrían de ser desplazados. La posibilidad venía a través de una relación
clandestina con la resistencia. Aquel era un campo comunista, en el sentido de
que había sido construido en 1937 para la reeducación de los alemanes
adversarios políticos del régimen, y allí estaban concentrados los presos
políticos alemanes, primero para construirlo y luego para administrarlo. Las SS
quisieron en un tiempo pasar la administración del campo a los presos comunes,
para joder a los políticos. Pero terminaron dominándolo los presos políticos,
que eran comunistas o socialdemócratas alemanes”.
Sobre 1940 y 1941
empezaron a llegar presos extranjeros; primero checos, y después occidentales
europeos, “sobre todo franceses de la resistencia, comunistas de otras
nacionalidades…” Cada partido comunista, recuerda Semprún, “aplicaba su
política nacional en esa organización clandestina. Era una política de frente
abierto, de frente popular, mientras que los comunistas alemanes seguían con la política sectaria de los
años treinta. Clase contra clase. Para ellos no había aliados. No había más que
los que eran comunistas y los que no lo eran…”
Y la cosa iba así,
relata el autor de La escritura o la vida:
“El jefe SS le dice al jefe comunista del comando de internos: ´Mañana o
pasado, a las seis de la mañana, quiero 3.000 deportados formando filas en la
plaza del campo para ir a tal sitio`. Eso no tenía vuelta de hoja. Tal día,
3.000 deportados. ¡Parece como si hubiera alguna posibilidad de elegir!
¡Ninguna! Tiene que haber 3.000 deportados. ¿En qué interviene la resistencia?
En intentar quitar de esas listas a alguna gente”.
Él cumple esa misión;
lo declara con énfasis, no quiere equívocos, su rostro se hace más tenso, y
ahora no es el dolor, es la historia. ¿Qué criterio seguía, Semprún, para decir
este sí, este no? “El que tenía la resistencia. Tendía a ser gente importante
de la resistencia de cualquier país. Podían saltar de las listas jefes
gaullistas, oficiales enviados por Londres para la lucha clandestina,
comunistas, socialistas…”
--¿Aplicaban ellos
los criterios o le decían a usted cómo había que aplicarlos?
--En ese caso
concreto yo no era más que un comunicador. Comunicaba a los españoles las
decisiones. Nunca tuve ningún problema porque los españoles no eran enviados
nunca en transporte. Eran pocos, 250 o trescientos detenidos por la Gestapo en
la resistencia francesa. Y había una especie de consenso entre los deportados:
a los españoles no se les tocaba, quizá por el prestigio que habían alcanzado
en la guerra civil… Y era fácil protegerlos: eran pocos. Era mucho más difícil
proteger a los franceses y a los alemanes, que eran miles y miles.
Es decir, Semprún
no tenía problemas con los españoles, “pero podía ser utilizado para que los
compañeros franceses me dijeran a qué personas había que sacar de la lista…
También hacía alguna cosa a título personal, sin contar con la organización comunista
alemana: yo trabajaba en el fichero y me correspondían los presos desde el
40.000 hasta el 60.000, occidentales, franceses, que habían llegado, como yo,
entre el 43 y el 44, y yo era el número 44.904. A veces hacía lo que decían los
comunistas que yo conocía, sin decírselo a los alemanes; actuaba de
´guerrillero`, salvaba a ciertas gentes sin contar con la organización”.
La SS lo podía
descubrir, si investigaba. “Pero eran muy perezosos. Lo que hacía era inscribir
a lápiz el número de la ficha, para luego poderlo borrar y que esa ficha fuera
válida para otro que llegara. Hay números que han pertenecido a varias
personas. El muerto desaparecía y se le daba su número a otro recién llegado…
Tenía dos fórmulas, ambas con iniciales, DIKAL o DAKAL: No puede ir a otro
campo o No puede ir a ningún comando exterior. Eran inscripciones que se hacían
por orden de la Gestapo para mantener a mano a ciertos presos. Cada vez que yo
ponía por mi cuenta esas iniciales, que evitaban la deportación, me jugaba la
vida porque ante cualquier duda la SS podía pedir la orden. Y, claro, la orden
no existía, la había inventado yo”.
A Semprún le
perturbaba que ahora volviera a decirse que él elegía a unos o a otros. “No,
no. Elegías a los que salvabas. Luego la puta casualidad o la puta mala suerte
hacen que en esa lista vaya gente pero tú no las has elegido. Positivamente,
elegías a los que salvabas. No mandabas en los que iban… Es difícil entender la
complejidad del asunto, lo comprendo… Pero mira lo que decía el filósofo católico
Jacques Maritain… Decía, en su libro Los
hombres y el Estado, que hay momentos en la vida en los que no se puede
aplicar la moral habitual, común, en los que hay que inventar una moral de
excepción. Y da el ejemplo de los campos de concentración, y en concreto del
campo de Buchenwald”.
Eugen Kogon,
cristiano demócrata que estudió también esa moral en Buchenwald, también
señalaba, cuenta Semprún, “cómo cosas que en la vida normal son malas o
criticables pueden convertirse en justas y válidas en la vida de los campos. Da
el ejemplo de acabar con los confidentes, cosas así, que son brutales. Y es un
pensador católico quien lo dice. A veces se dice que tuvimos la posibilidad de
elegir a los que iban en las listas. No. Podíamos limitar algo el efecto de la
orden sobre los que tenían que ser deportados. Y se acabó. No había más poder”.
Se siente extraño
Semprún siendo objeto de una biografía. “Es mi vida. Pero no soy yo. No sé cómo
decirte”.
--¿Y qué falta
para que sea usted el que aparece en esta biografía de Franziska Ausgtein?
--Quizá que, por
vanidad, por orgullo o por engreímiento considere que mi vida sólo la puedo
contar yo. Escribirla yo. Eso está escrito, no es una entrevista periodística o
radiofónica, y no es mi voz. Y esa vida sólo la puedo contar yo. Ya te digo que
quizá sea puro engreimiento, pura vanidad.
Hay una palabra
tremenda en el título, Traición (Lealtad
y traición). Semprún no sabía muy bien si esa expresión tan terrible tiene que
ver con lo que sucedió entre el Partido Comunista francés y Marguerite Duras,
expulsada de la organización. Según se deduce, durante años se mantuvo que fue
un informe de Semprún el que la condujo a esa tiniebla. Él no lo cree, por
tanto no siente que la palabra traición vaya con él en este caso. “Hubo una
expulsión de Duras y su entorno; se quejaron, escribieron cartas pidiendo que
se anulara la expulsión. Como yo era muy amigo de ellos me encontré metido en
este asunto sin saberlo”.
Ellos, Duras y
Semprún, reconstruyeron la relación, pero ahí está la sombra. Robert Antelme,
compañero de Duras, aseguró que Semprún estuvo presente en la reunión en la que
se decidió la expulsión, “pero que yo no dije una palabra. ¡Eso es imposible en
las prácticas comunistas! Si yo estoy en una reunión en la que va a haber estas
expulsiones y soy, como ellos dicen, uno de los acusadores, me obligan a
hablar. Es la vieja táctica leninista. Sin embargo, Antelme dice: ´Estaba pero
no habló, lo vi allí silencioso`. ¡Tan silencioso que no estaba!”.
Cuando apareció la
versión que lo acusaba buscó los documentos, pero alguien los había inutilizado
o desplazado. El episodio le llevó finalmente a abandonar el PC francés y a
concentrarse en el Partido Comunista de España. “Lo que yo reprocho”, decía
ahora Jorge Semprún, que de vez en cuando suelta tacos bien españoles, “y diría
que es una cabronada, es que se haya utilizado ese asunto sólo unilateralmente.
Lo que yo pretendo es que se vea que el documento de Antelme, en el que se me
acusa, es un documento típicamente estaliniano en el que él se cubre de
inocencia, como en otros documentos estalinianos a otros se les cubría de
culpabilidad… Antelme tuvo una rara enfermedad y murió poco después, pero Duras
nunca me dijo directamente nada de aquella época. Lo cierto y verdad es que yo
no estaba cuando eso sucedió”.
Se convirtió,
dice, “en el chivo expiatorio; quizá fui imprudente: cuando comenzó todo tenía
que haber cortado por lo sano. En todo caso, eso aceleró mi disgusto, mi
náusea, y mi disposición a ir a España clandestinamente”.
--¿Siente usted
ahora que traición es una palabra para definir lo que hizo?
--No tengo ni
idea. Ese título no lo entiendo y no lo comprendo. Es posible que exista la
idea de que es inevitable hablar de traición cuando abandonas el comunismo. Es
posible.
--¿Y qué siente usted?
--Nada. Me muero
de risa cuando me lo dicen. Precisamente por eso, con una cierta distancia y
sin entrar en cuestiones personales, quiero hablar de mi vida política. Diré
que durante veinte años, más o menos, he intentado ser comunista. Pero no comunista
de salón, comunista tanto teórica como prácticamente.
Eso quería decir,
para Semprún, empuñar las armas en la resistencia, clandestinidad… “Un
compromiso real”.
Y he aquí lo que
pasó después: “Creo que gran parte de mi vida ha consistido en destruir todo
eso. No en traicionarlo: en destruirlo en el sentido de dejar de ser buen
comunista para ser buen demócrata. De ahí mi interés por Europa, porque es una
de las cosas que me han ayudado a distanciarme del comunismo y del leninismo y
a comprender las virtudes de la razón democrática… Cuando has sido comunista de
verdad durante veinte años, en cargos de responsabilidad, no es para presumir
de haber estado en los salones con Louis Aragon. No, es otra cosa. Y abandonar
eso para ser un demócrata radical, un reformista radical, un anticapitalista
radical, pero no comunista…, eso es un asunto que vitalmente tiene su peso.
¿Traición? Cuando veo en el libro ese título, Lealtad y traición, me digo:
´Bueno. Ya está. La lealtad ha jugado un papel, ¿pero la traición? A lo único
que he traicionado es a mí mismo”.
--¿Por qué,
Semprún?
--Cuando me
critico como comunista traiciono mis ideales de juventud. No lo considero
traición, lo considero una consecuencia de lo que yo pensaba de verdad, lo que
de verdad quería. Nunca he querido el estalinismo; es algo que ha venido
añadido, un valor (o un desvalor) añadido. Y lo he sido, he sido estalinista.
Pero la palabra traición no la entiendo.
Y luego se va del
partido español, tras la clandestinidad tan llamativa de Federico Sánchez. Hay
un detonante, en 1959; y ocurre en un lavabo moscovita. Carrillo entra hablando
muy mal de la Pasionaria y a Semprún le parece que su jefe político ha entrado
en la paranoia estaliniana. Él lo cuenta, ahora, jugando a veces con su pelo, a
veces con su reloj minúsculo que parece muy viejo.
“Hay una serie de
momentos que van cristalizando, en los que se mezclan cuestiones españolas y
del movimiento comunista internacional. 1959. Después del fracaso rotundo de la
huelga nacional pacífica de primeros de junio una delegación acompaña a
Carrillo a explicarle a Dolores Ibárruri, secretaria general entonces del PCE,
que ese fracaso ha sido un éxito… Carrillo va muy preocupado porque Dolores se
ha opuesto a la consigna de huelga general. Esa consigna la da Carrillo contra
la voluntad de ella. Él iba con la idea de mostrarle que, a pesar del fracaso,
la huelga ha sido un éxito porque había movilizado a enormes cantidades de
gente. Con Carrillo va una delegación en la que está Federico Sánchez, que ha
trabajado en el interior y que todavía está de acuerdo con Carrillo en lo
esencial”.
La reunión comenzó
con la declaración de dimisión de Dolores como secretaria general. El cargo
debería ser para Carrillo, que está más cerca de España. “Carrillo”, recuerda
Semprún, “está nerviosísimo. Las rodillas no le paraban. Hasta que llega el
momento inevitable del café y del baño. Y allí la puta casualidad hace que me
encuentre con Líster y con él. Estábamos los tres solos y yo les digo: ´Ha
estado bien la vieja porque facilita todos los problemas`. Dolores estaba muy
lejos, muy vieja”.
Semprún dijo
aquello “y en eso Carrillo se vuelve hacia mi en el baño, y con la mirada de
odio más espeluznante que te puedas imaginar me dice: ´¿Pero tú qué entiendes
de estas cosas? ¿Tú qué sabes? ¿Qué maniobras estará preparando? ¿Acaso con los
soviéticos?` Y ese fue el momento en que surgió en el carácter de Carrillo algo
que ya definiría mi relación con él…”.
Sin duda, era
Carrillo quien más destacaba en aquella organización, “era mucho más
inteligente, mucho más entregado, mucho menos desmoralizado por el exilio, no
era borracho… Pero aquel hombre cambió para mi en aquel cuarto de baño
moscovita. El hombre de las intrigas, el paranoico… La paranoia es una
enfermedad típica del estalinismo. Siempre estás viendo conspiraciones contra
ti. Hay miles de anécdotas sobre la paranoia de Stalin. No voy a comparar a
Carrillo con Stalin, pero a partir de entonces empecé a prestar atención a
cosas que había oído de él, de los viejos militantes en Madrid. Y poco a poco
la figura de Carrillo empezó a transformarse. Aunque aquello no fue lo
decisivo”.
El momento
decisivo fue en 1960, en una reunión del PCE a la que asiste Suslov, “el rey de
la teoría, el dios permanente que había empezado con Stalin”; Carrillo hace una
exposición, “brillante, sobre la política de reconciliación nacional”, Y Suslov
le replica: acusa a Carrillo de revisionista, y le recuerda “que un partido
comunista-leninista no podía abandonar la idea y la estrategia de la lucha
armada. ¡Que había que pensar en la posibilidad de mantener la posibilidad de
la guerrilla urbana! Estaba desautorizando a Carrillo, claro”, y Carrillo
empezó a enviar esos mensajes a España, “donde eran recibidos entre carcajadas.
Ridruejo me lo dijo: Enrique Múgica le trajo uno de esos mensajes: volveremos a
las andadas, podría haber submarinos soviéticos trayendo armas a España.
¡Ridruejo se moría de risa!”
En ese momento es
cuando, “intelectualmente”, rompe Semprún, aunque no lo expulsaran hasta cinco
años más tarde. “Por que me digo que con esta gente no se puede ir a ningún
sitio… La retórica del partido se dirige a una España irreal que ya no existe,
la España de la miseria, la España de la que se reía Luis García Berlanga”.
Semprún fue expulsado. ¿Se produce un
vacío? “He tenido mucha suerte en eso. No puedo compararlo con lo que sufrió
Fernando Claudín, que tuvo un tránsito mucho más difícil, mucho más trágico. Yo
hago mi último viaje clandestino a España en diciembre de 1962, para presentar
a los camaradas al hombre que me va a sustituir, José Sandoval. Dura unos
meses, claro, no conoce Madrid, fuma como los rusos, rápidamente lo captura la
policía. Y viene luego Julián Grimau, y ya se sabe lo que ocurrió con él. Y yo
volví a Francia, aburrido del exilio, con la perspectiva, además, de mayor
aburrimiento. Soy expulsado del partido, pero al tiempo que me voy aparece en
Francia, editado por Le Temps Modernes de Jean Paul Sartre El largo viaje, así que salgo del partido y empiezo mi carrera de
escritor. Lo que quise ser desde los ocho años. No hubo vacío. Siguió la vida”.
Le pregunto si ha
cambiado su consideración hacia Carrillo. No hay titubeo. “Ha cambiado en el
sentido de que es todavía peor que antes. Todavía peor que cuando él era
dirigente y nos enfrentamos. Carrillo tiene un problema con la historia. Es un
dirigente inteligente; hoy es un padre de la patria, pero tiene un bloqueo de
la memoria total. Hay una época, desde 1944 a 1948, de la que él no quiere
hablar. Es la época en la que él, con otros, con Uribe y con Pasionaria,
reconquista el poder en el PCE. Reconquistan el poder en el partido a base de
la eliminación física o política de todos los que han dirigido el partido. Esos
son los tres años de los cuales no se puede hablar con Carrillo”.
Y hay un episodio
que Semprún relata según le ha contado Carrillo: cuando en una reunión de éste
con Stalin, el dirigente soviético le sugiere que los comunistas creen en
España lo que luego serían las Comisiones Obreras. “¿´Dónde están las masas en
España?´, le pregunta Stalin. ´En los sindicatos verticales obligatorios`.
´Pues trabajen ahí’… Un día se lo dije a Antonio Gutiérrez, cuando éste era
secretario general de Comisiones y yo era ministro de Cultura: Stalin inventó
la táctica de Comisiones Obreras… Y eso Carrillo no lo quiere recordar porque
fue una iniciativa de Stalin que él no quiere reconocer por razones muy
complejas, incluso por buenas razones, pero que le quitan a él protagonismo. La
táctica no la inventó él, la inventó Stalin. Lo siento, pero así fue”.
Ahora Jorge
Semprún ve caer el mediodía y, más aún, ve caer los años. Su preocupación
española ahora es “el porvenir tétrico” que parece vivir su país; el PSOE “y la
izquierda europea en general está en un momento tétrico” y “la incompetencia
del Partido Popular es extraordinaria… Como no va a ser Alberto Ruiz-Gallardón
quien lo dirija en los próximos meses, y él es un hombre mucho más civilizado
que el resto (y no voy a hacerle muchos elogios, para que el elogio no vaya en
su detrimento), el porvenir me parece doblemente tétrico…”
--¿Y qué ha
pasado, Semprún?
--Que hemos
llegado con retraso a todo. En el último libro de Toni Judt, un libro patético,
escrito ya contra la muerte, hay un elogio, que en el fondo es para la
socialdemocracia, del modelo europeo frente al modelo anglosajón del
capitalismo. Es verdad, es mejor Europa, pero no lo ha sabido aprovechar.
Le pregunté al
final si había en su alma algún arrepentimiento. Desgranó los posibles para
descartarlos.
--¿Me arrepiento o
reniego de haber sido militante del comunismo estaliniano? No. Creo que en
aquel momento había una justificación para ello. ¿Me arrepiento de no haber
salido del PC en el año 56, el año del XX Congreso, de los movimientos
antiestalinistas populares antisoviéticos en Polonia y Hungría? No. Porque soy
español; si hubiera sido francés habría sido el momento de romper. Pero en
España, cualesquiera que fueran los crímenes de Stalin, luchar con el Partido
Comunista contra Franco valía la pena.
En el libro que ha
servido de pretexto para estas confesiones de Semprún se recuerda lo que se
decía en Buchenwald. El bien es robar el pan y repartirlo bien. ¿Sigue siendo
eso el bien, Semprún?
Y Semprún dijo, ya
con el semblante más aliviado porque acababan las preguntas, aunque persistiera
el dolor:
--No. Esa fórmula
no la repetiría hoy. Robar no. Pero el bien, desde luego, es repartir mejor. Y
se puede repartir mejor. Eso es lo absurdo de la situación, que es
posible.
Fue, para mi, la
prolongación, dicha en palabras, de La
escritura o la vida, acaso el libro más conmovedor de Jorge Semprún, y sin
duda uno de los más conmovedores relatos de vida que yo haya leído en mi vida.
Dos años después de la muerte de Jorge Semprún no se me ha ocurrido mejor
evocación que relatar otra vez ese momento en que fui a verle habiendo
subrayado, de nuevo, aquella crónica de su vida en el campo de concentración.
Aquella fue una confesión, ésta a la que ahora he vuelto completaba aquel
escalofriante relato.