Siempre que vuelvo, y he vuelto ya de tantos viajes, me da la sensación de que algo se abre otra vez, un mundo entero, como si regresara de siempre, o de nunca, hacia siempre; y aunque regrese a Madrid, a esta casa en la que escribo, junto a la azotea en la que pasó la guerra Vicente Aleixandre, delante de la casa en la quevivió en Madrid Juan Marical, el que puso a Azaña otra vez en el mapa tras los silencios de la posguerra, la sensación que tengo es de que vuelvo a mi casa de Tenerife, a oler los olores del mar, a pisar la arena de la playa. Tengo esa sensación, que a veces se cumple. Pero ahora estoy acá, después de muchas horas de vuelo. Hice una escala en México DF, desde Guadalajara, y quedé a almorzar en el Hotel Camino Real con Carlos Marichal, historiador económico, profesor en el Colegio de México, hijo de Juan Marichal. Quedamos en ese hotel porque en 1973 ahí estuve con sus padres, con su madre Solita Salinas, la hija de don Pedro Salinas, y Juan Marichal, tinerfeño como yo, uno de los intelectuales que con mayor profundidad ha calado en el pensamiento iberoamericano del siglo XX; gran escritor, hombre de un estilo que entrevera la precisión anglosajona con la pasión española para contar la historia y para hacer los retratos de los personasjes (literarios, políticos) que son de su interés. Estuvimos con Carlos, que nos llevó (a mi y al director de Él País, Javier Moreno, que tuvo una interevención con Jon Lee Anderson en la Feria del Libro de Guadalajara) un libro que ha dirigido. Se trata de una serie de estudios sobre el origen de los nombres de cada una de las repúblicas latinoamericanas, desde Brasil a Cuba. Otro día les hablo de ese libro verdaderamente curioso e interesante, que han escrito profesores que fueron alumnos de Carlos. A éste le dejé mi ejemplar de La noche de los tiempos, la extraordinaria novela de Antonio Muñoz Molina, en la que se mezclan claves de la vida en la guerra civil y en el exilio y en la que se transparentan historias como la que vivió el abuelo de Carlos, el poeta Salinas. Estábamos, pues en el Camino Real, y ahí recordé, con la melancolía que marca el tiempo, aquellas noches con Caballero Bonadl, Juan Rulfo, Octavio Paz, Francisco Giner de los Ríos y Juan Rejano. Era 1973, habíamos ido a un homenaje a León Felipe, una estatua que le levantó el Gobierno en el parque de Chapultepec. Y en ese hotel nos quedábamos todos. De esa atmósfera sentimental, literaria y política, he escrito muchas veces, y escribiré más. Después me fui al aeropuerto, adonde llegué horas antes de partir. Y en el avión quise leer, hasta que me venció el cansancio y el sueño me duró prácticamente hasta que desembarcamos en Madrid. Al salir de la recogida de equipajes me encontré con una concentración de jóvenes actores que protestaban por la retención de la activista saharaui. En unas horas, aquella historia que parecía haber acabado ha vuelto otra vez a llenar de pavoir y extrañeza a los mismos que la vimos subir al avión de regreso. El cinismo de Marruecos está colmando de rabia la paciencia de los que hasta ahora sólo pueden gritar contra esa ignominia. Allí estaban aquellos jóvenes, gritando en silencio, perplejos, ante la arbitrariedad criminal del poder. Eran más de las dos de la tarde; seguí camino, en algunos quioscos ya no estaba EL PAÍS, pero al lado de mi casa pude comprarlo, ahí está, y el quiosquero estaba desempacando los ejemplares que le han enivado de la novela de Muñoz Molina, así que ahí tengo otro ejemplar. Aquel lo tienen ahora Marichal y su hijo. Es una sobresaliente crónica de ficción de un mundo que está detrás de la melancolía que Juan siempre sintió ante la historia. Y ahora acá estoy en la melancolía del largo puentes, expuesto otra vez a los ruidos españoles de los que yo mismo soy partícipe.