Poema del mar de Padorno

Por: | 22 de mayo de 2012

Concéntrico el sabor de las olas

la mano del poeta remueve la sal 

es solo un espejo que él multiplica

con su mano pintando;

la palabra le huye 

está en la orilla, el horizonte 

le dice vente, estoy acá,

y él avanza descalzo

hacia donde una mano le pinta la cara.

Diez años después 

tengo en la memoria su mano 

removiendo el agua en Las Canteras.

(Manuel Padorno, 1933-2002)

Carlos Fuentes en todas las orillas

Por: | 16 de mayo de 2012

El día anterior una broma cibernética había atribuido la maldición de la muerte a un gran escritor latinoamericano, de modo que ayer tarde, cuando me avisaron mis compañeros de México de que circulaba por la red la noticia de que era cierto que había muerto Carlos Fuentes pensé que éramos otra vez víctimas de un error inducido por la mala fe.

Esta vez era cierto, fue cierto en seguida; la mala noticia era noticia, muy mala noticia. De inmediato vinieron a mi mente muchas de las imágenes de Fuentes, e insistentemente me llegaron fotos imaginadas de la vida de la que fui testigo, y en todas ellas aparecía el escritor de La región más transparente agarrado a las orillas, asomándose físicamente a las orillas: en una piscina en los adentros de Madrid, en la playa de Formentor, en Lanzarote, junto a José Saramago, en las orillas del Paraná..., en la orilla del Mediterráneo, en Aix-en-Provence, al lado del Támesis, en Londres, con Ricardo Lagos.

Vestido siempre como si fuera a asistir a un estreno, a una cena, a un almuerzo, a una conferencia, con sus camisas recién planchadas y de tejidos rotundos y suaves, de colores cálidos pero claros, camisas blancas, caqui, azules, su pierna cruzada, su blasier azul, su mano señalando sus propios argumentos con su dedo que el esfuerzo ingente de la escritura lo había curvado absolutamente... Fuentes aparecía siempre con el aspecto juvenil con el que Francisco Peregil lo describe en su excelente relato de su último encuentro con él. En Formentor, por ejemplo, mantuvo al periodista, a este periodista, de pie firme, con el magnetófono alzado, durante una hora, hablando de su literatura, de pie, como si de pronto fuera a seguir andando entre los peñascos oscuros de aquella playa clara.

En Lanzarote compitió con Saramago subiendo y bajando aquellas montañas de lava. Siempre aparecía Fuentes atlético, al amanecer de cualquier orilla... Hasta Londres. En noviembre de 2011 ya Fuentes tomaba taxis para trayectos cortos, ya buscaba descanso en sus caminatas cada vez más cortas, y aunque la elegancia de la discreción le reclamaron silencio sobre esos cansancios que él relativizaba dando la impresión de estar siempre en forma los que le conocían más de cerca sí podían apreciar que este hombre incansable, este muchacho de 83 años, ya sentía dentro de sí el cansancio del siglo, la verdadera dimensión de la edad y del tiempo. En el libro que hizo con Lagos termina diciendo Fuentes que ya no entiende nada, del mundo que vivimos "Yo no entiendo nada".

Lagos me decía anoche que era imposible imaginar a Fuentes, al Fuentes anterior, al brillante orador que buscaba en las palabras la explicación del malestar del mundo, diciendo que no entendía lo que estaba ocurriendo. Él estaba cansado, como el mundo, el mundo está cansado, al borde de una orilla de la que resulta difícil recuperarse. Él veía esa orilla, esa es la última orilla que vio, hasta que se le acercó fatalmente la orilla de la muerte. 

Anatomía del twitter trucho

Por: | 15 de mayo de 2012

Trucho: falso (así se dice en Argentina).

Anoche circuló por la red de twitter una falsa alarma sobre la muerte de un importante escritor. Como suele suceder, se disparó el interés, muchas personas quisieron saber, pero antes de saber le dieron a la tecla del retuiteo y de pronto lo que era en origen trucho truchísimo adquirió carta de naturaleza, pues personas de buena fe a las que se les presta atención porque serían incapaces de difundir una mentira eran titulares de la mentira. De ellos, de sus direcciones, venía también, el rumor, y otros muchos, muchísimos, se dedicaron a buscar por sus medios si eso era verdad.

En el origen de la especie, nunca mejor dicho, estaba la naturaleza mentirosa de la acción, pues se trataba de un mensaje enviado desde una identidad falsa haciendo uso, además, de dos identidades falsas, que no están en twitter ni pueden replicar, dos escritores, también, que eran citados malévolamente como fuentes de la información.

A esos datos específicamente truchos, que mucha gente no tiene por qué adivinar falsos, ya que están escritos y la gente suele creerse más el rumor escrito, se añadía una redacción falaz, falsamente italiana y falsamente española, que podía haber puesto sobre la pista a los retuiteadores de buena voluntad que se aprestaron a difundir el rumor hasta que éste halló altitud de trending topic mundial, o como se diga la densidad de este intensísimo interés por lo falso.

Aunque los que conocían la verdad de la situación (el escritor importante está muy bien, no hay que preocuparse), la indagación a la que obligó el rumor ya había dado la vuelta al mundo, y lo que era una broma de un estúpido que quería seguidores ya le había producido a éste, como me decía anoche una autoridad en la materia, el íntimo regocijo que dan a los pesados los efectos de sus bromas pesadas.

Si la red sirve para esto, para que uno se ría del mal que hace, mal se usa la red. Y si la red se usa para asustar con rumores truchos, que venga la información y nos auxilie con sus viejos métodos, que algunos estiman obsoletos, de rigor y de veracidad. Viva la información, muera el rumor.

La edad de la literatura latinoamericana

Por: | 14 de mayo de 2012

Le dice hoy en El País Santiago Gamboa a Pablo Ordaz que la literatura latinoamericana ya es mayor de edad. De lo que dice el escritor colombiano, que ahora publica en Mondadori su novela Plegarias nocturnas (en algún sitio leí que su obra se titulaba Plegarias atendidas, y me vi de pronto a Gamboa vestido de Truman Capote), me llamó la atención, sobre todo, esa partícula "ya", pues es bien notorio que la literatura latinoamericana es mayor de edad desde hace rato.

Lo que se entiende es que ahora la literatura latinoamericana viaja más y se confronta principalmente con la otra literatura de su lengua, la española. Creo que esa confrontación no era imprescindible para certificar la edad de la literatura que se hace en América en nuestra misma lengua. España ha vivido demasiado tiempo dando certificados a lo que hacen los otros países de nuestro ambiente o de nuestra memoria; como si por este fielato tuvieran que pasar todas las cosas.

En la época del boom, a la que alude Gamboa como un parteaguas del avance internacional de la literatura de su zona, España abrió su frontera estrechita y se dispuso a leer a los latinoamericanos que venían como una explosión escrita. Pero después no hubo boomerang, no era posible; España vivió tan cerrada a la llegada de "los otros" que incluso hubo que hacer en este país una campaña contra la xenofobia (no sólo literaria, general) que se había instalado en sectores muy diversos de la sociedad. Y esa xenofobia estaba destinada sobre todo a los emigrantes latinoamericanos, incluidos sus productos, artísticos también.

La literatura latinoamericana, que cubre ya más de un siglo de fantásticos escritores, es mayor de edad desde hace mucho rato, y basta mirar las estanterías de la memoria que cada uno tiene en sus recuerdos o en sus casas. Lo que ha ocurrido, es cierto, que el otro lado, el lado de acá, el lado de España, vivió un divorcio empobrecedor del cual despertamos cuando empezaron a publicarse acá los libros de Alejo Carpentier o Juan Carlos Onetti mezclados con lo que fue la más notoria producción literaria del siglo, la que propiciaron hallazgos como Rayuela, Cambio de piel o Cien años de soledad. Ah, ¿es que escribían antes del boom?

Pero la literatura latinoamericana ya era mayor de edad. La que estaba detenida, me temo, era la edad literaria de España, a la que le costó mucho despertarse a la evidencia de que la literatura española no es tan solo la literatura de la parte de la Península que habla español.

Y ahora, a leer a Gamboa y a seguir leyendo literatura latinoamericana. O cualquier literatura. La literatura, dice Julio Llamazares, es para detener el tiempo, la edad, la escoria de los temporales. La literatura no tiene edad. Ni las bibliotecas.

Ahí hay una historia

Por: | 09 de mayo de 2012

Carmela Ríos recibió anoche uno de los premios Ortega y Gasset que concede anualmente este periódico y explicó su pasión por contar de la manera más sencilla y determinante, una explicación de buena periodista. Dijo que cuando advirtió qué pasaba en la plaza de la Puerta del Sol el 15 de mayo del último año se dio cuenta de que ahí había una historia, y un periodista se pone en funcionamiento de forma inmediata, y automática.

Así que ella comenzó a tuitear lo que sucedía en la plaza hasta convertir ese testimonio en la mejor crónica del suceso que fue alimentado por la indignación de mucha gente y por la actividad simultánea de las redes sociales que hicieron del 15M un emblema de su funcionamiento. Esa pulsión, contar una historia, es lo que hay detrás de la vocación que nos junta en el oficio; y pase lo que pase, en medio de la depresión o la migraña, cuando hay tiempos oscuros, o cuando la claridad te ciega los ojos, el periodista se pone en funcionamiento como si un séptimo sentido lo aliviara de cualquier decepción o de cualquier desistimiento.

En ese momento es un periodista, y esa es al tiempo una virtud y un castigo, pues un buen periodista nunca puede decir que en ese momento no está en funcionamiento. Se es periodista a cualquier hora del día o de la noche; no hay peor baldón para un periodista que la conciencia de que vio delante una historia y renunció a ocuparse de ella por pereza, por indecisión o por la desgana en el oficio.

Está la historia, pero sobre todo están las palabras. Unos jóvenes estudiantes de periodismo me preguntaron por la mañana en el Ateneo de Madrid qué consejo debería darle un periodista viejo a uno que empezaba. Les dije que, en mi opinión, un joven que quiere ser periodista debe desechar la idea de que contar es decir sin más, dar los datos, explicar, en no importa cuántos caracteres, la informaciónque había obtenido, y hacerlo de cualquier manera.

Comunicar es, en periodismo, escribir, buscar en la sintaxis la fórmula más adecuada para llegar a la metáfora de una historia. Carmela dijo algo de lo que avisó recientemente Sol Gallego en la inauguración de la Escuela de Periodismo de El País: las nuevas tecnologías han acercado peligrosamente la información a la comunicación, y no es lo mismo una cosa que la otra. Decir no es decirlo de cualquier manera; en la información debe haber voluntad de historia. El periodismo necesita de sintaxis, y por tanto precisa de periodistas cultos, que tengan en la lectura el soporte de su conocimiento.

Así que a los chicos les aconsejé leer, y leer poesía, les dije, pues la poesía te otorga el poder de síntesis, y de ritmo, que es imprescindible para que la información, el reportaje, la noticia, la columna, la entrevista, no sea el conjunto de datos secos, desparramados de cualquier forma desde el tuiter al papel. No lo hice, pero ahora lo hago: debía haberles recomendado, también, que leyeran Los elementos del periodismo, de Bill Kovach y de Tim Rosenstiel, o El estilo del periodismo, de Álex Grijelmo. Ves una historia y la cuentas con palabras. Y las palabras tienen leyes que provienen de las leyes de la escritura. En cualquier soporte.

Maneras de irse al infierno

Por: | 07 de mayo de 2012

1. El infierno tan temido. John Steinbeck hizo en De ratones y hombres una excursión arriesgada al infierno que anida en nosotros. Ese encierro que en Sartre (y en el existencialismo) es La Náusea, en este ensayo de ingreso en la caverna infernal convierte al hombre en enemigo de sí mismo, en el infierno mismo, en el fuego que lo devora hasta el final. La obra lleva ya algunas semanas en el Teatro Español, dirigida por Miguel del Arco y actuada magistralmente por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengoechea, Irene Escolar y un grupo de actores que convierten la obra, desde la cruz a la fecha, en un espectáculo perturbador que desasosiega como la propia existencia del infierno. Uno de los grandes cuentos de Juan Carlos Onetti es El infierno tan temido, en el que los celos y la venganza sólida, pétrea, rebuscada, son la esencia misma del averno, que habita en los hombres y que surge cuando éstos se hallan frente al muro. En De ratones y hombres Steinbeck construye ese infierno con parecidos materiales, a los que se juntan los propios del mundo que describe el autor norteamericano: el racismo, la dominación violenta del hombre sobre los otros hombres. Y, sobre todo, la animalización del hombre en su relación con la mujer. Irene Escolar, la única mujer en la escena, representa el contrapunto, la belleza asaltada, el oscuro objeto del deseo que ella misma propicia, aunque lo que ella quiere en la vida es hablar, acercarse a los otros para sentirse libre o amparada por la palabra. Hace esta joven actriz un personaje de enorme complejidad en el que confluye en algún momento toda la fuerza increíble de la pieza. Y al final ella es metáfora del incendio que el hombre lleva dentro, hasta que la violencia que late convierte este descenso a los infiernos en la llegada a un muro del que no se puede salir. Admirable pieza teatral en la que la armonía del espacio alcanzado por el director recibe una respuesta memorable de actores que en ningún momento dejan de ser elementos esenciales de la intención de Steinbeck: romper las conciencias dormidas, intranquilizarlas. Como dice Del Arco, el director: "Duele, pero ilumina" la luz de este infierno.

2. A puerta cerrada. Fui a ver Madrid 1987, el arriesgado viaje de David Trueba al infierno encerrado en un cuarto de baño. Cuenta Trueba la peripecia cómica y dramática que viven un reconocido columnista del Madrid de los 80 y una muchacha universitaria que se le ha acercado para convertir la vida del famoso escritor en un trabajo de fin de curso. Al encuentro y a la entrevista sucede la seducción; en aquel verano, en medio de un largo puente, el escritor dispone de un piso que le proporciona un pintor amigo suyo. Un accidente sin importancia los abandona solos en el cuarto de baño estrecho de aquella vivienda provisional. La puerta se ha cerrado, no hay manera de abrirla, y aunque gritan desde el ventanuco pidiendo auxilio, aquel Madrid canicular no escucha a nadie, y la pareja accidental vive, desnuda, el largo fin de semana, hasta que un drogota que pasaba por allí oye los gritos y accede a llamar al dueño del piso, que acude en auxilio de las víctimas del extraño secuestro. Ese tiempo, dos días con sus noches, dan para mucho: en primer lugar para poner de manifiesto el infierno en que vive todo ego reconcentrado. El escritor alterna momentos de sublimación de su propia personalidad con instantes en que se descubre, desnudo, como un animal sin importancia. La chica asiste a esa autodemolición a veces con ternura pero siempre en guardia, tratando de extraer de aquella confesión más materiales para su propio trabajo académico. Trueba consigue, como el Sartre de A puerta cerrada o de La Náusea, un retrato de lo que puede el infierno con un hombre solo aunque esté en compañía de otros (o de otra). La atmósfera que crea, dentro de ese cuarto de baño al que entra una rendija de luz en el infierno del verano madrileño, es de absoluta asfixia, que en distintos momentos afecta por igual a los encerrados. La literatura (la que crea el escritor acuciado, la que propicia la ingenuidad bellísima de la chica) van salvando el infierno a fuerza de fantasía. Pero el infierno está ahí. Cuando al fin se abre la puerta, la chica huye hacia el mundo de cielos azules y el escritor se queda allí, consultando los recortes que la chica ha dejado atrás y que, cómo no, siguen alimentando el ego del que acaba de salir del infierno... María Valverde, la chica, y José Sacristán, el escritor, le devuelven a Trueba el esfuerzo de su imaginación en forma de hermoso retrato del alma cuando ésta no encuentra salida a su viaje al fondo del ego.

 

Maneras de irse al infierno

Por: | 07 de mayo de 2012

1. El infierno tan temido. John Steinbeck hizo en De ratones y hombres una excursión arriesgada al infierno que anida en nosotros. Ese encierro que en Sartre (y en el existencialismo) es La Náusea, en este ensayo de ingreso en la caverna infernal convierte al hombre en enemigo de sí mismo, en el infierno mismo, en el fuego que lo devora hasta el final. La obra lleva ya algunas semanas en el Teatro Español, dirigida por Miguel del Arco y actuada magistralmente por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengoechea, Irene Escolar y un grupo de actores que convierten la obra, desde la cruz a la fecha, en un espectáculo perturbador que desasosiega como la propia existencia del infierno. Uno de los grandes cuentos de Juan Carlos Onetti es El infierno tan temido, en el que los celos y la venganza sólida, pétrea, rebuscada, son la esencia misma del averno, que habita en los hombres y que surge cuando éstos se hallan frente al muro. En De ratones y hombres Steinbeck construye ese infierno con parecidos materiales, a los que se juntan los propios del mundo que describe el autor norteamericano: el racismo, la dominación violenta del hombre sobre los otros hombres. Y, sobre todo, la animalización del hombre en su relación con la mujer. Irene Escolar, la única mujer en la escena, representa el contrapunto, la belleza asaltada, el oscuro objeto del deseo que ella misma propicia, aunque lo que ella quiere en la vida es hablar, acercarse a los otros para sentirse libre o amparada por la palabra. Hace esta joven actriz un personaje de enorme complejidad en el que confluye en algún momento toda la fuerza increíble de la pieza. Y al final ella es metáfora del incendio que el hombre lleva dentro, hasta que la violencia que late convierte este descenso a los infiernos en la llegada a un muro del que no se puede salir. Admirable pieza teatral en la que la armonía del espacio alcanzado por el director recibe una respuesta memorable de actores que en ningún momento dejan de ser elementos esenciales de la intención de Steinbeck: romper las conciencias dormidas, intranquilizarlas. Como dice Del Arco, el director: "Duele, pero ilumina" la luz de este infierno.

2. A puerta cerrada. Fui a ver Madrid 1987, el arriesgado viaje de David Trueba al infierno encerrado en un cuarto de baño. Cuenta Trueba la peripecia cómica y dramática que viven un reconocido columnista del Madrid de los 80 y una muchacha universitaria que se le ha acercado para convertir la vida del famoso escritor en un trabajo de fin de curso. Al encuentro y a la entrevista sucede la seducción; en aquel verano, en medio de un largo puente, el escritor dispone de un piso que le proporciona un pintor amigo suyo. Un accidente sin importancia los abandona solos en el cuarto de baño estrecho de aquella vivienda provisional. La puerta se ha cerrado, no hay manera de abrirla, y aunque gritan desde el ventanuco pidiendo auxilio, aquel Madrid canicular no escucha a nadie, y la pareja accidental vive, desnuda, el largo fin de semana, hasta que un drogota que pasaba por allí oye los gritos y accede a llamar al dueño del piso, que acude en auxilio de las víctimas del extraño secuestro. Ese tiempo, dos días con sus noches, dan para mucho: en primer lugar para poner de manifiesto el infierno en que vive todo ego reconcentrado. El escritor alterna momentos de sublimación de su propia personalidad con instantes en que se descubre, desnudo, como un animal sin importancia. La chica asiste a esa autodemolición a veces con ternura pero siempre en guardia, tratando de extraer de aquella confesión más materiales para su propio trabajo académico. Trueba consigue, como el Sartre de A puerta cerrada o de La Náusea, un retrato de lo que puede el infierno con un hombre solo aunque esté en compañía de otros (o de otra). La atmósfera que crea, dentro de ese cuarto de baño al que entra una rendija de luz en el infierno del verano madrileño, es de absoluta asfixia, que en distintos momentos afecta por igual a los encerrados. La literatura (la que crea el escritor acuciado, la que propicia la ingenuidad bellísima de la chica) van salvando el infierno a fuerza de fantasía. Pero el infierno está ahí. Cuando al fin se abre la puerta, la chica huye hacia el mundo de cielos azules y el escritor se queda allí, consultando los recortes que la chica ha dejado atrás y que, cómo no, siguen alimentando el ego del que acaba de salir del infierno... María Valverde, la chica, y José Sacristán, el escritor, le devuelven a Trueba el esfuerzo de su imaginación en forma de hermoso retrato del alma cuando ésta no encuentra salida a su viaje al fondo del ego.

 

Aquella edad inolvidable

Por: | 06 de mayo de 2012

Una novela sobre la vida, el triunfo y el fracaso; una excursión vital sobre el alma de un derrotado que padece el destierro dentro de sí mismo, contando los días y los cromos. Una novela conmovedora de Ramiro Pinilla, el escritor vasco que pronto tendrá noventa años y que mantiene tersa esa vena que el sentimiento le presta a la literatura.

La novela se titula Aquella edad inolvidable y acaba de salir a la calle publicada por Tusquets. Tiene poco más de doscientas páginas y desde que empieza hasta que acaba mantiene la tensión que hay detrás de esta pregunta. ¿qué es ganar, para qué sirve? El asunto de fondo es el fútbol: un albañil que deviene futbolista del Athletic de Bilbao recibe el encargo más cabrón entre todos los que puede afrontar un miembro de aquella plantilla de principios de los años 40: es el sustituto de Zarra. Pero Zarra juega siempre, es como el Messi de aquella edad inolvidable del fútbol.

Durante un año, el futbolista que algún día podría jugar donde jugaba Zarra, está en el banquillo, cobrando sin salir al campo. Hasta que un día Zarra se lesiona; y no era un día cualquiera, era cuando el Athletic iba a disputar la final de la Copa contra el Real Madrid. Ahí, el futbolista, al que llamaban Botas y se apellidaba Menaya, tuvo que salir al campo y marcó un gol que le daría la victoria a su equipo; por distintas circunstancias ese gol desató una polémica grave que a él le resbaló hasta que se convirtió en asunto muy grave de su vida...

En todo caso, Santos Menaya, el Botas, vuelve a jugar en la cima de su popularidad heroica y un desalmado defensa central lo deja inútil para siempre... En el núcleo de ese suceso reside la peripecia sentimental y moral de esta novela que uno no puede dejar de relacionar con las armas que la maldad tiene para abrirse paso en forma de desdén o de traición; pero también está ahí presente el abrazo de la solidaridad y del amor como instrumentos que permiten que el hombre, en su despeñadero, tenga una rama a la que asirse.

Es una novela del fútbol y de la vida, de lo que el fútbol le enseña a la vida y viceversa. Imagino que ya habrá algún ojeador del cine mirándola, pues todo el suceso, y lo interior del suceso, reclama tantas imágenes como las que reclama el fútbol. La editorial ha adjuntado al libro una breve colección de cromos de futbolistas de aquella égida. Los que coleccionamos cromos de futbolistas sabemos que tocar aquellas figuras de papel era como tocar los sueños. Los que lean la novela sabrán en seguida qué importancia tuvieron para el Botas y para los aficionados de aquel tiempo aquel asidero a la vida que fueron entonces los cromos.

Dice Ramiro Pinilla, nada más despegar el celofán del libro: "Aunque el autor pide perdón por algunas licencias, este relato parte de una inmarchitable realidad". Y se va uno del relato sabiendo que Aquella edad inolvidable es la edad del fútbol cuando uno lo abrazó en la infancia. 

4 de mayo de 1976

Por: | 04 de mayo de 2012

Lluis Foix, corresponsal de La Vanguardia entonces, me advirtió de lo difícil que iba a resultar que un nuevo periódico se abriera paso en el extranjero, donde estábamos. Él era el corresponsal en Londres del gran periódico catalán y aquella primavera yo me estrenaba como stringer (o corresponsal aun no en plantilla) en Londres de un diario nuevo que aún no había salido en Madrid, El País.

Lluis tenía un despacho que parecía sacado de una película sobre periodistas de los años treinta, dirigida por Howard Hawks o por Orson Welles, e incluso por Hitchcock o Belly Wilder. Fumaba en pipa y tenía una cultura universal sobre todas las cosas. De modo que así me estrenaba, escuchando que iba a ser difícil. Y lo fui. Pero eso fue más tarde. Unas semanas después salió el periódico, tal día como hoy, pero yo no lo vi. A Londres no llegaba en seguida El País, y además no llegaba en seguida, y a veces nunca, ningún periódico español.

El País del 4 de mayo de 1976 llegó el 5 de mayo de 1976, sobre las doce del mediodía; lo traía consigo el corresponsal de Informaciones, Julián Martínez, que ya calentaba motores para regresar a la Redacción central de su periódico, del que por cierto provenían muchos de nuestros compañeros, entre ellos el director, Juan Luis Cebrián. Julián traía el periódico metido en una carpeta de donde lo extrajo, arrugado y finito, tan delgado que parecía el suplemento de anuncio de un periódico.

Ya está en la leyenda la portada: España aspiraba a entrar en Europa, y para ello Europa pedía que hubiera democracia plena, Areilza se iba a Marruecos a arreglar nuestras cosas con aquel país (él era ministro de Exteriores) y el periódico pedía que dimitiera Arias Navarro, el presidente que lloró por la muerte de Franco. Jesús Ceberio enviaba desde Euskadi una noticia que entonces era común y que ya ahora ya no existe, por fortuna: Eta mata a un guardia civil. Lo miré ávidamente, y aunque era delgado y quizá insuficiente era nuestro periódico. Julián no me quiso dejar el ejemplar, era el suyo. Pero ya estábamos en la calle, y yo no me olvido de la esquina de aquella calle, Fleet Street, donde fui tardío testigo de la salida del diario de nuestras vidas que hoy cumple 36 años, nada menos.

Chavela Vargas y el editor que la buscaba

Por: | 29 de abril de 2012

Chavela Vargas es adictiva, como el buen vino, como la buena cerveza y sobre todo como la buena música cuya letra te lleve a todas las historias.

México es la patria de las letras, como Argentina; el corrido y el tango constituyen, en su esencia, letras sobre la aventura de vivir, casi todas tienen que ver con el fracaso, por tanto tienen que ver también con el éxito, con la alegría de encontrar y con la zozobra de perder. Todas las letras te remiten a la vida propia, aunque le haya pasado lo que se canta a un tipo de Guanajuato o a una mujer de Entrerríos.

Ahora que la Fundación Príncipe de Asturias ha recibido el encargo de estudiar la propuesta de que este año gane el premio de las Artes este magnífico ejemplar humano que ha hecho felices a los desgraciados y viceversa, me ha venido a la memoria un suceso que tiene que ver con el imán que Chavela ha supuesto para muchos de los que nos hemos enamorado, y nos hemos curado de los amores, escuchando sus canciones, letras raspadas en la pared terrible, o enorme, de la vida.

Hace ahora veinte años, casi, un editor norteamericano, Peter Mayer, que entonces presidía Penguin, vino a Madrid invitado por Alfaguara a participar en un coloquio entre editores, antes de que el tema fuera la desaparición del papel y el asunto tan solo era cómo llenar de mayor enjundia y calidad el papel. Lo fue a buscar al aeropuerto mi compañero Ramón Buenaventura, y como creíamos que Peter era muy gordo, como un hombre para dos asientos, a Ramón se le pasó su presencia, y el editor se fue veloz a su hotel.

Por la noche lo encontramos y nos fuimos a tomar vinos al viejo madrid, en realidad al Oh Madrid. En algún momento, Peter preguntó si yo sabía dónde podría encontrar a Chavela Vargas y sobre todo quería saber si aquella leyenda seguía viva. A él le alegró la vida y la juventud aquella mujer de la que tenía el mejor recuerdo, pues la había escuchado en una cueva de México muchos años antes.

Por razones de la casualidad, había estado yo mismo unos días antes con Chavela, y sabía quién y cómo se podía encontrar. Llamé, pues, al editor Manuel Arroyo, Chavela estaba en su casa. Quedé con él para el día siguiente, a mediodía, era un domingo, pero no le avisé a Peter. Al abrir la puerta la propia Chavela, Mayer sintió la punzada de un sueño. Luego se hizo un groupie de la cantante, viajó tras ella por Europa, la siguió con Almodóvar, pues se enamoraron al unísono de Chavela, y también se hizo amigo de Arroyo.

Ahora siempre que leo una noticia que tiene que ver con Chavela Vargas, como ahora, a mi cabeza viene siempre Peter Mayer, aquella noche, Chavela abriéndola la puerta de la casa de Manuel Arroyo. 

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura?. ¿Y qué de quienes la hacen?. Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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