Arturo Pérez-Reverte cumplió en noviembre sesenta años y ayer dijo en la Fundación Juan March que está escribiendo una novela de amor. Está, pues, en la madurez; es académico, ha estado en mil batallas, es un autor de mucho éxito, y ahora, en el remanso de la vida, cuando ya es, como los suyos, un héroe cansado, se ha zambullido en un amor contado desde la experiencia de tres edades: los veinte, los cuarenta, los sesenta, en distintas geografías y en distintas épocas del siglo XX. No tiene título, o por lo menos él nunca da el título. Pero el nombre, una mujer, en torno a la que gira la trama que elabora en casa o viajando, recopilando información incluso comiendo, sí se conoce, lo dijo allí, ante el nutrido auditorio: se llama Mecha. Dará que hablar.

En todo caso, tuvieron mucho de que hablar, ante aquel auditorio, el autor de El pintor de batallas, y Sergio Vila-Sanjuan, periodista, autor de un libro capital en el universo del análisis de los best sellers. Porque se trataba, pese a la reticencia del novelista, de hablar de él como autor de libros muy vendidos. En 1998, cuando a José Saramago lo estaban premiando en Estocolmo, su amigo Pérez-Reverte estaba hablando precisamente de eso, de los best sellers, con Ken Follett, en la Feria de Francfort. Hubo un momento de silencio, circuló la noticia, él expresó su alegría, y siguieron hablando. De lo que se trataba entonces, cuando ya Reverte había publicado El club Dumas y La piel del tambor y había iniciado su triunfal serie Alatriste, era de discutir con su colega inglés, el autor de Los pilares de la tierra, acerca del fenómeno del best seller en la cultura europea, tan distinto al best seller de sello norteamericano.

Y Vila-Sanjuan le sacó a Pérez-Reverte, en la conversación que tuvieron en la March, ese recuerdo, y por ahí entró, por el best seller literario de estilo europeo, el novelista a contar el momento en que se acabó su timidez como escritor de los libros que quieren ser reflejo de su gusto y de sus lecturas. Eso ocurrió cuando leyó El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Eso era precisamente lo que estaba queriendo hacer el lector de Dumas: contar historias, expresar por escrito lo que había visto y vivido en su aventurera vida de reportero en guerras cruentas y en otras batallas civiles; y, sobre todo, lo que quería era demostrarse a sí mismo que la pasión por escribir no debía tener otro límite que la decisión de no aburrir.

Entonces él tenía 30 años. Escribió después, bajo la influencia de esa decisión de no dejarse tentar por el aburrimiento del sacrificio del escritor, La tabla de Flandes, que fue un éxito que nació en secreto: ni dios le dio pábulo en la crítica o en la información literaria de entonces, pero el libro se abrió paso mientras él andaba por los territorios terribles de las guerras del mundo. Cuando escribió y publicó El club Dumas ya estaba mejor equipado el mundo editorial para recibirle y para lanzarle, y ese fue, dijo él, un lanzamiento espectacular que preparó al auditorio de la época para los éxitos masivos que constituyeron las ya citadas La piel del tambor y El capitán Alatriste  y la secuela ya tan conocida.

Así se fue haciendo Pérez-Reverte best seller, pero él no tuvo la culpa. Quiso decir que detrás de lo que escribía había puramente el deseo de escribir, que mantiene intacto; él no sufre escribiendo, no siente que sea un sacrificio ver delante la página en blanco, que eso no le hace llorar, y si así fuera seguramente no dispararía un chícharo. Tampoco se propone, ni siente, que esté escribiendo un libro que "va a venderse como rosquillas"; siente, tan solo, la intuición "de que esto va a funcionar, pero porque me funciona a mi, escucho lo que voy escribiendo y noto que la respuesta interior se parece, probablemente, a la que va a tener el lector".

Sergio Vila-Sanjuan le preguntó a Pérez-Reverte si él le aconsejaría a un joven cómo tendría que hacerlo. El escritor había ido con corbata (venía de la Academia); aunque va rapado, esa vestimenta le daba la señal de un académico presto a decirle a los jóvenes cómo tendrían que hacerlo, pero se paró un rato, "no estoy seguro de que deba dar un consejo". Pero al final (Sergio es muy persuasivo) se dio por vencido y desgranó algunas pautas: "lee sin prisa, déjate llevar por el instinto, manten la sangre fría, no te dejes llevar por los juicios admirativos de tus amigos (suelen ser mentira), trabaja..." Trabaja: toma notas, haz esquemas, lee todo lo que puedas sobre el asunto acerca del que quieras novelar... "Yo no soy un artista, soy un artesano, por eso trabajo tanto hasta que logro un producto que refleje lo que tengo en la cabeza". 

Hablaron, cómo no, de héroes y heroínas. Para el creador de Alatriste, "el héroe de verdad es un solitario, un soldado en territorio enemigo, alguien que si flaquea sabe que será devorado... Mi héroe es individual: yo no creo en la humanidad, y mis héroes tampoco".

Y también hablaron de mujeres, de arquetipos... Fue al final cuando se lanzó Sergio a hacerle hablar de lo que ahora escribe. Es raro en Pérez-Reverte, pero fue más allá de lo que suele. La novela discurre en función de varias intrigas; Mecha es ahí la persona importante. Y esas tramas transcurren en Argentina, en la Costa Azul, en Sorrento (Italia)..., y por esos lugares (por sus mesones y por sus calles) ha discurrido últimamente la vida de Reverte, como si fuera un enviado especial que ahora sólo disfruta imaginando y no poniendo la mirada sobre realidades que le llenaron los ojos de sangre...

 

"¡Templa!", grita Gómez

Por: | 02 de febrero de 2012

Tiene algo de monje este tibetano del teatro, nacido para decir solo lo que bulle en su cabeza; es decir, este José Luis Gómez, director de teatro, sobrio como un misionero medieval, es, como actor, otra cosa, una personalidad distinta; se transforma, es Azaña si le da la gana, y es el misterio de Kafka o una basura (entiéndase) de Samuel Beckett.

Como director puede suscitar el ánimo de las masas a su cargo, es un hombre colectivo, un  director racial que dice en seguida lo que teme el actor: su verdad, lo que él cree que debe hacer el otro en el escenario. Y te puede dejar temblando.

No sé cómo es como actor dirigido, pues nunca estuve en un ensayo de ninguna de sus interpretaciones. Pero el otro día me invitó a un ensayo que él dirigía, y cuya consecuencia pueden ustedes ver ya en La Abadía, Grooming, la obra de Francisco Bezerra. Aunque sea de Huelva recriado en Alemania y anclado ya en Madrid, con los intervalos de sol que se procura, es como un anglosajón del norte, un tipo fino, casi transparente en sus silencios; piensa como si su cabeza estuviera dándole vueltas a una idea fija: cómo mejorar esto.

Así que empieza, en el ensayo, por recibirte como si fueras más importante que lo sigue, pues eso aprendió también en Alemania, la puntualidad, la exquisita atención al otro, para que el otro a su vez le dé lo mejor que tiene.

Había poca gente en la sala, cinco o seis personas, los técnicos, una regidora del escenario se cayó en un momento determinado por culpa de un badén mal puesto, y tanto él como sus técnicos se preocuparon como si en efecto hubiera habido un terrible accidente.

El escenario era tan sobrio como un sueño, o mejor como una pesadilla, pero eso lo dirán los críticos, yo me limito al ensayo. Lo cierto es que Gómez de pronto (cuando era la hora en punto en que aquello tenía que ponerse en acción) dijo que apagaran las luces, que comenzara el espectáculo, aunque aún en periodo de pruebas. Por un lateral aparecieron un hombre vestido de domingo, con su corbata y su traje gris, y una chica que andaba corriendo; eran todavía dos ciudadanos que iban a su puesto de trabajo; un rato después eran actores en el escenario.

Lo primero que vimos fue al hombre que iba vestido tan sobriamente disfrazado de conejo, como si fuera una pesadilla cruzando el escenario. Y luego se desarrolló la trama. Sobrecogedora. La historia de un acosador que busca en Internet la fluencia casual de las adolescentes, y se inmiscuye en la vida de una chica que, a su vez, cuando aquello se desarrolla y se acumulan pesadillas que retumban en la memoria como un espectáculo de hoy, real, realista, abrumador, destroza al acosador con las revelaciones de sus propios juegos.

Pero, ya digo, la obra la ve el crítico, yo me limité a ver el ensayo. Junto a mi, en la misma fila, estaba el actor Javier Cámara. Al final, aplaudieron todos, y Gómez parecía satisfecho, tenía razón para estarlo: el texto es veloz, vibrante, difícil de reneter, pero los actores, Antonio de la Torre y Nausicaa Bonnin hacen un trabajo excelente, me pareció, yo me metí en la obra, eso no es sólo por el texto, es por los actores, por el director.

Al final hubo aplausos y bromas; es raro, y esto es grande en el teatro, ver a dos personas de carne y hueso, Antonio, Nausicaa, siendo ya otra vez aquellas personas que terminan su trabajo y se van, cuando antes los has visto vestidos de pesadilla. Ella se marchó, plas, velozmente, y Antonio se quedó diciendo algunas bromas; dijo:

    --¡No se preocupen, estrenamos el año que viene!

Rieron. Luego estuvo hablándome de fútbol, insinuando que este no es el año del Barça.

¿Y Gómez? Como un monje, entre Kafka y Beckett, silencioso y profundo en su asiento, disfrutando de una obra de la que se enamoró, eso dijo. ¿Y qué hizo en toda la obra? Mirar, miraba como un hurón. Y sólo dijo una cosa, en una escena en la que los dos protagonistas estaban sentados en el parque, uno muy cerca del otro. Gritó:

--¡¡Templa!!

Creo que iba dirigido al actor, ellos sabrán. Pero no hubo ninguna otra interrupción, no la creyó necesario. El espectador tampoco. Terminó el ensayo. Nos fuimos. No le he preguntado a ninguno de los implicados qué significa "¡templa!", pero ellos saben, pues estuvieron muy templados. A ver qué dice el crítico.

 

"Como adelgazar follando". La anatomía de un ´best seller`

Por: | 01 de febrero de 2012

El libro se llamaba, traducido del inglés, algo así como Cómo estar más delgado gracias al sexo. Era de un tal Richard Smith y lo había comprado Grijalbo-Mondadori para su colección de autoayuda. El editor Daniel Fernández, que ahora es director de Edhasa (historia, ensayo, novelas históricas; fue periodista literario, también, escribió en El País) se reunió con su equipo y, casi jugando, encontró otro título que enganchara de mejor manera a sus previsibles lectores.

El título que encontraron fue Cómo adelgazar follando, y por ahí sigue. Es un ´ best seller`. O mejor, un ´megabestseller`, es decir, un libro que se vende muy bien durante mucho tiempo, lo que en definitiva también se puede llamar ´un longmegabestseller`, pues de todo ello se trata en este sector boquiabierto ahora que es el mundo editorial.

Ah, el título que hallaron no fue lo único que Daniel Fernández y su gente encontraron para convertir en más atractivo (y más vendible, sobre todo) el ensayo de autoayuda de Richard Smith, que sigue por ahí, tan campante. Incorporaron a la edición una tarjetita de ´contracalorías` en las que fueron especificando de qué manera afectaba la práctica del sexo a una dieta de adelgazamiento; ahí se incluía, por ejemplo, cuántas calorías se pierden usando adecuadamente, y con el esfuerzo preciso, el conveniente preservativo.

Primero publicaron dos mil ejemplares, esperando que tanto el título como los otros aditamentos fueran suficientes para que esa edición modesta advirtiera de la existencia del libro a los libreros y a los lectores. Ahora ese volumen que en teoría era un libro menor o en todo caso inane en un catálogo va ya por el millón doscientos mil ejemplares. Reflexionó Daniel Fernández al contar todo esto, en su conferencia sobre los libros mejor y peor vendidos, dentro de un ciclo en el que intervino anoche en la Fundación March, en Madrid: "Lo que se demuestra es que o bien la gente tiene muchas ganas de adelgazar o o bien tiene muchas ganas de follar". Y negará haberlo dicho, explicó, en el mismo tono jocoso que usó en algunas partes de su charla, "¡pero es extraordinario que mi mayor ´best seller`como editor haya sido esa estupidez!"

Daniel Fernández habló de los mejor vendidos, de los muy vendidos durante mucho tiempo, de los peor vendidos, pero sobre todo habló (y ese era explícitamente el objetivo de su conferencia ante un público que rió y reflexionó con él: la sala estaba llena) de la figura del editor y de los peligros que la acechan. El editor está ahí, en el sector, para conducir un catálogo, para hacerlo vivir como una apuesta literaria estimulante, pero en este mundo "que se ha convertido en un disparate", es el mercado el que está organizando los catálogos, y ya va dando lo mismo que haya un editor o que haya otra figura en la conducción de los catálogos pues éstos a duras penas existen. "Los libros aparecen instigados en una sola dirección, buscando más los instintos del público que respondiendo al gusto del editor".

Para hablar de este deterioro de la figura del editor, engullido en la pasión (comercial) que ahora domina el mercado ("y todo es mercado, eso parece"), se remontó al 1500, cuando el editor italiano Aldo Manuzio (1449-1515) decidió dejar de atender encargos y publicar los libros que a él le gustaran. Ese fue, para Fernández, el primer editor de la historia en el sentido que luego (¿y hasta hoy?) ha existido. Desde entonces, el editor ha cuidado los libros, ha decidido según su gusto y ha ido creando, para sus sellos respectivos, un catálogo reconocible hasta por el aspecto de los volúmenes que publica. Eso se ha roto en pedazos (no en todos los casos, naturalmente), pero en la lucha por el ´best seller` o el ´megabesttseller` o el ´long seller` es esa figura antes muy reconocible y ahora cada vez más adelgazada (pero no por follar, o no sólo) del editor de libros.

Todos buscamos ´best sellers`, explicó Daniel Fernández, "pero sabemos que pueden acabar con el catálogo". Y pueden enriquecer o arruinar al editor que cree en ellos como único sustento de su historia. Un ´best seller` de un determinado autor no garantiza que el segundo libro del mismo autor corra igual suerte; un ´best seller`, además, no es reconocible inmediatamente antes de publicar; puedes tener una intuición, que probablemente vendrá también de la reacción del libro en otras lenguas o en otras latitudes. Pero no es automática la creación de un ´best seller`, pues, sobre todo, no se crea directamente, depende del gusto del lector y de la trascendencia que tenga el boca a orjea, "que ese sigue siendo el mejor marketing".

Él contó uno de sus casos, aparte de aquel que prometía adelgazamiento por la vía del fornicio. También fue en su etapa de editor en Mondadori. Se trata de Como agua para chocolate, de la mexicana Laura Esquivel. Leyó el libro, pensó en seguida que sería un libro muy vendido; se lo contó a la red comercial (en España y en América, menos en México, ahí no tenían derechos), se lo contó a los libreros, se lo contó a la prensa (incluido este periódico), "nadie hizo ni puñetero caso" y el libro no ´funcionó, se quedó en blanco en los almacenes..., y él sintió la punzada del fracaso,  pues había puesto ahí una energía que ya pudo haber usado adelgazando o haciendo por adelgazar... Finalmente, trascendió que el libro sería la base de una película, que ésta se haría en Estados Unidos; el libro se publicó de hecho en Nueva York, y fue El País precisamente el que dio noticia del éxito de ventas que este particular éxito de Laura Esquivel estaba teniendo por ahí... Y las ventas se dispararon, hasta extremos entonces inconcebibles.

Contó muchas más cosas Fernández. Su tesis es que el editor es preciso, "es el que levanta una bandera explicadno qué quiere vender y por qué", y que esa bandera hoy está a media asta. La figura del editor se ha adelgazado, y no precisamente por lo que ustedes están pensando.

El ciclo continúa mañana. Sergio Vila-Sanjuan, director del suplemento literario de La Vanguardia y autor de un volumen definitivo sobre la fabricación de ´best sellers`, dialogará con Arturo Pérez-Reverte, autor de obras tan importantes como La piel del tambor o El pintor de batallas. En la Fundación March, a las 19.30.

Es curioso, mientras escribía el nombre de Sergio me envió Sergio un mensaje: "Hoy, fútbol literario en el suplemento Culturas de La Vanguardia". Pues eso, háganse con el suplemento. Y con un libro, o muchos. Es bueno para la salud, decía Saramago. Y lo decía anoche, también, Daniel Fernández. Para la salud y también para la alegría.

 

¿Votará Niemeyer?

Por: | 31 de enero de 2012

La sorprendente noticia de que el presidente asturiano Francisco Álvarez Cascos ha propuesto a sus conciudadanos ir otra vez a las urnas seis meses después de haber ganado por una sutil mayoría me trajo a la cabeza de inmediato el caso que abrió Cascos cerrando la perspectiva del Museo Niemeyer en Avilés. ¿Votará ahora Niemeyer, dirá algo el museo en esta nueva convocatoria electoral?

Los centros culturales tienen la voz que le dan, pero es cierto que la voz del Niemeyer era poderosa, empezaba a serlo; Cascos y los suyos lo cerraron alegando que allí dentro no se hacía nada de lo que debiera estar orgullosa Asturias. Demasiado moderno, poco motivo astur. Forzados un poco a elaborar sobre el asunto, llegaron a decir que lo que iban a hacer allí se debía parecer bastante a lo que se hacía.

Entonces, ¿qué no les gustaba del Niemeyer?

El cierre del Niemeyer, nada más llegar al Gobierno, fue en el caso del mandato de Cascos una señal de lo que se proponía como presidente: hacer lo que quisiera atendiendo más a su propio eco autoritario que a la voz ajena, y dejó perplejos a los asturianos con la celeridad con la que abordó, a su manera, el complejo asunto del arte como motor de las ciudades.

¿Para hacer qué? En eso hubo mucha discusión, y debió haber muchísima discusión interna, que debe proseguir incluso sobre el ruido de la decisión de marcharse para intentar volver.

Al lado de esa decisión, Cascos decidió acabar también con el Festival de Cine que pretendía ser como el Sundance del sur. ¿Por qué? Por dinero. ¿Por dinero? Es posible, lo que pasa es que eso costaba bien poco.

Ahora se abre un debate electoral, otra vez, en Asturias, e imagino que Niemeyer, el propio Niemeyer, el arquitecto, sumido en la bruma de su edad, recibirá la noticia en Brasil con esa media sonrisa que se le pone a los viejos sabios cuando ven pasar, por delante de la puerta de su experiencia, la posibilidad de que el que los ofendió le devuelva la moneda de su honor.

Si él pudiera, si pudiera votar Niemeyer, lo haría seguramente, y seguramente podríamos adivinar qué diría en la urna o, lo que es lo mismo, qué le diría a Francisco Álvarez Cascos, que lo borró del mapa de las nomenclaturas modernas de Asturias. 

Contra el anonimato

Por: | 29 de enero de 2012

Elpais.com informa esta mañana que Anonymous ha decidido intervenir en la privacidad electrónica del ministro de Edudación y Cultura, José Ignacio Wert, y de la exministra Ángeles González Sinde, que ocupaba la segunda cartera en la última administración socialista. Contra el anonimato siempre, y por supuesto contra esta acción; respeto para los ciudadanos, para su nombre, para sus apellidos, para lo que es suyo, para lo que les pertenece más íntimamente y para lo que les pertenece porque lo han hecho, lo han escrito, lo han compuesto, porque lo han vivido y tiene su sello. El anonimato es el germen de otros abusos; es el que ampara a los ladrones, y no sólo a los ladrones más aviesos y violentos, sino también a los que usan guante blanco, y también a los que abusan de la demagogia para explicar la raíz de su irrespetuosa agresión a la propiedad de autores e intérpretes, por ejemplo. La sociedad ha de defenderse con honestidad y fortaleza contra este tipo de burlas, y nadie, ni siquiera jugando, ha de aceptar que el anonimato se convierta en una identidad y por tanto en una naturaleza que hay que soportar simplemente porque viste bien vivir sin ser visto.

Víctor García de la Concha, la paciencia y el genio

Por: | 28 de enero de 2012

El nombramiento de Víctor García de la Concha para presidir el Instituto Cervantes es una buena noticia; la trayectoria del académico y crítico (y ojalá algún día memorialista también) es la de uno de esos intelectuales pacientes que se ponen un día al servicio de una idea, abandonan un rato su estudio concienzudo, se dedican a esa idea y convierten lo que se les confía en un acontecimiento memorable.

Véase lo que hizo al frente de la Academia de la Lengua, cuando sucedió al inolvidable Fernando Lázaro Carreter. Y véase lo que hizo en Ínsula, la revista que fundaron Cano y Canito, y véase lo que hizo en la jornadas de Verines, desde la que impulsó la relación de jóvenes y veteranos escritores, narradores y poetas.

Mientras tanto, escribió libros, dedicó jornadas de estudio a discutir con los clásicos (los antiguos y los modernos) y compaginó también la pasión por la escritura con la dedicación a la amistad; no hubo despedida alguna de los últimos años en que no viera o leyera la mirada fértil de este escritor tranquilo, al que únicamente le reprocharía que no usara, todavía, su pasión biográfica para contar en memorias lo que ha ido viviendo cerca de otros. Pues cuando usa la escritura para retratar a los otros, a los que ha conocido, muestra la sensibilidad que es propia de los que recuerdan con generosidad.

A esos valores une, como gestor, uno que seguramente le va a servir para dirigir los destinos del Cervantes, donde sucede ahora, en puridad, aunque su destino tenga otras características, a Carmen Cafarell, apasionada defensora de la idea del Instituto. Ese valor de gestor de García de la Concha es la discreción, que ha ejercido con mucha sensibilidad en la Academia; pues las relaciones en torno a los nombres propios de la literatura (y sobre todo de los que están vivos, naturalmente) requiere de una mano izquierda que a él le sobra.

De modo que celebro este nombramiento; era una buena decisión lógica, tenía mucho más sentido que la oferta audaz a Mario Vargas Llosa, alejado de la gestión (donde jamás ejerció) y siempre mucho más cerca de la creación literaria; Víctor García de la Concha ha mezclado tareas y en todas y en cada una de ellas ha ejercido con mucha responsabilidad el servicio público sin dejar a un lado la perspicacia de un lector cuya sabiduría es una manera de ser. Ahí estará, gestionando, no sólo es un gran nombre propio con una carrera brillante detrás, sino que es capaz de ejercer su genio desde la paciencia del despacho.

Twitter y la libertad

Por: | 27 de enero de 2012

Mucho revuelo en torno a la anunciada decisión de twitter de limitar la libertad de lo que dicen sus usuarios en algunos ámbitos del mundo donde esa libertad no esté en las fronteras de lo permitido. El revuelo es natural, porque el asunto se presta a todo tipo de manipulaciones y es, de raíz, la expresión pública de una futura o posible manipulación.

En la información que ofrece elpais.com se dice, con razón, que la libertad no cabe en un tuit; en realidad, la libertad no tiene espesor, ni cantidad, no pesa sino que es: es lo que distingue al hombre, y proviene, desde Kant y más allá, del aprendizaje de la libertad. Para decir hay que aprender, así que libertad es la expresión de lo que se sabe. Muchas veces se habla de la libertad (de la libertad de expresión, por ejemplo) como si dentro de la expresión libertad solo haya aire y humo, cuando lo que debe haber dentro de la palabra libertad, para que tenga peso, es aprendizaje y sabiduría, opinión propia, pero sobre todo opinión apropiada. Una opinión que no se sustenta en nada, que se dice tan solo para arrojar insulto en el lado del otro, no es libertad sino nada, nada en su término más puro y grosero.

Dicho esto, hablemos de twitter. Evidentemente, esa expresión enredada de redes internacionales que ya usa todo el mundo ha querido ponerle puertas al campo de su propia expresión, y ha lanzado esta idea que ha soliviantado a sus usuarios. Es lógico: no está claro cuál va a ser el alcance de las prohibiciones, cuyo anuncio se presta a la sospecha de la arbitrariedad. Imagino que ahora twitter se verá obligado a expresar más concretamente esos ámbitos legales a los que alude; pero sí es cierto que desata todo tipo de temores que una red que basa su éxito en la apertura total de su sistema para que la gente diga lo que quiera anuncie ahora que también ella será fronteriza. Lo global frente a lo prohibido, lo global pasándose a negro cuando corresponda.

No uso twitter, no he caído aún en esa red y he resistido, más por desconocimiento técnico que por pura convicción personal, los consejos que me dan muchos amigos: entra en esto. He leído un libro, Superficiales, qué está haciendo Internet con nuestras mentes, que me previno, que me situó en el lado de los que aún no dan el paso. Lo daré, qué duda cabe, sobre todo ahora que lo han dado por mi. Me avisaron recientemente de que había una persona que se llamaba como yo, y no sólo, que era como yo, con mi fotografía, que durante algunos meses del año pasado se dedicó a enviar tuits a otros seguidores; y no sólo eso, supe, porque lo vi, que esos comentarios de 140 caracteres que hacía tenían cierto eco y cierta voluntad de estilo. Yo no era, yo no soy. Ya lo puse en conocimiento de twitter, pero advertí en seguida que darse de baja era para mi mucho más complicado que lo que lo fue para el que se dio de alta fraudulentamente.

Esa usurpación de la identidad me pareció preocupante, por no decir grave o decepcionante; esa es, me parece, un ataque a la libertad de ser, pues uno no es quien no quiere ser, aunque el otro diga que uno es quien parece ser. Y twitter tenía que haber eliminado al usurpador (la usurpación, quero decir) de inmediato. Y es la primera noticia de que sí, tal vez twitter debería controlar algo, al menos eso. ¿Controlar lo que se dice? Hombre, se supone que los adultos que usan su libertad sabrán a estas alturas qué cosa es la libertad, lo hubiera dicho Kant o su porquero. 

El gesto de Lassalle con Rogelio Blanco

Por: | 26 de enero de 2012

Es complicado, en todo caso, escribir sobre política cultural. Es esencial, claro, y hay excelentes periodistas que cultivan ese género y que son capaces de convertir en atractivo lo que en principio pareceria áspero o burocrático. Hoy voy a hablar por un  instante de algo que tiene que ver con los políticos y con la cultura.

Me refiero al gesto que el actual secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, ha tenido con el hasta hace un mes director general del Libro, Archivos y Bibliotecas de las dos legislaturas socialistas, Rogelio Blanco. Como publicó en elpais.com Tereixa Constenla, que es de esas periodistas que convierten el trabajo sobre política cultural en un ejercicio que apela al interés general del lector, Lassalle le ofreció a Blanco, y éste ha aceptado, seguir como asesor suyo en el organigrama, que imagino complejísimo, de ese ministerio que ahora se refugia en las amplias faldas del Ministerio de Educación.

Es un buen gesto, y es ejemplar; muchas veces, en los traspasos de poderes, se traspapelan experiencias, se dejan a un lado curriculos prestigiosos o eficaces, en aras del intercambio político. En esta ocasión Lassalle ha demostrado que se puede hacer y se debe hacer con los que se van gestos que dignifiquen el pasado y lo conviertan en parte del futuro. Seguramente habrá extrañado a la concurrencia, porque este es un país áspero y tantas veces ingrato con los que se van y con los que vienen, pues siempre estamos con la cimitarra dispuesta para cortar cabezas o para ponerlas a enfriar. Y esta vez no ha sucedido eso en este ámbito tan complejo (y tan peligroso) del mundo del libro, que vive una encrucijada tan grave como preocupante, y que precisa de todas las manos posibles para abordarla con sensatez, utilizando para ello opiniones distintas, trayectorias diferentes e incluso distantes.

 

Rita y Chico

Por: | 25 de enero de 2012

El estudio de Mariscal es diáfano; allí dentro, en aquellas mesas de madera cubiertas de tazas de té verde y de manzanas rojas, hay una vitalidad extraordinaria, como si fuera siempre junio e hiciera buen tiempo; hay alegría de bicicletas y risas sordas de los hermanos Errando, que así se llaman, en realidad, los Mariscal a los que Xavi les ha dado este segundo apellido. Pero ellos son Errando Mariscal, miembros extraordinarios (en el sentido literal) de una gran familia. Sobre esa familia hablamos un mediodía como si estuviéramos adentrándonos en un océano interminable sobre el que alguna vez ellos tendrían que hacer un libro, una película o un soneto.

El estudio de Fernando Trueba es una biblioteca al final de una finquita que se abre al cielo del Madrid de Arturo Soria; Trueba tiene en ese cubículo lleno de la luz natural del patio discos, películas, libros...; es como el centro de operaciones de un hombre del Renacimiento que sólo soporta la palabra cuando dice algo o le hace reír; de resto, ahí está, en silencio, después de haber vivido una infancia (como los Errando) llenos de hermanos y por tanto de diversión y músicas ensordecedoras en una familia que luego prolongó la familia Huete, la de Cristina, su mujer de tanta sensibilidad como sentido común.

Uno y otro juntaron risas parecidas y similares melancolías y se pusieron a trabajar sobre una historia de amor. Como en los dos la excentricidad es un lujo que no se permiten abandonar, en lugar de escribir una película cualquiera, es decir, con actores de carne, hueso y estornudos, hicieron una película de dibujos animados. Y lograron, con esos materiales (el corazón, el desdén, el alma, el amor, el exilio y la música), una hermosa historia de amor y melancolía que tuvo al estudio de Mariscal, a la imaginación de Trueba y a la mano de Xavier, en vilo durante años. Hasta que salió Chico y Rita, fruto del arte hecho con paciencia, como si plantaran un árbol e impávidos lo vieran crecer.

Ahora la película aspira a los Oscar. Ni uno ni otro (Mariscal, Trueba) van por el mundo diciendo más alto que nadie el valor de lo que hacen; así que me alegra que sea Hollywood, ese mito de dos cabezas (la buena y la mala) la que haya gritado, por fin, que la película no es sólo un capricho de dos genios tranquilos pero dislocados. Y me he alegrado muchísimo, como espectador de los dos estudios, el del dibujante y el del cineasta, que de ambos ámbitos haya salido esa hermosa alegoría del amor de los solitarios.

Los cuentos y ´Nada del otro mundo`

Por: | 23 de enero de 2012

Por alguna razón que la razón no entiende, en los años 80 de nuestra era resultaba muy difícil que los editores publicaran cuentos y por tanto se hizo habitual que a los escritores les supusiera esa puerta cerrada una señal disuasoria para cultivar el género del que nacen todos los géneros, incluidos la poesia y la narrativa cinematográfica.

Pero en los años 90 algunas editoriales decidieron que no podían dejar a un lado un género tan crucial, que, en el ámbito de nuestra lengua, dio de sí personalidades de la altura y de la profundidad (el cuento es altura y profundidad) de Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar o Ignacio Aldecoa.

Entre los cuentistas de la época, algunos de cuyos relatos fueron publicados en EL PAÍS antes de gozar de envoltorio de libro, estuvo Antonio Muñoz Molina, que recopiló (y publicó en 1993) una selección fantástica de sus mejores cuentos, con el título ´Nada del otro mundo`. Aquella edición apareció en Alfaguara, y ahora, con algún añadido muy pertinente, ´Nada del otro mundo` ve nueva edición en Seix Barral, que es donde actualmente publica el escritor de Úbeda.

Me ha dado mucha alegría ver esa recopilación otra vez en curso, pues ahí se encierra, como ha dicho la crítica, el germen y también la metáfora que explica la capacidad que tiene Muñoz Molina para hacer de sus dotes de observación un material poético y narrativo de primera calidad. Ese libro es casi contemporáneo de una de sus mejores creaciones novelísticas, ´Ardor guerrero^; dicen que el cuento es como una piedra que se lanza en un estanque, y que aunque la piedra sea menor, el estanque se asusta, o se divierte, en todo caso se solivianta. Pues estos cuentos que Muñoz Molina publicó entonces y publica ahora representan muy bien, cada uno de ellos, esa trascendencia que Antonio le da a la imaginación como reflejo de lo que ve; lo que sueña, es decir, lo se le ocurre, nunca está alejado de la realidad, pues él es un narravor que ´ve` escribiendo, que acompaña la ficción con una enorme penetración realista, atemperada siempre por la melancolía de la que parte su poder de mirar o su poder de adivinar dónde la ficción ya es sueño, imaginación absoluta.

He aquí, pues, al Muñoz Molina primigenio, el que venía de Granada a las ciudades más grandes, el que empezaba a asombrarse del mundo, y el que tenía derecho a exclamar, como su afortunado título, que tampoco lo que hay por ahí es nada del otro mundo.

Dice Muñoz Molina en el prólogo de entonces, que es también el prólogo de ahora, algo que leyó en un texto de Bioy Casares: "Bioy Casares ha dicho y escrito que por las disgresiones entra la vida en la literatura". De esa convicción de Casares parte lo mejor de la literatura de Muñoz Molina, incluido el inolvidable ´Sefarad`, construido a partir de disgresiones que convierten su texto en un universo en el que da gusto vivir, o ´El viento de la luna`, el emocionante homenaje a su padre, en el que se mezclan situaciones mundiales con la crónica minuciosa de la vida de un hombre humilde cuando el mundo estaba viendo, asombrado, que era verdad que el hombre había pisado la luna...

Quiero recomendar el libro; a los que ya leen a Muñoz Molina, porque descubre sus cimientos, y su simiente; y a los que no lo han leído porque es un pórtico formidable para entender la vena poética de la que él parte.

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura?. ¿Y qué de quienes la hacen?. Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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