¡Ño!
En mi casa no había diccionarios, pero estaba mi madre. Todas esas palabras que nosotros buscamos nada más llegar a la adolescenia me las explicaba ella. Luego dijo que no era cierto, pero yo recuerdo sus definiciones como si las estuviera escuchando ahora. Una de ellas tenía la asistencia indispensable de la letra eñe. Había muchas palabras que empezaban por eñe entonces, por ejemplo, la palabra ñame, que señalaba a un tubérculo dulce, entre la batata y la papa; de él se hacían postres y ahora mi hermana me ha puesto un ñame en el plato y no me ha sabido a nada. Pasa. Pero la palabra central que se hacía, y se hace, con eñe no es España, ni cáñamo, ni ñame, ni ñoño. Es coño.
Para explicarme el diverso origen, según ella, de las palabrotas, ideó o repitió, una fórmula nemotécnica que jamás he olvidado: "El coño es una maceta / donde se planta el carajo / y si no retoña el gajo / dale parte a la puñeta". A lo largo de mi vida, mi hija, mis sobrinos e imagino que los ya abundantes sobrinos nietos han ido escuchando, de mí o de mis hermanos, ésa y otras herencias verbales de las que fue tan rica la memoria de mi madre.
Ayer hubo en este rincón una larga discusión sobre el defecto de la eñe, que no había en el ordenador que usé en el Hotel Mencey de Tenerife. Olvidé mi ordenador en Madrid; soy incapaz de convertir un teclado inglés en un teclado español y además soy incapaz de casi todo. Esta mañana he ido a escribir en el ordenador del Hotel Atlantis Duna Park de Corralejo, en Fuerteventura, y tuve que pagar por el ingreso un euro por cada diez minutos, en un artilugio que recuerda las viejas máquinas tragaperras de la calefacción inglesa. Pero no funcionaba el teclado. Nada en el teclado funcionaba. De modo que ahora estoy dictando esta entrada de hoy a uno de mis innumerables sobrinos mientras me como una pera en el bufé de este hotel junto a las dunas. Prometo no viajar más sin un teclado o sin un sobrino.
Por cierto, durante años el saludo de Manuel Padorno, el gran poeta, cada vez que le encontraba o le llamaba era: "¡Ya coño!". La expresión más habitual de mis paisanos, cuando algo les sorprende o les da rabia es: "¡Ño!". Ayer, ante algunas de las respuestas que leí en el blog, me dieron ganas de decir lo mismo. Lo digo hoy: "¡Ño!".
