Mientras contemplaba uno de los paisajes más felices del mundo, el de las islas Cíes, en Galicia, se quemaban en Canarias dos de los grandes paisajes de mi alma, el norte de Tenerife y el centro y el sur de Gran Canaria. Nombres que forman parte de nuestras vidas, las vidas de los canarios, paisajes que el fuego va destruyendo ante la impotencia de miles de personas que no sólo viven allí la evidencia de la belleza de los montes y de los bosques sino que viven físicamente allí, allí tienen sus casas, sus pasiones y sus preocupaciones, y que ahora se ven despojadas de sus viviendas y en este mismo momento sufren la incertidumbre de lo que puede suceder.
Esos nombres que se dicen en los boletines de la radio y en las informaciones de los periódicos o de la televisión están mezclados con los nombres de nuestros parientes y de nuestros amigos; nací muy cerca de los lugares que ahora se están quemando en Tenerife; por allí iba en la adolescencia, a buscar amigos, y por allí me llevaba mi padre cuando no sabía qué hacer conmigo en casa.
Cuando se quema una isla, y esa isla es propia, el sentimiento es personal, íntimo, como si se estuviera derrumbando parte del corazón de una experiencia. En periodismo se dice que lo que está cerca es lo que primero interesa; en casos así vives de manera dramática y práctica la realidad y la eficacia de esa teoría.
Los incendios llevan algunos días, pero ahora se han agravado en Gran Canaria; el de Tenerife se avivó ayer, y sigue el de La Gomera, que es otro espacio especial para todos los canarios. Así que nos está quemando ese corazón que reside, según la copla, debajo de las nieves del Teide. Ojalá, ojalá se apaguen pronto esos incendios, y que sobre el rescoldo regrese la belleza que el fuego arrasa a su paso.
Escuché que las noticias eran aún más dramáticas mientras caminaba por Cíes. Qué lugar, qué belleza; una desgracia en Cies debe sonar como un millón de desgracias. Le pregunté a Pepín Fernaández, el director del parque, si no aturdía tanta belleza; me miró, con esos ojos azules que tienen los gallegos, y me dijo: "No, porque va variando". Luego me bañé, junto con el fotógrafo, Lalo Villar, en la playa de Nuestra Señora; Pepín dice que la arena tiene diez mil años; lo parece. Y tiene razón Pepín, a medida que avanzas en Cíes vas encontrando que la belleza alcanza otros contornos. Si la felicidad tiene un nombre y una residencia, escríbanle cartas a Cíes. Al irme le envié un mensaje a una gran amiga que pasa por tiempos difíciles, hablándole de este lugar tan mágico; y llamé a Luz Casal, cuya música me vino a la mente mientras contemplaba la simetría fabulosa de las islas y del mar, mientras volvía a Vigo, a pisar la realidad.
Ya les contaré en el periódico qué vi y qué viví en Cíes. Pasó otra cosa en Cíes, aparte del drama de los incendios canarios. Recibí la noticia de la muerte de Ingmar Bergman. Le conocí en Estocolmo, y le hice una entrevista cuyas circunstancias se explican en la versión completa que colgó ayer EL PAIS.com; ahí lo pueden ver. No me quedé tranquilo, quise escribir algo sobre él, pero yo no me había llevado ordenador a Cíes. El guarda mayor, Moncho Noguera, me dejó su casa y su despacho, contiguo a la mesa de comedor y a la cocina; allí escribí, y luego envié el texto por mail desde su propio correo del Parque Nacional de las islas Atlánticas. El artículo sale hoy en EL PAIS.
Luego regresé al barco y nos fuimos.
La naturaleza es capaz de transmitirte mil estados de ánimo; la desgracia, que viene de Canarias ahora, lamentablemente, y la felicidad que encontré en Cíes. La felicidad existe, pero luego vas sabiendo otras cosas.