Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Fuego en el corazón

Por: | 31 de julio de 2007

Mientras contemplaba uno de los paisajes más felices del mundo, el de las islas Cíes, en Galicia, se quemaban en Canarias dos de los grandes paisajes de mi alma, el norte de Tenerife y el centro y el sur de Gran Canaria. Nombres que forman parte de nuestras vidas, las vidas de los canarios, paisajes que el fuego va destruyendo ante la impotencia de miles de personas que no sólo viven allí la evidencia de la belleza de los montes y de los bosques sino que viven físicamente allí, allí tienen sus casas, sus pasiones y sus preocupaciones, y que ahora se ven despojadas de sus viviendas y en este mismo momento sufren la incertidumbre de lo que puede suceder.

Esos nombres que se dicen en los boletines de la radio y en las informaciones de los periódicos o de la televisión están mezclados con los nombres de nuestros parientes y de nuestros amigos; nací muy cerca de los lugares que ahora se están quemando en Tenerife; por allí iba en la adolescencia, a buscar amigos, y por allí me llevaba mi padre cuando no sabía qué hacer conmigo en casa.

Cuando se quema una isla, y esa isla es propia, el sentimiento es personal, íntimo, como si se estuviera derrumbando parte del corazón de una experiencia. En periodismo se dice que lo que está cerca es lo que primero interesa; en casos así vives de manera dramática y práctica la realidad y la eficacia de esa teoría.

Los incendios llevan algunos días, pero ahora se han agravado en Gran Canaria; el de Tenerife se avivó ayer, y sigue el de La Gomera, que es otro espacio especial para todos los canarios. Así que nos está quemando ese corazón que reside, según la copla, debajo de las nieves del Teide. Ojalá, ojalá se apaguen pronto esos incendios, y que sobre el rescoldo regrese la belleza que el fuego arrasa a su paso.

Escuché que las noticias eran aún más dramáticas mientras caminaba por Cíes. Qué lugar, qué belleza; una desgracia en Cies debe sonar como un millón de desgracias. Le pregunté a Pepín Fernaández, el director del parque, si no aturdía tanta belleza; me miró, con esos ojos azules que tienen los gallegos, y me dijo: "No, porque va variando". Luego me bañé, junto con el fotógrafo, Lalo Villar, en la playa de Nuestra Señora; Pepín dice que la arena tiene diez mil años; lo parece. Y tiene razón Pepín, a medida que avanzas en Cíes vas encontrando que la belleza alcanza otros contornos. Si la felicidad tiene un nombre y una residencia, escríbanle cartas a Cíes. Al irme le envié un mensaje a una gran amiga que pasa por tiempos difíciles, hablándole de este lugar tan mágico; y llamé a Luz Casal, cuya música me vino a la mente mientras contemplaba la simetría fabulosa de las islas y del mar, mientras volvía a Vigo, a pisar la realidad.

Ya les contaré en el periódico qué vi y qué viví en Cíes. Pasó otra cosa en Cíes, aparte del drama de los incendios canarios. Recibí la noticia de la muerte de Ingmar Bergman. Le conocí en Estocolmo, y le hice una entrevista cuyas circunstancias se explican en la versión completa que colgó ayer EL PAIS.com; ahí lo pueden ver. No me quedé tranquilo, quise escribir algo sobre él, pero yo no me había llevado ordenador a Cíes. El guarda mayor, Moncho Noguera, me dejó su casa y su despacho, contiguo a la mesa de comedor y a la cocina; allí escribí, y luego envié el texto por mail desde su propio correo del Parque Nacional de las islas Atlánticas. El artículo sale hoy en EL PAIS.

Luego regresé al barco y nos fuimos.

La naturaleza es capaz de transmitirte mil estados de ánimo; la desgracia, que viene de Canarias ahora, lamentablemente, y la felicidad que encontré en Cíes. La felicidad existe, pero luego vas sabiendo otras cosas.

¡Pasa, pasa, pasa, no compres en Aldeasa!

Por: | 30 de julio de 2007

Acabo de llegar, ¡otra vez!, al aeropuerto. Un ruido ensordecedor, de gritos y de silbatos, le rompe la mandíbula al silencio que se le supone a las seis de la mañana; un grupo de mujeres protesta contra la empresa en la que trabajan, Aldeasa, y lanza gritos y pareados para que la gente no se acerque a las tiendas. No suelo acercarme a las tiendas de Aldeasa; en el aeropuerto no compro sino periódicos; las tiendas del aeropuerto me aturden bastante porque son como la entrada del Corte Ingñes, territorios donde sólo se huele a perfume, y eso es fatal para los asmáticos. O sea que hoy, y además por solidaridad con las que gritan ese pareado, ¡Pasa, pasa, pasa, no compres en Aldeasa!, no pasaré por Aldeasa.

No me dio tiempo esta mañana a escribir el blog; tengo que ir a Cies, y el avión sale dentro de nada; estoy en la Terminal 4, y después de contemplar y escuchar los gritos de las huelguistas (casi no había hombres, me parece), me estoy tomando el té que no me pude tomar esta mañana. Ayer fue un día agotador. La isla de Tabarca es un horno, en efecto; está descuidada y ya la han construido; no han resistido la tentación y la han construido. Luego estuve almorzando con Joaquín de Haro, el fotógrafo (son excelentes las fotos que hizo de Sabina y Serrat, ahí las tienen, en EL PAIS de hoy), y con Vicente Verdú; Verdú acaba de terminar un libro, algo que me da una profunda alegría; les dije un día aquí que si Verdú fuera extranjero se lo estarían rifando en las universidades y en las editoriales; creo que en las editoriales se lo rifan, pero se lo rifarían más si fuera extranjero. Nos sirvieron dos arrroces, en Baptiste, y vino Monopole, que pidió Verdú, que me parece que no es muy de vinos. El vino y el cansancio hicieron sobre mi un trabajo perverso, y me dórmí ante el ordenador en el aeropuerto de Alicante.

Verdú me preguntó ayer cómo hago yo tantas cosas a mi edad, por qué no bajo el ritmo. No sería yo, le dije. Luego me quedé pensando, y la verdad es que sí sería yo si dejo de hacer cosas. A veces lo ensayo, me miro al espejo y sigo siendo yo.

En casa estuve en la terraza, leyendo periódicos; luego vino mi hija con Rita, la perra. Qué alegres son los perros; nunca se cansan. Aunque esta mañana, al despertar, tan temprano, ni salió a despedirme.

¿Quién conoce la letra de una canción de José Larralde que comienza así: Nadie salió a despedirme cuando me fui de la estancia, solamente el ovejero, un perro, cosas que pasan?

Me voy a Vigo, a Cies. Las chicas de Aldeasa siguen gritando contra Aldeasa.

Elx

Por: | 29 de julio de 2007

Ha sido un viaje relajante, tranquilo; estuve trabajando desde las dos de la tarde hasta las dos de la madrugada, como un periodista total, tomando todas las notas posibles, como si estuviera escribiendo la memoria. Pasé unos ratos espléndidos en el concierto de Serrat y Sabina. Sé que muchos predijeron que sería un desastre. Lo contrario. Se les ve felices, hacen felices a la gente, jóvenes y de mi edad. Me estuve fijando en dos personas desde el escenario, un chico muy joven, que cantó todas las canciones, todas, las de uno y las de otro. Y en otro personaje, que debía tener mi eda, y que también se las sabe toda. La capacidad de viaje que te da la música es maravillosa. Muchas de las canciones que oí me llevaron a épocas, algunas muy felices, de mi vida. Estuve con los músicos, con los productores, me dejaron ver el concierto desde el escenario. En algún momento sentí que estaba en un barco. Ahora, y por eso tengo prisa, me esperan Joaquín de Haro, el fotógrafo de Elche que nos acompaña, y Vicente Verdú, para ir a tabarca. Me ha dicho Verdú que lleve bañador. Y me ha dicho el alcalde de Elche que Tabarca está fatal. Pues allá vamos.

Sol

Por: | 28 de julio de 2007

Sol Gallego Díaz ha ganado el premio Cuco Cerecedo de Periodismo. Me he llevado una alegría genuina. Sol es tierna y sólida, sabe donde está asentada, es independiente incluso de sí misma; escribe muy bien, lo que le da a lo sabe y a lo que dice aire y profundidad al mismo tiempo. Su carrera profesional está llena de logros, pero ninguno ha sido capaz de molestar su modestia, un valor, por otra parte, esencial para sobrevivir en periodismo sin que se te suba la sangre a la cabeza.

Sol hizo muchas cosas; fue corresponsal en París, directora adjunta, corresponsal en Londres... Ahora es adjunta al director de EL PAIS; su presencia entre nosotros da equilibrio y personalidad a las reuniones, o al menos a mi me da equilibrio y me obliga a tratar de profundizar en los asuntos; cuando digo algo que no parece bien pensado su mirada basta para que yo rebusque en el cajón de los argumentos. No es nada banal, nunca lo fue, y este va siendo un mérito sin el cual yo no creo ya en los periodistas.

Su llegada a París fue la despedida de Feliciano Fidalgo. El estilo con el que hicieron el relevo indica que estamos ante dos personas que ya no se encuentran fácilmente. El año pasado instituí en la universidad de verano de El Escorial el premio Feliciano Fidalgo; este año no me han invitado y no hemos dado premio. Pero me da la gana de darlo y se lo voy a entregar en este instante a Sol Gallego, y consiste en un beso que ahora mismo recibe en memoria de aquel gran hombre cuya memoria se me aviva siempre con el verano.

Me piden que diga algo de Gabriel Cisneros. Cómo no. Era un excelente escritor de periódicos; sus editoriales, creo que en Arriba o Pueblo, eran excelentes; como parlamentario, su manera de convencer con argumentos (estuvieras o no de cauerdo con él) era una antología oratoria. Tenía sentido del humor y era educado; era de buen trato, dentro y fuera del Parlamento. Lamento su pérdida, era, en la derecha, un hombre que tenía muchísimo que aportar en la definición de futuro de su partido.

Mañana les contaré de Adeje. Fue un viaje estupendo, un poco cansado; ya Ocira y Natalia han contado bastante. Diré que allí me entregó un amigo del ayuntamiento un texto que había escrito hace diecisiete años. A máquina. No tenía copia. Estaba dedicado a mi entrañable amigo Pepe Toledo, el gran cirujano del Médano. Natalia me hizo el favor de llevárselo. Me hizo mucha ilusión que lo encontraran.

Ahora me voy a Elche, a ver a Serrat y a Sabina. Después iré a Santa Pola, a ver a Vicente Verdú y la isla de Tabarca. Cuento estos detalles porque tengo un amigo, el pintor José Luis Fajardo, a quien le encanta saber por el blog los diversos destinos diarios de mi vida.

Ah, hoy no corrijo. Me espera el avión.

Sol

Por: | 28 de julio de 2007

Sol Gallego Díaz ha ganado el premio Cuco Cerecedo de Periodismo. Me he llevado una alegría genuina. Sol es tierna y sólida, sabe donde está asentada, es independiente incluso de sí misma; escribe muy bien, lo que le da a lo sabe y a lo que dice aire y profundidad al mismo tiempo. Su carrera profesional está llena de logros, pero ninguno ha sido capaz de molestar su modestia, un valor, por otra parte, esencial para sobrevivir en periodismo sin que se te suba la sangre a la cabeza.

Sol hizo muchas cosas; fue corresponsal en París, directora adjunta, corresponsal en Londres... Ahora es adjunta al director de EL PAIS; su presencia entre nosotros da equilibrio y personalidad a las reuniones, o al menos a mi me da equilibrio y me obliga a tratar de profundizar en los asuntos; cuando digo algo que no parece bien pensado su mirada basta para que yo rebusque en el cajón de los argumentos. No es nada banal, nunca lo fue, y este va siendo un mérito sin el cual yo no creo ya en los periodistas.

Su llegada a París fue la despedida de Feliciano Fidalgo. El estilo con el que hicieron el relevo indica que estamos ante dos personas que ya no se encuentran fácilmente. El año pasado instituí en la universidad de verano de El Escorial el premio Feliciano Fidalgo; este año no me han invitado y no hemos dado premio. Pero me da la gana de darlo y se lo voy a entregar en este instante a Sol Gallego, y consiste en un beso que ahora mismo recibe en memoria de aquel gran hombre cuya memoria se me aviva siempre con el verano.

Me piden que diga algo de Gabriel Cisneros. Cómo no. Era un excelente escritor de periódicos; sus editoriales, creo que en Arriba o Pueblo, eran excelentes; como parlamentario, su manera de convencer con argumentos (estuvieras o no de cauerdo con él) era una antología oratoria. Tenía sentido del humor y era educado; era de buen trato, dentro y fuera del Parlamento. Lamento su pérdida, era, en la derecha, un hombre que tenía muchísimo que aportar en la definición de futuro de su partido.

Mañana les contaré de Adeje. Fue un viaje estupendo, un poco cansado; ya Ocira y Natalia han contado bastante. Diré que allí me entregó un amigo del ayuntamiento un texto que había escrito hace diecisiete años. A máquina. No tenía copia. Estaba dedicado a mi entrañable amigo Pepe Toledo, el gran cirujano del Médano. Natalia me hizo el favor de llevárselo. Me hizo mucha ilusión que lo encontraran.

Ahora me voy a Elche, a ver a Serrat y a Sabina. Después iré a Santa Pola, a ver a Vicente Verdú y la isla de Tabarca. Cuento estos detalles porque tengo un amigo, el pintor José Luis Fajardo, a quien le encanta saber por el blog los diversos destinos diarios de mi vida.

Ah, hoy no corrijo. Me espera el avión.

El mar se despierta blanco

Por: | 27 de julio de 2007

En Los Cristianos, al sur de Tenerife, donde estoy ahora, el mar se despierta blanco. Aun no he desayunado, ni mortadela ni queso ni nada, no he tomado ni agua, me he asomado a la ventana del hotel y he comprobado que era falsa mi impresión de anoche: sí se ve el mar, está blanco, se confunde con el cielo. Anoche, cuando llegué, subí al hotel, un Torviscas de Iberostar, y abrí la nevera. Desierto total. Pedí agua. Era tarde. A esa hora ya no hay servicio de habitaciones, los muchachos están muy ocupados. Me acababa de duchar, ya no sentía ganas de vestirme de nuevo, bajar al bar, interrumpir esa armonía final del día, cuando uno lo que desea es olvidarse del ruido del viaje, de las incertidumbres del aire y de la tierra. No había agua. Esta mañana, claro, tampoco hay agua. Me he levantado, he mirado hacia el mar y lo he visto blanco, como una premonición. Poco a poco vinieron a mi memoria imágenes de este mismo mar, hace muchísimos años, cuando en Los Cristianos llevábamos el hielo a hombros en medio de las calles polvorientas. Había sólo dos bares, el Bahía y el Linares; la ensaladilla del Bahía era buenísima, y mis amigos, que eran mayores que yo, la tomaban con whisky. En aquel tiempo aun tenía agudos ataques de asma. Lo que me calma el asma es el agua. Anoche, en la desesperación de la sed, se lo dije al recepcionista. Es que a los asmáticos, le dije, el agua nos resulta imprescindible. No hubo modo. Luego entré en el cuarto de baño, vi las pastillas que tomo por la noche para mejorar la calidad del aire que respiro --Singulair-- y me di cuenta de que no había exagerado: cómo me iba a tomar esa pastilla sin agua. Me dormí sin pastilla. He roto el mecanismo que le creó a mi organismo el doctor Subiza. Ahora por la mañana hablo de periodismo en mi universidad, en un curso que dirige Olga Álvarez, la hija de don Luis Álvarez Cruz, un periodista legendario, aquel que le preguntaba a su director: "Ernesto, qué hay de noticias". He abierto esta mañana una de las libretas con las que siempre viajo, como si en el viaje pudiera resolver toda una vida. He mirado algunas notas: Guillermo, Beckett, Mario, Susan Sontag, La Maga, Patti Smith. De Patti Smith dice: "Como si fuera a volar, con su cuerpo de paje, frágil y huidiza".

Un amigo mío dice que alguna gente lee mi blog porque a veces doy datos prácticos. Pues ahí va uno. Protesten por la noche en los hoteles donde les nieguen el agua. Qué hubiera pasado si hubiera pedido sal en este Iberostar de Torviscas.

Y me voy a desayunar. Espero que tengan desayunom para asmáticos. El asma la reaviva el mar blanco. Comprobado.

Una información bien hecha

Por: | 26 de julio de 2007

Este sitio, blog, lugar o lo que sea, fue ayer un acontecimiento; una declaración reiterada de Esperanza Aguirre de que la asignatura Educación para la Ciudadanía está trufada de elementos como un comic que se titula Ali Baba y los cuarenta maricones, generó una gran afluencia de personas que tenían una u otra información sobre el asunto, y con todas esas contribuciones ahora se podría hacer una información completa.

Muchos de ustedes buscaron la información y la dejaron puesta aquí; aprendí mucho del blog de ayer. Creo que algunas personas que me tiraron de las orejas también tienen razón. Sólo tengo una excusa, si caí en lo mismo que critiqué: gracias a ese blog de ayer ahora ya sé, más o menos, qué ha pasado, y me sigue pareciendo inconveniente que alguien que es responsable político, y que además ha sido ministra de Educación, utilice torticeramente uno de los elementos utilizados en la bibliografía de una asignatura para agitar una frase que, lejos del contexto, a ella le viene bien. Pero, por otra parte, hay que reflexionar lo que significa en el fondo que ella y su equipo (porque estas cosas se las preparan a Esperanza Aguirre: ella las dice con toda alegría, pero alguien se las prepara, y luego la derraman como si estuvieran regando) se hayan fijado precisamente en ese título de Nazario.

Espero y deseo que todo lo que se dijo ayer en el blog sirva de base para que tengamos una mejor información y para que sepamos más. Pero ya verán ustedes cómo en septiembre alguien sigue diciendo que lo que se enseña en la asignatura es Ali Baba y los cuarenta maricones.

Adeje. Me voy a Adeje esta tarde, para hablar mañana acerca de esta hermosa profesión. ¿Hermosa profesión? Ya hemos hablado aquí de eso. Ayer tarde hice una entrevista al doctor Uriarte, del que les hablaré algún día; es el que guarda tesoros en lugares maravillosos del mundo. Después vine a casa y comí un poco de queso y mortadela en la terraza. La tarde-noche era cálida pero corría una levísima brisa. Al lado de la casa alguien celebraba una fiesta, pero la terraza de las monjas conservaba el aire moncal que tanta paz me da por las mañanas. Me relajé un poco, pensé. Fue una mejor manera de acabar la jornada. Tuve un mal día. A mediodía fui al médico y me encontró que tenía un poco alta la presión. Me sentí en algún momento como si flotara en el aire, y me sentí irritable. Deseé desaparecer en algún sitio. Por la noche Uriarte me dijo que tenía que caminar por una playa, por la orilla, caminando con el agua por los tobillos. Me lo dijo hace años y me vino muy bien. A ver si me encuentro los tobillos.

Ali Baba y los cuarenta maricones

Por: | 25 de julio de 2007

Hay en la calle de Los Madrazo de Madrid una librería maravillosa, Dédalus, de libros viejos; a veces, cuando estoy deprimido, o feliz, entro en ella a encontrar los libros del pasado. El otro día entré y compré para mi hija el primer estudio que tuve sobre William Shakespeare, de Jan Kott, publicado en la época dorada de Seix Barral, cuando todos nosotros, los de nuestra generación, comprábamos lo que publicaba Carlos Barral como si cumpliéramos con una promesa religiosa.

Compré también la primera edición de Las palabras, de Jean Paul Sartre. La leí hace tiempo, en la misma edición; es un libro maravilloso, acaso el mejor de Sartre; en Sartre me introdujo un amigo de La Orotava, Domingo Eulogio, que luego sería, cómo no, bibliotecario. Hace años que no sé de él, pero seguro que alguno de ustedes me da noticia. Domingo Eulogio tenía una colección maravillosa de libros publicados en Argentina, y de vez en cuando hacía de bibliotecario para mí. Yo iba a su casa por las tardes, él hablaba de libros y yo iba por las estanterías como si estuviera descubriendo el mundo.

Les iba a hablar de eso hoy, y les iba a hablar de la terraza de mi casa. Ayer le puse los muebles, con la ayuda de mi sobrino. La iba a estrenar esta mañana, desayunando, pero me he quedado en la cocina, escribiendo.

Y les iba a hablar de este espía que parece que es vecino mío, pues vivía en mi pueblo, el Puerto de la Cruz. Lo más cercano a un espía que yo conocí en el Puerto fue a mi amigo Edmundo A. Esedín del Ródano, un argentino extraordinario y exuberante que sabía doce idiomas y hablaba como un político o un literato. Era un gran lector, y su pasión era La isla de los pingüinos (¿de qué autor?, se me acaba de ir de la cabeza). Como sabía tanto, la gente de la Plaza del Charco, donde nos juntábamos todos, creía que era de la CIA o de otra organización similar.

Les iba a hablar de cualquiera de esas cosas, pero acabo de escuchar, ¡otra vez!, a Esperanza Aguirre diciendo la misma mentira, que en la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos hay un añadido bajo el título "Alí Baba y los cuarenta maricones". No es verdad, eso no existe. ¿Por qué miente esta señora? ¿No le resulta irrespetuoso, impropio de una persona que aspira a gobernar su partido y, por tanto, su país?

Equipada con una energía envidiable, Esperanza Aguirre está dotada también de una capacidad extraordinaria para repetir una mentira con una contumacia que merecería una nota de desmentido radical de quienes saben en qué consiste de veras esa asignatura.

Y perdonen ustedes que les hable tanto de ello. Pero estén atentos: el otoño va a girar en torno a mentiras como esa que repite Esperanza Aguirre. Y esas mentiras se seguirán diciendo sin escrúpulos.

Ah, y una buena noticia. Los tribunales han condenado a Alfonso Ussía por haber atribuido en La Razón una frase a Fernando Delgado que éste jamás dijo. Es una alegría que se restituya la verdad. A ver cómo acepta la condena el gracioso que insulta.

Ya no existe Cortázar y además somos ricos

Por: | 24 de julio de 2007

Claro, ya no vive Julio Cortázar y además ya somos ricos. Antes, cuando había un apagón, alguien escribía un cuento, una novela, o tenía un hijo.

Los apagones han sido, a lo largo de la historia, el germen de una literatura, de un amor o de un sueño. En casa había muy poca luz, porque la acaparaba el turismo que había en el litoral de mi pueblo; nos levantábamos muy temprano, a estudiar de madrugada; aquella penuria se convirtió en un hábito, en una costumbre instalada ya en la vida cotidiana.

Ahora un apagón es una desgracia enorme, porque lo es además, sin duda alguna. Pero lo que observo ahora es que un apagón es simplemente una desgracia, o al menos los medios no recogen todos esos detalles menudos que convierten un acontecimiento como este también en el espectáculo moral y humano que suele nacer de la oscuridad.

Un bloguero recordaba aquí qué hizo de un atasco Julio Cortázar; imagínense qué no haría de un apagón. Particularmente siempre me gustaron los apagones; entiendo los inconvenientes, cómo no, pero los apagones me dieron siempre sensación de solidaridad, de búsqueda de los otros, de silencio.

En mi casa había velas; yo le decía a mi madre que no las apagara cerca de mí, porque me aturdía el olor que dejan las velas al apagarse. Mi padre trajo a casa un petromax, que alguno de ustedes va a definir en las respuestas de hoy. Muchos años más tarde vi dos símbolos de lo que hace la luz cuando no existe: el cuadro famoso de Luis Fernández (lo expuso Telefónica, es suyo) en el que aparece una vela encendida; alguien dijo: "Si apagaran la luz de esta habitación, la vela de Luis Fernández seguiría dando luz al recinto". Cerrando los ojos, imaginando, podías deducir que esa metáfora era real, cierta.

Y leí también en un libro de Cabrera Infante esta frase de Lewis Carroll, que ha sido y es guía de mi vida, de lo que escribo, de lo que vivo: "Me gustaría saber cómo es la luz de una vela cuando está apagada".

Ayer. Estuve en el desayuno de María Teresa Fernández de la Vega, y escribí una crónica, que luego hubo que apocopar, sobre lo que dijo. Estaba el obispo Blázquez. Él sabe que la asignatura de la ciudadanía de la que tanto se habla no dice lo que dicen que se dice. La vicepresidenta estuvo en lo cierto, pero desde la conferencia episcopal y desde la Cope y desde otros medios se está mintiendo. ¿Qué hacer? Estuve con Carmen Pellicer, teóloga, católica, que ha escrito un libro de texto para enseñar la asignatura. Ella desmiente con ciencia y con sapiencia todas las mentiras que se dicen. Es muy grave lo que ocurre, porque se está engañando a la sociedad diciendo (y esto se lo oigo ahora mismo a un mentiroso total, a Tomás Cuesta, en la Cope; es muy mentiroso, pero ya hasta se lo dicen los tribunales; vivió del Estado sin trabajar, y sigue dando lecciones como si fuera un periodista noble) que esa asignatura es para adoctrinar. ¿Qué tal si leen los textos de la asignatura? ¿Qué tal si siguen el mandamiento que considera pecado mentir? A mi me indigna esto, la verdad; y me indigna como ciudadano, como ser humano, y también como persona que se ha querido informar del asunto.

Tarde. Fui por la tarde a entrevistar a un colega, en Brunete, fuera de Madrid. Una ruta que hice con dolor hace unos años. Una amiga estaba muy enferma; íbamos cada día a verla Julio Llamazares y yo. Era Dulce Chacón, poeta, escritora. Inolvidable. Regresé de la entrevista, con los fotógrafos, a las nueve de la noche. Como si un temporal ya me habitara por dentro, cené algo y me fui a la cama. Ahora, al amanecer, he leído los comentarios que ustedes pusieron ayer. Los agradezco todos, incluso aquellos que me han dado pena y me han dejado en el cuerpo la constancia de que la desinformación crea más opinión que la información.

La ceremonia de los adioses

Por: | 23 de julio de 2007

Muchísima gente en la despedida a Jesús de Polanco. A lo largo de estos días hemos recibido los redactores de EL PAIS y en general todos los que trabajamos en las empresas del grupo que ha presidido muy emocionantes mensajes, directamente, a través del correo electrónico; mucha gente anónima nos ha parado en la calle para hacernos saber su pesar.

En el periódico hemos vivido este momento con pesar y con trabajo, mucho trabajo; como en esos momentos decisivos del diario, la gente ha acudido espontáneamente aunque estuviera de vacaciones, y en el entierro que hubo ayer hubo muchísima gente que ya no estaba con nosotros, porque se había jubilado o porque ahora está en otras tareas.

Me emocionó mucho ver, por ejemplo, a Camilo Valdecantos, que hace poco dejó la vida activa en la Redacción; fue el primer periodista que firmó contrato con EL PAIS. Vino, convocado por Juan Luis Cebrián, el 31 de diciembre de 1975; Cebrián le recibió en su despacho recién pintado, acordaron que Camilo trabajaría en EL PAIS, y Camilo se volvió a Navarra, donde trabajaba entonces.

Me llevó hasta el cementerio Julián García Candau, que fue el primer jefe de Deportes, en un coche en el que íbamos también mi mujer, Pilar García Padilla, Fernando Delgado, mi amigo de hace tantos años, y Juan Cueto, uno de los tipos que más admiro entre todos los que he tratado. Candau aparecía en las primeras fotografías de promoción de EL PAIS, antes de que el periódico saliera a la calle. Vestía, como casi todo el mundo entonces, camisa blanca, muy bien planchada; ayer llevaba camisa verde. Desde entonces siempre asocié la camisa blanca al trabajo en la Redacción de EL PAIS, y durante años, cuando estuve fuera, siempre imaginé que regresaría con la camisa blanca. Y lo hice. Candau es hombre admirable, tiene una gran memoria, y un gran sentido de los afectos personales.

Cuando llegamos al cementerio me encontré con Víctor Macías, que fue regente de talleres y no sé cuantas cosas más en los años, largos, en que estuvo en EL PAIS. Era un volcán de energía; verle me devolvió, como en fogonazos, muchas horas buenas, y algunas horas malas, de la experiencia más importante de mi vida, el trabajo en EL PAIS.

El discurso fúnebre de Martín Patino, que fue la mano derecha de Tarancón y que también fue amigo de Jesús, hizo el discurso civil de un religioso que sabe que la libertad no se dicta sino que se gana; me emocionó mucho ver a Isabel, a Ignacio, a Manuel, a María Jesús..., a sus hijos y a tanta gente que hubo a su alrededor, sinceramente conmovidos por esta noticia que se convierte ahora en un suceso histórico en la comunicación pero que para ellos es ante todo, y ya es todo lo que puede ser, la muerte del padre. Un padre fuera de serie, y yo lo he visto ser padre.

Cuando estaba en la capilla ardiente recibí un mensaje en mi móvil, de mi librera favorita, Lola Larumbe. Hermosísimo mensaje que llevé al periódico y que aparece hoy en EL PAIS.

En el cementerio me encontré con Joan laporta, el presidente del Barça; me dio una insignia. Me la puse por la tarde. Luego fui al periódico.

La verdad es que todavía no sabemos cuánto se fue con Jesús de Polanco; significó mucho para la construcción de EL PAIS, y para este país, y era verdaderamente un hombre leal, respetuoso, alguien que en sí mismo era una lección cotidiana de honor y de civismo. Su nombre resonará ahora con el eco de su ejemplo.

El País

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