Me caía muy bien José Luis de Vilallonga; era un tipo verdaderamente entretenido. Tenía una charla inteligente, llena de nombres propios y de anécdotas, y era un placer escucharle, porque narraba bien las cosas que sabía, aunque imaginé alguna vez que muchas se las inventaba. Hoy he escrito un largo texto en EL PAIS de modo que no voy a elaborar mucho más sobre él al menos en esta ocasión, pero sí diré al menos un apunte que quizá rodee un poco su personalidad y que explica acaso algunos acontecimientos de los últimos tiempos de su vida. Era un hombre que quiso vivir siempre mejor que lo que le deparaban sus posibilidades, de modo que siempre necesitó más dinero que el que tenía. Eso le hizo proponer o aceptar libros que no eran sino ritornellos de los que ya había escrito, y le dio a sus memorias tantas vueltas que en un momento determinado, para sus lectores, lo que contaba era ya demasiado sabido. Pero, ya digo, era un tipo muy entretenido y mientras le vi, que fue durante algunos años, como periodista primero y como editor después, me gustaba oírle conversar.
Dicho esto, que era lo que quería decir, quisiera apuntar algunas consideraciones que quizá ayer no se resaltaron como es debido. Yo no sé muy bien lo que es un blog, pero me lo tomo muy en serio; es lo primero que escribo, nada más despertar, y lo suelo hacer con cierta rapidez, porque no me fío de mi destreza con las máquinas, de modo que siempre imagino --y la verdad es que esto ha sucedido varias veces-- que una mano aviesa lo va a borrar de la pantalla. El asunto que suelo introducir es el que en aquel momento está más de actualidad en mi mente y por tanto en mis preocupaciones. Lo hago con los materiales que tengo más cerca, que me son más propios, pero procuro no usar jamás ni rumores ni descalificaciones. Procuro hacerlo con honestidad; siempre he procurado hacer, cualquier trabajo, con honestidad y con esfuerzo. Tengo facilidad para escribir, pero este es un valor que sólo tiene consecuencias mecánicas. De modo que creo mucho en la preparación, en el sosiego para pensar y en el respeto para recibir las opiniones contrarias. Eso no está automáticamente asociado a lo que uno hace: es un ejercicio, me lo impongo como tarea.
Ayer alguien dijo aquí que no me tomo en serio el blog, que lo dejo suelto y luego soy un mal albañil, que abandona la obra. Seré un mal albañil por otras cosas, pero no por eso; lo veo, intervengo a veces a lo largo del día, y en todo caso estoy atento por si hay que reactualizarlo. Bueno, ustedes saben esto, y ese exabrupto de ayer no tiene más importancia. Lo que sí quería decir es por qué me ocupo de unas cosas y no de otras, que lo dije ayer muy rápidamente en un comentario pequeño. A veces en el periódico se publican cosas que me gustaría comentar, pero ya están suficientemente dichas ahí, y yo las leo y las degluto como cualquiera de los lectores; si no sé mucho prefiero no decir nada, y a veces lo que me sugiere una cosa ya lo he visto dicho en otro sitio, de modo que abandono el asunto como tema del blog.
Por otra parte, como decía JABA ayer, imaginen que tuviera que opinar de todo lo que sucede. Sería una locura, y sería una descortesía que yo mismo le pidiera a cualquiera que estuviera de servicio y de guardia hasta cuando debe dormir.
Dicho esto, sí reclamaría sosiego y cultura; estos días ha habido intervenciones extraordinarias; el machaconeo a que he sido sometido por algunos para que hable de esto o de lo otro lo tomo como un vademecum cariñoso de asuntos, pero si no me ocupo de ellos no se me solivianten.
Bueno, y ahora le voy a dar al Guardar y veamos si todo lo que he escrito no se ha ido como agosto.