Mario Benedetti me dijo ayer tarde, cuando supo que Juan Gelman había ganado el premio Cervantes, que Juan era su candidato; no hacía falta que lo dijera; se sabe, se sabe que Mario siempre ha sentido en Gelman no sólo a un colega sino a un hermano menor, símbolo de lo que Benedetti ama en la poesía, el compromiso con la experiencia. Desde Montevideo, desde la calle donde ha vivido sus mejores años y sus últimos años, ya sin Luz, junto a su hermano y sus libros y sus recuerdos, la alegría de Benedetti representa la mejor metáfora de lo que es el compañerismo literario; merecedor claro de este premio casi desde que el premio nació, el autor de El olvido está lleno de memoria, jamás ha lamentado la suerte adversa que su nombre alcanza en este galardón que se da en Madrid para toda la lengua española; y sin embargo jamás ha alzado ni la voz ni la amenaza de los truenos cuando se ha fallado y tampoco ha rozado la cualidad de su poesía. Ayer, en concreto, estaba muy feliz, casi tan feliz como cuando Gelman recuperó a la nieta que le hicieron desaparecer los militares argentinos, después de asesinar a su hijo y a su nuera.
La alegría de Benedetti fue la alegría de mucha gente; yo he escrito en EL PAIS impreso un artículo sobre un recuerdo que tengo muy fijo en mi memoria: cuando Gelman leyó en el Ateneo de Madrid los versos de aquella pérdida; le presenté yo, le vi a mi lado, nervioso, tambaleante, triste, muy entristecido. Y tengo otro recuerdo de él, entre muchos, en mi casa, una casa que tuve en la calle Núñez de Balboa. Habíamos bebido mucho los dos, habíamos bebido whisky, había muchos amigos, y había una amiga uruguaya, Cecilia Ceriani, traductora, muy querida amiga mía, y entonces Juan y yo cogimos --perdón, argentinos y mexicanos: agarramos-- una guitarra que me había comprado Pedro Ávila para que estuviera siempre en mi casa; Juan y yo fuimos a la máquina de escribir y quisimos escribir una canción para Cecilia. En algún lugar deben estar esos versos; ayer me acordé cómo reía Juan con la guitarra en la mano, y reservé esta anécdota para ustedes, y para mi memoria.